Franco encargó a Vallejo-Nágera un plan para crear “la nueva raza española”

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El teniente coronel Antonio Vallejo-Nágera y la portada de su estudio sobre el ‘Psiquismo del Fanatismo marxista’. / Imágenes: Wikipedia y L. D.

Luis Díez | cuartopoder.es | 17/07/2016

Desde la jefatura militar instalada en Burgos, los sublevados decidieron diseñar “la nueva raza española”. Franco, que se había proclamado generalísimo para colocarse por encima de sus colegas en la dirección de la guerra, despreciando la propuesta del viejo general Virgilio Cabanellas de formar un triunvirato, incorporó a su corte de colaboradores al teniente coronel Antonio Vallejo-Nágera Lobón, antiguo responsable de los servicios de medicina militar en África, para que pusiera en marcha un programa de “higiene y regeneración de la raza”.

Esta ambición revela desde primera hora la intención del dictador de limpiar España de demócratas. El argumento racial tenía muchos adeptos. El nuevo nacionalismo se inspiraba en los postulados de Hitler en Alemania. El impacto de la creación de una raza pura, superior a todas las demás, la raza aria, era enorme en aquella España que recibía desde 1933 la influencia del partido nazi. Por citar un ejemplo, el reportaje cinematográfico que sobre el congreso nazi de Nuremberg realizó Leni Riefenstahl, El triunfo de la voluntad, una de las películas propagandísticas más avanzadas y técnicamente más innovadoras (utilizó 30 cámaras), se proyectaba en las sedes de los falangistas, carlistas y monárquicos en toda España.

Si Franco no dudó en autoproclamarse caudillo (cabeza) emulando a sus colegas y aliados el führer (jefe) Hitler y el duce (guía) Mussolini, se comprende que su nacionalismo aspirara también a la pureza de la raza. Pero claro, el doctor Nágera, un hombre que admiraba a los nazis, comprendía que el racismo ario basado en el criterio “genetista” no valía para los españoles porque de raza pura teníamos poco, éramos “el cruce de mil leches” y, además, según decía, “sería anticristiano eliminar los genotipos deteriorados”. Por tanto, “la política racial de la nueva España para obtener biotipos de excelente calidad” tenía que ser “conductista” y basarse, para eliminar el “gen rojo” en “la mejora del medio ambiente, sin olvidar la genética”.

El doctor y sus ayudantes llegan a Burgos y se ponen manos a la obra. Cuentan con todas las facilidades para estudiar a los prisioneros republicanos que van siendo conducidos al antiguo monasterio de San Pedro de Cardeña, unos caserones vacíos y destartalados desde que fueron abandonados en 1921 por los capuchinos de Toulouse. Por allí pasaron más de 10.000 prisioneros de guerra. Nágera siente especial curiosidad por los voluntarios de las Brigadas Internacionales. Algunos mueren, aunque oficialmente sólo se fusila a los españoles. La brutalidad y las penalidades a las que son sometidos quedaron reflejadas en los relatos de algunos estadounidenses y en las Memorias de un rebelde sin pausa, del irlandés Bob Doyle.

El irlandés Bob Doyle, que sufrió los interrogatorios y mediciones biométricas del doctor Vallejo-Nágera y elementos de la Gestapo, con Luis Díez en 2006. / Inma Mesa

Nágera manejaba el esquema de Kretschmer y las mediciones de los biotipos  para estudiar tres postulados: la relación entre los pícnicos o gruesos y los flacos o atléticos con su predisposición al marxismo; la proporción de fanatismo marxista entre los inferiores mentales y la proporción de psicópatas antisociales entre los marxistas internacionales. Bob Doyle, quien acudió en 2006 a la presentación del libro del que suscribe, La Batalla del Jarama, y recibió un cálido homenaje del ayuntamiento de Rivas-Vaciamadrid (Madrid), con su alcalde José Masa, de Izquierda Unida (IU), al frente de cientos de vecinos, recordaba cómo fue sometido a las pruebas de Nágera y de unos tipos de la Gestapo. “Después de interrogarme, uno de ellos me tomó medidas mientras el otro iba anotando en un cuaderno. Lo único que entendí de lo que estaba escribiendo era algo parecido a “atleten”;  lo interpreté como que yo era “atlético”. Luego, me fotografiaron desnudo. El objetivo era demostrar que todos nosotros éramos infrahumanos”. El pintor y viñetista de El Sol y otros periódicos, José Robledano, que estuvo allí preso, reflejó con su lápiz en papel de estraza las condiciones infrahumanas de los prisioneros, cubiertos con harapos. Su esposa le sobrevivió y los guardó durante muchos años (hasta la restauración democrática) y entregó muchos retratos a las familias de los que fueron fusilados.

El psiquiatra Nágera y unos colaboradores que menciona como AVN, A. del Río y E. Conde Gorgollo, hacen unos estudios de los prisioneros que consisten en “comprobar experimentalmente” que “el simplismo del ideario marxista y la igualdad social favorece su asimilación por los deficientes mentales, que hallan en los bienes materiales que ofrecen el comunismo y la democracia la satisfacción de las más bajas apetencias humanas”. Y, naturalmente, consiguen demostrarlo. “En todos los marxistas internacionales predominan los temperamentos degenerativos sobre los normales; predominan las inteligencias medianas e inferiores, alcanzando el 10% la proporción de individuos francamente imbéciles”, concluyen. Publica los estudios en dos revistas especializadas, redacta un libro: Eugenesia de la hispanidad y regeneración de la raza, que imprime en Burgos y dedica al caudillo.

Vista aérea del Monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos), utilizado como campo de prisioneros./ Revista Fotográfica Española

Nágera reconoce entre sus “irrefutables” conclusiones que “el grupo de internacionales británicos e hispano-americanos tiene tantos puntos de contacto psicológico con los españoles que apenas difieren”. A partir de esos estudios y de sus grandes conocimientos, el psiquiatra dicta La política racial del Nuevo Estado (1938), un volumen seudocientífico con las medidas que deberán adoptar los nuevos jefes para conseguir “una raza robusta”.

La tesis de “la mejora del medio ambiente”, es decir, “la purificación psíquica a fondo” y la limpieza de cualquier vestigio de democracia y marxismo, es la que interesa a Franco. Puesto que el doctor Nágera considera probado que los marxistas y demócratas son “psicópatas”, propone, como “medida de higiene mental de la posguerra”, que se les segregue en “campamentos de trabajo hasta que hayan logrado su adaptación social”. Eso hacen.

Otras medidas de higiene inmediata han de ser las campañas antipornográficas para eliminar “el libertinaje” y el “desenfreno sexual” al que, según afirma el doctor, se han entregado las masas en la zona republicana. “El desenfreno de los jóvenes rojos ha alcanzado tales dimensiones que en algunas zonas liberadas se han encontrado infestadas de venéreo hasta el 40% de las mujeres marxistas”, asegura.

Además de limpiar “el medio ambiente”, el guía racial propugna la creación de una “aristocracia eugenésica”, los selectos, los mejores. No hace falta que sean exclusivamente atletas, sino ansiosos de superarse. “El selecto recibirá desde su infancia una educación rígida, disciplinada y plena de renunciamientos”. Esto requiere “una disciplina social muy severa, basada en la religiosidad y el patriotismo”.

El asesor racial de Franco sostiene que “los Estados liberales y democráticos se encuentran incapacitados para llevar a la práctica una política racial eficiente, ya que favorecen la vida de los inferiores y los mediocres en perjuicio de los selectos, pero el Estado dictatorial y totalitario sí puede hacerlo”. Y en ese sentido dispone: “El nuevo Estado seleccionará a los niños y los jóvenes de dotes sobresalientes y los someterá a su tutela para que no se atrofien”.

Para cumplir esa recomendación, Nágera dice que “los selectos” han de ser separados de sus familias, algo de lo que se ocuparán las instituciones que participan de la política franquista, la Iglesia Católica entre ellas. La selección de los mejores compete a los nuevos maestros una vez depurados y eliminados los de ideas democráticas y liberales, es decir, la mayoría. “Hay que llevar la disciplina militar a los centros de enseñanza. Los catedráticos con uniforme militar son más respetados por el alumno que los tocados con chistera”, afirma.

Dibujo del pintor Robledano sobre los prisioneros hacinados en San Pedro de Cardeña /Archivo Familiar.

Sobre la “política natal” del nuevo Estado, después de condenar la “taimada habilidad” de los revolucionarios sobre la “huelga de vientres”, afirma con supuesta solvencia científica que “la demencia precoz y la esquizofrenia son más frecuentes en los unigénitos”. De ahí la conveniencia de tener más de un hijo y la “mala fama” que en los años posteriores se dará a los hijos únicos. Propugna tres puntos fundamentales: “El aumento de los nacimientos, la disminución de la mortalidad infantil y el subsidio a las familias numerosas”. El régimen aplicó un sistema de puntos salariales por hijo.

La depuración del medio ambiente exige la erradicación de los anticonceptivos y la condena del aborto. Sostiene Nágera que “el Código Penal no ha evitado el progresivo incremento de los abortos clandestinos” y califica de “fariseos” a los colegas que “cubren con el acta médica las razones de necesidad para practicar abortos terapéuticos”, al tiempo que afirma taxativamente: “El nuevo Estado debe perseguir el aborto y a los abortadores”.

En “política nupcial”, el psiquiatra amigo del dictador se muestra partidario de desprestigiar a los solteros y de “promover campañas contra la soltería”. En este sentido afirma que “Mussolini ha seguido una política nupcial muy acertada”. Aunque no cita el lema las tres emes, su referencia al “Mussolini, Macho, Marido” queda implícita en su recomendación al generalísimo. “El ciudadano modelo de la Nueva España será casado y prolífico”, sentencia.

La “higiene de la raza” exige asimismo la erradicación del “donjuanismo” y de “la libertad de costumbres de la muchacha moderna” por no ser favorables al matrimonio, sino a la poligamia y la prostitución, según afirma. Por eso proclama: “Todos los españoles de bien tendrán padres conocidos”. Y recomienda al nuevo régimen castigar los delitos contra el honor de la mujer, causa –según él– de que abunden los donjuanes”.

La interpretación jurídica de esa recomendación impregna todas las disposiciones civiles y penales de la dictadura y somete de un modo terrible a las mujeres a la voluntad de los maridos en todos los órdenes de la vida, desde manejar los bienes gananciales o los recursos económicos de la propia mujer para comprar un electrodoméstico hasta salir del pueblo o la ciudad. Pero además el régimen implanta el delito de “adulterio” (se suprimió en 1975) y rescata de la legislación decimonónica el privilegio de “la venganza de la sangre” por el que el marido puede matar a la mujer adúltera. La vigencia de esta atrocidad se prolongó hasta 1968. He aquí el terrorismo intelectual contra las mujeres. Todavía hoy el doctor (Antonio) Vallejo-Nágera da su nombre a una calle de Madrid.

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