El odio a la democracia

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Imagen: Felipe Gomes (Flickr)

MANOLO MONEREO | Cuartopoder | 

Para Javier Álvarez
desde la pasión común

El título es el de un conocido libro de Jacques Rancière, que me servirá para fundamentar alguna de las opiniones de este artículo y, de camino, contribuir a la difusión de un autor que siempre merece la pena leerse y discutir con él. Vayamos al asunto. Todo vuelve y no siempre para mejor: vuelven el racismo y la xenofobia -¿cuándo se fueron?-; retornan la derecha extrema y la otra; los tan cacareados populismos lo hacen en su versión más ultra y, por decirlo de alguna manera, la izquierda desaparece como tal en casi todas partes, lo que va quedando son los Renzi, los Sánchez, los Hollande y la pobre figura de Corbyn. Puestos a volver, llega –y con qué fuerza- lo que podríamos llamar la “ingobernabilidad de las democracias” en esta fase de crisis de la globalización y de la Unión Europea. El “eterno retorno de lo peor” viene para quedarse y, mientras, algunos sueñan con la estabilidad. 

Lo de la “ingobernabilidad” tiene una vieja historia. Comenzó como un informe de la Trilateral y se convirtió en el inicio, en la señal inequívoca, de la contraofensiva de los poderes económicos fuertes que se llamó y llamamos neoliberalismo. El tema se podría explicar hoy así: los pueblos cada vez votan peor; es necesario, de nuevo, limitar nuestras escuálidas, sufrientes y débiles democracias. Lo del Brexit ha ido mucho más allá de lo esperable: todos contra la mayoría de los británicos que han votado por la salida de la Unión Europea, todos criminalizando a unos trabajadores “atrasados”, pegados a su territorio, unas capas medias nostálgicas de sus viejos “privilegios imperiales” e incapaces de entender el carácter progresivo e inevitable de la globalización capitalista, representada mejor que nadie por  la  Unión Europea, eso sí, bajo hegemonía de un Estado Nacional que ejerce -y de qué manera- plenamente su soberanía. Pedro Sánchez fue más lejos que nadie; simplemente, defendió, con la altura de miras que le es propia, que se suspendieran los referéndums.

La gente vota mal. Desde el referéndum francés sobre Maastricht la UE no ha ganado ninguno, en más de veinte años, en los diversos Estados que han usado este instrumento democrático para legitimar los procesos de integración que suponían y suponen cesiones importantes de soberanía, con consecuencias –las personas son cada vez más conscientes de ello- extremadamente negativas para sus derechos sociales, laborales y sindicales y, más allá, para su seguridad colectiva como miembros de una comunidad democrática. Hay que subrayar que el único país que rompió esta tendencia fue –no por casualidad- España diciendo sí al nonato Tratado Constitucional Europeo. Ha pasado mucha agua bajo los puentes; después de la crisis económico-social dramáticamente vivida, los españoles y las españolas son, con mucho, uno de los pueblos más críticos con este tipo de construcción europea.

El lector avezado tomará nota de que lo que realmente aparece es una contradicción cada vez más evidente entre la democracia, en cualquiera de sus acepciones, y un capitalismo financiarizado especializado en degradar derechos sociales y políticos, depredar recursos no renovables del planeta y generador de crisis recurrentes que acaban siempre pagando los trabajadores y trabajadoras, las mujeres, los jóvenes, es decir, las mayorías sociales. El fantasma que nos recorre es tan viejo como este capitalismo: las mayorías son incapaces de entender, incapaces de aceptar y asumir los sacrificios de un mundo que se abre a la libre circulación de capitales, a un mercado autorregulado cada vez más omnipresente y a un esfuerzo titánico de las élites por transformar sociedades arcaicas en sociedades de mercado a la altura de un tiempo histórico transnacional.

Liberalismo y democracia han sido contradictorios siempre, antagónicos durante mucho tiempo y cíclicamente conflictuales. La verdadera democracia liberal es la censitaria, la de los que saben, los cultos, los propietarios, los hombres libres no dependientes, las élites dirigentes. La tentación es siempre la misma: democracias limitadas, restringidas y contra mayoritarias. Hacer todo lo posible para que las poblaciones decidan lo que tienen que decidir; mejor dicho, que decidan lo que digan las élites y que acepten su dirección y dominio. La UE es el mecanismo perfecto: sustrae a la soberanía popular el control sobre la economía, despolitiza la política y somete a la ciudadanía al férreo control de los grupos de poder económicos bajo la clara y diáfana hegemonía del capitalismo monopolista financiero.

La segunda globalización va camino de parecerse cada vez más a la primera: crisis sociales recurrentes, agudización de los conflictos geopolíticos y político-militares, dominio sin hegemonía de la potencia dominante y financiarización sin límites y sin control alguno. Es la sensación general de que se camina sin dirección hacia lo peor y que la megamáquina del capital organiza su trayectoria desde su propia dinámica, desde su propia lógica interna, guiada por la incesante, urgente y dramática necesidad de acumular. Lo nuevo es la crisis ecológico-social del planeta y lo viejo que emerge es la guerra como forma suprema de definir las crisis y las correlaciones de fuerza.

La sociedades no se suicidan y los Estados tampoco. Habrá respuestas y serán duras, muy duras. Lo que se abre es un conflicto estructural entre las élites cosmopolitas del capital empeñadas en la globalización neoliberal, en la profundización de la Unión Europea y unas poblaciones que ven cómo día a día pierden derechos, se restringen sus libertades, se desintegra su sentido de pertenencia y acaban viviendo un mundo sin autoestima y sin identidad. La “derecha” y la “izquierda” institucional son parte de estas élites cosmopolitas; su verdadero problema son sus pueblos, a los que no entienden y desprecian, incapaces de ponerse en su lugar y defenderlos. En un momento que las poblaciones necesitan seguridad, orden, bienestar, derechos, libertades, no tiene quien las represente, mejor dicho, sí lo tienen, las derechas nacionalistas o los populismos de derechas.

Lo que está en juego es muy grande y determinará el futuro. Frente al cosmopolitismo de las élites económicas, políticas y mediáticas -la trama que nos gobierna y manipula- cabe otra alternativa diferente y antagónica a los populismos de derechas. Me refiero a una nueva alianza, un nuevo bloque histórico construido desde lo nacional-popular, desde las mayorías sociales en torno a la defensa de la independencia y de la soberanía popular, la democracia económica y social y el Estado federal. El desafío de Unidos Podemos es enorme: o construir una nueva alianza nacional-popular democrático-plebeya o terminar en los escombros de una izquierda incapaz de representar los intereses populares. La batalla final, para provocar un poco, será entre el populismo de derechas y el populismo de izquierdas. En medio no hay nada.

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