Chamusquina venezolana

RESPUESTA A JUAN MANUEL DE PRADA (II)

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Carlos Fernández Liria * | Cuartopoder |3/7/2016

Continúo ahora mi respuesta a los tres artículos que Juan Manuel de Prada dedicó a mi libro En defensa del populismo. Empezaré hoy con lo más sencillo y menos relevante. De Prada, como es habitual, me relaciona con Venezuela, primero porque recibí ahí un premio por mi libro El orden de El Capital, como si eso demostrara no sé qué cosa sospechosa. Conviene señalar al margen que el jurado de este premio internacional no estaba formado por familiares de Hugo Chávez sino por reputados intelectuales latinoamericanos, presididos por el argentino Atilio Borón, al que estoy seguro que Juan Manuel de Prada, opine lo que opine de él, no tiene ninguna intención de faltar al respeto. Por otro lado, la llamativa cuantía del premio quedó bastante mermada por mi colaboración con la Hacienda española, que se quedó con la mitad. En cuanto a la “chamusquina venezolana” que dice De Prada olfatear en mis libros, eso daría demasiado que hablar. 

En todo caso, no considero a De Prada tan ingenuo como para creerse la propaganda mediática que sobre Venezuela llevamos sufriendo en este país desde hace dieciséis años. Se puede opinar lo que se quiera de Maduro o, antes de Chávez (yo mismo me explayaría criticando infinidad de cosas), pero Venezuela es una democracia y ningún observador internacional (empezando por Jimmy Carter) ha puesto en duda jamás sus procesos electorales. Creo que ya está bien de comparaciones surrealistas con Arabia Saudí y cosas así. A mí tampoco me gusta el resultado de las elecciones en España y no por eso creo vivir en una dictadura teocrática.

Enrique Capriles, el principal líder de la oposición, que los medios de este país pintan como un pacífico socialdemócrata, durante el golpe de Estado del 2002 asaltó a mano armada la embajada de Cuba y participó en el secuestro de varios ministros del gobierno constitucional. De todo ello informó sobre el terreno el periodista francés Maurice Lemoine, en Le Monde Diplomatique. A su vez, el famoso Leopoldo López, en España, habría ido a la cárcel con varias decenas de años de condena. Primero, por participar activamente en el golpe y luego, en el 2014, por incitar y organizar la violencia terrorista en manifestaciones no autorizadas que tuvieron un saldo de 47 muertos.  Ignacio Ramonet y yo estuvimos reunidos con las víctimas de la kale borroka caraqueña organizada por Leopoldo López. Le recomiendo a Juan Manuel de Prada que haga lo mismo o que, por lo menos, por contrastar un poco, lea también las noticias de Le Monde Diplomatique, además de las habitualmente cocinadas por nuestros oligopolios mediáticos.

Cuando Albert Rivera llegó al aeropuerto venezolano, algunos periodistas le persiguieron preguntando: ¿qué hacen ustedes en España con quienes promueven la violencia armada en manifestaciones no autorizadas? ¿qué hacen con los que asaltan embajadas a mano armada? “Tenemos jueces y tribunales”, respondió entre dientes el líder de Ciudadanos. Por lo visto, en su opinión, en ese país caribeño todavía no tienen de eso, así de incivilizados están esos indios.

Todo esto no es obstáculo alguno para juzgar muy duramente la gestión de gobierno de Maduro. Hay muchos grupos políticos que lo hacen. Hay una oposición democrática en el interior de Venezuela. Lo que ocurre es que en España se hace muy difícil hablar del asunto, porque los medios han logrado hacer pasar por la única oposición legítima a las fuerzas de ultraderecha golpistas y terroristas. En un congreso internacional celebrado hace unos meses en la UCM sobre el pensamiento de Michel Foucault, hubo un ponente venezolano, Jorge Davila, que abordó el tema “Foucault y la cuestión del derecho”. En el debate correspondiente, uno de los presentes entre el público le pidió su opinión respecto a la situación política de su país, alegando que en España el ruido mediático impedía enterarse de nada. El profesor habló del tema largamente, resumiendo su punto de vista ante una sala que lo escuchaba estupefacta. Tras exponer su desacuerdo con la condena de Leopoldo López, porque en su opinión deberían haberle caído treinta años, explicó una terrible disyuntiva para el pensamiento crítico de su país: la oposición anticonstitucional que apoyan los medios españoles tiene tanta fuerza que no deja otra opción que el alineamiento defensivo con el gobierno de Maduro, pese a toda su innegable podredumbre. “Es muy difícil hacer oposición -declaró- cuando, al mismo tiempo tienes que alinearte con el gobierno para defender el orden constitucional. Estamos entre la espada y la pared”.

No quiero gastar más tiempo repitiendo el trabajo de síntesis que ya han hecho otras personas. Recientemente, Lidia Falcón ha publicado dos artículos en los que resume muy bien eso que De Prada llama “chamusquina venezolana”, explicando quiénes son y han sido los aliados “socialdemócratas” de Felipe González y ahora de Pedro Sánchez. ¿Hay alguien que se haya atrevido a responderla? ¿Podría Juan Manuel de Prada tomarse quizás la molestia? Por sus afinidades ideológicas, quizás le resulte más atractivo refutar el resumen que hacían de la situación las Hermanas del Sagrado Corazón de Venezuela, el pasado 17 de mayo y que Juan Manuel Aragüés citaba hace poco en un excelente artículo: “La escasez en este maravilloso país no es producida por este gobierno, ni por ningún gobierno de antes ni de los que vendrán después. Es producida por una industria capitalista, burguesa, manipuladora en sus precios y ganancias, empecinada en tumbar este gobierno legítimamente elegido con los métodos electorales reconocidos en el mundo entero. Porque es una dictadura financiera la que vivimos, es un golpe industrial que sostenidamente no produce suficiente porque no quiere” (aquí).

Hay que señalar al margen -una vez se lo dije a la presentadora de la televisión golpista venezolana, Nitu Pérez de Osuna-, que no sólo los españoles desconocen la realidad venezolana. La mayor parte de los venezolanos que suelen hacer declaraciones en los medios de comunicación europeos, jamás han entrado (ni han pensado siquiera en hacerlo) en los barrios pobres donde malviven los millones de venezolanos que fueron la base electoral del chavismo. Es como si los habitantes de La Moraleja explicaran la realidad social española sin jamás haber puesto un pie fuera de su barrio residencial. La verdad es que en esos barrios no se atreve a entrar ni la policía. Yo sí he vivido ahí, gracias a una amiga exatracadora de bancos que me ha hecho de ángel de la guarda en mis investigaciones. A quienes tengan interés por conocer un poco de cerca esa realidad, puedo recomendarles a mi “malandra”, que estará encantada de acompañarles en la ruta turística (ya ha habido algunos periodistas que lo han hecho y, les puedo asegurar, que han cambiado radicalmente sus puntos de vista).

Pero dejemos el tema. Lo he sacado a colación por atención a Juan Manuel de Prada, porque lo que es por mí hace mucho tiempo que perdí la esperanza de explicar nada sobre el asunto en este país. Hace ya años que me expulsaron en directo de la cadena SER tan sólo por pedir que se leyera en voz alta el editorial de El País apoyando el golpe de Estado de abril del 2002. Es inútil discutir con golpistas cuando tienen la sartén por el mango y son dueños de un imperio mediático. Hay ya tantas mentiras en juego que la tarea es una causa perdida y no merece la pena.

Lo que sí que muy importante, en cambio, es una reflexión al respecto que afecta profundamente a nuestro Estado de Derecho. Según las encuestas internas de Podemos en el 2015, el 52% por ciento de la población española está convencida de que el partido se financia desde Venezuela. Estas acusaciones de financiación venezolana han sido desestimadas ya cinco veces por el Tribunal Supremo, pero los medios han seguido volviendo a la carga. A mí esto sí que me parece muy preocupante y debería ser un tema de discusión urgente para todos nuestros intelectuales, sobre todo para esos que se conciben a sí mismos como paladines del orden constitucional, todos esos que andan cazando moscas de tanto reflexionar, leyendo a Hannah Arendt, sobre el deterioro de la República de Weimar en el 33. Esto de que el poder judicial quede sobrepasado por el supuesto “cuarto poder” de los medios de comunicación es una aberración, podría decirse que “trascendental”. La libertad de prensa, en efecto, no es un poder más frente a los tres poderes del Estado, ejecutivo, legislativo y judicial. Kant diría que es, más bien, una especie de “lecho trascendental” sin el cual no es posible siquiera plantear una separación de poderes. Pero si la libertad de prensa se convierte en un poder para monopolizar el derecho a mentir por parte de unos oligopolios mediáticos, hasta el punto de hacer inaudible en el espacio público la voz del poder judicial, entonces, toda la arquitectura republicana del Estado moderno se corrompe desde sus cimientos. Y esto sí que es un tema de calado que concierne a la credibilidad de nuestro ordenamiento constitucional y no ese delirio de las amenazas bolivarianas.

(*) Carlos Fernández Liria. Profesor de Filosofía en la UCM. Su última obra publicada es En defensa del populismo (Ediciones Catarata).

 RESPUESTA A JUAN MANUEL DE PRADA (I) / Cristianismo y populismo.

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