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El Sistema: ¿dónde está nuestro trigo?

Fergar | Iniciativa Debate | 18/9/2012 (relato de Diariodelaquiebra).

Cuenta la leyenda que en un reino no tan lejano existía un gran castillo junto al mar, que dominaba un extenso país poblado por sus súbditos.

Era un paraje feliz y próspero, especialmente dentro de las murallas, ya que desde lejos podían oírse sus fiestas suntuosas y la alegría de los que allí residían.

Pero los habitantes del reino vivían contentos, pues al fin y al cabo ellos tenían también una vida confortable, y el castillo les daba protección. Por eso aceptaban entregar algunos sacos de la cosecha de cada año para que comieran los señores, y otros pocos que se almacenaban para los tiempos de escasez.

Un año vino una mala cosecha, y desde el castillo acudieron a repartir los sacos de trigo almacenados para que la gente pudiera comer. Pero Martín, el boticario, se percató del extraño color del trigo proveniente del castillo. Se reunieron entonces todos en la taberna, y Segismundo, el más viajero de todos, sentenció que se trataba de trigo de la Germania.

Ante el alboroto general, Martín los tranquilizó advirtiéndoles que ese trigo era igual de bueno que el suyo. “¿Pero por qué han de mandarnos trigo de la Germania y no el nuestro del almacén?”, replicó Blas el herrero; a lo que nadie pudo responderle

Sin embargo, cuando llegó un segundo año de mala cosecha, apenas llevaron trigo desde el castillo, y los habitantes empezaron a pasar hambre. Llegó a ser tal la carestía, que un día todo el pueblo decidió acudir al castillo: Se dirigieron en tromba al almacén del trigo allí custodiado, entraron y… ¡Estaba vacío!

Indignados, casi la emprenden a golpes con el emisario del rey, que les explicó que el trigo del almacén se agotó en las fiestas del castillo, pero que no había problema: La Germania se había prestado gustosa a seguirles dando parte del suyo.

“¡¿Parte del suyo?!” Gritó el herrero Blas, que ahora veía cómo el tiempo le daba la razón. “¿Por qué he de comer trigo germánico y no el nuestro?”, siguió cada vez más exaltado. “¡Si no os hubieseis comido nuestro trigo en el castillo ahora no tendríamos que depender de ellos¡”

Sólo consiguieron calmarle, cuando ya movía más de la cuenta su martillo pilón, al anunciarle que al día siguiente vendría a visitarles la Reina de la Germania.

Y todos comenzaron a adornar el castillo para tan magno evento, más por los carros de trigo que traería que por el agasajo a la extranjera…

Y llegó el gran día en el reino del castillo junto al mar…

Todos se agolpaban en el camino que conducía a la fortaleza, tratando de no perder detalle de la comitiva de la reina de Germania, que pasó veloz –en su carroza– hasta adentrarse en las murallas.

Volvió a oírse la misma música y algarabía dentro del castillo, como en los buenos tiempos; tiempos que muchos aún esperaban que volverían pronto. Hasta que se marchó la reina, con la misma rapidez con la que había llegado; de nuevo entre el tumulto de los habitantes a su paso.

Se dirigieron entonces al castillo, pero no pudieron entrar esta vez, pues las puertas estaban cerradas y custodiadas como nunca. “Será por la cantidad de trigo que habrán traído desde la Germania”, dijo Martín el boticario.

Y se oyó entonces una voz desde lo alto de la muralla:

“¡Habitantes del reino! Tengo una gran noticia que daros. Tal vez no haga falta que la Germania nos dé más trigo: ¡Lo vamos a conseguir nosotros mismos!”

Pom…

“Sé que estáis molestos porque ha desaparecido el trigo que trajisteis durante tantos años al castillo para que lo custodiásemos”.

Pom…

“Pero no es momento de mirar atrás, sino de esforzarnos para volver a llenar el almacén: Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y ahora toca pagar por ello”

Pom…

“Así que id de nuevo a vuestras tierras y trabajad duro, que desde el castillo os apoyamos”

Pom, pom…

… Sonaba el martillo pilón de Blas el herrero. No en su yunque, sino en la muralla: Había trabajado ya demasiados años, para conseguir sacos de trigo con los que alimentar a su familia, y otros tantos para el castillo.

Pom, pom…

Tal vez sería el único, se le rompieran las manos en el esfuerzo, o una flecha lanzada desde arriba acabara con su empeño. Pero la razón, y la rabia, estaban con él.

Pom, pom…

Y desde entonces allí seguiría: Blas el herrero, golpeando la muralla; porque oír le iban a oír.

Pom, pom, pom…

… ¿Para qué un castillo así?
http://diario-de-la-quiebra.blogspot.com.es/

———

Pues eso, y con dos cojones, a derribar el castillo por las buenas o por las malas, por lo civil o por lo penal…

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