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Escrito desde la rabia y una indignación desbordada

Carlos Carnicero.

REFLEXIONES DESDE BUENOS AIRES.

La velocidad de los acontecimientos promueve una escalada de la injusticia en un mundo que hemos interiorizado que tiene capacidad para destruir nuestras vidas. Estamos rodeados de ejemplos de corrupción e indignidad que protagonizan los defensores de los recortes sociales para estabilizar el mercado en el que ellos se han hecho millonarios. Ciento veintinueve mil parados más y los que vendrán. La caldera se calienta pero todavía no ha explotado. Lo que ocurra #dependenostros.

Hay razones para seguir confiando en la humanidad. En medio de este universo de miedo que está sembrando el capitalismo salvaje que padecemos, hay ejemplos individuales de dignidad y de coraje. Todavía hay personas que se plantan ante sus empresas para defender a un compañero víctima de un despido injusto. Todavía hay personas que vencen al terror del abismo que se les abre delante de ellos y tienen el coraje para decir simplemente la verdad. Parecería algo de obligado cumplimiento. No es así; son seres excepcionales en su anonimato.

Hoy nos hemos desayunado con 112.269 personas más en el paro. No son cifras; son tragedias humanas con cara y ojos, con hijos, con hipotecas, con sueños que en la mayor parte de las veces se han desvanecido. Algunos, muchos, no volverán a trabajar nunca. De entre ellos, habrá quienes se deslicen por la senda de la desestructuración y la marginalidad. Los veremos durmiendo entre cartones dentro de unos pocos meses o años. Seguró que habrá algunos niñatos fascistas que les peguen fuego cuando duermen en un cajero automático. Ensucian la imagen de la ciudad.

No hay una guerra. No ha habido un cataclismo nuclear. Sinceramente es la conjunción de una crisis provocada por el capitalismo financiero, la ambición sin límites de una clase económica dirigente, que maneja el mundo como si fuera su universo exclusivo. Y de una generación de políticos con fríos cálculos electorales.

El Duque de Palma no va a devolver un duro y la Corona pretenderá que no se abra paso la república. Alfredo Sáenz, el banquero que indultó Zapatero de un grave delito en el último consejo de ministros que compartió con Alfredo Pérez Rubalcaba, ganará otra vez 11,8 millones de euros este año. Estamos hablando de dos mil millones de las antiguas pesetas. Francisco Luzón, ex director general del Santander, empezará a disfrutar de su fondo de pensiones de 68 millones de euros. Jugará con sus nietos como un abuelo ejemplar. Claro que no es delictivo todo esto; estamos en el juego de la libre empresa. Es mucho peor que un delito: es sencillamente obsceno, inmoral, carente de toda ética. Dirigentes de la Generalitat Valenciana robaban las vacunas para los niños de Haití. ¿Quieren que siga?, porque hay mucho más.

Estos individuos se horrorizan  con las imágenes de violencia callejera de unos pocos antisistema en Barcelona. Pedirán firmeza a las fuerzas de orden público para que estos descerebrados que intentan confundir con una España indignada, no enturbien la imagen exterior de nuestro país. Son gente de orden; ciudadanos ejemplares. Se han ganado su dinero “honradamente” haciendo que la Banca se forre con operaciones inmobiliarias especulativas. Ejecutan los embargos con frío cálculo contable. Y gozan de buena salud porque si hace falta se irán a Boston a tratarse el cáncer.

Les observan, cómo si fueran las páginas de “¡HOLA!”, con una mezcla de envidia y de temor, millones de Españoles, que todavía no han descubierto que esas conductas amorales se pueden eliminar con el poder de una democracia que no esté atrapada por los mercados. Con gobiernos que no indulten los delitos de los banqueros.

Los sindicatos están demonizados porque hay trabajadores “liberados” por un puñado de euros al mes. ¡Intolerable que los trabajadores puedan tener representantes que les defiendan, en un universo que ha aniquilado el principio fundamental de la negociación colectiva!

“¡España ha vivido por encima de sus posibilidades!”, es el grito de un puñado de privilegiados que han generado este caos y ahora arrebatan los derechos a los trabajadores.

Recortes sin generación de riqueza. Esa es la Biblia de la señora Mérkel, para quien hay que enderezar duro a los “vagos del sur”. La medicina de los recortes y la amputación del estado del bienestar.

La indignación es un termostato que tiene un límite, a partir del cual, cuando las sociedades intuyen que no tienen nada que perder, hace explotar la caldera.

La presión es insoportable. Las válvulas empiezan a echar vapor y los gerentes de esta casino financiero confían en que al final, las fuerzas de orden público den un garrotazo que baje la temperatura.

La historia está llena de ejemplos de que la humanidad avanza con la indignación: desde la revolución de esclavos de Espartaco a la bolchevique.

Soy pacifista por naturaleza. Creo en la fuerza de la palabra y en el poder de la movilización social. Creo que esta democracia sin igualdad tiene que reciclarse, entre otras cosas con la fuerza imparable de las redes sociales. Creo que hay esperanza, pero mi estadio natural de rebeldía se ha levantado esta mañana, ha mirado el entorno que nos ha tocado vivir, y ha decidido que este no es el mundo que quiero compartir con mi hijo.

Esto es un desahogo que pretende ser mesurado, intelectual y optimista. Pero los ciudadanos comunes tenemos que tomar la iniciativa pacífica con la determinación de que este mundo, sencillamente, ya no es habitable. #dependenosotros.

Fuente: http://ccarnicero.com/2012/03/02/escrito-desde-la-rabia-una-indignacion-desbordada/

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