Que se ponga en marcha… nuestra paciencia

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Cantan los números. Desde hace muchos meses, pero especialmente desde el 26J, las noticias sobre política parlamentaria importan unas narices, no las lee ni el tato. Pero es que es lo lógico, ¿a quién va a interesarle una comedia en la que no pinta nada siquiera como espectador?

Si, según dicen, aburre incluso ejercer el poder, cómo no iba a aburrir ver cómo hacen y deshacen a su antojo los que lo tienen. Si finalmente asumes que en toda esta historia no pintas nada, acabas por volver a tus quehaceres o a tus lamentos, pero sin esperar milagros.

Si al menos se decidiera algo, lo que fuera…

Pero no parece que vaya a suceder tal cosa. Y no era previsible este inmovilismo si atendemos a las declaraciones de los diferentes partidos desde finales de junio hasta hoy, negando una y otra vez, por activa y por pasiva, la posibilidad unas nuevas elecciones. Pero ya no tengo tan claro que alguien vaya a decidir posicionarse.

Aunque no lo parezca, tiene bastante sentido lo que está ocurriendo. Alguien está jugando a lo que en jerga futbolística sería el ‘patadón pa’ alante’, para ver si la suerte soluciona lo que el sistema no puede solucionar. Quieren ver si por insistencia nos cansamos de votar ‘cosas raras’ y así los dos partidos del régimen (eliminando entonces al ya prescindible comodín naranja) pueden volver a jugar su tradicional papel de Gobierno y oposición como el régimen manda. Algo que hoy es imposible. Porque… ¿alguien imagina qué futuro tendría el PsoE si esto se pone en marcha?

Si vamos a terceras elecciones, o a cuartas o quintas, cabe la posibilidad de acabar definitivamente con la esperanza de esa parte de la población que quiere un cambio de rumbo político y, por tanto, socioeconómico. Pero si el PsoE apoya con su abstención la investidura de Rajoy, o incluso si en el colmo del posibilismo gobierna gracias a Podemos, puede darse definitivamente por muerto. Con una legislatura en marcha ya no hay demasiados huecos para poder esconderse. Y todo esto, aunque no lo parezca, va de salvar al PsoE, una de las patas fundamentales de esta oligarquía disfrazada de democracia.

Una tras otra irían apareciendo las propuestas legislativas a votación, y aunque en algunas cuestiones económicas los nacionalistas de derechas, que son parte del sistema, podrían facilitar el no posicionamiento de los de Ferraz para permitirles subsistir, eso no iba a ocurrir siempre, porque hay precios que hoy no pueden ser ofrecidos a cambio de favores de segundo orden por un partido ‘socialista’ sin poder. Y llegarían los PGE, y los ‘memorándum’ de Bruselas, y una inagotable batería de medidas planteadas por un ala ‘progresista’ que hoy ya no es tan minoritaria y sí tiene visibilidad. Y son medidas en las que no cabría ponerse de perfil sin estrellarse. Así, en cuatro años, quizá el PsoE ya no llegaría ni a los resultados del Pasok griego. Y lo saben muy bien. No pueden ser de izquierdas pero no pueden permitirse dejar de parecerlo un poco, aunque sea mínimamente.

Cabe quizá algún tipo de componenda de urgencia. A lo mejor con el concurso del PNV tras las elecciones vascas (con o sin Rajoy) o, no lo descartemos, de CDC en cualquier momento o quizá algo más llamativo. Incluso, aunque esto cabría descartarlo por completo, un acuerdo de gobierno PsoE-Podemos con un pacto de no agresión por ‘el bien del pueblo’. Pero nunca saldría bien. Si se pone en marcha la legislatura con este reparto de escaños, el equilibrio de fuerzas del sistema está sentenciado a corto plazo. Solo ha hecho falta la presencia de un triste veinte por ciento de diputados moderados y mínimamente reformistas en un Parlamento radicalmente neoliberal para que tiemble el castillo de naipes. Así de frágil era.

Por eso habría que armarse de paciencia, no darles la razón, y seguir acudiendo a las urnas una y mil veces, porque los que más prisa tienen por que esto se solucione (satisfactoriamente para ellos) en este viaje hacia el barranco social son los oligarcas y sus mamporreros políticos. Así que, por más que nos apetezca que empiece el baile de los desenmascarados, prisa ninguna, porque, como poco, si somos constantes, nos vamos a divertir.

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