El poema que ha levantado ampollas (Günter Grass)

Günter Grass, premio Príncipe de Asturias y Nobel de Literatura en 1999, es uno de los escritores alemanes más conocidos y exitosos. Será quizá por esto que en su caso por hablar a las claras de algo que cae por su peso, esté recibiendo las más airadas y repulsivas críticas por parte de todos los defensores a ultranza del gobierno criminal de Israel (empezando cómo no por el CDU alemán, y acabando por el diario El País). El caso del rotativo español es particularmente deleznable e intelectualmente grosero. Como no podía ser de otra forma en estos manipuladores con chorreras; se utiliza y con notable profusión de detalles el ridículo argumento de su pertenencia a las Schutzstaffel con 17 años para intentar desacreditar su opinión (mintiendo además al insistir en la voluntariedad de su alistamiento, pues fue reclutado forzosamente junto con otro millón de jóvenes hacia el final de la IIGM como él mismo revelase en su autobiografía). Esto es algo así como decir que cualquier socialdemócrata es un fascista por haber prestado servicio militar bajo la dictadura de Franco. Este tipo de mensaje se está convirtiendo en marca de la casa en el que fuera hasta hace un par de décadas un diario respetable.

P.B.

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Por qué guardo silencio, demasiado tiempo,

sobre lo que es manifiesto y se utilizaba

en juegos de guerra a cuyo final, supervivientes,

solo acabamos como notas a pie de página.

Es el supuesto derecho a un ataque preventivo

el que podría exterminar al pueblo iraní,

subyugado y conducido al júbilo organizado

por un fanfarrón,

porque en su jurisdicción se sospecha

la fabricación de una bomba atómica.

Pero ¿por qué me prohíbo nombrar

a ese otro país en el que

desde hace años —aunque mantenido en secreto—

se dispone de un creciente potencial nuclear,

fuera de control, ya que

es inaccesible a toda inspección?

El silencio general sobre ese hecho,

al que se ha sometido mi propio silencio,

lo siento como gravosa mentira

y coacción que amenaza castigar

en cuanto no se respeta;

“antisemitismo” se llama la condena.

Ahora, sin embargo, porque mi país,

alcanzado y llamado a capítulo una y otra vez

por crímenes muy propios

sin parangón alguno,

de nuevo y de forma rutinaria, aunque

enseguida calificada de reparación,

va a entregar a Israel otro submarino cuya especialidad

es dirigir ojivas aniquiladoras

hacia donde no se ha probado

la existencia de una sola bomba,

aunque se quiera aportar como prueba el temor…

digo lo que hay que decir.

¿Por qué he callado hasta ahora?

Porque creía que mi origen,

marcado por un estigma imborrable,

me prohibía atribuir ese hecho, como evidente,

al país de Israel, al que estoy unido

y quiero seguir estándolo.

¿Por qué solo ahora lo digo,

envejecido y con mi última tinta:

Israel, potencia nuclear, pone en peligro

una paz mundial ya de por sí quebradiza?

Porque hay que decir

lo que mañana podría ser demasiado tarde,

y porque —suficientemente incriminados como alemanes—

podríamos ser cómplices de un crimen

que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa

no podría extinguirse

con ninguna de las excusas habituales.

Lo admito: no sigo callando

porque estoy harto

de la hipocresía de Occidente; cabe esperar además

que muchos se liberen del silencio, exijan

al causante de ese peligro visible que renuncie

al uso de la fuerza e insistan también

en que los gobiernos de ambos países permitan

el control permanente y sin trabas

por una instancia internacional

del potencial nuclear israelí

y de las instalaciones nucleares iraníes.

Solo así podremos ayudar a todos, israelíes y palestinos,

más aún, a todos los seres humanos que en esa región

ocupada por la demencia

viven enemistados codo con codo,

odiándose mutuamente,

y en definitiva también ayudarnos.

Traducción de Miguel Sáenz. El texto original en alemán se publica hoy en el diarioSüddeutsche Zeitung.

Fuente: http://internacional.elpais.com/internacional/2012/04/03/actualidad/1333466515_731955.html

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