Salsa y dulzura

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Camilo Alzate Iniciativa Debate 10/8/2012

Yo soy sonero, y no lo niego, le canto al trabajo y al amor,

le canto al trabajador, que hace posible mi canto.

Conjunto Son 14

Mi hermano el pianista considera que la salsa es, a pesar de todo, una música simple. Fruto del mestizaje, sus sonidos concilian en cadencias sensuales el conflicto más brutal de los orígenes latinoamericanos: la esclavitud. En la salsa confluyen -a veces no en el mejor arreglo- los ritmos africanos, de atavismo penetrante y duro, negro, con las melodías refinadas y esquemas armónicos que los europeos traían en su cabeza.

Como casi siempre, mi hermano tiene la razón. Tal que fruto del mestizaje con cinco siglos de andaduras, depositaria de tantas vertientes, la salsa será un fenómeno histórico complejo. Pero como música es en efecto sencilla, provista de una complicada simpleza. Aceptemos incluso que es elemental, igual que la tierra. O la lluvia. Y en medio de los matices, aprestémonos a ver la infinita belleza contenida en las cosas simples, porque no hay nada más hermoso que un amanecer; y tampoco nada más sencillo.

Eso que llaman salsa despertó cuando los ritmos campesinos del Caribe como el son montuno o la guaracha –de fuerte raíz africana- se enrazaron con la música culta de salón heredada de España y luego en cierta medida con algunas tendencias del Jazz. Por eso resulta inexplicable aunque original. Las cosas bellas y sencillas de la vida no pueden comprenderse. No se entiende que el producto imperecedero de la esclavitud sea una música empecinada en compenetrar mundos opuestos. La salsa más que género musical, confluyó como movimiento de masas a lo largo del Caribe, Norteamérica y gran parte de América del sur por los 60, cuando la urbanización forzada arrojó de plano millones de campesinos a los barrios y periferias de las grandes ciudades. Entonces la gente se fue de bruces contra la marginación. También contra una cultura de masas ajena que no comprendía, contra dinámicas urbanas extrañas y agresivas que prometían desangrar sus orígenes. Adentro del Bronx y los guetos de Nueva York; en los arrabales de Cali, Caracas, Medellín o Lima; en el sofoco de Puerto Rico o La Habana, comenzó a hervir un fenómeno sin precedentes en el continente: miles de jóvenes que ya no pertenecían al campo aunque tampoco cabían dentro de los moldes occidentales de la urbanización encontraron en la salsa una declaración de principios: era la música del barrio, de la esquina, de la calle. Cantaba la vida dura de la ciudad, la nostalgia del campo, el padecimiento del desarraigo. Era la música del Caribe pero también de los jibaritos en la Quinta Avenida. Eran las canciones de los negros en Cali que no son muy distintos de los negros en Matanzas. Eran las melodías de los hacheros que tumbaban palos en el monte pero también de los pandilleros y maleantes en Manhattan. Cantaba a la montaña y a la barriada; hablaba de bohíos y proletarios, de calles rotas y esquinas solitarias, de guajiros carreteros, de la molienda de la caña y la cogida del café; soltaba cuentos de gente que sin querer tuvo que irse para el Norte. Era una música del dolor… ¡pero tan alegre!

Era la música de nosotros, los latinos.

Que la salsa de Nueva York pega mucho al Jazz es cierto. También es cierto que la cubana es la más desconocida por culpa del bloqueo: y más original, porque conserva bastante el ancestro guajiro. La de Puerto Rico sin duda será la más famosa, difundida y escuchada, emparentada con todas las demás. La colombiana tira mucho hacia la cumbia, la venezolana es eso: venezolana y la peruana no escapa a cierto sabor indio que la hace única, diferente de las otras. En México gusta desde la llegada espectacular del Mambo y en Panamá se confunde con ritmos africanos de nombre impronunciable.

Ray Barretto, Héctor Lavoe, El Conjunto Son 14, Eddie Palmieri, Los hermanos Lebrón, Oscar De León, Roberto Roena, El Gran Combo de Puerto Rico, Ricardo Ray y Bobby Cruz, la negra Celia, el judío Harlow, La Sonora Matancera o La Ponceña, La Orquesta Aragón o la de Tito Rodríguez, todos acabaron por ser verdaderos ídolos de una marea atronadora que llenó estadios y aturdió calles por décadas. El entierro de Ismael Rivera en Puerto Rico fue poco más que apoteósico y los conciertos de la Fania All-Stars sólo pueden calificarse de una manera: descomunales. Cali ha tenido los mejores bailarines, pero no las mejores orquestas que sin discusión terminaron todas en Nueva York.

Fruta colorida del mestizaje, la salsa está colmada de intérpretes norteamericanos que se asimilaron al sabor caribeño: Larry Harlow, Mark Dimond o Lewis Khan son sólo algunos geniales al lado de los negros  latinos -sin negro no hay sabor ni guaguancó- como Joe Arroyo, Ismael Rivera, Mongo Santamaría, Chocolate Armenteros o la portentosa y Celia Cruz.

Es probable que no haya entre los géneros musicales de Latinoamérica uno menos contestatario en sus letras que la salsa, con notables excepciones como Rubén Blades o Frankie Dante. Por tal motivo se la caracteriza erróneamente como expresión frívola que bordea en la superficialidad, cuyos temas no trascienden del relato de incendios (“Hay fuego en el 23”), vidas de maleantes (“Juanito Alimaña”), amores, romances y desengaños (“Tal vez vuelvas a llamarme”). Pero se equivocan quienes creen que la salsa es una música sin trasfondo político: toda ella constituye una rebelión. Un levantamiento multitudinario, pachanguero. La salsa viene a ser, sobre todo en Nueva York, el testimonio de una sublevación de los latinos que se negaron a ser digeridos por la asimilación cultural de la bestia del Norte. En ese aspecto comparte similitudes con el Reggae, la música de los negros caribeños de habla inglesa. Si Wittgenstein afirma que los límites de su mundo no pasan del lenguaje, las fronteras de la idiosincrasia Latinoamericana se pelean arrebatadamente a punta de Son y Guaguancó en las aceras mismas de los guetos del Norte. La salsa constituye una insurrección contra la vida marginal de los latinos. Es la afirmación contundente de lo que somos: mezcla, conflicto, indefinición. Rechazo a ser parte completa del legado occidental.

¿Qué es la salsa? Si me lo preguntan no podría decirlo nunca bien. Tal vez un sentimiento. Quizá una calentura dentro de la sangre. Vine al mundo y moriré amando ésta música de negros que enloquece a los blancos. Sin embargo soy tan incapaz de definirla como de bailarla. Creo que la salsa tiene algo que ver con la dulzura; y como asegura mi hermanito, con la sencillez, que posee mucho de profundidad. Porque sólo una música que se arranca desde lo profundo puede palpitar con esa voz oscura, miel espesa, como la de Cheo Feliciano lamentando los colores con que se cocina la salsa: la alegre tristeza de nosotros los latinos, esa amargura feliz, ese dolor contento tan simple con el que al fin de cuentas se baila la vida.

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Clásico entre los clásicos: “Son para un sonero” del conjunto Son 14

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Cheo Feliciano canta con la Fania All-Stars “Anacaona”

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Celia Cruz en África

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Salsa callejera en Cali

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Salsa Colombiana, más cumbia que otra cosa.

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Comentar (7)

7 Comentarios

  1. Camilo Alzate: te deslizas por el análisis de la ecuación de orígenes hecha ritmo, el ritmo explicado como resultado y sentido a pleno latido. Es un placer leerte, ver tus vídeos, olvidarse un poco de todo, como si nos hubiéramos equivocado de foro, pero sólo un poco, de la rabia cotidiana, leerte, Camilo, es recordarnos de una misteriosa forma lo que cada uno de nosotros defendemos aquí, pero usando lo poco que tenemos: palabras. Tú emplazas las volutas de las ideas, las mezclas con su origen y le añades calor latino, en el matraz pulsante aparece la magia y el color. Mu chas gracias, Alquimista. Gracias por estar aquí.
    Un cacho abrazo, Jero.

  2. Como siempre, no encuentro palabras suficientes para elogiar esa manera tan elocuente, fresca y tan… tuya de decir las cosas.
    Te he admirado desde niño y lo seguire haciendo.
    Un fuerte abrazo hermano!

  3. Queridísimo Camilo:

    Si no existieran el papel y la pluma, habría que inventarlos para dar salida a un caudal de talento como el tuyo. Que las musas te protejan y no permitan que pierdas nunca esa frescura. Leerte es como comer un dulce: siempre quiero más.

    Un fuerte abrazo.

  4. Me ha gustado mucho, sobretodo como explica las formas de enraizar con el ser humano y como forma parte de él, no entiendo un mundo sin música.
    La música forma parte de nosotros como individuos sociales que somos, y hace que nos sintamos unidos y felices, herencia ancestral del sentimiento de grupo. También puede ser la banda sonora de tu imaginación, sin música no seriamos.
    Doy la gracias a todos los músicos que desde todas la formas y tipos de música, nos han regalado tan grandes obras de arte, a mi me gusta toda la música, cada tipo de música tiene su momento y su situación, cuanta veces me he sentido deprimido y escuchando música me ha alegrado, me he sentido confortado, y me ha hecho ver eso que me preocupaba desde otro punto de vista más optimista.

  5. Muchas gracias, por el articulo!!!
    Hacia tiempo que no disfrutaba tanto leyendo, como cuando escucho música!!!
    Camilo!!! El sonero de los bits de la información!!!!!!
    Bravo, bravissimo!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

  6. Maravilloso artículo. Muy bueno. Me ha hecho sentir ganas de escuchar salsa. De bailarla. Comprendiendo de donde viene. Como cuando uno lee uno de esos artículos sobre cómo se formó el rock and roll y pincha a los Rolling Stones. Y la salsa. Y el jazz. Y la cumbia. Bendita locura. Felicidades.

  7. Leyéndote, y ya que hablas de ello; logras iluminar sobre la diferencia entre sencillo y simple. Lo sencillo puede estar preñado de conocimiento, lo simple es superficial.

    Hablar de música puede ser simple. Navegar por la música para acabar hablando de cultura, de raíces, de desafección, y de sentimientos, y como tú lo haces… es sencillamente para hacerte un monumento.

    Un abrazo, amigo.

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