Armando B. Ginés | Rebelión | 22/09/2016

En el mundo contemporáneo, llama nuestra atención todo aquello que confirma nuestros marcos de referencia culturales previos, prejuicios si así se quiere.

Un coche, un champú o una oferta viaje, un objeto cualquiera de consumo en suma, nos hace girar la cabeza para aprehenderlos si hace entendible la armonía de la sociedad a la cual pertenecemos.

Manipulando las emociones colectivas e individuales por segmentos concretos y bien definidos con anterioridad, la publicidad toca nuestras fibras más sensibles para hacernos apetecible aquello que se vende.

El proceso es imparable, terminando como consumación de un hecho de compra presuntamente de libre elección o como frustración que sobreviene en culpabilidad íntima al no estar capacitado de adquirir el objeto deseado.

La cultura que marca los gustos, rechazos y preferencias sirve de justificación a todo suceso social: si se sacia el deseo, todo resulta acorde a las expectativas, y si no se alcanza el objeto deseado, material o no, la autoculpabilización exime de responsabilidad alguna a la estructura económica y política. Liberalismo a ultranza dixit.

Igual sucede cuando el objeto deseado es una causa política, tendencia estética, movimiento social u organización del tipo que sea. Lo que mantiene el orden establecido, aun con pequeños matices o variantes, es bien visto por la sociedad en su conjunto. Lo raro, dentro de un esquema consentido, también forma parte del gran hermano capitalista y neoliberal. Juega el rol de opción asumible con apariencia de oposición dialéctica amañada.

Ese universo uniforme, sin alternativas globales pero con advocaciones culturales parciales, es un enormidad ideológica de la que resulta muy difícil salir.

Introducir la duda como elemento crítico es la única manera de poder crear realidades nuevas dentro de la gran magnitud unipolar del mundo actual. Duda como método de análisis y de acción coherente.

Las sociedades de hoy son meras posibilidades en un abanico amplio de otras muchas virtualidades. Una cosa son los determinantes históricos y otra muy distinta que la historia solo tenga un camino válido o viable, definitivo, un destino sin discusión, una finalidad escrita por agentes ajenos a la voluntad del ser humano.

Es evidente que con la sola razón no se modifican los procesos históricos y cognitivos ni las coyunturas políticas. La evolución nos ha dotado de las emociones y los sentimientos para ayudar a la razón en su ejercicio electivo. La razón dejada a su arbitrio jamás tomaría una decisión en tiempo razonable. El infinito es su talón de Aquiles.

No obstante, pese a la importancia fundamental de las emociones, más ligeras y a flor piel, no debemos escudarnos en ellas para dar razón de nuestros fallos, lagunas y defectos de argumentación e interpretación fidedigna de la realidad. Las emociones auxilian a la razón, pero también la ciegan o la engañan para conseguir de ella decisiones rápidas y no meditadas suficientemente.

Esa celeridad en las respuestas que exige el teatro posmoderno permite manipular a las emociones en provecho ajeno, con fines comerciales, ideológicos y políticos. No pensarlo demasiado, alimentando una inteligencia emocional endeble y tornadiza, es la máxima de los tiempos que corren.

A la vez que se entronizan las emociones se criminaliza a la sospechosa, calculadora y fría razón. No es baladí ni gratuita esta doble aseveración: con ella se asegura que la gente se mantenga fiel a sus sentimientos en detrimento de una actitud crítica que ponga en cuestionamiento el orden jerárquico, naturalizado al efecto, que habitamos.

La razón hay que dejársela a los intelectuales, científicos y técnicos. Razón pura y dura. Al resto debe valernos una razón práctica de andar por casa, con el aderezo de unas emociones sobrevaloradas, para resolver las cuitas cotidianas de trabajar sin rechistar y consumir con alegría desenfrenada.

Aquellas personas en quienes asoma alguna duda crítica o razonable son tachadas enseguida de radicales, extremistas, terroristas o anti-sistema. En épocas no tan lejanas se decía que la duda era el principio de un mundo nuevo y mejor, de la incipiente revolución en marcha. Hoy la duda es el inicio de una vereda hacia la marginalidad más absoluta.

Dudar está mal visto porque invita al prójimo a verse a sí mismo en su relación con los otros y el mundo que le rodea. ¿Qué intereses malvados y ocultos habrá detrás de una duda que tiene la osadía de manifestarse públicamente? Quizá una persona inadaptada, un perdedor tal vez, un relapso underground de tomo y lomo, uno que quiere fastidiar la hermosa fiesta del neoliberalismo triunfante.

Y, sin embargo, en la duda residen todos los logros del progreso humano, tanto éticos como científicos y filosóficos. La duda es ambiciosa: quiere más y mejor pero no a cualquier precio. Lo que llama la atención, en cambio, es mera repetición circular de una quietud insoportable: comprar estatus, adquirir mercancías, ser masa entre la masa indiferenciada, regresando como Sísifo siempre al mismo punto de partida.

Dudar: venerable palabra. El futuro de verdad siempre empieza desde una duda razonable.

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