¿Se ha acabado el cambio?

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Santiago Alba Rico * | Cuartopoder | 6/7/2016

La “victoria” del PP y la “derrota” de Unidos Podemos sólo pueden describirse de esa manera si aceptamos medir cada una de estas fuerzas frente a la otra. En realidad, las cifras declaran perdedores al PSOE y a C’s, que han perdido tanto votos como escaños, y revelan al mismo tiempo un país difícilmente gobernable, sin bipartidismo y poco confortable para todos los partidos. Pero en momentos “históricos” las cifras, con su escueta objetividad, son poco determinantes. Da igual -al menos en estos momentos- el reparto de diputados. No sólo las encuestas: la astucia confuciana del PP, la agria rabieta del PSOE, el cuñadismo resignado de C’s y el triunfalismo calculado de Podemos construyeron el marco de un combate con solo dos púgiles, uno tocado por la corrupción económica e institucional, el otro aupado por la confluencia, en el que la victoria o la derrota no estaban relacionadas con los números sino con la propia escenografía. Para el PP todo lo que no fuera perder era ya ganar; para Unidos Podemos todo lo que no fuera ganar (votos y escaños para superar al menos al PSOE) era ya perder. El PP ha ganado; Podemos ha perdido. Sobre esto no creo que nadie tenga la menor duda.

La pregunta es por qué. ¿Por qué el partido más corrupto, el más antidemocrático, desgastado por las medidas de austeridad y los escándalos políticos no sólo no ha perdido votos respecto del 20D sino que ha ganado 600.000, recuperando así legitimidad (aunque no “libertad” de gobierno)? Esta es la pregunta fácil, pues los distintos factores que se han enumerado estos días en distintos análisis convergen todos -tengan más o menos peso: intoxicación mediática, polarización, Brexit– en el triunfo del voto “conservador”. Pero lo interesante, lo que debería hacernos reflexionar a las fuerzas del cambio, es que la campaña de Rajoy, con su actitud de percebe aferrado al arrecife en medio de las olas y sus tranquilos e infantiles apotegmas apocalípticos (“que vienen los malos”) se ha revelado enormemente eficaz precisamente en la dirección que parecía reservada para Unidos Podemos. No es extraño que los votantes del PP, la noche del 26J, festejaran la victoria de su partido con un “sí se puede”. Porque lo cierto es que el voto “conservador” se ha revelado finalmente el más transversal y el más consciente y movilizador. El percebe Rajoy ha conseguido convencer a la gente más variopinta del amplio arco político que discurre entre la ultraderecha y el centro, franja transversal que ha sabido entender además que los placeres de un domingo soleado de verano debían ser sacrificados a una “decisión” irrepetible y sin marcha atrás. La derecha transversal ha comprendido el carácter “histórico” de estas elecciones, en las que, como ha repetido en vano UP, la apuesta era, en efecto, de “todo o nada”.

Es probable que los potenciales votantes de UP que prefirieron abstenerse no entendieran lo que estaba en juego. Y ésta es, a mi juicio, la cuestión más correosa o penumbrosa. ¿Por qué los votantes del PP entendieron lo que los votantes de UP pasaron por alto? ¿Por qué ha vencido el miedo a Unidos Podemos sobre el miedo a Rajoy y sus políticas? ¿El temor al cambio sobre el deseo de cambio? Se han enumerado también muchas razones y yo no excluiría ninguna antes de haberlas examinado todas bien, pero sí me atrevería a sugerir, desde la impunidad retrospectiva, que quizás la conciencia de esta encrucijada histórica (“todo o nada”, “última oportunidad”, “desempate”) se ha visto en todo momento anulada por la moderación, discursiva y coreográfica, del tono de campaña. No me parece ninguna tontería la reflexión de Josep Ramoneda, en el sentido de que ha sido precisamente la “normalización” del liderazgo de Pablo Iglesias y la integración sin chirridos de la voz de UP en una campaña “bipartidista” muy convencional, la que han acabado por contagiar el miedo a “nuestros” propios votantes. Ha estado el miedo de los más “ideologizados” a que, tras las elecciones, no hubiera ningún cambio; y el miedo de los más “ilusionados” -los que querían sólo mover el tablero- a un “régimen” capaz de “moderar” tanto y tan deprisa a un opositor “radical”, y ello incluso antes de que alcanzara el poder. El PP ha inducido tanto miedo -y ha contagiado tanto miedo a su única oposición real- que al final ante los votantes sólo parecía haber dos alternativas realistas, y las dos eran “miedosas”: o el voto conservador o la abstención.

Todo esto, en todo caso, son especulaciones. Lo que sabemos es que lo que he llamado en otro sitio “la gente de régimen” ha sumado votos en todas partes, incluidas Valencia y Cataluña; y ha sumado votos en todas partes porque está en todas partes. La pregunta no es si “respetamos” o no ese voto. No nos queda más remedio. Tampoco si los miedos muy razonados (nada espontáneos) y el universo mental subyacentes nos merecen o no desprecio. Despreciarlos sería no hacerles responsables de su elección; en una democracia no hay nadie que no tenga un mínimo de poder, al menos el de votar, y por lo tanto un mínimo de responsabilidad. No podemos despreciar a los votantes del PP considerándolos irresponsables, necios, cobardes o infantiles (y por eso mismo el que conozca a alguno confeso debería afearle el voto con argumentos y sin reservas; en un momento “histórico” de todo o nada la victoria del PP tiene consecuencias para nuestros hijos, nuestros padres y nuestros hermanos). Pero la cuestión no es si debemos respetar o despreciar a la “gente de régimen”; la cuestión es si se los puede cambiar; si se puede cambiar el país cambiando tan solo el sentido de su voto durante el minuto electoral -propósito, como hemos visto, muy difícil de conseguir- pero sin cambiar sus “razonamientos” y su “universo mental”, forjados en décadas de “régimen” conservador. Los “minutos electorales”, no lo olvidemos, han estado más abiertos que nunca en los dos últimos años, pero son y siguen siendo históricamente “suyos”.

Porque esta cuestión es inseparable de otra igualmente importante: la de si se ha cerrado o no el ciclo del cambio en una España de pronto no tan diferente de esa Europa que, a nuestro alrededor, se desplaza a velocidad de crucero hacia la radicalidad derechista. No soy muy optimista. Si he insistido una y otra vez en pedir el voto para UP es porque creo que estas elecciones -como ha sabido ver bien el voto transversal del PP- representaban una encrucijada histórica de “todo o nada”. Sirve de muy poco, por ejemplo, que en EEUU Bernie Sanders haya estado a punto de ganar las primarias “demócratas”, con un discurso vigoroso y transparente y una movilización no desdeñable, si al final la alternativa es Clinton o Trump; es decir, si se impone un retroceso indudable para los EEUU y para el mundo. Todas las fuerzas que Sanders ha sacado a la luz y multiplicado en los últimos meses quedan dispersadas y anuladas por su derrota; y, si podemos consolarnos pensando en las pequeñas concesiones que tendrá que hacer Clinton o en la reserva de malestar potencialmente movilizado, es dudoso que nada de esto compense el oscurecimiento global que se avecina.

Pero no soy tampoco completamente pesimista. España no tiene la relevancia de EEUU, aunque los resultados de estas elecciones tenían sin duda importancia europea y mundial y por eso es doloroso descubrir que los españoles no somos muy diferentes de los ingleses que han votado el Brexit. No bastan 5 millones de votos para frenar al PP y no tenemos otros 40 años por delante. Ni siquiera diez años para una renovación demográfica. Ahora bien, tampoco puede decirse que, como ha ocurrido en EEUU, las fuerzas del cambio hayan quedado “dispersadas” o “anuladas” como consecuencia de la victoria pírrica del PP. Era la última oportunidad para ganar rápidamente en un momento -precisamente- en el que el tiempo lo era casi todo. Pero no todo. Como escribía Jorge Lago hace unos días, si el ciclo se ha cerrado se ha cerrado con 71 diputados dentro del Parlamento. Habrá que hacer algo con ellos. Sería un grave error, a mi juicio, usarlos para tratar de tranquilizar a nuestros rivales demostrándoles que algo sí ha cambiado en este país en los dos últimos años: nosotros. Recojamos, por el contrario, la escenografía de polarización a la que no se supo responder el 26J y, sin la urgencia electoral, tras un verano de reformateo “dramático”, con menos gestos y más discurso, hagamos verdadera oposición. Son ellos -no lo olvidemos- los que dan miedo. Y Unidos Podemos ha venido para echarlos.

(*) Santiago Alba Rico es filósofo y columnista.

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2 Comentarios

  1. Por lo visto Unidos Podemos se fía del ministro del Interior y de Indra para dejar lo del fraude como si nada. Dónde están las bases de Podemos? joer, está claro que ha sido un golpe de Estado a la democracia pero a la ejecutiva de Podemos se la suda y estar todo el tiempo con el lema del fraude con motivos, puede molestar al PP ja ja ja ja; no han estado ellos también dos años con el lema Venezuela sin motivos? Si antes del fraude me empezó a decepcionar Iglesias porque le veía poco claro, a pesar de todo en mi casa le votamos por Garzón y ahora tampoco se atreve Alberto a decir lo del fraude; pues chicos seguid callando lo importante, que a este paso el millón de votos que dais por hecho que son de abstencionistas me huelo que los vais a perder sin fraude y triplicados en futuras elecciones por la decepción de vuestros votantes, porque los coj……nes se demuestran actuando en vez de hablando, que es como nos convencísteis el 15 M; además, eso de la manifestación lo han dicho también otros, Cotilleja, pero si los afectados Iglesias y Garzón no tienen interés, ya está dicho todo y a mi juicio, no hay que insistir.

  2. Aprovechando para opinar, estos días tormentosos (climatológica y políticamente), seré breve y concisa:

    Hay que salir a la calle y hacer un 15-M en toda España, denunciando ‘fraude electoral’. Porque ahora es el momento. Si, en UNIDOS PODEMOS no han querido ‘sugerirlo’ (ni aun con los datos constatados recabados), habrá que concluir que están con ‘la Casta’, pues es difícil justificar el silencio cuando ampara ilegalidades. Nos han dejado a todos sus votantes “solos”, comentando con resignación, indignación y conteniéndonos las bilis, los sorprendentes -por desproporcionados- resultados electorales, favoreciendo a un Gobierno corrupto (y yo tengo ya la cabeza como un bombo, dicho sea de paso).

    Vamos a saber, sin dudas, de qué lado está posicionado cada uno, ahora que tanto habla el Sr. Iglesias y “Cía.” de su nuevo proyecto de “Ejército Regular”.

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