Semántica de la devastación

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Camilo Alzate Iniciativa Debate 3/7/2012

La idea de que las mercancías son reflejo de relaciones sociales complejas, ocultas a su apariencia final de productos de consumo, subyace en toda la economía moderna. Cualquier analista del Wall Street Journal nos va a explicar, con suma naturalidad, el modo en que los derivados financieros de los países mediterráneos dependen de factores sociopolíticos como el comportamiento de los ciudadanos griegos, o nos contará con jovialidad un éxito de las compañías automotrices de los países emergentes debido al incremento astronómico en el consumo de automóviles en lugares como Brasil, China e India, agregando que aquello obedece al surgimiento de nuevas clases medias individualistas y ostentosas. Un modelo de automóvil Cinascar es un producto que de tal manera condensa no solamente una relación de explotación entre una compañía y sus trabajadores, sino además relaciones de consumo en regiones enteras del globo, e igualmente la soberanía y el poderío de industrias nacientes que también condensan a su vez la irrupción de nuevas potencias económicas en el orden mundial.

La idea de la mercancía como un símbolo, como un indicador de las relaciones sociales que son necesarias para producirla, es un concepto que domina El Capital. Marx toma la mercancía como fruto último de la sociedad capitalista para explicarla en su totalidad. Entendiendo cualquier producto del capitalismo como un “jeroglífico social” que debe ser descifrado, sabemos que más allá de la necesidad de transporte que satisface un automóvil y de su precio, se encuentra un entramado de relaciones sociales necesarias para que esa mercancía pueda ser posible: la producción de acero y gasolina, los precios en el mercado, el avance de los desarrollos tecnológicos, el valor de la mano de obra, la desarticulación de sindicatos o el asesinato de sus líderes. Podríamos seguir hasta el infinito atravesando de un continente a otro.

Siguiendo el razonamiento que luego adoptarían los lingüistas buscando un elemento constitutivo mínimo y común a todos los idiomas, El Capital fundamenta sus investigaciones en el análisis de la mercancía como componente mínimo de la sociedad capitalista. El capitalismo es en pocas palabras, una maquina monstruosa de crear baratijas, una sociedad que se fundamenta en la fabricación e intercambio de bienes y servicios a escalas que ni siquiera imaginamos. En ese mismo sentido el capitalismo es una máquina monstruosa de transformar el orden natural, de perturbar la materia para transformarla en objeto de consumo a través de un sinfín de procesos y dinámicas.

Justamente, tal lectura del jeroglífico social que son las mercancías escapa a buena parte del análisis económico moderno, incluso al análisis marxista: el significado que las cosas tienen no sólo como productos condensados de las relaciones desiguales al interior de la sociedad, sino además como símbolos de la forma en que esta sociedad se relaciona con la naturaleza.

Cualquier cosa elaborada por los humanos revela un grado de intervención sobre su entorno, trastocando el statu quo natural. Desde un arado en piedra hasta una nave espacial. La mercancía es un símbolo de cómo el capitalismo entraña una relación humana con el planeta: no es igual una mochila tejida en fibras vegetales que un lujoso bolso en piel de animales. Tienen significados distintos las cestas de mimbre para conservar la comida usadas por las comunidades indígenas y las bolsas de polímero en que una multinacional alimenticia empaca sus productos.

Hoy, si no queremos caer en simplismos reduccionistas, cualquier producto debe observarse bajo la óptica de sus externalidades, es decir, los costos no incluidos dentro de su producción, costos que dependen de la destrucción del entorno natural y que no son asumidos ni por el productor ni por el consumidor, sino por la sociedad y la naturaleza en su conjunto. Es muy cómodo tener carne de res barata para el almuerzo, pero es casi seguro que tras ese filete se encuentra, por un lado el latifundio con su ley de pistola y motosierra, por otro la tala generalizada de selvas tropicales en Latinoamérica. Brasil, esa potencia pujante del siglo XXI es el principal productor global de carne de res. Y también el país dónde más selva se destruye anualmente en el mundo.

Es muy cómodo -y barato- adquirir un Cinascar nuevo para ir al trabajo y ahorrar el fastidio del transporte público, siempre atestado, así como la fatiga de ir a pie o en bicicleta. Pero el sobrecosto natural que implica movilizar diariamente miles de millones de vehículos para transportar personas, con el consiguiente consumo energético, es una de las causas directas del calentamiento global. Y es irracional hasta lo terrible que para ir al trabajo una sola persona queme la energía que la naturaleza tardó cientos de años en producir, sin ninguna esperanza de que se reponga algún día pero con la certeza absoluta de que su consumo acarrea consecuencias peligrosas para la especie humana y el equilibrio natural del planeta.

Las autopistas, las megaciudades o las escaleras eléctricas, suprema cúspide de la civilización occidental, son sinónimos de una sociedad estancada en la pereza y el individualismo, en la comodidad que supone el derroche absurdo de riqueza. La compleja red de abastecimientos, de recursos y energía que se necesitan para mantener el funcionamiento “normal” de una ciudad como Bogotá o Calcuta operan en realidad como un cáncer insaciable que arrasa con todo. Basta saber que el funcionamiento “normal” de Bogotá, Ciudad de México o Calcuta tiene más de caótico e irracional que de otra cosa, asemejando las ciudades a seres vivos gobernados por las dinámicas salvajes del mercado y no por la presunta “planificación urbana”. La metáfora de la ciudad vientre usada por los realistas franceses del siglo XIX para hablar de las grandes urbes iguales a bestias que degradan al ser humano y lo “devoran”, es una metáfora que también debe aplicarse a su impacto sobre ríos, suelos o aires: la polución en Atenas y en el Distrito Federal Mexicano es tan desastrosa que impide incluso la visión de los transeúntes.

Usualmente leo críticas a la publicidad de las grandes compañías, invitando a ver los jeroglíficos publicitarios como símbolos de un sistema explotador e injusto: la coca-cola asociada al asesinato de sindicalistas, los comestibles de la Nestlé como resultado de la sobreexplotación laboral, la publicidad sexista reflejo del machismo, las petroleras o mineras que son a su vez financiadoras de guerras y genocidios. Pero los anuncios de mil colores que revientan en nuestras ciudades son realmente lenguajes más complejos, que anuncian un espectáculo macabro. Condensan la capacidad de esclavizar al ser humano no sólo a través de sus necesidades reales sino de necesidades ficticias, sutil estrategia de sometimiento a través del consumo. Pero dicen más, mucho más de lo que no queremos ver tras ellos.

Cuando advierto cualquiera de las bagatelas que nuestra sociedad produce y desecha por millones de toneladas, desde una botella de plástico o un televisor, no dejo de pensar que ambos son signos de la catástrofe: para que cualquiera de esas baratijas que llenan los escaparates fuera posible, la humanidad tuvo que derrochar en un año los recursos que el planeta tardará en reponer durante 18 meses. Una brecha que cada día se hace más infranqueable. Para que cualquiera de esos artificios con los que satisfacemos nuestra hambre de frivolidad sea realidad, se quemaron cantidades descomunales de energía liberando a la atmósfera tóxicos y gases, que analizados en su conjunto son más dañinos que las secuelas de una explosión nuclear. El rugido de las autopistas, su olor, su lógica de aplastar todo lo que se ponga en medio, son la mejor descripción de nuestra civilización dispuesta a acelerar indefinidamente el motor hasta que la colisión aterrorice o la máquina se quede sin combustible varada en la mitad del colapso. Sólo a un irracional, a un demente, puede caberle en la cabeza eso de que el crecimiento económico sea infinito con recursos cada vez más limitados. Y resulta que ese es el credo de nuestro tiempo: más producción, más consumo, más crecimiento económico, más derroche. Todos los anuncios de los periódicos, los avisos de mil colores que ahorcan al transeúnte, las propagandas de la televisión, me parecen palabras de un lenguaje desquiciado. Visiones falsas, hartas de sonrisas y modelos felices que encubren la magnitud de la tragedia, al igual que la alarma ensordecedora del Cinascar parqueado en la esquina que no deja de aullar desde anoche, una y otra vez, advirtiendo la estridencia de la devastación.

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4 Comentarios

  1. Desde que se construyeron los primeros ferrocarriles o mejor dicho desde que se invento la maquina de vapor, el concepto del tiempo cambio en nuestras mentes y el tranquilo mundo arranco y acelero nuestras vidas de forma exponencial y ese es el mundo en el que ahora vivimos. Las formas de publicidad influyen en las “marcas” que a la vez influyen en las personas, la velocidad en la forma de vivir no deja tiempo para la reflexión, las televisiones y las revistas con sus famosos modelos y la creatividad publicitaria hacen creer que sin ciertos productos no podemos vivir, o incluso el gastar en comprar ciertas marcas fuera del alcance de los bolsillos, hacen caer en la estupidez de comprar una prenda de una marca determinada por aparentar, y quedarse sin dinero para alimentar o para cosas básicas de necesidad diaria.
    Esta formas son las que por desgracia confunden a la mayoría de la personas en el mundo “civilizado”, y son muy pocos los que tienen conciencia de la absurda adquisición de “bagatelas” que no sirven para nada, y que lo único que hace es multiplicar la riqueza de uno cuantos, a cambio de destruir los recursos naturales que tantos miles de años han costado en desarrollar, y lo peor, que se rompe el frágil equilibrio de las interdependencias de la vida y muerte en la naturaleza.
    Lo has explicado muy bien Cami, y la verdad que viendo y oyendo lo que está sucediendo y la despreocupación generalizada de la comunidad mundial por un lado, y por otro la insaciable avaricia de multinacionales que dominan el planeta y cuya única preocupación es conseguir el máximo beneficio, cueste lo que cueste, mate o no, produzca sufrimiento o placer, tenga efectos irreparables o empeñe el futuro de las siguientes generaciones, por poner un ejemplo, les importa, con perdón, una mierda.
    Y mi pregunta es sobreviviremos como especie o nos auto destruiremos.
    Saludos y gracias por el buen articulo necesario para todos.

  2. Seremos capaces de parar esta diligencia que se dirige hacia el abismo en la que se ha convertido nuestra realidad? Seremos capaces de domar a esos caballos que desenfrenados corren hacia el barranco? Queremos realmente bajarnos de esta diligencia descontrolada?

  3. Ciertamente se analice como se analice nuestra civilización lleva un rumbo de colisión inevitable. Ya sea desde la semántica, desde la física (termodinámica), desde la ecología o desde la antropología o incluso desde la poesía, la conclusión es siempre la misma.
    Un efecto lamentable de haber llegado a la anterior conclusión es que, convencidos (cada uno a través de su especialidad) de la inevitabilidad del trágico destino, la mayoría de intelectuales claudican en la lucha por evitar lo que creen inevitable. Entramos así de lleno en la paradoja de la profecía autocumplida. Sin intelectuales que iluminen – aunque sólo sea un poco – el camino, el choque se hace aún más inminente. Trágico.
    (Grecia, como siempre, nos ilumina…)

  4. Impresionante artículo, Cami. De lo mejor que he leído en los últimos meses.

    El mundo está desquiciado por las razones que comentas y algunas más. La sociedad actual (del consumo, capitalista) es el ente más absurdo posible, y su fuerza centrípeta absorbe cualquier destello de raciocinio, como lo haría un gran desagüe o un agujero negro, por mucho que brille la lógica de un mensaje.

    “La desesperación es el resultado de pretender tomarse en serio la vida con todas sus bondades, la justicia y la razón, y de cumplir con sus exigencias” Hermann Hesse

    “La lucidez es el único vicio que hace al hombre libre: libre en un desierto” Cioran

    Un abrazo, amigo.

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