Intento de homenaje a Luis Buñuel

SOBRE EL AUTOR DE 'EL DISCRETO ENCANTO DE LA BURGUESÍA'

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¿Encontramos o encontraremos en el cine un discurso estético a la altura del suyo?

‘El discreto encanto de la burguesía’

Belén Quejigo, Germán Santiago | Diagonal | 03/08/16

De Calanda. Nació con el siglo XX. De carácter mordaz, sarcástico e hiriente, toda la obra de Buñuel gira entorno al espanto y el patetismo de la clase burguesa que filma de una manera irónica, cruel, despiadada, absurda y hasta ridícula, a través de un humor negro incomparable. De sensibilidad extraordinaria y habiendo pasado por la Residencia de Estudiantes, es criticado tanto por el republicanismo como por el franquismo. Miembro del grupo surrealista, íntimo de Lorca, Alberti pero también de Ionesco, Magritte o René Char, ya en su primer film junto con Salvador Dalí, fruto de un sueño conjunto, huye de las explicaciones racionales hacia “un automatismo inconsciente no psíquico capaz de devolver a la mente su función real fuera de todo control ejercitado por la razón, la moral o la estética”.

De hecho, existe en toda su filmografía una revolución permanente que desborda la moral, las normas y la estética establecidas rompiendo los límites a través de un realismo-surrealista. Subversivo y blasfemo por naturaleza, resistencia que le costó el exilio permanente y una relación de amor-odio hacia la España franquista de corte católico recalcitrante, es uno de los mejores ejemplos del esperpento y el realismo español a la altura de Goya, Ribera, Zurbarán y Valle-Inclán, a los que admiraba profundamente como puede verse en su autobiografía “Mi último suspiro”. Buñuel mexicano por obligación y francés por admiración, nos dejó más de una treintena de películas que merecen ser recordadas a partir de una desconocida raíz común en este intento de homenaje en el luctuoso de su muerte: la burguesía, el proletariado y el lumpemproletariado.

Para Buñuel, como para Walter Benjamin y Marx, “la burguesía es la clase más revolucionaria de la historia”, ya que es la única capaz de remover desde sus cimientos los modos y medios de producción para dar lugar a un sistema económico (y político) distinto. En Simón del Desierto dice “Siempre habrá esas luchas fratricidas entre lo tuyo y lo mío. El hombre mata por defender lo que cree que es suyo”. La trampa de la burguesía ha sido la creación de la metrópolis y con ella el apego absoluto hacia el espacio y la propiedad, dando lugar, como siempre que algo es constituido, a un adentro y a un afuera, a la dicotomía poseedores y desposeídos, o dicho de otro modo, los que tienen y los que no. La ciudad filmada por Buñuel, desde sus grandes avenidas descritas en el libro Pasajes de Benjamin que sirven para transportar mercancías (no para la libre circulación de las personas, ya que si habitan o están en ellas son fruto de la marginación y la desposesión), Buñuel afirma en la única película Patrimonio de la Humanidad, su gran obra maestra Los Olvidados, de 1950, mejor director en Cannes, lo siguiente: “Las grandes ciudades modernas: Nueva York, Paris, Londres, esconden tras sus magníficos edificios lugares de miseria, que albergan niños mal nutridos sin higiene, sin escuela, semillero de futuros delincuentes. La sociedad trata de corregir este mal, pero el éxito de sus esfuerzos es muy limitado. Sólo en un futuro próximo podrán ser reivindicados los derechos del niño y del adolescente, para que sean útiles a la sociedad. México, la gran ciudad moderna, no decepciona a esta regla universal. Por eso, esta película está basada en hechos de la vida real, no es optimista y deja la solución del problema a las fuerzas progresivas de la sociedad”.

En otra ciudad, París, Catherine Deneuve “bella como la muerte y fría como la virtud”, como solía definir el cineasta de Calanda, casada con un rico de recta moral, esconde sus perversiones en la mítica Belle de Jour. La ciudad, en este caso de nuevo la enorme Ciudad de México donde Buñuel prometió estar sólo de paso y donde al final vivió casi un tercio de su vida, esconde en la paupérrima Colonia Doctores a los olvidados, pero también a los burgueses de Polanco de El Ángel exterminador donde unos comensales de clase alta no pueden salir de una habitación pero tampoco cooperan para poder hacerlo. Allí pasan días desintegrándose física y moralmente. ¿Por qué no trabajan en común hacia una misma dirección: salir de la mansión? ¿Tiene la burguesía la misma naturaleza humana: violencia, odio, mala educación? Es un enigma que Buñuel siempre dejará abierto y que continuará en otras obras como El fantasma de la libertad o en el mismo El discreto encanto de la burguesía, primera película española en conseguir un premio Óscar a la película de habla no inglesa. Tal y como señala Buñuel, hay algo oculto: “El Ángel exterminador es una de las raras películas mías que he vuelto a ver. Lo que veo en ella es un grupo de personas que no pueden hacer lo que quieren hacer: salir de una habitación. Imposibilidad inexplicable de satisfacer un sencillo deseo. Eso ocurre a menudo en mis películas. En La Edad de Oro, una pareja quiere unirse sin conseguirlo. En Ese oscuro objeto del deseo, se trata del deseo sexual de un hombre en trance de envejecimiento que nunca se satisface. Los personajes de El discreto encanto de la burguesía quieren a toda costa cenar juntos y no lo consiguen”.
¿Quizá sea el cine de Buñuel un retrato de la imposibilidad misma de la realización absoluta del deseo?

Buñuel estuvo hasta su último intento dando vueltas al problema de lo imposible y lo realizable a través del humor negro. Incluso en sus memorias confiesa que le gustaría realizar unos últimos gags delante de sus amigos antes de morir: “Al aproximarse mi último suspiro, imagino con frecuencia una última broma. Hago llamar a aquellos de mis viejos amigos que son ateos convencidos como yo. Entristecidos, se colocan alrededor de mi lecho. Llega entonces un sacerdote al que yo he mandado llamar. Con gran escándalo de mis amigos, me confieso, pido la absolución de todos mis pecados y recibo la extremaunción. Después de lo cual, me vuelvo de lado y muero. Pero, ¿se tendrán fuerzas para bromear en ese momento?”.

Buñuel murió un 29 de julio en el exilio en la Ciudad de México en la Cerrada Félix Cueva,s 27 de la Colonia Narvarte que, tras años de trámites con el Ministerio de Cultura Español, se ha conseguido se convierta –al menos en potencia-, no en un museo, algo que horrorizaría al propio Luis Buñuel, sino en un lugar de encuentro de cineastas e incluso se ha propuesto que sea la sede de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas.

Tal y como el cineasta nos deja entender, no echará nada de menos del mundo –bueno, seguro que los bares y el alcohol al que, si tuviera que alabar sus virtudes, nunca acabaría, sí. Pero tuvo que renunciar a ellos años antes de morir–. Sin embargo, como toda persona sensible con el mundo tan sólo lamentó una cosa: “no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que suceda después de la muerte no existía antaño, o existía menos, en un mundo que no cambiaba apenas. Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba”.

Sólo una pregunta más cabe para terminar ¿encontramos o encontraremos un discurso político y estético en el cine a la altura de Buñuel?

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