Carlos Fernández Liria * | Cuartopoder | 30/6/2016

En estos tres días, no he dicho nada porque no tenía nada que decir. Tampoco estoy hoy en mi mejor momento. No estoy nada seguro de lo que ha pasado. No me extrañaría, es verdad, la hipótesis del pucherazo. Los creo capaces de todo. En Venezuela (donde tienen el sistema de voto, probablemente, más garantista del mundo -las reclamaciones por esta frase pueden cursarse a la Fundación Jimmy Carter), antes de implantar el voto electrónico había un refrán popular que decía así: “acta mata voto”. La verdad es que Fernandez Díaz y los votantes del PP que hayan participado en el recuento no me inspiran más confianza, porque los veo capaces de todo. Aún así, tiendo a pensar que no es esa la explicación de lo ocurrido el 26J. Otros apuntan a que las encuestas estaban manipuladas. Es otra opción, pero tampoco me creo tanto maquiavelismo. Presentar como potencial ganador a Unidos Podemos podía ser una forma de asustar, pero también de despertar ilusión. Demasiado arriesgado. Y además, las encuestas internas de los partidos me consta que daban el mismo resultado.

Tampoco me creo que nadie pueda hacer tan mal su trabajo como supuestamente lo habrían hecho esos sociólogos que se han encargado de las encuestas, en caso de que, sencillamente, se hubieran equivocado. No hubo prácticamente excepciones. Si un cirujano, un dentista, un contable o un ingeniero de puentes se equivoca en semejante proporción, está acabado. ¿Cómo es posible semejante incompetencia? ¿Están a día de hoy todos despedidos o inhabilitados? Así, pues, ni se equivocaron en sus previsiones, ni manipularon a propósito. Ocurrió algo con lo que no se contaba. La gente quería votar a Unidos Podemos y así lo declaró sinceramente a los encuestadores, pero luego, así de simple, no lo hizo. Y en una gran mayoría (con excepciones) no se hizo, pienso, no porque no pensaran en hacerlo o porque algo les hiciera cambiar de opinión: no lo hicieron porque pensaron que no hacía tanta falta. Hacía calor y la gente estaba de fin de semana. Unos, los del PP y los de PSOE, pensaron que era vital votar y se movilizaron para hacerlo. A los otros les dio pereza. Sé que es la explicación más idiota que se puede dar, pero es que creo que la izquierda está llena de idiotas, lo siento. Yo mismo estoy rodeado de amigos que, no me cabe duda, son idiotas de remate (además de insufriblemente pedantes y pretenciosos, que no han parado de explicarnos que su puto ombligo lo habría hecho mejor).

Un millón de votantes de Unidos Podemos no fueron a votar porque pensaron que no hacía mucha falta. Algunos, confiando en las encuestas; otros porque, aunque lo habrían hecho si no hubiera hecho calor, no estaban tampoco demasiado ilusionados. Pero calor hacía para todos, también para los votantes del PP o del PSOE. De modo que no hay otro diagnóstico posible: hubo un error de campaña fundamental, una campaña de perfil bajo que no buscaba la movilización, sino más bien no dar miedo y no meter la pata y que lo que ha conseguido es no despertar ilusión y no interpelar a nadie como imprescindible. ¿Quién ideó esta estrategia? A día de hoy, no lo sé, aunque voy a intentar enterarme (sólo por curiosidad). El debate a cuatro me aburrió tanto que, por decir la verdad, me puse a ver películas porno mientras lo escuchaba. Algunos amigos me dicen que se quedaron dormidos. Eso no es una buena estrategia electoral. Y, sinceramente, no creo que Pablo Iglesias fuera el responsable, sino el perfil de la campaña que se había pactado previamente.

Lo ha explicado perfectamente Santiago Alba Rico en el primer punto de su artículo. Lo que nos estábamos jugando el 26J no sólo era vital para detener la revolución neoliberal que nos atenaza en este país. El mundo entero estaba pendiente de nosotros. Nosotros éramos la única posibilidad de sentar un punto de partida que marcara un camino para la resistencia europea. Y más aún, en un mundo en el que Latinoamérica pierde posiciones frente a la oligarquía internacional, en el que el mundo árabe está -tras su primavera revolucionaria- en llamas y ante una catástrofe humanitaria sin precedentes desde la segunda guerra mundial, en el que Europa se precipita hacia la ultraderecha, el mundo entero dependía -aunque se tratara tan sólo de una brizna de esperanza- de lo que ocurriera en España el 26J. En toda mi vida, jamás había vivido un momento tan crucial históricamente y, además, al mismo tiempo, tan esperanzador. Y a alguien se le ocurrió que había que hacer una campaña de perfil bajo. Algunos, como Jose Luis Villacañas, parece que hacen responsable a la confluencia y a Pablo Iglesias. Tengo el máximo respeto por las opiniones de mi amigo y colega (con el que, además, he perdido una porra por goleada respecto al 26J), pero no estoy en absoluto de acuerdo. En mi opinión, si un error ha cometido Pablo Iglesias ha sido dejarse convencer de que ese perfil de campaña a la defensiva era el adecuado. Pablo Iglesias no puede nadar fuera del agua. Su estrategia es la del minuto de oro del debate de Atresmedia del 20D.

No cuento todo esto por tener yo también razón sobre lo que habría que haber hecho. Durante toda la campaña no he abierto la boca. Me he aburrido mucho, pero no he dicho ni mu, porque siempre tiendo a pensar que no soy un gran estratega y que otros, en cambio, han demostrado serlo y muy buenos. Pero veo las cosas que se están publicando y las conclusiones que se quieren sacar para el futuro y eso sí que me preocupa y mucho. Basta de medias tintas y de arco iris en el corazón. La situación es gravísima y el mundo entero está esperando que demos un ejemplo. Como ha dicho Jordi Évole, juguemos (como oposición ahora) a un juego que podamos creernos nosotros mismos: “¿Y la confluencia Unidos Podemos? Pues ha decidido jugar a lo que no sabe: a la contención. Al ‘catenaccio‘. Se han moderado tanto en campaña buscando el voto socialista que no parecían ni ellos. Se debieron creer las encuestas. Que si somos socialdemócratas, que si ahora el referéndum ya no es una línea roja… Si lo tuyo es el juego de ataque, tienes que jugar al ataque, porque la táctica conservadora ni te la van a aplaudir los tuyos ni te va a servir para ganar nuevos votantes.” Pues sí, creo que tiene razón Jordi Évole, queridos amigos analistas.

Así, al menos, la derrota merecerá la pena.

(*) Carlos Fernández Liria es profesor de Filosofía en la UCM.

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