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Fachas, rojos: los ricos se ríen de nosotros

José Manuel Lechado García Iniciativa Debate 29/4/2012

      Hace un año, cuando el 15-M estaba en plena efervescencia, escribí y publiqué en diversos medios de Internet un artículo crítico, pero con intención constructiva, sobre las que en mi opinión eran las deficiencias más notables del movimiento. Entre las respuestas, algunos entusiastas del 15-M aprovecharon para tildarme de “facha” y “reaccionario”, entre otras cosas.

     Como no escarmiento, un año más tarde publiqué otro artículo, también crítico y por las mismas vías, sólo que esta vez dedicado a la función represiva de los cuerpos policiales. Entre las respuestas, policías y amigos de policías se explayaron tachándome de “rojo” y “bolchevique”.

     Y en fin, hace sólo unos días, en mi página de Facebook “Política Rápida para Uso Cotidiano”, un estalinista declarado decidió que yo no era más era un “estúpido anarquista”. Una evolución política que ya quisiera Pío Moa: en apenas un año he sido facha, bolchevique y anarquista, al menos según estas personas. Unas personas que por sus declaraciones podemos imaginar alineadas en puntos muy distantes del espectro político, pero que todas coinciden en considerar que no hay peor ofensa que calificar a quien piensa distinto con el término político que consideren más opuesto a sus propios planteamientos. Los policías en cuestión se consideraban de derechas, mientras los que apoyaban el 15-M se decían de izquierdas; pero no tanto como el estalinista, que se colocaba más a la izquierda que nadie y por ello todos los demás son (somos), para él, nada más que “estúpidos derechistas”.

      No dejaría de ser una anécdota más del que se arriesga a exponer sus opiniones ante el público, si no fuera por ciertos detalles llamativos. El primero, y muy revelador, es que todas estas personas pertenecen a la misma clase, la trabajadora. Pero hay más: todos coincidieron, más allá de sus posicionamientos, en sentirse ofendidos, incluso muy ofendidos, por la expresión de opiniones que sin duda eran críticas, pero no insultantes y que, además, en ningún caso se referían a personas o instituciones en concreto. Por otra parte ninguno de ellos supo esgrimir el más mínimo argumento en contra: sólo insultar a tientas y encima sin dar una en el clavo: el que firma este artículo no se casa con nadie, no es ni anarquista, ni facha ni bolchevique.

      La costumbre de insultar, aparte de pueril, revela la profunda incultura política que campea por nuestro país, combinada, eso sí, con el debido aprendizaje del panfleto de turno. Así, el estalinista se sabía muy bien la lección oficial del PCE, mientras que los policías (alguno de ellos al menos) citaba casi textualmente los panfletos de C. Vidal. Fuentes poco solventes en ambos casos. Más sorprendente parece la virulencia de los amigos del 15-M, habida cuenta del alineamiento pacífico del movimiento (detalle en el que cuentan con todo mi apoyo), pero no hay tal: sólo es otra muestra de la incongruencia y vacuidad generalizada del discurso político actual.

      Es obvio que Internet favorece, por medio del anonimato, este tipo de actitudes cobardes e incívicas amparadas en un alias (o nick, por usar la jerga de la red), pero se trata de conductas corrientes, no ocasionales, como habrá comprobado cualquier persona que participe en foros (del tema que sean, no necesariamente de política). En cierto sentido para muchos despotricar en un debate público, emulando quizá a sus héroes tertulianos de la televisión, es una forma de desahogar frustraciones y rabias, pero si se analiza en profundidad da la sensación de que la controversia izquierdas-derechas es resultado de una manipulación destinada a hacer que los trabajadores olviden, discutiendo unos con otros, quién es su verdadero problema: los ricos y los poderosos, esos miserables “emprendedores” encumbrados por la propaganda neoliberal.

      La impresión que se obtiene de este tipo de experiencias no es tanto constatar la ausencia de cultura política (empezando por los políticos profesionales, dicho sea de paso) y de buenos modales, sino contemplar, en el seno de un debate tan crispado como hueco, que a menudo, si no siempre, las personas se definen como “de izquierdas” o “de derechas” sin saber muy bien por qué. En muchos casos se diría que la simpatía política depende del bando en el que luchó el abuelo en la Guerra Civil de 1936, mientras que en otros los motivos pueden ser profesionales, ambientales o cosa del azar. Rara vez resultado de una reflexión.

      Porque si hubiera reflexión y se aplicara el sentido crítico, a estas alturas no tendría ya sentido seguir hablando de derechas e izquierdas (por no hablar de la estupidez supina del “centro político”): no son más que términos comodín que no significan nada y que si acaso sirven para generar confusión en el discurso político (por ejemplo, creer que el PSOE es de izquierdas) y, ya de paso, para justificar comportamientos más propios de una taberna que de un debate serio.

       Mientras los trabajadores se dedican a enfrentarse entre sí por cuestiones etéreas como el programa político de tal o cual partido, los que manejan el cotarro, los ricos-ricos, se parten de risa y disfrutan de su poder y de su mal ganada riqueza. Porque es cierto que hay una división en la sociedad, pero no ideológica, sino económica: la división de clases. Y sólo hay dos clases: la minoría que lo posee todo; y el resto: usted que lee esto y quizá está dándole vueltas a la posibilidad de llamarme “cerdo inconformista” pertenece a ese resto, a la mayoría en la que también se encuentran el progre ecologista, el tendero apolítico, el taxista que oye la COPE, el currante admirador de Stalin, el universitario más o menos hippie, el poli españolista, el punk que se cree ácrata, el funcionario que vota al PPSOE… Todos nosotros, enfrentados unos con otros, demostrando el éxito del divide y vencerás que los poderosos han sembrado por medio de una falsa división política con tintes de bronca deportiva o tabernera. Y mientras nosotros discutimos, ellos se ríen, celebrando a nuestra costa, todos los días, el éxito de su golpe de Estado perpetuo.

     Mientras no se asuma esta realidad seguiremos sumidos en un falso debate izquierda-derecha que sólo genera división dentro de un colectivo, los trabajadores, que tiene intereses comunes. Superar esta triste realidad requiere, de entrada, una revisión del lenguaje que usamos en política, superar conceptos obsoletos y ofrecer ideas constructivas antes que insultos, pues a fin de cuentas todos queremos lo mismo: una sociedad mejor.

Imagen de portada tomada de google images

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