Ladrillo, capitalismo y cocaína en la burbuja

En ‘Crematorio’, el escritor Rafael Chirbes supo plasmar una narrativa de la mediocridad, el éxito y el fracaso de diferentes generaciones y sus modos de relacionarse entre ellas y con la burbuja inmobiliaria que ha arrasado el paisaje mediterráneo.

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Litoral quemado por un incendio en Jávea (Alicante). / DAVID FERNÁNDEZ

Joan Miquel Gual, Barcelona | Diagonal | 19/09/16

El gran historiador del Mediterráneo Ferdinand Braudel dejó escrito que los novelistas debían colorear con sus propias tintas la grisura del texto histórico. Es decir, resultaba necesario completar la información empírica sobre el pasado con otros registros más libres, complementarios con la tarea del historiador.

Rafael Chirbes tomó en mano esta idea no solamente en Mediterráneos, libro de viajes encabezado con la cita del francés, sino también en Crematorio, sin duda la novela más paradigmática de la burbuja inmobiliaria española.

‘Crematorio’ explica la singularidad de la camorra valenciana: la relación entre cocaína, construcción y capitalismo

Equiparable en crudeza al filme italiano de Mateo Garrone Gomorra, explica la singularidad de la camorra valenciana: la relación entre cocaína, construcción y capitalismo. Realismo descarnado y encarnado en las coordenadas de la devastación paisajística de la burbuja y la historia de vencedores y vencidos que gravita a su alrededor.

Misent, cualquier pueblo

A principios del siglo XX quienes dibujaban el paisaje mediterráneo eran los pintores y escritores románticos e impresionistas. En los inicios del siglo XXI lo hacen los constructores, grandes y pequeños, que tienen en las imágenes promocionales de cada nuevo complejo sus lienzos (también pintan mucho las cámaras fotográficas del “yo estuve aquí” vacacional del turismo de masas).

El desmantelamiento del imaginario de Sorolla comenzó durante el franquismo, justo al final de la autarquía y el inicio del desarrollo inmobiliario.

Ya sólo el recuerdo media en el tiempo entre los dos mediterráneos: aquel de los niños jugando en las orillas, las barcas a vela de pescadores y los pueblos blancos, frente al actual de muros de hormigón y grúas alzándose hacia el cielo.

Las comparaciones visuales entre pasado y presente han devenido un género informativo en sí. Un terremoto ha devastado el paisaje hispano, pero en lugar de la mera destrucción ha ido arrasándolo todo, erigiendo infraestructuras y edificios a lo ancho y a lo alto del territorio.

Destrucción creativa según los defensores del modelo político económico, que lo venden como un win-win en el que nadie pierde. Destrucción a toda costa titulan en Greenpeace sus informes acerca de una insostenibilidad edificativa que, en lugares como La Manga del Mar Menor, ya empieza a ahogar los hoteles más cercanos al agua a causa del calentamiento global.

Tres de los diez municipios más destruidos (Calp, Oliva y Oropesa) se encuentran en la costa valenciana. Cualquiera de ellos podría ser Misent, el pueblo imaginario en el que se ubica Crematorio.

En una de las muchas discusiones que enfrentan a Rubén Bertomeu –padre de familia y arquitecto especulador– con su hija Silvia, ésta le espeta: “Lo que se construye por aquí es tan cutre. No han dejado ni una de esas viviendas que los arquitectos europeos venían a estudiar por su armonía y funcionalidad (sin ir más lejos Le Corbusier estudió esas viejas casas mediterráneas. Se lo trajo Sert aquí al lado, a Ibiza, para que viera la casa ibicenca, el casament, un modelo canónico de arquitectura popular que también hubo aquí y del que no habéis dejado ni rastro)”.

Hay dos maneras de describir el paisaje en Crematorio. La primera es emocional: las memorias de los personajes. La segunda se encuentra inscrita en el lenguaje mismo del texto, una narración sin pausas, sin ningún punto y aparte, construida precisamente con la intención de que la o el lector no pueda ni respirar. Una forma hipnótica de escritura que contiene una estética parecida a la de los escenarios del cine expresionista alemán.

La densidad léxica nos acerca a la vivencia atormentada del autor al respecto de un lugar y las relaciones corruptas que ocurren en él: la realidad como algo que se experimenta desde la propia corporalidad, apelando a las emociones del mundo, a la primacía de la expresión subjetiva por encima de la representación de objetividad.

En este sentido, la ausencia de horizonte, o mejor dicho, la reconversión del horizonte en privilegio de unos pocos –como Rubén Bertomeu– forma parte de aquello que está en juego en la novela.

Vida privada de la nación

A otro nivel, el paisaje también funciona como una metáfora de unas relaciones de familia que son, al mismo tiempo, metonimia de la nación.

El paisaje también funciona como una metáfora de unas relaciones de familia que son, al mismo tiempo, metonimia de la nación

En un bando está Rubén Bertomeu, personaje que supone exactamente la antítesis de Benito González, interpretado excepcionalmente por Javier Bardem en Huevos de oro (dirigida por Bigas Luna en 1993).

El primero encarna la viva imagen del éxito y la masculinidad, un self-made man orgulloso de su trabajo y que a los sesenta años va a tener un hijo con una ambiciosa mujer cuarenta años menor que él, Mónica, a quien muy probablemente ha conocido en un burdel.

El segundo, en cambio, resulta castigado a causa de su deseo de ascensión social: desgraciado en el amor y en el oficio de construir rascacielos como falos, el tiempo lo acaba recolocando en su lugar de pobre del que no puede escapar.

En el otro bando se encuentran Silvia (hija), Juan (marido de Silvia), Matías (hermano de Rubén) y Federico Brouard (antiguo amigo de Rubén). Todos ellos escriben artículos en prensa cuestionando la forma de desarrollo económico que ha adquirido Misent. Brouard escribe también la novela La voluntad errática, cuyo protagonista todo el mundo reconoce que es Rubén.

Todos ellos cuestionan en lo privado y en lo público al triunfador indiscutible, al portador del zeitgeist o espíritu del tiempo que convierte su proyecto empresarial en paisaje.

La manera de protestar en su contra se acerca más a la neurosis que a la política: no rechazan el dinero y los regalos del paterfamilias. De hecho, Matías sufre en vida una clara humillación por parte de su hermano: después de resistir la venta de terrenos familiares durante años, se los ofrece a un precio muy caro que Rubén no acepta. Sin embargo, este último le enviará a los depredadores locales con el gusto de saber que regatearán el monto al máximo. Todo ello, perversamente, en tono de favor a la familia.

De esta manera la modificación del paisaje y las relaciones que se dan en él actúan como una síntesis de la sociedad española, con una sociedad civil crítica muy débil y unas elites fuertes, a pesar de su condición minoritaria.

Tal como dice el economista José Manuel Naredo, la democracia trajo consigo una refundación oligárquica de un poder “más neocaciquil que neoliberal”, consistente en el mandato ejercido triplemente por la nueva clase empresarial –a la que pertenece Rubén–, los gobiernos del bipartidismo y las entidades financieras. Es de la dimensión privada de esta refundación de lo que trata Crematorio.

No hay riqueza inocente

¿Qué subyace en el subsuelo de la riqueza? ¿es imposible desvincular riqueza económica y crimen, tal y cómo expresó Balzac? Chirbes está convencido de que, al menos en la España posterior a la Guerra Civil, no existe riqueza inocente.

Chirbes está convencido de que, al menos en la España posterior a la Guerra Civil, no existe riqueza inocente

El imperio de Rubén Bertomeu comienza con el tráfico de cocaína a gran escala. Es en la ilegalidad donde obtiene la suficiente acumulación de capital como para dedicarse a los negocios legítimos. En algún momento de la novela, justo en el marco del inicio de una obra, afloran los esqueletos de caballos enterrados con los que trajo cargamentos de droga que permitieron su ascenso.

Crematorio fue publicada en 2007, antes del estallido y de los múltiples casos de corrupción que acecharían a la Comunidad Valenciana. A pesar de ello, Chirbes no es un visionario. Escribe más bien como anatomista, como cirujano que da parte de la realidad a partir de la observación del día a día.

No predijo nada, simplemente supo plasmar una narrativa de la mediocridad, el éxito y el fracaso de diferentes generaciones y sus modos de relacionarse con la burbuja. De hecho, Crematorio narra el triunfo indiscutible de personas como Rubén Bertomeu. Habrá que esperar hasta En la orilla (2013), publicada ya en plena crisis y último título editado en vida del autor, para vislumbrar su decadencia.

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