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No provoquen, por favor

Me ocurre como a Ónega, que si no lo escribo, reviento, y prefiero no reventar. Pero yo no usaré la demagogia.

Ónega… este texto tuyo, queriendo ser una crítica irónica (supongo), te deja en muy mal lugar, porque sobra. ¿Así que lo que tú no quieres es que se incendie la calle? Mira, no voy a tener tanta imaginación como para creer que pretendías ser sutil, porque hay muchas otras formas de hacerlo, y ni es el momento, ni lo has dejado fácil. Me has recordado a aquella época en la que el gobierno del criminal Franco sugirió a mediados de los cuarenta a la Jet set madrileña ser comedidos y responsables en la ostentación, recomendándoles la exhibición de su riqueza en el interior de los clubes (Chicote, Pasapoga, etc), porque de lo contrario se podía levantar una población que estaba al extremo de la necesidad. Recomiendas la ocultación ¿mayor? de la corrupción y las diferencias de clase; estupendo.

Tampoco entiendo que existan malnacidos, que comulguen con esa aberración de que la excelencia debe traducirse en privilegios inhumanos. Hay que ser muy hijo de puta (y no digo que tú lo seas), para creer que por un don, por no tener escrúpulos o por una situación privilegiada familiar, alguien merezca derrochar de forma estúpida mientras otras personas llegan al nivel del suicidio por impotencia. Uno no comprende nada de eso que tú comprendes… eres muy muy comprensivo, yo diría que hasta extremadamente comprensivo.

Como no eres ningún torpe, no creo que haya sido un error, y siendo así, me ha parecido despreciable. Ojalá me equivoque. No provoques.

Paco Bello

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Fernando Ónega

Si lo escribo, puedo ser un demagogo; pero si no lo escribo, reviento, y prefiero no reventar. Lo más deprimente del día de ayer no es que los estudiantes hayan cortado carreteras. Tampoco que Mariano Rajoy anuncie más sacrificios. Ni siquiera que hayan aparecido voces que, amparadas en las cuentas del desastre, empiezan a pedir la reforma del Estado de las autonomías, que suele ser el prólogo para pedir su desaparición. Lo más deprimente fue abrir los periódicos y descubrir este retrato del país: mientras el presidente de Cantabria decía la frase del año (no hay un euro), en otras páginas se veía correr el dinero del privilegio. Alguna cúpula bancaria se repartía cientos de millones de euros. Un banquero indultado percibió más de once millones en el mismo ejercicio. Y en empresas privadas, los incentivos situaban algún salario en una cantidad próxima al millón de euros mensuales. Esas dos caras de la vida española se publicaron ayer.

La angustia económica de las autonomías ya sabemos a qué conduce: a la restricción del gasto social. Las cifras de los privilegiados caen sobre la piel de España pocos días después de conocer un estudio que alerta sobre la agonía de las clases medias, devoradas por la crisis; sobre los cientos de miles de hogares que se sostienen por la solidaridad familiar y la ayuda de los comedores de Cáritas, o sobre el aumento de las diferencias entre ricos y pobres que, naturalmente, se resuelve con esta sentencia: los ricos son cada vez más ricos, mientras el 22 por ciento de la población española vive con menos de 8.000 euros anuales, y a veces sin un solo euro.

Uno comprende que a grandes ejecutivos corresponden grandes salarios. Uno comprende que en determinadas alturas de la gran gestión económica la competencia es durísima y resulta muy caro retener a los mejores. Uno comprende que la excelencia hay que pagarla. Y, puesto a comprender, uno comprende también que si se pagan grandes cantidades a los elegidos es porque son rentables para las entidades y compañías que muestran con ellos esa generosidad. Pero, aunque sea así, habría que recordar el consejo de aquel ministro de Gobernación a los gobernadores civiles: “Si no pueden ser castos, sean por lo menos cautos”.

A un país de once millones de ciudadanos en el umbral de la pobreza no se le pueden refregar por la cara once millones de salario de una sola persona. A un país que no encuentra un euro de crédito en la banca no se le puede decir que las cúpulas bancarias hacen un festín de cientos de millones. A un país que está mirando si le aplican el céntimo sanitario o el copago en las recetas, esas exhibiciones le parecen o inoportunas o indecentes. Y ante eso, sólo cabe una petición: señores del privilegio, si no quieren que se incendie la calle, no provoquen, por favor. No provoquen, que lo suyo es glorioso, pero el pueblo lo está pasando muy mal.

Fuente: http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20120301/54262202956/fernando-onega-no-provoquen-por-favor.html

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