Un día cualquiera en Renault

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El señor que te dice que “o firmas la baja o te vas a la puta calle” aparece como un ser cotidiano, una almorrana con la que hay que lidiar.

Visita de Rajoy a la planta de Renault en Palencia en 2012. / RTVE

Domingos en chándal | Diagonal | 10/07/16

Todos se preguntan cómo pudo pasarnos esto en la semana post 26J. Pero pocos abordan qué hace posible que alguien diga a otro “te quedan cuatro putos meses (…) que vas a desear morirte”, como hizo un jefe de unidad de la fábrica de Renault en Villamuriel (Palencia) a un joven empleado eventual, y que el despido del jefe se deba más a que trascienda una grabación que a los hechos en sí.

Mien­tras el votante del PP es analizado en ciertos ambientes como algo hostil, alienado, un rompecabezas que resolver, como si no fuera nuestro vecino o familiar, un misterio de la naturaleza –¿cómo tomar contacto con él?–; el señor que te dice que “o firmas la baja o te vas a la puta calle” aparece como un ser cotidiano, una almorrana con la que hay que lidiar, pero de la que sólo podemos aplacar las consecuencias hasta que vuelva a presentarse.

Nadie plantea tras las elecciones cómo ser ojos y ­oídos, cómo estar en la celda dentro de la celda que es el despacho del mando intermedio para no dejar a nadie solo allí. Cómo ser panóptico en un espacio en el que por definición jamás entra –ni ha entrado, no nos equivoquemos– la democracia: el centro de trabajo. La hegemonía, el cambio o la patria se estrellan contra el portón de la factoría de Villamuriel, uno de esos lugares en el que trabajar parece menos malo –reindustrializar España como prosperidad, como arcadia perdida, coches ayudados por el plan PIVE para abarcarlo todo, ¡empresa internacional!–, pero también contra esos metros ganados al dormitorio en los que colocar una mesa para ser falso autónomo o contra un garaje donde se pegan suelas de zapato externalizadas en Murcia.

En el 26J el PP obtuvo un 45,72% de los votos en Palencia. Mientras unos se preguntaban cómo calcar el abordaje victorioso (que en el PP es una suerte de atrapalotodismo que une a quienes no quieren perder y a aquellos que buscan margen para ganar más), no es impertinente constatar que amenazador y amenazado, tal vez, votaron parecido. Sólo se puede empezar a preguntar desde ahí.

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