JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: – Actualizado: 09:29

El 19 de agosto se cumplirán los ochenta años en que Federico García Lorca fue asesinado en una saca en los alrededores de Viznar, en Granada. Desde los primeros instantes de su asesinato, García Lorca se convirtió en símbolo de la barbarie de la represión franquista, del mismo modo que el bombardeo de Guernica pero con la salvedad de que la destrucción de la ciudad vasca pronto se transmutó en un símbolo universal contra la sinrazón de la guerra, trascendiendo el suceso mismo de la guerra civil.

Convertir a un poeta español en símbolo tiene algo de arriesgado ya que el conocimiento que se tenía de la cultura española no se correspondía con la importancia que se otorgaba a la guerra civil. Sólo así cabe entender que un crítico tan reputado como Cyril Connolly se refiriera a Lorca y a su obra en términos de poemas de la guerra civil, cuando nuestro poeta no escribió una sola línea que no fuera antes del estallido de la misma. De ahí que mientras crecía en importancia como símbolo, sobre todo después de la postguerra mundial, su obra siguiera siendo una desconocida fuera del ámbito del español. Pero desde el libro fundamental de Marcelle Auclair, Vida y muerte de García Lorca, todo cambió y a partir de los setenta el legado lorquiano, lleno de tópicos y lugares comunes, se fue aclarando hasta llegar al día de hoy donde parece que tanto la vida y obra de García Lorca es tomada con justa fidelidad a lo que realmente fue.

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Cartel de la presentación del libro ‘Una brisa que viene dormida por las ramas’, el pasado 21 de junio en Madrid. / veronicaaranda.blogspot.com

La historiografía británica es famosa por su método y forma de enfocar el pasado. Ian Gibson ha sido, gracias a esa tradición, el gran estudioso del legado del poeta granadino y debido a su famosa biografía, un referente mundial para los estudios lorquianos. No es de extrañar, por tanto, que cada vez que surge un homenaje al poeta, allí esté Gibson, que también se animó a estudiar a los amigos de Lorca, Buñuel, Dalí... constituyendo para el biógrafo irlandés la Santísima Trinidad de la Edad de Plata de la cultura española, y, así, en el bello libro que bajo el título de Una brisa que viene dormida por las ramas, publicado recientemente en Aurea y que reúne, bajo la coordinación de Miguel Losada, poemas de poetas de medio mundo y de todo pelaje y condición, la colaboración de Gibson destaque como autoridad lorquiana indiscutible.

Son muchos los homenajes que se están preparando para celebrar ese ochenta aniversario, celebración un tanto paliada por coincidir en plenas vacaciones y, en donde destaca de manera un tanto inquietante, el que a estas alturas aún no se sepa a ciencia cierta el lugar donde se enterró al poeta. Situación un tanto curiosa que ha llevado a especulaciones sin fin y tan variadas y extravagantes que la familia Lorca, en boca de Laura, su sobrina, decidiera dar hace tiempo por finalizado el asunto y centrarse en la Fundación García Lorca de Granada, que se inauguró sin el legado del poeta, la familia se negó a ceder éste a la Fundación, está en la Residencia de Estudiantes madrileña, hasta que se despeje el contencioso que ésta mantiene desde que presentó una querella contra el secretario de la Fundación, Juan Tomás Martín, por falsedad documental y apropiación indebida.

De estas celebraciones, las de forma de libro tienen la ventaja de ser permanentes. Hemos citado la recopilación Una brisa que viene dormida por las ramas, que recoge un verso de Lorca, como uno de los mejores publicados en estos momentos: no es para menos ya que recoge poemas deVicente Aleixandre, Gerardo Diego, Louis Aragon, Caballero Bonald, Allen Ginsberg, el gran representante de la Beat Generation y que veneraba a Lorca, Ted Hughes, el gran poeta británico que se casó con Sylvia Plath, Leonard Cohen, a quien se debe la musicación de Poeta en NuevaYork, Paco Nieva, Antonio Gamoneda, Antonio Colinas, Ana Rosetti, Luis Antonio de Villena, Vicente Molina Foix e Ian Gibson, donde se aportan documentos inéditos, como la carta que García Lorca dirigió a Luis Cernuda, o el romance escrito en el dorso de un recibo de la Academia Orad, donde estudiaba Juan Ramírez de Lucas, “el rubio de Albacete”, que fue el último amor del poeta y del que el estudioso italiano Gabriele Morelli escribe un hermoso texto en este libro sobre esta última relación sentimental.

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Portada del libro ‘Lorca en Buenos Aires’. / Fórcola Ediciones

El libro se cierra con unas muy justas palabras de Ian Gibson sobre Lorca, palabras sentidas y muy extrovertidas para un anglosajón; no olvidemos, sin embargo, que Gibson es irlandés, cuando afirma que el asesinato de Lorca ha hecho de éste el desaparecido más llorado y famoso del mundo entero porque se ha convertido en un símbolo de todas las víctimas inocentes de la guerra.

El libro destaca por el cuidado con el que está hecho, pero hay otros. De todos ellos cabría dar cuenta del ensayo-novela de Reina Roffé, Lorca en Buenos Aires, que ha publicado Fórcola Ediciones, y que es una recreación exhaustiva del ambiente que rodeó a Lorca cuando visitó la capital argentina en octubre de 1933 y donde pasó seis meses. En el libro aparece la gran cultura en español del siglo, de una manera u otra: desde Borges, a quien no cayó nada bien Lorca y discutió con él acusándole de ser “un andaluz profesional”, a Onetti pasando por Alfonso Reyes, Pablo Neruda, Alfonsina Storni, Lola Membrives, Norah Lange, Victoria Ocampo, con referencias a Carlitos Gardel, incluso, en fin, Roberto Arlt...

Libros para rendir homenaje justo a García Lorca, de quien se cumplen ochenta años de su ominoso asesinato. Y mientras la tumba donde yace permanece opaca, oscura…

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