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Mi amigo Antonio

 

Como cada mañana llegué al límite del parque y solté el mosquetón del collar de Rala justo en el bordillo del césped que hace esquina. Se quedó quieta y barrió con la mirada el horizonte del parque, inmóvil y al acecho de algún grupo de palomas para salir corriendo a robarle las migas de pan que las viejecitas solas y los abuelos con nietos les dejan al pie de los árboles. En el último segundo se fijó en un hombre sentado en un banco a la izquierda que nos observaba, lo miró fija un momento, luego empezó a caminar cansina, lentamente hacia él moviendo la cola y cabeceando en un gesto de abierta amistad, Rala sólo actúa así con los amigos. Era la primera vez que había visto a este hombre ¿Lo habría conocido ella antes alguna vez en su larga vida? Ésta es una de esas cosas extrañas de las que tienes la certeza que nunca sabrás.

Antonio me contó que tenía 44 años, que era de nacionalidad española pero nacido en Francia, volvió a España de adolescente con sus padres y luego, ya de adulto, regresó a Francia en busca de trabajo, se había dedicado allí a la hostelería pero hacía unos años que perdió su empleo por cierre del negocio, las cosas estaban muy mal y se fue a Barcelona a probar suerte, y tampoco le fue bien.

Todas las mañanas se repetía la misma imagen del principio, Rala llegaba a darle los buenos días a Antonio batiendo su musculosa cola de nutria y él la acariciaba y le rascaba el cuello.

“¿Todo bien? Bueno, no me puedo quejar.”
“Antonio, perdona si te molesta Rala, es muy mimosa”
“¡Qué va! Si a mi me encantan los perros!, Verás, yo tenía uno en Francia, mira, era como…”

Unos días después, supe que Antonio dormía en un banco del parque, me dio la impresión de que sólo tenía un chaquetón, Nos conocíamos ya de algo menos de un par de semanas y era un tiempo frío en el invierno del Sur, noches muy frías, algunas dejaban algún rastro de escarcha al amanecer. Me dijo que a veces llegaba la policía y le decían que no podía quedarse a dormir allí, que aquello era “mobiliario urbano” (¡T.L.C.!). Cuando llovía o hacía frío intenso, avisaba en la comisaría cercana de que se protegería en el portal de la casa abandonada, de donde antes alguna vez, ya le habían echado también de noche.

Antonio me dijo que más de una vez, cuando iba a avisarles para que le dejaran dormir en la casa abandonada se había reído de él.
“¡Vds. No se pueden reír de mi, soy un ciudadano!”

“La próxima, avisa y vamos juntos ¿Vale?”

Una mañana nos tomamos un café, le pregunté y me dijo que no tenía saco de dormir, le prometí uno. Resultó frustrante: no encontré ninguno en las grandes superficies de la zona. Le pedí uno a mi hija que me lo llevaría, Amtonio me comentó al día siguiente que ya no hacía falta, que se iba en un par de días a dormir a un albergue y que le habían dado una plaza en el comedor social.

Lo volví a ver con muy buen aspecto, el pelo corto y bien peinado, aseado y afeitado, las uñas limpias y cortas, calentándose el Sol en algún banco bien orientado como siempre. Tenía ya la tez bronceada.

Antonio era una persona respetuosa, educada y con buen nivel cultural pero la vida le había jugado mal la partida, malas cartas en algunas rondas seguidas. Su mujer falleció en Francia y él parece que se perdió en el laberinto de la vida.

Hace tiempo que no lo veo por el parque ¿Dónde habrá ido? ¿Cuántos Antonios habrá ahora durmiendo en un banco cualquiera de cualquier parque en cualquier ciudad? ¿A cuántos les habrá dado un vuelco así la vida? ¿Cuántos españoles, cuántos griegos… cuántos seres humanos? ¿Cuántos más correrán, correremos, ese mismo destino? ¿Hasta donde nos van a llevar estos días negros de nuestro absurdo presente en el que los sátrapas aseguran que la pobreza de hoy nos traerá la prosperidad de mañana…?

Personas que han perdido su pequeños ahorros, su alegría de ir cada mañana a trabajar, su salud, su casa, su familia… sus sueños ¿Se puede vivir sin sueños?

“Queridos Reyes Magos… y un caballo de cartón…”

Siempre estaba sonriente y era muy agradable y cortés. Jamás le escuché un comentario de desaliento a pesar de que su vida era en esos días abiertamente amarga. Nunca le oí quejarse de su mala suerte y siempre tenía una sonrisa pícara para nosotros cuando Rala le daba los buenos días.

Por la mañana cuando me despierto y remoloneo antes de levantarme, aquel otro que está algo más despierto que yo, me dice al oido:

“¡Anda, maxo, pa k te kejes…  alguien ta regalao un día más!”

Un abrazo, Antonio, donde quiera que estés.

Jero.

 Imagen tomada de Google Images

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