Tourist, go home

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Los grandes medios de manipulación empiezan a mostrar su preocupación por la “irracional” escalada de rechazo que, en este país, se está incubando contra el turismo en sus principales destinos. Lo más bonito que se puede leer contra el que rechaza los efectos de, lo que para algunos, no es más que un problema y una epidemia en plena expansión, son epítetos como descerebrados, irresponsables e insolidarios. El mensaje encubierto (o no tanto) es: ¿Cómo osan estos desarrapados a poner en juego el beneficio que a la sociedad procura nuestro modelo económico de precariedad laboral, bajos salarios y servicios low cost?

Pero es normal que unos estén hasta más allá de las narices de aguantar a tanto egoísta maleducado, a tanto turista indeseable (y consentido), y también es normal que los bufones mediáticos defiendan la importancia de ser pacientes, o mejor sumisos, pensando siempre en el bien general (de sus jefes y señores). Al que viene de fuera hay que recibirlo con una sonrisa, por más que se cague en tu puerta y no te deje dormir hasta las seis de la mañana.

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Por no caer en la demagogia no voy a comparar que esos mismos medios no tengan por costumbre utilizar ese mismo tono amable y conciliador cuando se trata de refugiados o, según época (si interesan o no), mucho menos si se refieren a inmigrantes, porque ya sabemos que todo el planeta se ha convertido en un gran centro comercial, y aquí ya no hay lugar para las personas: solo hay clientes. Y el refugiado y el inmigrante no lo son, porque en esa relación comercial (insisto, dependiendo del momento y la conveniencia) son vistos como gasto, y no como ingreso.

Pero incluso desde esa desgraciada perspectiva, habría que valorar hasta qué punto es un beneficio este tipo de turismo y, especialmente, para quién.

Y no es tan evidente como parece, aunque tampoco es ningún misterio. Sin rascar en la superficie lo más fácil sería decir que son los bancos y las grandes empresas los que se reparten el ‘bacalao’ con su infraestructura general y su logística para turismo basura en particular. Y seguramente nos aproximaríamos bastante a la realidad. Pero también hay una parte significativa de particulares con los que se reparte un pequeño pedazo de la tarta de este negocio: desde propietarios de segundas viviendas hasta pequeños y medianos comerciantes. Aunque estos últimos beneficien a su vez a los bancos y grandes empresas.

Rascando un poco, veremos que aquello de quién se beneficia directamente es lo de menos en este asunto. Y desde luego también veremos que no es beneficio para casi nadie.

Para empezar los medios ofrecen datos incorrectos respecto al impacto económico directo del turismo en la economía del país. Estos días es muy común leer que los ingresos por esta partida suponen el 11% del PIB. Y es rotundamente falso. En el ejercicio 2015, según datos de la OMT, España ingresó 50.000 millones de euros (una cifra similar a la calculada por el INE). Esta cantidad sí supone algo parecido a un 11%, pero de los ingresos por cuenta corriente, no como porcentaje del PIB, del cual no llega ni al 5% (de no ser que haciendo magia mezclemos también datos de turismo interno, y ni siquiera así cuadraría). Y eso dando por bueno el resultado de aplicar la metodología contable utilizada por el Estado que, entre otras barbaridades, considera ingreso todo desembolso efectuado por el turista, incluyendo el transporte o cualquier otro gasto de viaje en origen, aunque aquí no se perciba ni un euro ni se tribute por ese gasto. Y por saber hasta qué punto afecta cómo se calculan los ingresos, tomemos como ejemplo el caso de China, que el año pasado actualizó su metodología adaptándola a una similar a la española (aunque algo más rigurosa) o la estadounidense, y ha multiplicado casi por 2,5 lo que estimaba hasta entonces. Francia, que en esto es un país mucho más serio, aun siendo el primer destino mundial de turismo, declara ingresos por debajo de España (y como todos sabemos el turismo en Francia es muy barato, por la parte de las narices), y escandalosamente por debajo de los de EE.UU. y China.

Lo llamativo es que aquí nunca se habla de gasto turístico. Y casi que mejor que no lo hagan, para que no nos deprimamos más. Porque si bien en ingresos (que están amañados, pero los daremos como buenos) somos el tercer perceptor mundial, por detrás de EE.UU. y China, que con una cifra similar de visitantes ingresan respectivamente uno el triple y el otro más del doble, en lo que respecta al gasto (lo que invertimos los españoles en turismo internacional), por habitante estamos en la cola de los países de la OCDE, siendo nuestro gasto en algunos casos hasta cuatro o cinco veces inferior al de los habitantes de los países de nuestro entorno equiparables en el absurdo indicador de renta per cápita (como demuestra este mismo dato de gasto).

Esto ya da una buena idea de lo que de verdad es importante. Y lo importante es que el turismo en España no supone beneficio alguno para la población en general, sino que por el contrario actúa como válvula de escape para aliviar de mala manera las inmensas fallas de nuestro modelo socioeconómico. Así que a la pregunta de que quién se beneficia, habría que contestar directamente que los de siempre, pero más por permitirse la organización geopolítica para mantener el statu quo de privilegio de la Europa del norte sobre la del sur, que como beneficio económico directo.

Por eso nos quedamos hace mucho tiempo sin sector primario y sin industria, pero no porque no supiéramos mantener esos sectores funcionando, o porque no fuéramos competitivos. Nos obligaron a desmantelarlos para poder entrar en ‘Europa’. Principalmente para no ser competencia de nadie. A cambio se inyectó un dinero que fue a parar al bolsillo de los de siempre, pero perdiendo también nuestra soberanía monetaria. Tras dejar morir nuestro sector productivo nos convirtieron en un país de servicios y de mano de obra barata cualificada y no cualificada. Ahora ya no somos ni eso. Somos el jardín geriátrico de nuestros vecinos pudientes, y el patio trasero en el que se permite todo lo que no se permite hacer en casa. El lugar al que cualquier chaval europeo puede permitirse viajar, en el que hospedarse por cuatro duros, beber barato hasta caerse y en el que saltarse cualquier compromiso cívico sin consecuencias. Y todo eso poco menos que exigiendo el agradecimiento de los ‘nativos’.

Así que sí, que por mucho que no se sea nada ‘patriota’, y por más que esto pudiera perjudicar temporalmente a unos pocos particulares, al final habrá que decir que este tipo de tourism, mejor go home (pero acompañados del PPSOE). Primero porque lo de los mártires está muy bien para los creyentes, pero si alguien cree que este es el tipo de turista que nos conviene, que se lo meta en Moncloa o en La Zarzuela, en Génova o Ferraz. Pero especialmente por lo que es más importante: porque la sociedad solo busca soluciones cuando toca fondo, y si este modelo de turismo se mantiene como parche, aguantaremos resignados, y nunca dejaremos de ser el precario, servicial y barato váter de Europa.

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