Esa terrible impostura

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Camilo Alzate | Iniciativa Debate | 15/9/2012

A 11 años de los extraños sucesos de 2001 todavía espero que el gobierno norteamericano explique de modo convincente la voluminosa masa de inconsistencias que contiene la versión oficial sobre el 11 de septiembre. En el lodazal de confusión que se produjo tras los atentados, múltiples teorías surgieron. Pero la más fantasiosa e inverosímil fue fabricada a dos manos entre la Casa Blanca y los grandes medios de comunicación al servicio del capital. Es la teoría más conspiratoria de todas: un grupo de fanáticos hasta entonces prácticamente desconocidos, sin mayor poder, declaran la guerra a Estados Unidos porque sí, logrando vulnerar la seguridad del país más militarizado del globo. Adicionalmente amenazan toda la civilización occidental, demostrando una demencial violencia gratuita. Pondrán una terrible bomba en Madrid luego. También en Londres. Incluso tienen vínculos con esos ateos izquierdistas de Latinoamérica. Su presencia puede estar en cualquier lugar, a cualquier hora, a través de cualquiera; Estados Unidos exporta masivamente su paranoia intoxicándonos con una retórica xenófoba de odio. En el transcurso de dos días, el 14 de septiembre, luego de un discurso de George Bush en la Catedral Nacional, repentinamente de la noche a la mañana el planeta entero está metido sin saber muy bien cómo, a la brava, en una guerra bíblica de los malos contra los buenos.

A la ficción literaria se le exige, no que sea real, sino al menos verosímil, creíble. De lo contrario una novela, una película, deviene falsa, impostada. Así el 11 de septiembre resulta una terrible impostura según la tesis de Thierry Meyssan[1]. No es creíble un operativo de tal magnitud y precisión ejecutado por esa nebulosa de fanáticos identificada con Al-Qaeda. No es creíble que en 8 horas la inteligencia americana haya descifrado las claves del hecho -resumibles así: Osama; Afganistán- y sin embargo no logró prevenirlo antes. No hay evidencias de la supuesta entidad maldita que amenaza con arrasar Occidente, hay en cambio mercenarios fundamentalistas financiados durante décadas por Washington[2].  No es creíble ninguno de los silogismos nacidos de ese axioma falso: los inexistentes vínculos de Irán o Irak con los Talibanes, el mito de las armas de destrucción masiva, la imposible bomba atómica de Teherán. Todo un guión típico de Hollywood enfermo de fantasía, que los norteamericanos, el pueblo más estúpido sobre el universo, aceptaron con muy buena gana. Cómo no: lo vieron por la tele.

Luego, cuando la náusea que para tapar una mentira llamaba otra en espirales escandalosas, desembocó en la supuesta muerte de Osama Bin Laden el año pasado, el final de la saga resultó poco menos que decepcionante. Al mentiroso Bush se le reconoce el tenebroso espectáculo de las torres desmoronándose ante millones de telespectadores. Pero el mentiroso Obama además de impostor es idiota: pretende hacernos creer la muerte de un muerto que no aparece, y además, era la segunda vez que se moría[3]. O andaba de parranda.

¿Y los americanos? Hombre, lo vieron por la tele.

La mentira se blinda sutil contra cualquier crítica. Evade la discusión usando la evidencia incuestionable de las torpes apariencias. ¿Cómo negar que fuera un ataque terrorista si vimos los aviones por televisión? ¿Cómo negar que el difunto fuera Bin Laden si aparecieron imágenes, eso sí, un poco más gordito, mientras miraba la tele como los americanos? Todo está controlado, hasta la disidencia: un libro escrito por un Navy Seal contradice la versión oficial sobre el presunto asesinato de Osama. La diferencia fundamental entre las versiones consiste en apuntar si Bin Laden se hallaba parado o sentado en su habitación cuando lo mataron[4]. Y no se olvide esto: Obama nunca cumplió su promesa de tomar una cerveza en la Casa Blanca con los superhéroes del Navy Seal. Vaya debate.

Más lejos de las desquiciadas ansias geopolíticas norteamericanas, de la rapiña por el petróleo y gas del Medio Oriente, del gran juego contra Rusia y China, todos componentes claves en la guerra contra el terror, que constituyen sus auténticas motivaciones, el 11 de septiembre induce a reflexiones de una complejidad distinta. Para mi constituye una fractura epistemológica entre lo real y lo impostado, en últimas, entre el margen peligroso que nuestro mundo establece como frontera de lo cierto y lo falso. El 11 de septiembre se consumó definitivamente el proceso de desintegración de la modernidad, esa época cimentada en una visión racional y certera de las cosas, en una visión verdadera, o al menos, anhelante de la verdad.

Gramsci afirmó con lucidez que toda verdad, cualquiera sea, es siempre revolucionaria. Invirtiendo la idea a nuestros tiempos comprobaremos que la verdad es peligrosa, es terrorista. Pero en un doble sentido. Adelantándonos a la conclusión, es una verdad que provoca miedo y terror, de ser asumida como cierta. Es una verdad que es mejor olvidar sepultada bajo 100 pisos y miles de cadáveres.

Consecuentemente la falsedad no puede recubrirse más que de nuevos engaños. Hay que engrasar esa maquinaria genocida, mantenerla aceitada con el temor, el odio y las justificaciones pueriles que instruyen a la sociedad retrasada mental de Norteamérica sobre por qué su Ejército lleva 11 años perdiendo una costosa guerra en Afganistán. Para que el público no olvide por qué sus muchachos regresan de Oriente cobijados con plástico negro, aparece invariablemente en el marco de las conmemoraciones del 9/11 algún extraño acontecimiento (video, atentado, amenaza) resucitando el shock de esos terribles días. Never forget, America. Este año no sería excepción: un video con el testamento de dos de los suicidas donde explican las razones de su acto datando la grabación en abril de 2001. Pero…  ¡Diablos, George, hay un problema! en la supuesta confesión de Bin Laden aparecida en 2001[5] se afirma que ninguno de los atacantes conocía la misión hasta poco antes de abordar los aviones. Otra incongruencia para la absurda versión oficial.

Viendo que el espíritu crítico de los norteamericanos es tan insípido como las pechugas de sus Nuggets, ninguno se preocupa por contrastar fuentes o ahondar en la severa inconsistencia que entraña la doctrina de guerra contra el terror. Ni siquiera figuras prominentes dentro del progresismo y la intelectualidad norteamericana como Michael Moore cuestionan el axioma fundamental de dicha doctrina: la creación de un enemigo a la medida, irreal, fabricado con mentiras estructurales, que permite arrojar guerras injustificables saltándose cualquier barrera política, diplomática o legal. Una curiosa trasposición de los valores salvajes del neoliberalismo a la estrategia militar. Hay que decirlo como es: Estados Unidos no combate el terrorismo. ¿Qué combate entonces?

Si la falacia encarnada en el espíritu norteamericano fuera una simple circunstancia podría abordarse como asunto de coyuntura, partidos políticos corruptos o Bad Guys (“chicos malos”), idiota concepto del que los estadounidenses están enamorados. Pero no son circunstancias, ni Bad Guys: la mentira resulta orgánica al ejercicio político, militar y económico de la potencia por lo menos desde que arrebató Cuba a los españoles con un episodio de falsa bandera. Hace un siglo. Un siglo de engaños extrapolables a todos los aspectos cotidianos del American Way of Life: las repetidas estafas bancarias y empresariales de proporciones desorbitadas; Hollywood o Walt Disney con su industria de la fabulación; la masiva publicidad engañosa; el kitsch y el pastiche; Pearl Harbor; las tetas de silicona y las hamburguesas de carne que no es carne, en fin. El Nobel turco Orhan Pamuk, proveniente de una cultura dónde la verdad otorga honra a las personas, se aterraba con las panaderías de Nueva York que ventilan olores artificiales de pan fresco para atraer los transeúntes. Más aterrador aún constituye el hecho que los transeúntes conozcan el engaño, pero lo acepten gustosos. Y es justo aquí, en el consentimiento, donde esta sociedad del fraude se diferencia de todas las anteriores. Mentiras ha habido siempre, pero nunca tan asquerosas. Nunca tan poco fiables. Nunca tan inverosímiles y difíciles de tragar, y así mismo paradójicamente asumidas por la gente.

Este país de la impostura, que obvió el salvajismo de la esclavitud y el exterminio de sus nativos inventando un conjunto de leyendas infantiles sobre la libertad y grandeza de una nación cimentada en el “trabajo duro” de sus colonos, impone con el poder del brutal aparato militar la doctrina pueril y más que pueril de guerra contra el terror. ¿Pero cuál terror? ¿Cuál amenaza y para quién? El terrorismo global no causa ni el 1% de las víctimas que causa la pobreza, la falta de acceso a servicios básicos y salubridad en el sur global. 2.819 víctimas del 9/11 nunca pesarán más que los millones de muertos y refugiados producto de las atrocidades sistemáticas cometidas por Estados Unidos en Medio Oriente. Si Norteamérica ordenara todas las víctimas en la misma balanza, saldría perdiendo. Pero de negocios saben bastante los norteamericanos.

Los gobiernos del mundo han aceptado tal doctrina, la han aclimatado magistralmente, como sucede en el caso Colombiano con extremos dramáticos. Opositores o socios de Estados Unidos la asumen para sus propios fines: a Rusia le sirve para reprimir el independentismo checheno. A China para acosar la disidencia musulmana. A Gadafi o Bachar Al-Assad para eliminar la oposición interna. A Turquía para perseguir los guerrilleros Kurdos que son en esencia laicos. A España para negar violentamente derechos políticos y autonomía al pueblo Vasco. A Israel para legitimar el genocidio de palestinos. A India para señalar a Pakistán. A Pakistán para señalar a la India. Un concepto ambiguo y escurridizo que otorga carta blanca de ejercer, ahora sí de verdad, el terror sistemático contra cualquier oposición. El resultado está a la vista: un mundo más violento, más opresivo y más peligroso por obra y gracia de aquellos que aseguran garantizar la paz, la libertad, la seguridad. Un mundo sin principios, donde todos quieren pescar bajo las aguas de la ambigüedad.

La insoportable impostura creada por el 11 de septiembre convierte nuestro mundo en una sociedad del engaño generalizado. La representación del hecho mismo, la teatralización de un conjunto indeterminado de supuestos ocultan asuntos tan ciertos cómo que el gobierno Norteamericano negocia con los Talibanes que juró exterminar, arma bandas ligadas con Al-Qaeda en Siria y el norte de África, se preocupa más por desarticular la gobernabilidad en la región que por consolidarla y pacta continuamente con el diablo[6]. Y por debajo un río obsceno de petróleo.

¿Qué es lo que nos cuesta creer del 11 de septiembre? ¿Por qué esa verdad a la vista se revela esquiva, perturbadora, tenebrosa? La moraleja terrible es que hemos aceptado la versión cómoda de los norteamericanos, fabricada con un malo ideal a la medida. Es una versión que coincide punto por punto con siglos de eurocentrismo, volviendo sobre esa dicotomía entre Oriente y Occidente que ahora se llama choque de civilizaciones. Y como tal se trata de una dicotomía impuesta, igual que toda ideología política responde más bien a intereses concretos de entidades económicas concretas. Es una versión que deja tranquilas las consciencias asustadas de millones de ciudadanos remándole a un barco que se hunde. Lo terrible de la verdad tras el 9/11 es la ceguera consentida. Por voluntad propia gobiernos, intelectuales y ciudadanos prefieren evitar un análisis crítico de los hechos. Nadie quiere escarbar en esos escombros. Es un análisis que podría traer conclusiones sombrías.

La libertad no es algo precisamente deseable si nos hace responsables de nuestros actos, como demuestra Lars Von Trier en su filme Manderlay. La verdad no necesariamente tiene que ser bonita. Cómo dicen las abuelas, duele. Hay un cuento de Tahar Ben Jelloun[7] en el que un hombre árabe sólo tiene hijas con su mujer. Siete veces han concebido esperando un heredero y siete veces la providencia lo ha castigado con una hembra. Es una deshonra. La octava vez -la última- el hombre elige que su criatura será varón, independientemente de la voluntad de la providencia. Reconocer lo contrario es humillarse. Nace una niña, pero él, libre, ya ha elegido: desde ese momento verá al primogénito que tanto ha esperado mientras cae preso en convulsiones de locura y esquizofrenia. Siguiendo al hombre del cuento nuestro mundo tiene todo ante los ojos pero escoge el fraude. Sería peor para nosotros, cómodamente sentados ante el televisor después del trabajo, reconocer una verdad que nos hace cómplices del holocausto, una verdad que aterroriza e infunde más miedo que el hecho en sí: las torres gemelas no las tumbó ningún loco de barba espesa escondido en las montañas de Afganistán. Esa es la impostura consentida más terrible, más horrorosa de nuestro tiempo.

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[1] Thierry Meyssan, “La terrible impostura”, Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 2002.

[2] Hay demasiada documentación al respecto, desde los conocidos vínculos de la CIA con Al-Qaeda hasta las relaciones comerciales entre la familia Bush y la familia Bin Laden. Para la muestra este video, dónde el Presidente Ronald Reagan recibe en la Casa Blanca a los Muyahidines Afganos que luego formarían el régimen Talibán. Entonces eran “luchadores por la libertad”, qué tiempos aquellos: http://www.youtube.com/watch?v=y3f9mlUQzJA

[3] Numerosas fuentes señalan que Osama Bin Laden murió poco después del 9/11. Eso explicaría porque varias de sus apariciones posteriores son montajes obvios. La versión más impactante, por la credibilidad de la fuente, es de la antigua presidenta pakistaní Benazir Bhutto durante una entrevista en 2007. Fue asesinada dos meses después de las declaraciones. Video disponible en: http://www.youtube.com/watch?v=i6xMFfH94hY

[5] Este video ampliamente difundido por los medios de comunicación supuestamente fue hallado en los primeros días de la invasión a Afganistán. Se tiene como la prueba irrefutable de la culpabilidad de Bin Laden en los atentados del 9/11. El presunto Osama asegura que los suicidas sólo conocieron la misión poco antes de acometerla: http://www.youtube.com/watch?v=KhctMpvszqQ

[6] Pepe Escobar, “El tiro por la culata en Bengasi”, Rebelión 14 de septiembre de 2012. Disponible en: http://rebelion.org/noticia.php?id=156036

[7]Tahar Ben Jelloun, “El niño de arena”, 1985.

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