Eduardo Rincón: composición de una vida

Eduardo Rincón aprendió a escribir música en la cárcel, donde entró por primera vez con quince años. Recomponemos su biografía –exilio, prisión, militancia, diferencias con Santiago Carrillo, huelgas y composición musical–, en esta entrevista.

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Eduardo Rincón toca el piano en el salón de su casa. / MAR AMAT

Jesús Hita | Diagonal | 18/09/16

Huir de la guerra, regresar y ser detenido poco antes de cumplir los quince años; conocer la crueldad más extrema en una prisión en los primeros años del franquismo –y su anverso en ella misma: la dignidad, la amistad, el compromiso–; soñar tras los barrotes con componer bellas y perfectas piezas musicales; vivir en la clandestinidad como dirigente del Partido Comunista de España en Cantabria y Asturias; salir y entrar al país; volver a la cárcel; organizar huelgas junto a obreros y mineros; experimentar las formas de hacer del Comité Central y finalmente decidir apartarse, y de esta manera también poder sumergirse en su gran pasión, la creación musical: sinfonías, cuartetos, óperas…

Conocí a Eduardo Rincón poco después de la gran nevada que tuvo lugar en Cataluña el 8 de marzo de 2010. Desde el castillo del macizo del Montgrí todavía vimos de blanco los campos de frutales y cereal, seis días después. En su casa de Torroella, al pie de la mole de granito, Eduardo tal vez trabajaba en alguna de sus obras musicales o en su biografía, Cuando los pasos se alejan (Ediciones de la Bahía, 2011).

De regreso al pueblo, nos arropamos alrededor del fuego, la comida y el vino. De la misma manera, Eduardo, de apariencia seria y serena, me fue entrando poco a poco, estableció un diálogo exuberante, con un conocimiento cultural que me sobrepasó y una ironía vital cautivadora.

Uno puede sentir admiración y respeto, pero algo más complejo es experimentar complicidad cuando median más de cincuenta años entre dos personas. Desde entonces he visitado a Eduardo en diversas ocasiones. Y a su compañera Dolça, que estudió el oficio de bufona para perfeccionar su provocadora actitud natural.

Una vez nos contó que se dirigió por carta al rey Juan Carlos para ofrecerle sus servicios. No le contestó él directamente, sino el portavoz de la Casa Real, para darle las gracias y declinar la oferta, puesto que al rey no le hacían falta bufones, ya que se bastaba con los ministros. Que la historia fuera real o no es lo que menos me importó.

Eduardo Rincón y Dolça, en su casa./ Mar Amat.

En la última visita pude hablar con Eduardo sobre algunas cuestiones que despertaban mi curiosidad. A través de esa conversación y de diversos pasajes de su biografía, recomponemos su historia.

Eduardo Rincón García nació en Santander en 1924. Dice no guardar muchos recuerdos de su infancia y prefiere pasar a los momentos de acción.

Escapó de la guerra con su tía, hermanas y primas hacia Cataluña, donde vivió en una colonia para refugiados, cerca de la ciudad de Vic.

Allí, nos cuenta, conoció a una de las personas que mayor influencia han tenido en él, don Saturnino de Diego Escudero, el maestro de la colonia, “un hombre joven, cojo, con una niña pequeña y otra que iba a nacer. Un hombre serio, de derechas” –enfatiza– “muy buena persona y muy justo, honrado. Nos educó muy bien y para mí fue un apoyo definitivo. Porque yo le contaba todas mis penas… Siempre lo he recordado y me he reprochado muchas veces no volverlo a ver. Intenté buscarle, pero no le encontré en el pueblo donde me dijeron que vivía. Era un intento de darle las gracias por todo lo que hizo por mí y por los chiquillos que estábamos allí”.

Durante un breve periodo de exilio en Francia perdió la pista de su tía, primas y hermanas. Decidió volver a Santander, donde encontró que su padre, a quien habían arrebatado el taller y la tienda de electricidad, acababa de salir de prisión pocos meses antes. Entonces, recordó una de las enseñanzas de don Saturnino (“sólo está vencido el que se da por vencido sin luchar“), según cita en su autobiografía.

Cárcel y militancia

Una noche en la que escuchó en la radio de un vecino la declaración del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la Policía Política entró en su casa.

Iban a por su hermano, que formaba parte de Socorro Rojo, una organización que buscaba recursos para familiares de presos políticos. Pero no lo encontraron y decidieron llevarse a Eduardo.

Acabaría en la Prisión Provincial de Santander, compartiendo celda con el poeta Pepe Hierro, dos años mayor que él y al que ya conocía por ser vecinos.

“Cuando entré en la cárcel por primera vez, la impresión que recibí fue tan brutal que me prometí a mí mismo que haría lo posible para evitar que ocurrieran cosas de ésas”

“Cuando entramos Pepe Hierro y yo en la cárcel, mataban a la gente de una manera brutal. Cada semana había una saca: venía la Guardia Civil, formaban en el pasillo central… Empezaba a salir gente con las manos atadas atrás con alambres, para ser fusilados. Ésa es la imagen que me quedó grabada. Pepe Hierro tiene al menos media docena de poemas dedicados a las sacas. […] Yo nunca he escogido el camino”, reflexiona, “pero sí que he puesto el camino político entre la realidad y yo. Cuando entré en la cárcel por primera vez, la impresión que recibí fue tan brutal que me prometí a mí mismo que haría lo posible para evitar que ocurrieran cosas de ésas”.

Un año después de la detención volvió a Santander, se puso a trabajar con su padre e inició su militancia en el PCE, donde acabaría desempeñando cargos de dirección en Cantabria y Asturias.

Durante la década de los 40, vivió “profundas amistades que duraron toda la vida”, al tiempo que colaboró en diferentes iniciativas editoriales de poesía y literatura: Novus, de la que se editan no más de diez o doce números, El timbre del despertador y Proel.

Esta última será una referencia en el Estado por su calidad, el renombre de las colaboraciones y su difusión.

Dicha importancia tal vez no hubiera sido posible sin el patrocinio del gobernador civil de Cantabria, Joaquín Reguera Sevilla, integrante del ala liberal del falangismo, tan capaz de poner el mayor empeño en destruir al maquis como de no ceder a las presiones para evitar que Pepe Hierro, tal vez el más significado de los colaboradores por sus ideas políticas, formara parte de la revista.

Eso sí, nombró como director de la revista a Pedro Gómez Cantolla, uno de los fundadores de Falange en Santander y subjefe provincial del Movimiento, con quien Eduardo mantendrá una fiel y duradera amistad. Además del amor por la poesía y la literatura, les unió la preocupación por los problemas del campo, que fructificó en otra revista dirigida por Cantolla, Tierras del Norte, una publicación sobre la agricultura y ganadería cántabras.

En un momento, Eduardo se sinceró con él y le previno del riesgo que corría por trabajar con un comunista militante. Sin embargo, la colaboración entre ambos irá a más, hasta el punto de que llegaron a reunirse con un miembro del comité central del PCE que se encargaba de cuestiones económicas. “Al final (Cantolla) era prácticamente un miembro del partido […]. Falange era una cosa muy rara. Se creía de izquierdas, pero era un movimiento fascista […]. Cantolla era un hombre honrado”. Tiempo después de la reunión, Eduardo tuvo que salir de España y Cantolla, advertido por sus devaneos, fue nombrado jefe provincial de Vivienda en Canarias.

“Yo considero que Carrillo fue una catástrofe […] Un mando de ésos no tiene derecho a tener personalismos […] Tiene que ser imparcial y sobre todo estar más a mis órdenes que yo a las de él”

Eduardo combinó estancias en la capital francesa y en la clandestinidad en Asturias. Era conveniente no dejarse ver por Cantabria, y así comenzó su labor con los trabajadores de las fábricas y las minas.

Pero a las desavenencias con el partido en cuestiones de seguridad se sumaron otras de raíz ideológica: “Yo considero que Carrillo fue una catástrofe […]. Un mando de ésos no tiene derecho a tener personalismos […]. Tiene que ser imparcial y sobre todo estar más a mis órdenes que yo a las de él. Y yo reñí con él porque en una reunión del Comité Central expuse que Asturias estaba preparada para la huelga y que estaban esperando mi vuelta para empezarla. Me dijo que no podía decir eso: ‘Nosotros, la dirección, tenemos planes y esto los altera’. Y le contesté: ‘¿Y qué quieres, parar la huelga para que tus planes pequeños puedan brillar? Lo siento mucho, la gente está preparada e irá a la huelga, lo quiera yo o no'”.

Eduardo fue de nuevo detenido a su vuelta, por la delación de un infiltrado, junto a la dirección del partido en Asturias. Pero, efectivamente, al día siguiente empezó la huelga, que se propagaría a otros lugares del Estado durante la primavera de 1962, en lo que constituirá el primer gran desafío al Régimen desde su inicio. “Fue la huelga más importante en aquella época. Nos había costado meses y meses de trabajo. Pero lo conseguimos”.

La creación musical

Recluido en el Penal de Burgos, a la vez que fueron expulsados del partido Jorge Semprún y Fernando Claudín, que defendían posiciones gramscianas, Eduardo luchó por el reconocimiento de los presos políticos en las cárceles españolas. Al tiempo, aprovechó para estudiar música.

El gusanillo se le había metido muchos años antes, en la escuela para refugiados, cuando escuchaba al piano a la mujer de don Saturnino, y más tarde, en su primer ingreso en prisión, de la mano del maestro Galdona, que le “hablaba de la música, de su belleza, de cómo era su escritura”.

Rincón llegó a estrenar 36 obras entre sinfonías, cuartetos y música para piano, formaciones de cámara y vocales en varios escenarios europeos

Había empezado a componer a finales de los años 40 y durante los 50, pero será en Burgos cuando, gracias a los materiales que le envía el compositor parisino Jean Wiener, y siempre de manera autodidacta, consigue culminar unos estudios interrumpidos en varias ocasiones.

Una vez que aprendió a escribir nunca dejó de hacerlo, aunque no se dedicará enteramente a la música hasta su jubilación. Así hasta llegar a estrenar 36 obras (sinfonías, cuartetos y música para piano, formaciones de cámara y vocales) en diferentes escenarios de Europa.

Con más de 90 años, Eduardo continúa a diario con su pasión. “Y la creación musical” –le preguntamos– “¿era como te la habías imaginado?”. “Era mejor”, responde con satisfacción. “Nunca terminas de hacer una cosa de éstas, siempre encuentras algo que no está bien. El caso es trabajar. Creer que una obra es perfecta al milímetro es iluso. Solamente con que en vez de en la línea lo coloques en el espacio, ya no vale. Pero algún día vendrá alguien que sea lo suficientemente conocedor y dirá: ‘Este cabrón se equivocó’. Y lo podrá sustituir. En el ensayo siempre encuentras a alguien que te dice: ‘maestro, este fa que está aquí está mal. ¿Lo cambia o quiere que se quede así?’ Y tú le dices: ‘no, no, está mal, cámbialo'”.

“Cuando se apaga el cerebro, se apaga todo. No hay cielo ni Cristo que lo arregle. Te mueres y ya está”

Le pregunto al final, para provocarle, a qué se va a dedicar cuando muera, él que no ha parado de estudiar y crear durante toda su vida, y me responde sin alterar el semblante: “Me dedicaré a morirme […]. Me he interesado siempre por las cuestiones científicas, he leído todo lo que he podido. Mi problema es que no he aprendido bien matemáticas. Entonces, sobre las cuestiones científicas actuales, si no sabes matemáticas, estás perdido, me quedo a medias. Pero me quedo lo suficientemente seguro para saber que cuando se apaga el cerebro, se apaga todo. No hay cielo ni Cristo que lo arregle. Te mueres y ya está”.

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