Nuestro Tour

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Camilo Alzate | Prodavinci |21/07/2016

Ya te contaron, Nairo.

Tuvimos a Cochise, al Zipa Forero. ¿Te contaron que en la Vuelta a Colombia de 1953 un locutor no podía del entusiasmo con Ramón Hoyos, ese jovencito patiabierto que despegó cuesta arriba?  Al tipo se le trababan los cables narrando, quiso compararlo con un saltamontes pero se equivocó: “¡trepa la montaña como escarabajo!” fueron sus palabras. Vaya despiste, si los escarabajos son gruesos y torpes. Carlos Arturo Rueda –aquel locutor– ni siquiera era colombiano, pero su confusión marcaba una impronta: el tuyo era un país de cordilleras tenaces y los trepadores nacían en las alturas por sortilegio, rústicos, sin pulir, de coraza sólida encorvada sobre el manillar. Escarabajos.

No nos enterábamos si Europa admiraba un Águila de Toledo, un Ángel de las Montañas, un Campeonísimo, un Extraterrestre. Qué importaban los Anquetil, los Bartali, los Lemond. Preferíamos nuestro pelotón cómico. Fíjate, este apodado Escobita Morales, aquel Pajarito Buitrago. Tuvimos al Tigrillo, a la Brujita Montoya (tuvimos más: Potrillo, La Pulga, Condorito, Cispitas, Ferreterito, El Sardino, Cacaíto…) Al que venció 6 veces la Vuelta a Colombia nadie quiso llamarlo caníbal, tirano, ni nada por el estilo. Lo pusieron el Niño de Cucaita por su aldea, cerca de tu casa. Mientras los belgas imaginaron en Eddy Merckx al Ogro, a Lucho Herrera todo mundo le decía Jardinerito.

Eso explica bastante, Nairo. El tuyo era un país de ciclistas en diminutivo. Morenitos, chiquiticos, escondidos de la mirada ajena entre sus cumbres grandiosas.

Llegamos tarde, como a casi todo. Nuestra Vuelta de recorridos imposibles rodó apenas en 1951. Solamente cuatro extranjeros consiguieron vencerla y me atrevo a sostener que dos nunca la merecieron. Los escarabajos, en cambio, se aburrían de dominar carreras a lo largo y ancho de América. Estos ciclistas en diminutivo arrasaron en México y Chile, ganaban en Brasil y Guatemala, en Costa Rica, Táchira, Puerto Rico, Cuba. No valía porque no era ciclismo verdadero. El auténtico era un deporte para blancos –como quería Hein Verbruggen– que se corría en Europa, donde llegamos tarde. Cuando los colombianos por fin debutaron en un Tour de Francia habían pasado ochenta años desde la primera largada. Fue en 1983 y el 11 de julio aparecieron las alturas durante la décima etapa, 200 kilómetros con el Aubisque, el Tourmalet, el Aspin y el Peyresourde atravesados. ¿Ya te contaron que subiendo al Tourmalet Patrocinio Jiménez reventó a Lucien Van Impe, el mejor escalador de su momento? Con eso destrozaba la carrera. El viejo Patro arrancó por los premios de montaña pero parecía que quisiera arañar las nubes con los dedos, soltando un reguero de corredores y calambres, una desbandada, exclamó algún presentador francés de televisión. ¡Les colombiennes se sont réveillés!; los colombianos habían despertado, entonces fueron otros quienes llegaron tarde.

No ganamos, Nairo.

En ciclismo es más importante aprender a fracasar, acariciar esa amante cruel que es la derrota como una compañera mimada y caprichosa. Eso te lo cuenta mejor Pablito Hernández, uno de los más fuertes en los 60, que si no andaba estampillado de bruces contra el barranco, se pinchaba, o iba de gregario, jodido por las pésimas tácticas de su director técnico. Cuando se levantaba de sus revolcones, Pablito agarraba el manubrio con la mano menos adolorida y alcanzaba a entrar segundo o tercero en la meta. Así un año y dos. Y cinco. Y siete. Y nueve. Hasta que en su décima Vuelta a Colombia, tras una escapada heroica y desfallecido los últimos metros, Pablito Hernández se adueñó de la carrera desde el segundo día sin ganar ni una etapa. ¿Te contaron que en 1959 los mexicanos caían como moscas cuando llegaban las faldas? A Pablito, por ejemplo, le encantaba atacar subiendo al Páramo de Letras, el puerto de montaña más largo del mundo: 83 kilómetros interminables que rebasan los 3.600 metros sobre el nivel del mar. Le gustaba porque por esos lados se preparaba con el Tigrillo, y porque él jura que la altitud nada le hace al organismo. El Ñato Suárez prefería fugarse en otra etapa cruzando Alto de Minas –su pista de entrenamiento– a veces al comienzo, a veces a la mitad de los 42 kilómetros de subida. La bautizaron “etapa del infierno”, pues antes o después debían afrontar Hojas Anchas, una loma que se ascendía por trochas de herradura siniestras, donde las mulas resbalan y los hombres se desmoronan sobre la bicicleta. Cuando Bernard Hinault vino a correr un Clásico RCN en 1986, la etapa del infierno ya no pasaba Hojas Anchas, la vía estaba debidamente asfaltada, las bicicletas tenían la mitad del peso que entonces… Pablito Hernández estuvo esa tarde al borde de la carretera y vio al pentacampeón del Tour de Francia hundido en el último repecho antes de terminar en Riosucio. Pablito lo animó con un francés impecable (“¡Allez, allez mon ami!”), le ofreció una botella de agua y le señaló las diferencias de tiempo. Segunditos más, segunditos menos, Lucho Herrera le sacaba un cuarto de hora de ventaja. Siempre fuimos aterradores en la versión calamitosa de este deporte, la que pica para arriba. Eso nos emborracha de orgullo.

Lo sabes, era un ciclismo distinto.

De arrancones, de inspiración temeraria, usando plato 47 y piñón 21 para trepar. El que tenía con qué se volaba y punto, como me contó el Ñato Suárez, aunque faltaran 100 kilómetros y el infernal Alto de la Línea en medio, ese monstruo abominable de 3.300 metros dónde Rubén Darío Gómez, el “Tigrillo de Pereira”, descolgó al español Julio Jiménez, el “Relojero de Ávila”. Julio no es que fuera cojo: acabaría cuarto del Giro, segundo del Tour, campeón de la montaña tres veces. Lo nuestro era competir contra eternas carencias; faltaron toda la vida patrocinadores, no se conocían avances tecnológicos, adolecíamos de carreteras decentes. La mitad de los recorridos transitaban por caminos de lodo y cascajo, los corredores cruzaban ríos con su bicicleta al hombro. Otro español, Martín Piñera, perdió el liderato en 1961 entre Manizales y Pácora durante aquel trayecto infame vaciado de fango y rocas. Llegó media hora después que Hernán Medina. “Esto no es para nadie” dijo furioso Julio Jiménez desplomándose sobre la meta “ni aun para los coches”. Hay una que no olvidan, 1963, cuarta etapa de San Gil a Sogamoso. Llovía. Fueron siete horas pedaleando quinientos metros sobre pantanales, deteniéndose a quitar el barro de la cadenilla y las ruedas con una rama, otros quinientos metros, deteniéndose de nuevo… Nuestra epopeya del subdesarrollo: unos muchachos intrépidos, con uñas y dientes, con verraquera, atravesando este país en bicicleta cuando hubiera sido más fácil pasar el Niágara. ¿Por qué lo hacían? Porque –lo confesó una vez Cochise Rodríguez– crecieron con hambre.

Y hubo amor a primera vista, claro.

Los campesinos caminaban días hasta la cuneta más cercana para verlos. En la escuela los niños escapaban, o escuchaban la transmisión a escondidas. Los  obreros salían de las fábricas a vitorear la caravana. Estoy imaginando mi abuela a sus 11 añitos tejiendo tras la puerta de la cocina con la radiola encendida, pendiente del primer campeón Efraín “Zipa” Forero, que tropezó descendiendo a Manizales y se rajó la cabeza, luego pinchaba en Cartago, otro día entraba en Ibagué con la rueda deshecha y aún así ganó al segundo por dos horas de diferencia. La gente contaba que su propia madre le servía de entrenadora, mecánica y masajista. Hubo una tarde remota que fui con mi hermanito de la mano porque el abuelo quiso que miráramos la Vuelta pasando, transcurriendo. Además de la guerra, el ciclismo era el único espectáculo que ocurría por las planicies incógnitas, en las serranías ocultas, entre tempestades o desiertos, una lucha donde también pelean las potencias de la naturaleza, eso que los pintores llaman paisaje. El tuyo es un país de territorios anónimos y olvidados. No me sorprende que esos muchachos atrevidos consiguieran lo inverosímil: juntar aquella geografía quebrada y arisca.

La escritura se parece a rodar en bicicleta. Nos va la vida tirando para acabar una página. Uno aguanta, resiste, borra, aguanta, vuelve a borrar, casi nunca llega como quisiera. Uno prueba a ver qué. Cualquier historia sucede durante la ruta pues el final es pura disculpa. Por eso quienes amamos el ciclismo creemos que hay instantes donde alcanza a ser una forma del arte, o mejor, un destello de la terrible belleza, cuando el dolor concede la gracia de la revelación como se la concedió a Juan Mauricio Soler remontando el Col du Galibier. En la cara lo decía todo, aunque conviene recordar sus palabras: “supe aguantar”.

Tu pueblo ama el ciclismo, Nairo.

Porque intuye esa rara hermosura que se desata con el rostro desgarrado desafiando la cuesta, guapeando, retorciéndose, probando a ver qué. Tu pueblo aprendió a aguantar, se retuerce, intenta una y otra vez aunque siempre acabe ofreciéndose a la derrota, esa amante cruel y caprichosa. Contigo anhelan llegar de amarillo a París aquellos morenitos y chiquiticos perdidos en sus cordilleras. Si no llegas, Igual habremos confirmado que este deporte es un trasunto de nuestra patria, una sacrificada metáfora de lo que somos. El dolor ya te concedió su belleza. Supimos sufrir. Sabemos todavía.

Fuente: http://prodavinci.com/2016/07/21/vivir/nuestro-tour-o-colombia-ama-el-ciclismo-y-sabe-surfrir-por-camilo-alzate-gonzalez/

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