Encarnizamiento terapéutico

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El neoliberalismo es la respuesta a un gran fracaso de dimensiones históricas, a saber, la incapacidad del capital para mantener tasas de ganancia adecuadas

Alejandro Nadal

El crédito, que es un ingreso consumido antes de haberse realizado, puede posponer el momento en el que el capitalismo alcance sus límites sistémicos, pero no puede abolirlo. Incluso el mejor de los encarnizamientos terapéuticos debe concluir algún día

Anselm Jappe

Alfredo Apilánez | trampantojos y embelecos

1-Deudocracia

“La misión de estas instituciones es transferir, bajo las más diversas formas, masas colosales de riqueza al sector financiero”. El lapidario diagnóstico del economista brasileño Theotonio dos Santos describe la esencia de la función de los bancos centrales “independientes” como puntales de la aguda expropiación financiera característica del neoliberalismo contemporáneo. El relativamente saneado -hasta la virulenta crisis actual- Estado brasileño emite bonos del tesoro no porque tenga deudas (desde hace 20 años Brasil, un país fuertemente exportador, tiene superávit fiscal primario antes del pago de intereses), sino para otorgar enormes réditos a los fondos de inversión y a la gran banca privada internacional. ¿Por qué un país con superávit en las cuentas públicas tiene que aumentar su deuda con los mercados financieros, extrayendo el flujo de pagos de intereses de los impuestos de los inermes ciudadanos? Tampoco la ortodoxia viene al rescate del chanchullo: “al definir la función del Estado, no hay ningún teórico de la corriente neoliberal que incluya entre sus deberes lanzar títulos de deuda con altas tasas de interés sin tener ninguna deuda derivada de los llamados ‘fines’ del Estado”. La surrealista coyuntura muestra el quid de la cuestión, más cercano al flagrante latrocinio que a la aséptica microeconomía friedmaniana, acerca del papel real del sanedrín de las finanzas brasileñas: “Se trata de una expropiación de los recursos obtenidos por los distintos tipos de ingresos fiscales para transferirlos al sistema financiero bajo los pretextos más increíbles y las maneras más inventivas”. La perversidad del proceso se aprecia en que los intereses del pago de esa deuda “odiosa” generada por “la dinámica de los mercados” empujaron a Brasil, en las amargas palabras de Dos Santos “a un falso déficit fiscal, que debe ser cubierto con ajustes, reduciendo el gasto público destinado a satisfacer las necesidades de nuestra población”. Bajo la consabida excusa, típica de la vulgata neoliberal, de contener la inflación y atraer capitales foráneos el banco central “neocon” mantuvo elevadísimas tasas de interés para alborozo de los bancos privados y de los hombres de “trajes caros de Wall Street”, que recibían jugosos réditos del generoso regalo de su “troyano” en la sometida economía del gigante sudamericano: “ningún razonamiento económico razonable, ningún estudio empírico serio, ningún estudio de caso capaz de probar la relación absurda entre los aumentos desproporcionados en las tasas de interés y contención de la inflación (…) se presentó para el debate con el pueblo brasileño que justifique la transferencia de alrededor de 1 billón de reales en pago de intereses al privilegiadísimo 1% del pueblo brasileño”. Esta “institución monstruosa”, en los lúgubres términos de Dos Santos, funge pues como venal mamporrero del gran capital transnacional, estrechamente confabulado con ese 1% de élites extractivas autóctonas para dejar expedita la vía de la confiscación masiva de riqueza de los trabajadores brasileños.

A tenor de lo anterior, no cabría pues sorprenderse de que el nuevo gobierno neoliberal de Brasil surgido del pseudogolpe contra Rousseff –quizás haya sido éste uno de los “inconfesables” motivos de su taimada defenestración- tenga entre sus prioridades “dar completa independencia al Banco Central” para alejarlo de deletéreas “interferencias políticas”:business as usual.

Sin embargo, el banco central de Brasil no es más que un clon desvaído y subalterno de sus todopoderosos “hermanos mayores”.

Todo el armazón superestructural del capitalismo contemporáneo – el FMI, el BIP y la furibunda embestida  de las huestes neoliberales surgida del inveterado Consenso de Washington y esparcida a los cuatro vientos por la miríada de cabilderos y think tanks que difunden profusamente el evangelio-  se fundamenta, cual dogma de fe de la ortodoxia y máxima primordial de la gestión responsable, en el principio de independencia de la banca central.

Lapavitsas resume, muy didácticamente, el fondo del asunto: “Los bancos centrales han cobrado más prominencia, reforzados por una independencia tanto legal como práctica. Miran con benevolencia el exceso especulativo financiero, mientras movilizan recursos sociales para rescatar a los financistas de la crisis”.

En una iluminadora entrevista, con la suficiencia y el cuajo del que no rinde cuentas ante nadie, Alan Greenspan, gobernador de la Reserva Federal de Estados Unidos hasta poco antes del crack de 2007 –el mismo que, cumpliendo probadamente su papel de fiel escudero de Wall Street, alimentó la megaburbuja inmobiliaria estimulando el festín de ‘derivados’ y la desregulación financiera de los días de vino y rosas- explica, en román paladino, el orden de prioridades: “¿Cuál es la relación adecuada – lo que debería ser- la relación adecuada entre el gobernador de la Fed y el presidente de los Estados Unidos?”

Respuesta: “En primer lugar, la Reserva Federal es una agencia independiente. Y eso significa, básicamente, que no hay ninguna otra agencia del gobierno que pueda anular las acciones o decisiones que tomamos. Mientras que cada uno esté en su lugar -y no hay evidencia de que la administración o el Congreso o cualquier otra persona esté solicitando que hagamos las cosas de manera distinta a lo que nosotros creemos que es lo más apropiado-, entonces, el tipo de relación que haya, francamente, no importa en absoluto”. A confesión de parte, relevo de pruebas.

La institución con más influencia en las condiciones que determinan el bien común –nivel de salarios, intereses de los préstamos, privatizaciones de servicios públicos, patrocinio furibundo de políticas de austeridad y recortes de gasto público, precios de los activos inmobiliarios, etc.- es un consorcio privado secretista –desde 2006 es imposible conocer el monto de activos monetarios puestos en circulación por la impresora de la FED– que maneja a discreción “el activo más valioso de la República”. Como banco central “independiente” regula la oferta monetaria -el derecho a imprimir dinero en cualquier cantidad de la moneda de reserva mundial (el privilegio exorbitante)- y funge como el puntal maestro de la arquitectura del sistema financiero internacional –los bonos del Tesoro del manirroto Tío Sam-.

El esquema se repite: la “máquina de succión” de la deuda pública volcando ‘masas colosales de riqueza’ real al sector financiero. La FED produce dólares –dinero electrónico en cantidades astronómicas-. Con la intermediación de los bancos comerciales –la mayor parte, sus propios accionistas- los presta al gobierno de Estados Unidos a cambio de bonos del tesoro que financian la descomunal deuda del gobierno federal y que le sirven como «garantías». Los bancos de la FED en posesión de esos títulos perciben colosales flujos de intereses vía extracción de recursos fiscales. “En 2011, el gobierno federal de los Estados Unidos pagó 454.000 millones de dólares en intereses sobre la deuda federal (casi ¡un tercio! del total de 1.1 billones de dólares pagados en impuestos sobre la renta ese año) en una colosal transferencia de rentas del trabajo hacia la expropiación financiera”. ¿Por qué cuando la FED pone dinero nuevo en el mercado lo hace contra deuda pública en manos de la banca privada con intereses que asume el estado?, ¿existe alguna justificación “técnica” de tan depurado y clamoroso latrocinio? El reputado economista James Galbraith nos lo aclara: “¿Podría el Tesoro ahorrarse este galimatías (sic) y pagar sus cuentas sin la existencia de los bonos? Económicamente, claro. ¿Por qué no lo hace? (…) La respuesta es simple: al hacerlo revelaría que la “deuda pública” es una ficción y el techo de la deuda una farsa. No hay nada que haga de los bonos algo económicamente necesario. Esto es evidente en cuanto la Reserva Federal vuelve a comprar muchos de ellos, entregando al público el dinero que habría tenido en primer lugar”. Eso sí, convertido en préstamos bancarios productores de suculentas regalías para los “dueños del casino”.

Mientras tanto, en las ruinas de la vieja Europa, el “guardián del euro”, surgido del conciliábulo neoliberal del Tratado de Maastricht como copia depurada de su “padrino” estadounidense, es el ejemplo más aquilatado de este distópico paradigma. En aras del sagrado principio de “independencia” y de la preservación de su autonomía de cualquier instancia de demediado control democrático, tiene taxativamente prohibido financiar directamente a los gobiernos de la zona euro –el sacrílego papel de prestamista de último recurso-. Son los bancos y las instituciones financieras privadas – ¿les suena?- las que gozan del “escandaloso privilegio” – Eric Toussaint dixit– del monopolio del crédito al sector público.  Así resume Toussaint el recurrente cambalache: “Desde 2010, el BCE compra títulos de la deuda pública en el mercado secundario: no los compra directamente a los Estados sino a los bancos que, a su vez, los compraron en el mercado primario a los Estados, y que no saben cómo desembarazarse de ellos. (…) Si el BCE comprase títulos públicos en el mercado primario, se aportaría una financiación directa a los Estados”.  Carlo Vercellone explica el punto clave: “El resultado es que en la eurozona los Estados se encuentran privados de la existencia de un prestatario de última instancia y dependen de los mercados para su financiación. De este modo ha podido instalarse el gobierno de la renta a través de la deuda soberana, un gobierno ya explícito que dicta las políticas económicas de austeridad y de expropiación de las instituciones del bienestar social”.

Las implicaciones de este “golpe de Estado” silencioso de las finanzas modernas son fabulosas. Los Estados, carentes de soberanía monetaria, son empujados hacia las voraces fauces del capital financiero ante la imposibilidad de financiarse directamente a través del banco central –artículo 101 del Tratado de Maastricht-. Como explica Nadal: “La separación en compartimentos estancos de la política fiscal y de la política monetaria pone de rodillas al Estado moderno frente a los caprichos de los mercados financieros. Los poderes soberanos se han degradado al rango de clientes del sistema financiero internacional y los objetivos de desarrollo se someten a los dictados del capital financiero”. Para los países “parias”, aplastados por los ataques especulativos de los “bazukas” de los hedge funds y las agencias de rating contra sus ruinosas arcas públicas, sólo resta probar el aceite de ricino de los “rescates”, los ajustes estructurales y la “consolidación” fiscal, aplicados “magnánimamente” por los obsecuentes gobiernos entregados con armas y bagajes a la implacable Troika.  Mientras, el hierático Míster Draghi envaina el látigo de siete colas que emplea para fustigar a los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España) para acudir solícito al rescate de sus adláteres de la gran banca  -atiborrada aún de activos tóxicos producto del derrumbe hipotecario de 2008- dejando expedito el camino para retornar a la senda de las burbujas de activos y la hipertrofia crediticia. Ni siquiera- dicho sea de paso- la política monetaria del BCE cumple con su función estatutaria –mantenimiento de la estabilidad de precios- al haber fracasado en el objetivo de crear inflación moderada. La colosal inyección de liquidez a la banca, llevada al paroxismo con el ‘relajamiento cuantitativo’, no ha ido a parar a la inversión productiva –no ha hecho acto de presencia el llamado ‘efecto goteo‘ hacia las PYMES y empresas no financieras- sino a la hipertrofia de los mercados bursátiles y al inflado de nuevas y más formidables burbujas de activos-que, curiosamente, no son inflacionarias ya que el precio de la vivienda no está incluido en el IPC-.  Incluso las propias corporaciones multinacionales-que también reciben su parte del pastel, vía adquisición de bonos empresariales en la última QE-, se apuntan al casino: “¿y qué hacen las corporaciones con esos enormes recursos que no invierten? Se destinan ya sea al casino financiero, a comprar sus propias acciones (y así subir su precio en forma artificial − y los bonos de fin de año de los ejecutivos-), repartir dividendos astronómicos, a comprarse unas a otras a precios siderales (para así poder coludir en forma legal, al mismo tiempo que eludir impuestos), a incrementar salarios y beneficios de ejecutivos y a contribuir a sus fondos de pensiones”.

Los manuales de economía ni siquiera mencionan estos hechos. La función del banco central es envuelta en una “música celestial” –búsqueda de la estabilidad de precios, pleno empleo (excepto en el caso del ultraliberal BCE, que ni siquiera incluye este objetivo “social” en su mandato), operaciones de mercado abierto, emisión de moneda de curso legal, fijación del tipo de interés, ajuste de los coeficientes de caja y reservas de la banca privada y suministro  de liquidez para el “normal” funcionamiento del mecanismo de pagos- que disuade al lego con su jerga pseudocientífica y encubre eficazmente de aséptica neutralidad su función real.

Nada más lejos de la realidad. Como explica  Michael Hudson,  “La Fed, otras agencias gubernamentales, Wall Street y el resto de la banca central post-telón de acero  forman parte de un sistema de conjunto. Ha de verse cada agencia en el contexto de ese sistema y de sus dinámicas. Y esas dinámicas son dinámicas de polarización social que echan su raíz, sobre todo, en mecanismos financieros”.

Murray Rothbard, autor de una famosa filípica contra la Fed, resume, en fin, el núcleo del asunto: “De hecho, este es el papel que justifica su existencia: apoyar a la banca comercial privada, ayudándoles a inflar dinero y créditos, aportando reservas a los bancos, y sacándoles de apuros cuando se encuentran con problemas”.

La función esencial de la banca central moderna –“al fin y al cabo, consorcios de bancos privados con la bendición del Estado”-es pues potenciar la expropiación financiera característica de la matriz de la acumulación de la fase neoliberal a través del “imperio de la renta” que sustenta la condición de las finanzas privadas como máquina de captura predatoria de la riqueza social. Pero son sólo los mamporreros de la gran “manguera de succión” financiera: su vórtice real reside en otro lugar.

2-Out of thin air

“El proceso de creación de dinero por los bancos es tan simple que repugna a la mente. Tratándose de algo tan importante parece que un mayor misterio sería lo adecuado”

John Kenneth Galbraith

“El problema es que nada de eso está incluido en el currículum académico. Y el silencio de los principales medios de comunicación, la incapacidad de los mismos para informar de esos asuntos, o aun para reconocerlos, hace que resulten invisibles, salvo para sus beneficiarios, que son quienes manejan el sistema”

Michael Hudson

El mecanismo de generación masiva de deuda pública a mayor gloria de las cuentas de resultados de los mastodontes de las finanzas palidece ante la función neurálgica que cumple en el sostenimiento de la rentabilidad del sistema de la mercancía la creación de dinero-deuda (“es tan colosal el expolio y está tan bien escondido que casi resulta hermoso”) por parte del sistema bancario.

En un entorno de dinero-papel fiduciario (sin respaldo metálico) -“el abandono de la convertibilidad del dólar en oro –el Nixon Shock– en 1971 eliminó la última válvula de seguridad, el último anclaje en la acumulación real”- y ante la declinante tasa de ganancia del capitalismo en la fase neoliberal, la creación de dinero-deuda es el fulcro neurálgico del entramado que permite el sostenimiento del “encarnizamiento terapéutico” que –en la feliz metáfora de Anselm Jappe- el actual estado de la acumulación de capital provoca en el cuerpo social.

La matriz económica actual deviene pues una distopía cuyo núcleo reside en el “crédito  a muerte” del que habla Jappe para extraer crecientes réditos de los ingresos reales de la ignara masa laborante a través del flujo continuo de intereses, comisiones y demás exacciones financieras. Michael Hudson describe la esencia del proceso: “Fundar la política nacional en el sueño ilusorio de servir intereses por la vía de tomar prestado dinero a cuenta de unos precios de activos más y más hinchados”.

Obviamente, el huero discurso de los sacristanes que propagan el credo neoliberal soslaya convenientemente tales extremos.

La “música celestial” de la teoría económica convencional sostiene que los bancos desempeñan una simple función de “intermediación de fondos prestables” –la sempiterna teoría de la banca de reserva fraccionaria y el multiplicador de los depósitos, dogma de fe en los cenáculos de la academia y en los palafreneros de la prensa especializada-. Reciben depósitos de los ahorradores y les pagan una tasa de interés. A continuación, prestan esos mismos recursos a los agentes que quieren invertir en una empresa productiva o adelantar una decisión de consumo. Del diferencial de tasas de interés provienen sus beneficios.

Hasta aquí la cantinela con la que son torturados los estudiantes de economía mientras sufren la lobotomía intelectual con la que se les “obsequia” en las facultades y escuelas de negocios del mundo entero. Como precisa rotundamente Nadal: “Todo lo anterior es un cuento de hadas que poco tiene que ver con la realidad. Primero, en el mundo real los bancos proveen financiamiento mediante la creación de dinero. Los bancos ofrecen préstamos, pero no necesitan tener en sus bóvedas los fondos necesarios para otorgar crédito. Ni la disponibilidad de ahorros de recursos reales ni la disponibilidad de reservas del banco central limitan la concesión de préstamos y creación de depósitos. La causalidad se invierte: los préstamos hacen a los depósitos, no a la inversa. Se estima que el 95% del dinero circulante es creado por la banca privada a través de la generación de préstamos”.

Incluso la palabra préstamo es engañosa en este contexto: se presta lo que se tiene y el banco no tiene lo que dice prestar. La promesa de pago es suficiente para poner en circulación nuevos billetes que antes no existían. Aunque a mucha gente le parezca increíble, el banco no tiene el dinero que “presta”, lo que sí tiene es el poder legal para crearlo”.

“El engaño consiste en que prácticamente no hay dinero real en el sistema financiero, sólo deudas”. La moneda tangible (billetes y monedas del banco central, que no representan deuda) supone únicamente un 3% del dinero circulante. El resto sólo existe como entradas de datos en pantallas de ordenador y fue creado por los bancos en forma de préstamos que reportan jugosos intereses.

Martin Wolf, en un artículo en el tótem de la ortodoxia financiera- el tabloide británico Financial Times– lo expresó meridianamente: “la esencia del sistema monetario contemporáneo es la creación de dinero, de la nada (“out of thin air”), por los préstamos a menudo insensatos de la banca privada”. ¿Por qué no crece el dinero así creado hasta el infinito? Porque el dinero creado por un banco al otorgar un crédito se extingue cuando el crédito es pagado.

La inferencia lógica es de una relevancia abrumadora: los bancos crean dinero para el crédito pero no para los intereses. Éstos se tienen que pagar con más créditos y más extracción de riqueza real, lo que convierte la espiral de la deuda y la sobreexplotación laboral en las conditio sine qua non de la actual fase parasitaria de la acumulación de capital –no hay crecimiento sin deuda creciente- y, a la vez, en su límite principal.

La pasmosa (ahora se entiende mejor la frase inicial de Galbraith) conclusión es que un banco no quiebra por falta de devolución de préstamos (el banco que pierde un crédito no pierde nada –sólo deja de ganar los intereses- ya que el crédito no es dinero de los ahorradores sino creado como apunte contable) sino por el efecto combinado del cese de la demanda solvente de crédito, la fallida de titulizaciones –activación de “eventos de crédito”, que obligan a indemnizar a los inversores en cédulas hipotecarias y demás derivados financieros- y la insolvencia y descapitalización derivadas de la depreciación de los activos colaterales –toneladas de ladrillo y suelo desvalorizados- provocada por un shock de demanda y la consiguientemente abrupta caída de los precios inmobiliarios.

Algunos curiosos y aparentemente marginales acontecimientos vienen a refrendar, muy didácticamente, el  fantástico mecanismo de la alquimia financiera.

En 1969, según relata Nadal, una insólita sentencia judicial en el Estado de Minnesota emitió potentes ondas sísmicas contra los cimientos del negocio bancario basado en la creación de dinero ex nihilo. El señor Daly –tras retrasarse en las cuotas y recibir la subsiguiente demanda de la entidad bancaria acreedora- reclamó paralizar la ejecución de su hipoteca y el consiguiente “lanzamiento” de su vivienda –en España, sin dación en pago, se habría quedado además con la deuda restante de por vida- con el inverosímil argumento de que el banco “no había usado dinero real, sino virtual, para efectuar el préstamo”. Sin amilanarse por la indiferencia displicente del tribunal y los miembros del jurado ante su peregrina demanda, el abogado Daly contó con un apoyo inesperado: “en el proceso fue llamado a declarar el señor Lawrence Morgan, presidente del First National Bank of Montgomery. En su testimonio declaró que, en efecto, su banco había creado íntegramente los 14 mil dólares al inscribir una entrada en su contabilidad acreditando dicha suma al señor Daly, tal como si éste hubiera realizado un depósito por esa cantidad. En las curiosas palabras del funcionario del banco, ‘tanto el dinero como el crédito comenzaron su existencia cuando fueron creados de esta forma’”. “Me suena muy fraudulento,” expresó, según relata Ellen Brown, con pasmada incredulidad, el juez Martin Mahoney, entre asentimientos de varios miembros del jurado. La sentencia fue favorable al demandante al quedar acreditado que el contrato era nulo -“al carecer de una contraprestación legítima por parte del banco”-  y el señor Daly conservó su casa.

El justiciero Mahoney, que llegó a amenazar con procesar y exponer al veleidoso banco ante la opinión pública, murió menos de seis meses después del juicio, en un misterioso (sic) accidente que al parecer involucraría envenenamiento. La reflexión final –extraoficial- del malogrado administrador de justicia puso el dedo en la llaga de las colosales implicaciones ético-económicas de la extravagante sentencia: “Si yo permitiera que usted y los demás hicieran eso, todo el sistema bancario se desplomaría. No puedo permitir que se sitúe tras el mostrador del banco. ¡Nosotros no vemos tras esa cortina!”

3-Descorriendo la cortina

La crisis de la deuda no es una locura de la especulación desaforada, sino el intento de mantener con vida un capitalismo agonizante

Maurizio Lazzarato

El afortunado señor Daly logró quedarse con su casa pero la praxis bancaria de “no poner nada al otro lado del contrato de crédito” se exacerbó bajo la égida del capitalismo financiarizado de la época neoliberal. Al crear dinero con este acto de prestidigitación, los bancos han hecho crecer la cantidad de dinero-deuda en la economía un 11.5% anual en los últimos 40 años. ¿Cuál es pues la estrecha imbricación entre la generación masiva de deuda privada y la planificación económica encaminada a pugnar por sostener la premiosa marcha de la tasa de ganancia en la fase neoliberal? Como explica Lapavitsas: “mientras que la acumulación real no ha mostrado variantes interesantes, la clase capitalista ha encontrado nuevas fuentes de ganancia a través de la aparente puesta al día de los mecanismos de financiamiento. Quizás el desarrollo más significativo en este sentido haya sido el avance de la expropiación financiera de los trabajadores”. La provisión de recursos financieros a la “empufada” ciudadanía para sostener la demanda agregada y la financiación de la languideciente inversión productiva se satisfacen pues con el crédito que inyectan los bancos en la economía.  Los economistas ortodoxos asesores del -sorprendentemente transparente- Banco de Inglaterra  Kumhof y Jakab nos iluminan al respecto: “Si bien los bancos no tienen límites técnicos para un aumento veloz de la cantidad de sus préstamos, enfrentan otras restricciones. Pero el límite más importante, sobre todo durante los períodos de auge de ciclos financieros (cuando todos los bancos deciden prestar más al mismo tiempo), es su propia evaluación de su rentabilidad y solvencia futuras”. Así pues, la banca moderna actúa en las épocas de auge como un pirómano ante un bosque frondoso. En palabras de Nadal: “La actividad de creación monetaria de los bancos se incrementa cuando la economía está en la fase ascendente de un ciclo: las expectativas sobre el crecimiento y las oportunidades de negocios son buenas y el banco participa gustoso del entusiasmo, porque cada nuevo deudor aumenta su rentabilidad (…) así pues, la actividad bancaria es intensamente procíclica”. Al ser máquinas generadoras de burbujas, los bancos privados originan enormes cantidades de deuda  –ya que su rentabilidad depende de la cantidad de crédito que puedan generar- en la fase álgida del ciclo y, sin solución de continuidad, cierran bruscamente el grifo en la fase descendente ante la contracción de la actividad y la implosión de las burbujas directamente provocadas por su voracidad prestamista. Ello extrema la hipertrofia de los mercados financieros y el neurálgico mecanismo de la titulización. Lapavitsas de nuevo: “Para los bancos comerciales, involucrarse en expropiación financiera se traduce primariamente en créditos hipotecarios y de consumo. Pero dado que las hipotecas típicamente tienen larga duración, una fuerte preponderancia de las mismas habría vuelto las hojas de balance bancario insoportablemente ilíquidas. La respuesta fue la titulización, es decir, la adopción de técnicas de banca de inversión. Las hipotecas se originaban pero no se mantenían en la hoja de balance”. Este maravilloso descubrimiento (empaquetar los créditos y esparcirlos por la nebulosa de los mercados para poder seguir endilgando otros nuevos) fue llamado el modelo bancario de “originar y distribuir” que caracterizó la plétora de productos financieros “creativos” basados en préstamos hipotecarios de baja calidad (subprime) en el inflado de la colosal burbuja de 2007.

Lo anterior refleja asimismo que los bancos fungen como planificadores económicos dirigiendo la financiación masivamente hacia  el mercado hipotecario y la creación de burbujas en los mercados de activos y no hacia la financiación de la inversión empresarial.

Con el agravante de que, como explica Lapavitsas, “las finanzas dirigidas a los ingresos personales apuntan a satisfacer necesidades básicas de los trabajadores -vivienda, pensiones, consumo, seguros, entre otras-. Difieren cualitativamente de las finanzas dirigidas a la producción capitalista o la circulación. Los individuos se concentran en obtener valor de uso, mientras que las empresas apuntan a la expansión del valor”. Ello incide de lleno –dicho sea de paso- en el enorme potencial deshumanizador y creador de angustia que el dogal de la deuda produce en el desvalido individuo endeudado y, para más inri, enfrentado a los hiperbólicos recursos predatorios de las entidades financieras.

Difícil mejorar el impecable relato de Estaban Mercatante sobre los heraldos que anunciaron el inevitable afloramiento de las contradicciones del sistema: “¿Por qué todo esto debía terminar en crisis? En última instancia, el proceso de aumento de la explotación, aumento de la inversión financiera y generación de burbujas, ha sido una larga fuga hacia adelante, donde el capitalismo logró recuperarse de la crisis pero las contradicciones que le empujaron a ella sólo fueron resueltas de manera parcial (…) La rentabilidad se recuperó gracias a la mayor explotación del trabajo, pero en un proceso que involucró también la creación masiva de deudas impagables, y el recurso creciente a mecanismos de valorización financiera en una magnitud que no guarda relación con la generación de plusvalor”.

La deuda como instrumento esencial de la acumulación de capital en la fase neoliberal se transforma  en su límite principal.

El ex presidente del Financial Services Authority –responsable nada menos que de la regulación del sistema financiero británico- Lord Turner, declaró en febrero de 2013: La crisis financiera de 2007-2008 se produjo porque no fuimos capaces de limitar la creación de dinero, crédito privado y titulizaciones hipotecarias por parte del sistema financiero”.

Así pues, el sustrato del que se nutre la médula espinal del sistema de la mercancía no es otro que la agudización de la expropiación financiera como fuente adicional de obtención de beneficios en la esfera de la circulación, distribuyendo la plusvalía no acumulada en el desarrollo de nuevas inversiones productivas hacia las capas sociales rentistas que tienen por función consumirla: al suplir el menguante consumo salarial, el consumo rentista -la renta como expresión del derecho de propiedad sobre activos revalorizados por la financiarización- es uno de los pilares del mecanismo de reproducción del capitalismo actual.

Como describe Jorge Beinstein: ”El aparente “circulo virtuoso” había mostrado su verdadero rostro: en realidad se trataba de un círculo vicioso donde el parasitismo financiero se había expandido gracias a las dificultades de la economía real a la que drogaba mientras la cargaba de deudas cuya acumulación terminó por enfriar su dinamismo lo que a su vez bloqueó el crecimiento del globo financiero”.

Toda la maquinaria de la deudocracia moderna, sostenida al alimón por la banca central y el sector financiero privado, encaja, como anillo al dedo, con la mencionada arquitectura de parasitismo rentista característica de la demediada realidad presente del sistema de la mercancía.

El creciente refinamiento de los mecanismos de la expropiación financiera, que arrambla con fracciones crecientes de la riqueza social, no refleja más que la creciente necesidad predatoria del capitalismo neoliberal ante, como señala la cita inicial de Nadal, el fracaso de “dimensiones históricas” del entramado clásico de la acumulación de capital de la fase fordista de los “treinta gloriosos“. Lo que no debemos olvidar es que, como señalan amargamente las lúcidas palabras de Nakatani: “Lo importante es que estos procesos afectan diariamente a la gente; aumenta la tasa de explotación laboral, las jornadas de trabajo, los recortes en la seguridad social, la asistencia médica y la educación; una parte importante de la remuneración de los capitales, en el casino global, es fruto del trabajo humano”

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