Cómo pensar un mundo sin corporaciones

Hablamos con David Whyte y Steve Tombs, autores de ‘La empresa criminal. Por qué las corporaciones deben ser abolidas’.

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Miles de personas trabajan en condiciones inhumanas para corporaciones occidentales. / ILO MUNASTIR MAMUN

Gladys Martínez López | Diagonal | 31/07/16

En el año 2014, 218.827 adultos y 15.048 menores fueron condenados en firme por tribunales de lo penal en España por haber cometido algún tipo de delito. Así se desprende de los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística. Y cada país dispone de los suyos propios. ¿Pero cuántos delitos fueron cometidos por la acción de las corporaciones, y cuántos directivos fueron condenados por ello?

Vertidos de petróleo o aguas tóxicas, contaminación del aire por las industrias, intoxicaciones alimentarias, manipulación de precios y fraudes masivos, hipotecas abusivas, accidentes laborales por falta de seguridad… Los crímenes y delitos cometidos por las corporaciones son extensos. Casi tanto como la impunidad que se deriva de ellos. “La ley penal burguesa se organiza en torno a la figura del individuo y el concepto de mens rea, la intencionalidad. No es fácil hacer encajar esa concepción con el daño producido por una corporación”, dice a Diagonal Steve Tombs, que junto a David Whyte acaba de publicar el libro La empresa criminal.

“Si yo intento matarte y lo consigo, eso es intencional, hay delito y hay castigo. Al propietario de la mina que sabe que va a morir gente, que no tiene intención concreta de matar a un individuo determinado pero no le importa en absoluto lo que vaya a ocurrir, a lo sumo se le culpará por negligencia, nunca por homicidio”, añade Tombs. Desde enero de 2015, la Organización Internacional del Trabajo estima que 2,2 millones de personas han muerto en accidentes laborales. “Obviamente no puede decirse que se trate de dos millones de personas asesinadas por organizaciones criminales, pero sí puede decirse que un 75% de esas muertes resultan de violaciones de la ley penal”, añade.

Lo mismo ocurre “en materia de criminalidad financiera, sabemos que las víctimas se cuentan por millones, como en el caso de los fraudes hipotecarios”. En Reino Unido, 2,5 millones de personas sufrieron esos fraudes en los 90, y muchos perdieron sus viviendas. Y en España, al menos 400.000 familias han perdido sus hogares desde 2008 después de firmar hipotecas abusivas. “Hablamos de estimaciones, pero lo que sí sabemos con total seguridad es que la cifra real de vidas afectadas es abrumadoramente superior a la de los llamados ‘delitos tradicionales’”, dice Tombs.

Entonces, ¿por qué rara vez se castiga estos delitos? Porque la corporación, indican los autores de este libro, “nació como mecanismo para asegurar la impunidad ante cualquiera de los daños humanos que produzca”. Su ‘madre’, la empresa colonial, cuyo mejor ejemplo sería la Compañía de las Indias Orientales, fue creada por un lado para “concentrar la riqueza y aumentar así la capacidad del Estado para expandir su imperio”, y por otro para “desplazar responsabilidades”, indica David Whyte. Con un ejército de 250.000 mercenarios, este “agente colonial del Gobierno británico” cometió innumerables atrocidades en sus dos siglos de vida. Así, el Gobierno se beneficiaba de la compañía, y la compañía, del Gobierno, en una relación casi simbiótica.

Cuando a mediados del XIX nació la corporación en su forma moderna, lo hizo con el mecanismo de la responsabilidad limitada de sus propietarios. “El principio de responsabilidad limitada, que se aplica a los inversores vinculando la responsabilidad a la inversión, se aplica también en el ámbito penal, en el de los derechos humanos, para asegurar la impunidad de directivos y gerentes, porque la forma legal otorgada a la corporación busca separar su identidad de las de sus directivos, gerentes e inversores”, continúa Whyte. De ahí que “la corporación represente una perfecta estructura para la impunidad de sus propietarios y también para que el Estado eluda sus responsabilidades”.

El rastro del dinero

Pero las grandes empresas también diluyen sus responsabilidades a través de otras prácticas, como la larga cadena de externalizaciones y subcontrataciones. El 24 de marzo de 2013, el edificio Rana Plaza se hundía en Dhaka (Bangladesh), provocando la muerte de 1.138 empleados del textil que trabajaban allí en condiciones inhumanas. Aunque el propietario del edificio fue condenado por los tribunales, las empresas occidentales para las que producían a un coste irrisorio los trabajadores que allí murieron salieron airosas del asunto. ¿Pero acaso eran menos responsables Benetton, El Corte Inglés, Mango, Inditex, Primark, Carrefour? Es necesario “seguir el rastro del dinero; si sigues el dinero, H&M es responsable”, dice Whyte. “Toda esa gente murió básicamente porque las condiciones de trabajo y de vida que les son impuestas permiten maximizar el beneficio de la compañía a lo largo de la cadena de suministro, de un provee­dor a otro”, añade.

Uno de los ejemplos más claros, explica Tombs, es el de la construcción, donde el contrato de una obra se otorga a la empresa principal, que para ejecutar el proyecto “encadenará una serie muy larga de subcontratas, en una larga cadena de suministro”. Así, cuando un obrero muere en la construcción, uno de los sectores con mayor siniestralidad, la responsabilidad de la empresa principal se diluye en una larguísima cadena de subcontratación. “Se trata de un marco de impunidad práctica y doble beneficio para la empresa: por las ganancias y por librarse de las consecuencias”, dice Tombs.

Dictaduras

Siguiendo la herencia de la empresa colonial, “la historia de la corporación es la historia de sus crímenes”, escriben los autores. “Casi todas las dictaduras más brutales del siglo XX han sido impuestas o sostenidas por grandes corporaciones, eso no es ningún secreto”, añade Whyte, que recuerda que el software con el que se registraba a los judíos fue de­sarrollado por IBM, que ITT participó en la desestabilización del Gobierno de Allende en Chile o Bacardi en los intentos de derrocar el Gobierno de Cuba. En nuestra historia más reciente, no se puede olvidar el ejemplo de Iraq, atacado por una coa­lición de Estados que entregaron sus recursos y riquezas a unas multinacionales occidentales que participaron activamente en la planificación, ataque y ocupación militar del país. “Es una constante que no podemos ignorar, pero es sólo parte de una historia de intensas relaciones entre Estados y corporaciones, que tiene sus principales hitos en las dictaduras y las guerras”, dice Whyte.

Según detallan en La empresa criminal, un informe reciente de Global Trends muestra que, de los 150 entes económicos más grandes del mundo, el 59% son empresas y el 41% Estados. Las empresas acumulan hoy un poder descomunal. Sin embargo, insisten los autores, no podrían sobrevivir sin el apoyo constante de los Estados. “Contra el tópico del libre mercado –dice Whyte–, lo que pasó tras la crisis financiera de 2007-2008 fue que billones de dólares y euros fueron puestos en manos de los bancos en todo el mundo para ‘salvar’ el mercado, el mercado ‘libre’”. Si miramos a España, el rescate a la banca se ha elevado finalmente a 147.000 millones de euros de dinero público, según un informe reciente. Y en Reino Unido, esta cifra se incrementó hasta los 550.000 millones de libras entre 2008 y 2009.

Pero las ayudas no se quedan ahí. A ese más de medio billón de libras en Reino Unido, se sumaban en 2011 y 2012 otros 30.000 millones en subsidios para los “bancos demasiado grandes para caer”. Es más, “no hay una sola industria privatizada en el Reino Unido que no base su actividad en enormes subsidios”, dice Whyte, empezando por los fondos destinados a I+D, que provienen en su mayor parte de los Estados y van a parar a las empresas. “Se trata de un sistema enorme de ‘bienestar corporativo’ que sostiene a esas empresas”, añade este autor. Además, en muchas esferas de negocio, dice Tombs, “el Estado es el único cliente, así es que las corporaciones de esos sectores dependen de la contratación pública, y su facturación de los gobiernos”.

En los medios

En definitiva, “si buscas y analizas críticamente encontrarás crimen corporativo en las noticias publicadas por los medios todos los días. Lo que ocurre es que esos casos nunca son presentados como crímenes, sino como accidentes, desastres, filtraciones, derrames, como errores. Siempre en términos eufemísticos, como sucesos involuntarios, como si tales cosas ocurrieran por casualidad, muy lejos de esos delitos cometidos por un joven negro de barrio marginal”, dice Tombs. “Los medios tienen inversores, ¿no? –responde Whyte–. Dependen de sus accionistas y de los ingresos por publicidad. Y eso significa que la mayoría de medios no va a querer dar una imagen hostil hacia las empresas. Si hay que dar una noticia de ese tipo, es más fácil presentarla como una desgracia”.

¿Pero entonces no existe la responsabilidad social corporativa (RSC)? “Por supuesto, hay corporaciones que actúan más responsablemente, o con menos irresponsabilidad, que otras”, dice Tombs. Pero la responsabilidad social corporativa, que además es muy útil a nivel de imagen, siempre estará supeditada al objetivo de la maximización de beneficios, añade, “y en el momento en que ese objetivo se pone en riesgo, la RSC queda a un lado”.

Para enfrentarse a los crímenes empresariales, los mecanismos en materia penal existentes hoy tienen unos efectos muy limitados, así como las multas, ya que sus cuantías, sobre todo si son elevadas, se acaban trasladando a consumidores y trabajadores. La corporación, en su forma actual, no puede ser reformada, debe ser abolida, dicen los autores. Según Whyte y Tombs, debemos, de entrada, ser capaces de imaginar un mundo sin corporaciones. Porque, “aunque está en todas partes e infecta cada rincón de nuestra vida desde la infancia hasta la muerte, se trata de un fenómeno históricamente muy joven”, dice Tombs. “Hubo un larguísimo periodo de la historia humana antes de la corporación y puede haber un larguísimo periodo después de ella. Pero nunca llegaremos a ese punto de la historia –añade– si no comenzamos a pensar en la posibilidad de un mundo sin corporaciones”.


Los autores

Steve Tombs

Profesor de Criminología y Sociología en la Open University, hace años que escribe sobre los crímenes de las corporaciones. Es miembro de State Crime.

David Whyte

Profesor de Estudios Socio-legales en la U. de Liverpool, es miembro del Institute of Employement Rights y del observatorio de empresas Corporate Watch.


Oligopolios que dominan el mundo

Casi todos los sectores clave de la economía están oligopolizados, y “la mayoría de oligopolios operan con un poder superior al de muchos Estados, así que –dice Tombs– la idea de libre mercado es empíricamente ridícula”. Por ejemplo, en el mercado de la producción agrícola, cuatro firmas controlan el 58,2% de las semillas, el 61,9% de los agroquímicos y el 24,3% de los fertilizantes. Y cinco compañías controlan el 80% de la producción y comercio global de plátano.


Los autores entrevistan a los traductores

¿Por qué habéis decidido traducir este libro?

Ignasi Bernat, Alejandro Forero y Daniel Jiménez: por cuatro razones principales.

1. El libro plantea un enfoque que es nuevo en la literatura en castellano y abre un camino a los estudios críticos sobre la criminalidad de los poderosos. Entender la relación simbiótica entre Estado y mercado es entender cómo ésta habilita a la corporación para operar con total impunidad, así como redefinir la perspectiva de la economía política analizando unas relaciones sociales que funcionan a través de las corporaciones.

2. El libro se distingue además de otros trabajos previos en el hecho de que, por primera vez, el foco se pone sobre la corporación en sí misma, preguntando qué es y por qué ostenta ese poder criminógeno. No se trata sólo de las consecuencias de la actividad corporativa, sino de entender qué es la corporación.

3. Aunque la mayoría de ejemplos del libro se extrae de la historia del Reino Unido, como explicamos en la introducción no hay prácticamente un solo lugar del planeta donde no encontremos casos similares. Este libro es un buen punto de partida para poner números, nombres y fechas a lo que también ha ocurrido y está ocurriendo en (y desde) el Estado español.

4. Y trayendo todos esos ejemplos a la historia, o mejor, a las memorias en el Estado español, que es incorporarlos a una lucha por la interpretación del conflicto en las últimas décadas, nos encontramos con una diferencia: el Reino de España no era precisamente una potencia global en materia económica a principios del siglo XX o durante las cuatro décadas del Franquismo. España tiene esta corta historia reciente, que se construye sobre un boom socioeconómico y hace del caso español un drama político y social. La memoria colectiva española parece incapaz de recordar siquiera lo que ocurrió ayer. Tenemos esta historia comprimida en la que las compañías, públicas o privadas, que se forman en periodos anteriores, crecen y se transforman en 20 años hasta convertirse en arietes europeos del mercado latinoamericano.

En términos locales, dentro de España, esto tiene que ver con que el único factor que proporciona una aproximación comprensiva al aumento del 800% en la población penitenciaria es el modelo de crecimiento impuesto, el volumen de crimen generado y el consiguiente subdesarrollo social – gobernado a través del delito, desde el sistema penal y mediante un intenso giro hacia el populismo punitivo y el reciclaje crematístico del aparato penitenciario.

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