Wyoming cuenta su vida, sus amenazas de muerte y, lo peor de todo… las fotos 

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Juan Bosco Martín Algarra | La Información | 17/10/2016

José Miguel Monzón, Wyoming para los amigos, se despierta todos los días con una angustia vital: “¿Cuántas fotos me harán hoy?”. Sabe que se las ha ganado a pulso, y que podría evitarlas “si llevara una vida de famoso”, como su amigo Alejandro Sanz. Hace poco estuvo con él y le propuso “tomarse juntos unas copas por ahí”… pero nones.

O llevas una vida de famoso, esto es, encerrada en cuatro paredes, o te enfrentarás a las fotos. El móvil es la pistola de nuestros tiempos. Vivimos en ‘territorio comanche’, plagado de inopinados forajidos muy propensos al ‘selfie’ fácil. Cual salón de oeste americano, los flashes se han vuelto inevitables en este páramo sin ley… “de la educación”.

La gente olvida, apunta Wyoming con un suspiro de auténtica resignación, “que detrás de una gran estrella también hay un ser humano”.

Pero enseguida brota el humorista, esa actitud vital que le nació como una coraza defensiva.

“Si sólo me quedara un minuto de vida, y yo le suplicara algo de piedad a la persona que me pide una foto para poder vivir en paz mis últimos momentos, estoy convencido de que me la negaría”, asegura este rebelde CON causa de 61 años.

De los altos hornos a la estríper

Todos los días, cuando sus termina el Intermedio, ese programa sarcástico-noticioso donde cada vez sufre más porque también le afectan más las noticias, dedica un buen tiempo a retratarse con el público presente en el estudio. Quien dice el estudio de ‘El Intermedio’ dice el aeropuerto, la parada de taxis, la terraza del bar, donde demasiada gente hace gala de una sorprenderte impudicia. Hay gente que le pide una foto para confesarle luego que le cae mal.

“Oye, Wyoming, no te quejes”, deberíamos decirle cuando reconoce que tiene a 80 personas trabajando para él: “Si no llega a ser por ellos, yo no podría estar aquí comiendo con vosotros”, explica. Su franqueza nos hace reír otra vez. Pero comer, lo que se dice comer, come más bien poco, porque los periodistas nos lo vamos devorando a preguntas. Y a él le gusta más -mucho más- hablar de su trabajo que comer.

El libro de memorias del Gran Wyoming. L.I.

¿He escrito ‘trabajo’? Hay trabajos y trabajos. Wyoming lo define mejor que nadie: “Hombre, una cosa es currar en los Altos Hornos y otra trabajar ayudando a cambiarse de ropa a una estríper”. Da la impresión de que él se apunta a lo segundo, y cuenta que los fines de semana ‘trabaja’ tocando en una banda de rock, ‘Los insolventes’, denominación equívoca para un hombre acusado “de tener muchos pisos”. Porque si ser rico es en este país es un pecado, el pecado se torna en sacrilegio si el rico es de izquierdas.

“Wyoming trabaja hasta muy tarde”, tercia su editora. “A veces nos enviaba los capítulos con hora de las 4 de la madrugada”.

Cierto, pero a Monzón no le quita sueño el trabajo, sino las malditas fotos.

Fabra se la tiene jurada

“Me han amenazado de muerte, pero lo que de verdad temo en esta vida son las fotos”, confiesa ante una concurrencia de periodistas en un reservado. Las teme más que a Fabra, el ex presidente de la diputación de Castellón, que se la tiene jurada. “Ha dicho que me va a hundir en cuanto salga de la cárcel”.

Mientras llega el día de la venganza fabriana, Wyoming presenta su libro de memorias titulado “¡De rodillas, Monzón!” (Planeta), título inspirado en las amables amenazas de un inquisitorial cura de su colegio, de aquellos tiempos donde la letra entraba con sangre.

Pero donde se era feliz.

“Sí, yo tuve una niñez muy feliz”, aunque a la veintena de personas que le acompañaban este lunes a mediodía en un restaurante del barrio de Prosperidad de Madrid pudiera resultarnos sorprendente después de leer algunos pasajes de su libro. Sorprendente porque Wyoming conoció una España “parecida a la que habían podido ver los ojos del Cid Campeador”, con arado romano y filas de bestias que hacían cola para abrevar en la plaza del pueblo.

La generación del 55, la más feliz de la humanidad

¿Infancia feliz? Más aún. Wyoming se viene arriba: “Los que nacimos en el año 55 del siglo pasado vivimos la mejor época de la Historia de la Humanidad”. Lo asegura el mismo que reconoce haber padecido auténticos sádicos en las tarimas de las aulas, el mismo quien describe a mujeres que eran convertidas en prisioneras de una mentalidad asfixiante, quien solo recuerda haber visto a su abuela con un solo vestido, el riguroso luto, y quien había padecido, especialmente durante la mili, la chulería insoportable de los uniformados. Quizá por eso, junto a la seguridad de que la generación del 55 fue la más feliz del mundo, asegura con la misma rotundidad que “la época de mis padres fue una mierda y la anterior ni te cuento”.

El Gran Wyoming tiene 80 personas trabajando en El Intermedio. L.I.

Con todo eso, Wyoming disfrutó su vida. Vivía, según lo que define, en “una inconsciencia feliz”, donde no se enteró de que había una dictadura hasta bien entrada la adolescencia, con 17 años. “Era nuestro mundo, no sabíamos que existía otro”

Como médico que es, nos advierte que la memoria es selectiva, y por tanto poco fiable. En su caso lo atribuye “a la edad provecta y a la ingesta etílica a la que no renuncio”. Todos reímos, aunque advertimos que sus palabras esconden alguna dosis de pose, quizá inconsciente para él.

A este niño-casi-viejo adolescente le gusta bromear y provocar desde que comienza a dar muestra de la profusa “logorrea” que heredó de su padre, un excombatiente del bando de Franco y simpatizante del Opus Dei al que, pese a las evidentes diferencias generacionales, recuerda con un enorme cariño, diríase que con veneración filial.

Objetivo: perder la virginidad

El joven José Miguel se enteró de veras en qué mundo vivía cuando salió de él. Esto es, cuando se montó en un tren y conoció países como Holanda, en donde por ser peludo, contestatario y todo lo que en España se consideraba inadmisible, la policía no te molía a palos. “Es más, nos indicaba en qué albergues podíamos dormir. Para nosotros aquello era inconcebible”. Como inconcebible era la facilidad con que podría perder su virginidad, real y acaso único objetivo de su viaje. Lo consiguió, con el mediocre desempeño del joven novato que ve desbordado por su propio frenesí fornicatorio.

Mientras tanto, en la vieja españa de tabaco y brea transcurrían años donde se entraba en la Facultad de Medicina entre una hilera de policías armados hasta los dientes. Y aunque los uniformados de entonces “eran como parte del paisaje, porque estaban en todas partes, pasar entre ellos camino de clase, hombre, sí impresionaba un poco”.

Aquella España pasó. Pero niega que hubiese una Transición. “Lo que hubo fue una reconversión de todos los poderes y las instituciones del Estado… la judicatura, el ejército, el Gobierno”. Al tiempo que asegura que “lo de las dos España no se ha movido ni un milímetro”, y que “la corrupción tiene un sustento social terrible”, y que se hizo “antifascista” en Europa porque después de respirar libertad no se podía volver a respirar ideológicamente de otro modo, también mantiene que “cuando digo que he vivido en un mundo mejor es porque así ha sido”.

Se refiere a un mundo en donde, por ejemplo, “las universidades eran verdaderamente gratis, y en donde podían licenciarse los hijos de los obreros, aunque fuera en diez años”; un mundo en donde “a los niños se dejaba correr en libertad” por las calles aunque no sucediera nada en ellas, como nada sucedía en la Puebla del Salvador, ignoto municipio de Cuenca donde transcurrió gran parte de su infancia.

Allí, por suerte para Wyoming, no existían los móviles ni los palos ‘selfies’.

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