Ensayo sobre la ovicuidad

Publicado en: sep 2 2012 - 12:27pm por Iniciativa
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Paco Bello | Iniciativa Debate | 2/9/2012

Curioso este asunto de los huevos. Somos los hombres los que siempre los tenemos en la boca (…). Y sin embargo, las que con más derecho podrían reivindicarlos son las mujeres, como mínimo, por derecho de propiedad (óvulos). Pero el caso es que de una forma u otra, cuando estamos hartos, apelamos a ellos, ya sea en forma de cojones o de ovarios.

Quizá por esto se han llenado las calles del Estado de inmaculadas muestras del que era futurible y protegido embrión de ave. Todo está lleno de ellos. Bajo los bordillos, en las papeleras y cajeros automáticos, en los ambulatorios e inem, en el Banco de España, y hasta dentro del Congreso se han visto algunos (dicen las malas lenguas que ha sido alguien de Amaiur). Millones de huevos que como por arte de magia se han hecho los protagonistas de la información y la opinión pública.

Imagino la sorpresa y el desconcierto de la primera persona que vio no uno, ni dos, sino más de tres huevos en su camino al trabajo, o mientras paseaba al perro, o iba a la compra. Es raro ver un huevo en perfecto estado, como si fuera un componente habitual del entorno urbano, allí, apoyado en un vértice inferior del vano, sobre el mármol que da acceso a la boutique. Más raro es encontrar otro unos metros más allá, en el macetero ornamental de un centro público. Lo que ya no tiene explicación, es que a varios kilómetros, encuentres otra vez ese elemento transgresor en la junta de los tablones que te dan asiento en el banco del parque.

¿Qué huevos es esto?

Quizá esta persona no utilizaba internet, pero al llegar a casa lo comentó con su familia.

-Eso será alguien que quiere gastar una broma.

Quizá algún otro dijera que se trataba de una novedosa campaña de mercadotecnia. Por lo que fuera, al día siguiente mucha otra gente volvió a encontrarse con los huevos.

Al tercer día, el extraño suceso ya fue comentado en algunos medios digitales independientes. Al cuarto, se hizo mención de él en los informativos generalistas. Al quinto se supo que era una forma de protesta. El sexto día, mereció la atención de los todólogos tertulianos, y sus plataformas de “opinión” televisiva. Hoy, ya han pasado por la boca de quien reivindica que el suceso simboliza a la santísima trinidad, y hasta de quien asegura que se trata de un código exopolítico.

Personas muy preocupadas mañana por el ecologismo, que no se plantean que el asfalto y los residuos industriales son el verdadero drama para la tierra, han advertido del grave riesgo para el ecosistema. Científicos y médicos, poco activos en la denuncia de los exagerados niveles de toxicidad en el aire de las ciudades, han alertado del problema de salud pública que este acontecimiento pudiera ocasionar. Expertos en leyes y normativas, que normalmente callan cuando se denuncia a un ciudadano que busca alimento en un contenedor, han avisado reiteradamente sobre la sanción estipulada en las ordenanzas municipales para este caso concreto.

Desde las cúpulas políticas se trata de criminalizar esta acción civil y a sus promotores. Pero el pueblo, harto ya de injusticias y desigualdad, de estafas y atracos de Estado, en lugar de levantarse violentamente, simplemente está diciendo de forma simbólica y sin dar un solo golpe, que está cansado. La gente está diciéndoles que ellos ya saben el porqué, y también, que saben perfectamente, quizá mejor que nadie, lo que deben hacer para que esto no vaya a más. Que no nos tragamos sus mentiras. Que los únicos que han vivido por encima de nuestras posibilidades, son sus jefes y ellos mismos. Que los únicos que se creen lo de que “no hay más opciones, y debemos hacer lo que hacemos”, son ellos. Y que en este juego: no va más, pero no puede ganar la banca.

Tienen miedo porque saben que si no abren ¡ya! el sistema al pueblo, en lugar de huevos, puede que lo que llene la calle la próxima vez sean cajas de cerillas, porque todo tiene un límite. Puede también, que al ser tantos los huevos que se han visto, se den cuenta de que nosotr@s tenemos más que ell@s.

Y ahora que estábamos a punto de lograrlo, tenía que sonar el despertador. ¡Tócate los …!

*Pido disculpas a mi admirado Saramago, allá donde esté.

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