Francia, el país conservador que no queremos ver

“El miedo es un arma poderosa y tanto el gobierno como sus opositores saben aprovecharlo”, escribe el autor.

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Francia, el país conservador que no queremos ver
Manifestación contra la reforma laboral francesa el 15 de septiembre de 2016. FOTO: NnoMan

 | La Marea | 18 septiembre 2016

A pesar de la idea preconcebida y generalizada de que Francia es un país progresista y abierto, una vez más la evolución de los acontecimientos confirma lo contrario. La pérdida de afluencia en las manifestaciones, cada vez más violentas, contra una reforma laboral impuesta debido a la falta de apoyo parlamentario; unas fuerzas del orden cada vez más represoras y con más margen de maniobra e impunidad gracias a las leyes antiterroristas; la deriva autoritaria del gobierno de François Hollande, el presidente más impopular desde que acabó la ocupación nazi, y la consolidación de la extrema derecha en las encuestas electorales no son más que la cara visible del desolador paisaje galo. Vayamos por partes.

La tradición sindical en Francia sigue viva, pero ya no es lo que era. Es cierto que la irrupción en primavera del movimiento social Nuit Debout despertó ilusiones entre muchos franceses desencantados con la política tradicional y con ganas de cambiar el país, pero las asambleas al aire libre se encasquillaron en los debates eternos y los sindicatos lucieron a tiempo su capacidad movilizadora, reforzando su imagen de institución volcada en la acción. Acabó la Nuit Debout y los sindicatos retomaron su protagonismo de siempre, pero las cifras de afiliación muestran la pérdida de interés de los franceses en las asociaciones de trabajadores, que ahora enfrentan una nueva amenaza: la polémica reforma laboral de Hollande otorga prioridad a los acuerdos de empresa por encima de los convenios sectoriales y merma el poder de los sindicatos. Los 170.000 manifestantes que, según los sindicatos, protestaron el pasado jueves en todo el país contra la reforma laboral, son una minoría activa y ruidosa aparentemente incapaz de cambiar el destino del país.

El miedo es un arma poderosa y tanto el gobierno como sus opositores saben aprovecharlo. Los trágicos atentados que sufrió Francia en el último año y medio dieron carta blanca al ejecutivo socialista para reducir drásticamente algunos de los derechos más sagrados de la Quinta República. Francia seguirá en estado de emergencia hasta enero de 2017. Desde mayo la nueva ley antiterrorista confiere poderes especiales a la policía, que ya no necesita la autorización de un juez para allanar una casa, encarcelar a un sospechoso o invadir la privacidad de cualquier ciudadano. Muchos se escandalizaron dentro y fuera de Francia cuando durante la Cumbre del Clima de París, en diciembre del año pasado, la policía gala empleó la ley antiterrorista para acallar a personas que nada tienen que ver con el terrorismo, principalmente activistas sociales y ecologistas. La expectación inicial ante estos abusos dio paso a la normalidad y hoy en día ni los medios ni la masa se sorprende ante los excesos de quienes, en teoría, velan por su seguridad.

Francia aún conserva la imagen de país fraternal, lugar de encuentro de culturas y ciudadanos procedentes de medio mundo. No obstante, la apariencia cosmopolita de las calles del hexágono sigue lejos de la idea de identidad francesa que gobierno, oposición, medios y la mayoría de ciudadanos de a pie tienen y fomentan. La fuerza obsesiva con que Francia se aferra a la imagen de país blanco y de tradición cristiana lleva décadas generando rencores y frustraciones que hacen del país una olla a presión cada vez más difícil de controlar. Ahí están los fanáticos que sembraron el terror en París, Saint Denis, Tolouse o Saint-Etienne-du-Rouvray, la mayoría de ellos franceses de nacimiento que no encajaron en el patrón de identidad francesa purista y caduco que Marine Le Pen (Frente Nacional), Nicolas Sarkozy (Les Républicains) y, en menor medida, François Hollande refuerzan con sus acciones y discursos y mantienen con medidas cosméticas de carácter electoralista y, por ende, cortoplacista. En Francia no todos son o pueden ser Charlie.

La cuenta atrás para las elecciones presidenciales ya ha empezado. Dicen los sondeos que si se celebrasen hoy, Le Pen pasaría cómodamente a segunda vuelta. Lo haría con el apoyo de muchos franceses musulmanes que temen que su patriotismo se ponga en duda si no votan a un partido ultranacionalista como el Frente Nacional –la región que alberga Marsella, con gran proporción de franceses de origen magrebí, es uno de sus feudos fuertes-. El Partido Socialista francés llega a los comicios más fragmentado que nunca debido a la deriva liberal de Hollande, los incómodos dejes autoritarios de su primer ministro, Manuel Valls, y la reciente dimisión del ambicioso y liberal ministro de Economía, Emmanuel Macron, par ideológico de Albert Ribera al norte de los Pirineos (la patronal francesa también desembolsa grandes sumas para tener en primera línea un rostro joven y liberal). La derecha francesa de toda la vida, ahora llamada Les Républicains, se mira el ombligo para decidir si Sarkozy, el Aznar francés, inmerso en innumerables escándalos, concurre a las presidenciales.

La política exterior sigue siendo un tema irrelevante a la hora de elegir candidato a la presidencia francesa. Al igual que cuando en 2012 las monumentales protestas contra el matrimonio gay dejaron en segundo plano la intervención francesa en la guerra de Mali, ahora la obsesión con el islam y las controversias anecdóticas -¿de verdad es tan crucial para el país el mal llamado burkini?- obnubilan asuntos mayores. Francia apuntala una Unión Europea excluyente y deshumanizada codirigida con Alemania, y sigue aprovechando su plaza fija en el Consejo de Seguridad –la única que le queda a la Unión Europea tras el Brexit- para proteger a las dictaduras más sanguinarias de Oriente Medio, Magreb y África, desde Marruecos hasta Arabia Saudí, muchas situadas en el origen de ese nuevo enemigo global que es ahora el yihadismo.

En la madre patria de los Derechos Humanos hay miles de refugiados contrayendo enfermedades que desaparecieron a principios del siglo XX, como el llamado pie de trinchera. Cualquiera que visite París se sorprenderá de ver la cantidad de indigentes y refugiados que pernoctan frente a los lujosos escaparates del Boulevard Saint-Germain. En la manifestación del viernes un hombre perdió un ojo a manos de la policía, al igual que le sucedió en mayo a un estudiante de Rennes. Si es que lo fue, hoy Francia no es el último bastión de los derechos sociales que permanece en pie ante la globalización del neoliberalismo.

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