La revolución de papel. ¿Quieres?

Publicado en: mar 19 2012 - 9:58am por Iniciativa
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Paco Bello. Iniciativa Debate. 19/3/2012

Cometemos un inmenso error esperando una transformación social. Y hablo en primera persona cuando digo que hasta cierto punto también nos equivocamos volviendo una y otra vez a las mismas alternativas. Ya deberíamos haber asimilado la existencia de otros modelos absolutamente válidos. Pero nos empeñamos en no hacer frente al fondo de la cuestión… por donde pasa el capitalismo no crece la hierba.

Permacultura, ecoaldeas, energías alternativas, nuevos métodos de participación política, sostenibilidad, cooperativismo, regulación, moderación, socialismo democrático. ¿Y qué? Simplemente con algunas modificaciones estructurales y legales sería suficiente para mejorar de forma importante el estado del país, pero tampoco importa.

Somos algunos los que sabemos que otro mundo es posible y necesario. Somos conscientes de que sería mucho más justo, cómodo, y feliz que este. Pero parece que olvidamos que ese cambio hoy ya no depende de nosotros.

Si las opciones que se plantean tienen como objetivo actuar al margen del sistema, siempre hay que tener presente que no puedes pescar sin licencia, no puedes ocupar un terreno que no es tuyo, no puedes construir ni en lugares razonables y para vivienda habitual, incluso comprando un terreno. No puedes tener animales sin permiso, no puedes talar un árbol (aunque después plantes 100). Hay derechos de riego y no puedes vender tu excedente, No puedes fundar una cooperativa sin recursos, ni es tuya la decisión del tipo de energía a utilizar, ni tienes cauces vinculantes para proponer cambios, ni acceso a la gran difusión de propuestas (imprescindible para sumar el número de población necesaria para enfrentarse a la máquina del Estado). Está bien soñar, pero nuestros proyectos no pueden pasar de la marginalidad. Y no, tampoco es una opción la violencia, porque ese es precisamente su campo, y tienen toda la experiencia del mundo en él. De poco sirve igualmente levantar las manos o hacer una huelga de un día, máxime cuando el que tiene trabajo, como ya no tiene derechos (y puede que ni medios), jamás lo arriesgará en una situación como la actual para sumarse a una huelga “de verdad”, a una huelga indefinida.

No hace falta volver a hablar de alternativas, o redescubrirlas. Están ahí. Hay muchas personas muy bien preparadas que le han dedicado todo el tiempo del mundo. Hay planes, bibliografía y documentación hasta en exceso. Más allá de esto, los mismos que han impuesto el sistema, sabrían hacerlo incluso mejor que nosotros, y mucho más rápido. No caigamos en la cómoda tentación de infravalorarlos. De hecho nos conformaríamos (y sería casi inamovible) con un mundo en el que se cubrieran nuestras necesidades básicas, aunque mantuviera la existencia de clases, siempre que no estuvieran tan acentuadas, e incluso así. En el que la justicia no fuera justa pero se guardaran las formas. En la que pareciera que contamos como algo más que objetos, aunque en el fondo siguiera la cosificación. Pero ya no les importa la amenaza de unos pocos, porque no somos realmente ninguna amenaza.

El panorama político es deprimente. Los partidos hegemónicos copan todos los ámbitos del poder expreso. El poder fáctico, mucho más poderoso, sigue en manos de los mismos de siempre; el capital, el ejército y la Iglesia. El que se mueve no sale en la foto.

Queda un solo partido que pudiera suavizar (que no arreglar) la situación. Pero ni IU está libre de los mismos defectos y servilismos que afectan a los demás partidos. Ya dijo Julio Anguita en una ocasión, que si él hubiese llegado a Presidente, su libertad de acción hubiera sido similar a la de los otros (matizó que ahora sí conoce los cauces para hacerlo bien, pero es tarde ya). De todas formas, si de verdad hubiera dignidad, IU debería haber salido del Congreso indefinidamente, y no marear con propuestas que saben perfectamente que van a ser rechazadas. Se les puede reprochar también que no monten paradas en la calle de todas las ciudades para informar continuamente, que no aprovechen e impliquen a esa masa social de afiliados para influir (con argumentos) y delegar tareas, o que no hayan propuesto crear medios de comunicación, ya sea prensa, radio o televisión. También que no sean mucho más contundentes en sus declaraciones, o que tampoco denuncien por vía judicial los muchos delitos que se están cometiendo. Pese a todo, son el tuerto en el país de los ciegos (y hasta tendrían buena visión si se lavaran la arena del ojo afectado).

De esta no saldremos por la vía política, ni con buenos actos, movilizaciones o palabras.

Un sistema como el actual no es posible derrocarlo ni modificarlo con actividades ingeniosas que ni le rascan la piel. Y no tenemos capacidad para que algunas de las propuestas que hacemos y que campan por el ambiente “indignado”, tengan algún éxito importante. La insumisión fiscal nos haría más daño a nosotros que a ellos, y además los que puedan hacerla no están excesivamente afectados por la crisis (o no tendrían posibilidad de secundarla), y difícilmente arriesgarían hasta ese límite. La retirada de efectivo en masa parece una broma cuando conoces los entresijos de la economía actual, y en cualquier caso, peca del mismo problema; el grado de seguimiento sin difusión de envergadura sería mínimo, e incluso con ella, las inversiones no se retirarían, y son el grueso del dinero no circulante. Las manifestaciones pacíficas, las cooperativas, el trueque, y todo lo demás ya he comentado que más allá de pequeños colectivos no funcionará en la parte del Estado sin formación política. Son muchas las razones por las que no lo hace o haría a medio plazo; desde las citadas cuestiones culturales hasta las coyunturales. En cualquier caso, si tuviera éxito, usarían los medios necesarios para abortarlo.

Esto no quiere decir que haya que parar, ni mucho menos. Lo ideal sería que se intensificaran las protestas, y seguro que será así. Pero no podemos esperar milagros inmediatos. Lo malo es que hay quien se está quedando sin tiempo, y quien sufrirá pronto las consecuencias de la inacción. Lo malo es que el pozo cada día es más profundo, y puede que el día que se den las condiciones para intentar salir, quede la salida fuera de nuestro alcance.

Nos guste o no, esto es lo que hay.

Vuelvo al principio. No esperemos una gran revolución consciente de las masas. Siendo optimistas, seguro que no somos más de un millón de personas las que estamos dispuestas a hacer algún esfuerzo. Esta está siendo y será una lucha desigual.

No podemos combatir contra el aparato mediático y de formación del poder, por mucho empeño que pongamos. No se adquiere el conocimiento imprescindible para librarse del yugo condicionante de la noche a la mañana, y por otra parte, es muy difícil adquirirlo con esfuerzo; debe existir una inquietud previa, lo demás viene solo. Por tanto, no podemos esperar una rebelión de la consciencia.

Pero no tenemos por qué jugar limpio contra un oponente sucio. Si queremos crear las condiciones para el cambio pronto, sí tenemos capacidad para hacerlo.

Todo el sistema se apoya en la legitimidad que les confiere la participación electoral. Sin ella no son nada. No podemos luchar contra sus medios de adoctrinamiento con sus propias armas, pero tenemos algunas mucho más poderosas. No podemos convencer con argumentos a los desconocidos, y en muchos casos ni a los conocidos. Pero podemos saltarnos uno de los tabús impuestos.

Como media todos tenemos acceso a 10 allegados. Puede que ellos no sepan el daño que hacen manteniendo el actual modelo bipartidista, pero vosotros sí, y como os afecta directamente su comportamiento, esto pasa a ser algo personal.

Se puede ser sutil, desenfadado o directo, pero debéis convencerlos para que no voten PP-PSOE, o si no ven alternativa, que no voten o voten nulo. Hay que mojarse. Y si hace falta apelar al cariño o el sentimentalismo habrá que hacerlo. Contra esto el establishment no puede nada, es el arma más poderosa.

Padres, madres, abuelos, hijos, nietos, tíos, cuñados, amigos. Con cada uno se puede afrontar el asunto de manera diferente. Y si es necesario ponerse serio, habrá que hacerlo. Aunque en la mayoría de los casos será muy sencillo.

Si lográsemos que la participación quedara restringida a un 35-40% (y no al casi 70% constante), muchos se iban a quitar las caretas. Pronto habría repetición de elecciones, y el bombardeo de amenazas mediáticas con perder la democracia sería tremendo. No tendríamos por qué preocuparnos. No se pueden permitir perder la legitimidad. Casi por arte de magia surgiría una alternativa con un programa que satisficiera a esas mayorías descontentas, pues ellos saben mejor que nosotros lo que queremos. Ese sería el momento de decidir si íbamos más adelante, o aceptábamos la mejora.

Falta solo saber si queremos de verdad un cambio para antes de dos generaciones. Pasa por nuestras manos, tan solo con una mínima implicación y poniendo en valor nuestro mejor recurso.

Podemos empezar por Andalucía y Asturias.

La revolución deberá ser de papel. Si no tienes otro remedio, míralos fijamente y con sinceridad. Si me quieres, si te importo; no les votes. Tienes razones de sobra para hacerlo.

Una última reflexión. Si no somos capaces de algo tan simple, ¿cómo nos vamos a atrever a soñar con otras complejidades?

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