Babel

Un alemán, un francés, un chino y un español se encuentran en una fiesta de disfraces. El alemán dice… y el chino añade… a lo que el francés comenta entre risas que… y el español  termina diciendo que…

 Un catalán comenta con un valenciano que un vecino gallego, casado con una andaluza, le ha enseñado un cuadro impresionista de un pintor extremeño comprado en una pinacoteca asturiana. Le cuenta que el cuadro es bellísimo, representa a una familia con vestimenta típica mallorquina merendando en un bosque del Pirineo aragonés. La conversación es en inglés para que la esposa del valenciano, que no habla castellano, la pueda seguir. Un amigo vasco observa en silencio la escena,  alucina. 

Mi amiga Isabel estuvo destinada en varios países africanos como observadora alemana permanente enviada por la ONU, vivió  la masacre de Uganda directamente y fue rescatada del infierno en aquel avión “sólo para blancos”. Cuando la familia venía habitualmente de vacaciones a Europa con sus tres hijas rubias y éstas querían hablar privadamente de sus cosas  personales propias de las niñas en el centro de una reunión familiar, simplemente se ponían a hablar en suajili ante el desconcierto de los adultos. 

Una reunión de chiquillos entre cinco y ocho años juegan en una encrucijada de calles por las que casi no circulan coches. Hay un niño francés, dos hermanas posiblemente finlandesas, un niño rubio inglés, otros dos seguramente alemanes, un niño árabe, una niña negra de nacionalidad desconocida, otra niña holandesa y dos niñas españolas, mis dos hijas.

Únicamente coinciden en un solo punto: acaban de verse por primera vez en su vida, se ríen y se miran unos a otros, no dejan de sonreír y hacer muecas. Unos diez minutos más tarde empiezan a correr en todas direcciones y a jugar con una pelota azul que se lanzan, juegan a los colores: cada uno elige personalizarse en un color, todos corren rápidamente en todas direcciones menos el que tiene la pelota que tras contar un número pactado de antemano, nombra un color y se vuelve… el niño identificado con ese color tiene que detenerse y fingir ser una estatua y el que tiene la pelota se la lanza, si consigue darle, ése será su relevo, en caso contrario tendrá que volver a intentarlo. Diez minutos después el juego transcurre sin interrupciones de forma absolutamente fluyente. La escena se desarrolla en un camping de Andalucía.

No comprendí el milagro que estaba viendo hasta unos días más tarde, durante la secuencia todo parecía ocurrir con normalidad. Una vez más en mi vida, no supe entender que estaba ante un acontecimiento único sobre el que reflexionaría el resto de mi vida. 

Desde donde los observaba no podía entender más que palabras incoherentes,  sólo me llegaban las risas y los gritos del juego, los movimientos. ¿Necesitaron diez minutos para aprender los colores en diferentes lenguas (muy improbable) o eligieron un nombre entre todos para designar cada color y lo aceptaron sin más? Nunca pude entender cómo lo hicieron, cómo llegaron a ponerse de acuerdo y reconocer en el criterio del otro el mismo valor y avanzar hasta lograr el objetivo en un tiempo record, sin la más mínima discusión y sin parar de reír. La explicación de cómo debía desarrollarse el juego, la aplicación de las reglas en un juego tan complejo sigue siendo un enigma para mí, finalmente, he llegado a comprender la razón, al menos parte de la razón final: 

El fin era jugar y se trataba del único interés común. La única forma posible de poder empezar a jugar de inmediato era llegar a un acuerdo, entenderse, y éste llegó rápidamente. No existían más intereses. Había prisa por empezar a divertirse. Todos eran iguales, ninguno era más valioso que otro. Estuvieron jugando hasta que se hizo de noche y cada vez se entendían mejor, luego pasaron a los avisos y las miradas nerviosas entre carreras. Todos eran cómplices de todos y todo era cada vez más rápido. 

Cuando los padres nos fuimos acercando a recogerlos,  nos cruzábamos unas miradas y una sonrisa resignada, y todos nos entendimos sin una sola palabra: era demasiado tarde y había que convencerlos de que no era posible seguir haciendo tanto ruido. También estuvieron todos de acuerdo en resistir como una piña: ningún niño quería dejar el juego y a todos los padres nos costó ponernos en cuclillas y tratar de convencerlos con argumentos inútiles, hasta que poco a poco comenzó con desilusión el desfile. 

Nunca más volvieron a encontrarse. 

Esos niños serán hoy hombres y mujeres entre treinta y treinta y cinco años aproximadamente, tal vez hoy defiendan posturas intransigentes e intolerantes, seguramente les haya contaminado la vida, puede que sean ellos hoy los que quieran interrumpir un juego divertido, pero también cabe la posibilidad de que no haya sido así, de que no les haya podido vencer el miedo, de que estén defendiendo derechos de humanos o no pero compañeros de Planeta, insumisos, estoicos, como aquellos pequeños cabezotas que se negaban a aceptar que había terminado el juego. 

Me gustaría pensar que cada uno de ellos sigue siendo aquel niño valiente y atrevido que conocí aquella tarde, que volverían a revivir aquel consenso rápido si el interés común lo hiciera necesario. Me gustaría soñar que serían capaces de alcanzarlo otra vez si fuera preciso. Cueste lo que cueste y donde quiera que estén. 

¿Porqué somos incapaces ahora, de adultos, de lograr comprendernos? No sé lo que perdimos con el paso de los años, ni qué nos lo robó, el caso es que lo perdimos, y me temo que hemos perdido para siempre la facultad de entendernos ¿O no?

Un abrazo. Salud y Libertad, Jero.

Imágenes: de Google Images

 

 

 

21 comentarios sobre “Babel

  1. Sin duda, cualquiera ha vivido situaciones parecidas a las que maravillosamente describe Jero en “Babel”, y David proyectando aquí su propia vivencia y rememorando al entrañable Pérez Reverte y otros muchos que sugiere implícitamente y que podríamos citar. En junio del 2009, dediqué el siguiente post a mis adorables sobrinos: “Mirar como un niño” . Pasado 3 fines de semanas, lo pasé muy entretenido de canguro con 2 jóvenes, uno de 12 años y el otro de 16, y un adulto de 40 años con síndrome de Down. No ha sido la primera vez y seguro no será la última, todo un baño de sensaciones. Al caso es, que en esta ocasión decidí intentar explorar y recordar, cuanto percibe un niño del entorno y su mundo, a través de las ventanas de los sentidos, gestos y la conversación, ajustada y apropiada en cada caso y con cada uno de mis anfitriones. El más joven es prudente, aparentemente retraído, muy inteligente y observador de cuanto sucede alrededor, aunque trata de disimular estar distraído en sus juegos de la play, viendo la tv o leyendo un libro. Es buen conversador, ameno, directo sin rodeos y guardando las distancias, ya dispone de un cerco en torno a su espacio, que cree vital, que cuida con celo y dignidad de adulto. Impronta bien definida de familia. Mirar a través del niño que casi nunca dejamos de ser, aunque lo olvidemos, es todo un ejercicio de abducción o si se prefiere de magia. La intensidad de las luces y los olores, la calidez de las manos y el suave tacto de la esponja del baño o la rama de olivo acariciando la piel tumbado en el monte, la brisa de una tarde de verano en las dunas de la playa, los escarceos en la conversación con los adultos, el amagar y saltar o revertir contra el otro el botín obtenido, y así, un sinfín de juegos y sensaciones escogidas al azar en el fondo del particular baúl neuronal, es uno de los pocos placeres que por voluntad propia se pueden invocar en cualquier momento, llamando a los dioses que un día nos dieron su sombra. Ha sido memorable, como todo cuanto a bien queramos disfrutar con la intensidad de la emoción en la palma de la mano. En recuerdo y agradecimiento, les dejo la presente que espero conserven y puedan mejor disfrutar en otro momento.

    ——–

    21 junio 2009 Moncada – Valencia

    Con la intención de invitar abrir la ventana al mudo y despertar la mirada de la curiosidad, dedico la presente con cariño a Julián y Adrián.

    Seguido artículo publicado aquí en ID, “Dioses” http://iniciativadebate.org/2012/03/14/dioses/ y en El País de mi adorable Manuel Vicent, “Dioses”, muy similar en la esencia, a otros muchos leídos de diferentes autores, en los que, la magia de las palabras contenidas en la inteligencia del ser humano, puede ser capaz de aglutinar, asociar y crear una imaginaria bella figura con una frase o texto cualquiera. La recreación y modelado de la imagen con la fantasía de las palabras, sin duda, es producto de la particular habilidad, a condición, de que las neuronas hayan asimilado multitud de palabras y significados que permitan asociarse con ritmo y sentido para ser proyectadas con la mente. La bella figura holográfica que cada cual interpreta según su conocimiento y condicionantes, puede llegar a ser tan bella y sublime, como las mil y una noches o el embrujo de la luz de una vela en el interior de un vaso árabe de té. La sensibilidad y emoción del momento, único e individual, es crucial y esencial, cuando la conjunción espacial sin fronteras de las neuronas juega a los dados con los genes en alternancia sin orden, casi siempre.

    Un abrazo para todos.

  2. Mensaje para reenviar a tus amigos

    ¡Hola!

    Acabo de firmar la petición “Ministerio de Justicia de España: Paralicen la extradición de Minerva, española víctima de maltrato” en Change.org.

    Me parece un tema muy importante, y me gustaría que tú también lo apoyases. Aquí está el enlace:

    http://www.change.org/es/peticiones/ministerio-de-justicia-de-espa%C3%B1a-paralicen-la-extradici%C3%B3n-de-minerva-espa%C3%B1ola-v%C3%ADctima-de-maltrato

    ¡Muchas gracias!

  3. En Suiza, en la casa donde vivía mi hermana, había entre los vecinos un montón de niños de entre cuatro a seis años y jugaban en un jardín que tenia delante de la casa, que yo recuerde había, 2 griegas otros 2 o 3 eslavos 1 austriaco, varios italianos y un mínimo de media docena de suizos de diversos cantones y diferentes lenguas. Todos jugaban juntos y nadie le enseño la manera de comunicarse, pero lo que más me asombro, fue que había venido mi madre a casa de mi hermana y enfrente en el mismo piso vivía una griega que tenia a su suegra también de visita, pues mi sobrina que no llegaba a los cinco años y su vecina de la misma edad, hacían la traducción para que se entendieran sus respectiva abuelas. Y nosotros los gallegos estamos a la gresca con dos idiomas,que la inmensa mayoría lo habla y entiende, pero no nos ponemos de acuerdo por las cosas más nimias.

  4. En “Babel” (*) Jero nos habla de esa capacidad infantil de gozar y compartir en el juego, más allá de barreras étnicas, culturales o lingüísticas. En “El don de la palabra” (**) Montejb cita oportunamente a Carl Rogers, que afirmó estar dispuesto a “pagar por una vida fluida, perpleja y excitante.” Hace años, veraneando en Menorca tuve una experiencia parecida a la que describe Jero sólo que con adultos, en un partidillo de pelota que se autoorganizó en la playa entre gentes de diversas nacionalidades. Jamás me he reido tanto como aquella tarde, tratando de sacar la pelota del agua sumergido hasta los tobillos mientras el día iba decayendo perezosamente en un esplendoroso atardecer de Junio. Quiero decir con ello que, enterrado bajo montones de basura adulta, nuestro niño interior aguarda impaciente la oportunidad de salir a la superficie a gozar del modo que jamás deberíamos haber olvidado, extasiándose con esa “fluidez, perplejidad y excitación” ante las maravillas de la vida que Rogers defiende en su afirmación. Mientras escribía “Las cosas por su nombre” llegó a mis manos un artículo de Pérez Reverte (***), que me permito ofreceros junto con la reflexión que me inspiró, que está en la línea de las aportaciones de Montejb y Jero (****).

    ¡Un abrazo para tod@s!

    (*) http://iniciativadebate.org/2012/11/13/babel/
    (**) http://iniciativadebate.org/2012/11/09/el-don-de-la-palabra/
    (***) “El crío del salabre” en El Semanal nº 775. Madrid, 1 de Setiembre del 2002.
    (****) “Las cosas por su nombre”, págs. 373 y sucesivas (http://www.rebelion.org/docs/1408.pdf)

    Pérez-Reverte acababa de fondear su velero en una cala tranquila al atardecer. De repente…
    …Fue entonces cuando lo vi. Tendría ocho o diez años y caminaba entre las rocas de la punta, por la orilla: moreno, flacucho, descalzo, vestido con un bañador y con un salabre en la mano, esa especie de red al extremo de un palo que sirve para coger peces y bichos. Estaba solo y avanzaba con precaución, para no resbalar o lastimarse en las piedras húmedas y erosionadas por el mar. A veces se detenía a hurgar con el palo. Aquella figura y sus movimientos me resultaron tan familiares que dejé el libro… y cogí los prismáticos. El crío se movía con agilidad de experto; tal vez buscaba cangrejos en las lagunillas que cubre y descubre el oleaje. Y casi pude sentir, observándolo, las piedras calientes, el olor de las madejas de algas muertas y el verdín resbaladizo. Todo regresó de golpe: olores, sensaciones, imágenes. Una puerta abierta en el tiempo y yo mismo, otra vez allí, la piel quemada de Sol, revuelto de salitre el pelo corto, el salabre en la mano, buscando cangrejos junto al mar.
    Fue asombroso. Oía de nuevo el rumor de las rocas y me agachaba buscando ente el vaivén del oleaje. Otra vez el silencio sólo roto por el mar, el viento, el crepitar del fuego en una hoguera hecha con madera de deriva, los juegos sin gestos ni palabras. La impecable soledad de un territorio diferente, ahora inconcebible. No se conocía la televisión y un niño podía vagar tranquilo por los campos y las playas: el mundo no estaba desquiciado como ahora. Otros tiempos. Otra gente. Veranos interminables jalonados de libros, tebeos, horizontes azules, noches con rumor de oleaje o de grillos cantando tierra adentro, entre las higueras y las encañizadas de las ramblas sin agua. La Luna llena recortaba tu silueta en los senderos o en la arena de la playa, y al levantar el rostro veías miles de estrellas girando despacio entorno a la Polar. Y así, los días y las noches se sucedían junto al mar, sin otro objeto que leer sobre viajes y aventuras y vagar por los acantilados y las playas, soñando ser un héroe perdido en lugares inhóspitos entre cíclopes, y piratas, y brujas que volvían locos a los hombres, y doncellas que se enamoraban hasta traicionar a su patria y a sus dioses….
    Todo eso recordé mientras observaba al chiquillo con su salabre en el contraluz rojizo de poniente. Y sonreí conmovido y triste, supongo que por él, o por mí. Por los dos… El Sol estaba a punto de desaparecer cuando el crío fue a detenerse en la punta, sobre la restinga. Luego se llevó los dedos a los ojos a modo de visera y estuvo un rato así, inmóvil, recortado en la última luz de la tarde, mirando el velero que navegaba despacio, a lo lejos, rumbo al País de Nunca Jamás.

    En este turno de confesiones íntimas, Richard Jefferies quiere hablarnos de su relación con las estrellas (*****):
    En las noches secas de verano, en las que no había rocío, solía tumbarme sobre el camino de hierba que baja al huerto, mirando al Este, para contemplar el cielo. Mirando así, en línea recta, desde el camino a las estrellas, no me cabía la menor duda de estar cabalgando realmente entre ellas…
    …[las estrellas sobre el huerto] formaban parte de mi existencia tanto como los olmos del otro lado del camino, la casa, sus puertas azules, el establo, el prado o el arroyo.

    Puedo entender muy bien a Pérez-Reverte. Yo también he pasado largas horas de largos veranos deambulando por la arena y por las rocas, descubriendo en cada hueco de ellas un mundo con su flora, su fauna y su historia que contar. Estaba todo en aquellos océanos en miniatura. También yo he podido perderme entre cañaverales, sin más compañía que el canto de las cigarras. También yo he tenido el privilegio de ver mi sombra recortada por la Luna. También yo disfruté del tiempo y del espacio para poder estar conmigo mismo. También yo pude vivir de día mis propias aventuras y otras tantas de noche, bebiendo a la luz de una bombilla de 25 vatios las páginas de libros mágicos que me transportaban a la Edad de Piedra en compañía de antepasados humanos, a las llanuras africanas en la piel de un joven mandril, o al Lejano Oeste de la mano de algún pionero, mientras desde el otro lado de la ventana el canto de los grillos me arrullaba hasta dormirme. Puedo entender muy bien a Jefferies. Yo también solía perderme entre las estrellas, y lo sigo haciendo cuando tengo la escasísima fortuna de hallarme en algún lugar (cada vez más difícil de encontrar) donde la contaminación lumínica no haya hecho aún estragos. Hace ya muchos años, en una “noche seca de verano”, sin Luna, en la que mi hermana la tramontana (viento fuerte y seco del Norte) había bruñido el cielo, tuve la fortuna de poder estar solo conmigo mismo bajo un firmamento cuajado de luceros. Debía tener nueve o diez años, como el crío de Pérez-Reverte. No recuerdo cómo me libré de todos ni como llegué hasta aquel lugar mágico. No me tumbé como Jefferies en la hierba, porque estaba en un pinar y lo que había en el suelo era pinaza y eso pincha, sino que me senté primero y me tumbé después en un balancín añejo, olvidado años antes entre los pinos, tal vez en una época en que la finca en la que me hallaba lucía otros esplendores. No sé si me dormí bajo las estrellas o me fui a “cabalgar entre ellas”. Tampoco sé a qué hora “desperté”. Sí que sé que mis padres, junto con una expedición de rescate que habían organizado para ello, me andaban buscando por todas partes. De regreso al edificio principal me encontré de frente, por una de las avenidas de piedrecillas de la finca, con aquella comitiva fantasmagórica. Mi viaje estelar me costó una buena bronca que no me afectó en lo más mínimo: las estrellas y yo seguíamos juntos, ellas dentro de mí y yo dentro de ellas. Recuerdo haber experimentado una gran sensación de piedad por aquellas personas tan ansiosas, que probablemente nunca antes -y quizás nunca después- pudieran saber qué se siente en una ocasión así.

    (*****) “At Home on the Earth”, editada por Jeremy Hooker. Green Books, Devon 2002.

  5. ¡Pura poesía Jero! También a mí me ha emocionado. Uno de los escritos mas hermosos que he leído en este foro. Para enmarcarlo. Voy a enviarlo, con tu permiso, a todos mis contactos. Puede servir de reclamo a Iniciativa Debate. Un orgullo tenerte como amigo.

    (Perdona que aproveche para lanzar mi consigna)

    ¡SOLO VOTARÉ A UN PARTIDO QUE EN SU PROGRAMA LLEVE EL COMPROMISO DE EXIGIR UNA NUEVA CONSTITUCIÓN!

    1. Muchísimas gracias, Fernando.
      Nada de lo que escribí jamás tiene derechos de autor (copy right): es tuyo, eres libre de darle el uso que desees.
      He visto varios blogs de la red que se nutren de nuestros escritos y artículos de ID, lo que no me agrda mucho es que los que he visto no citan la fuente (ID).

      Tu consigna es mi consigna también, Fernando.

      Un abrazo, Jero.

  6. ¿Os acordais de aquel magnífico anuncio en el que una niña le preguntaba a su padre: “papá, tú te habías dado cuenta que Pedrito era negro”?.
    Son esas diferencias artificiales que los adultos introducimos en la mente de los niños, ayudando un poco más a hacer de este mundo una m…..

    1. Creo que éste es el anuncio al que te referías:

      Es una pena que sirva como publicidad porque éso implica una notoriedad, algo fuera de lo común.

      Saludos, Jero.

  7. Espléndido relato, Jero.

    La mente de un niño, cuando nace, es como un película en blanco. Todo lo que le acontece durante los primeros 5 años de vida, junto a los antecedentes genéticos, es lo que va a conformar su personalidad y su carácter para el resto de su vida.

    Y en muchas ocasiones son los adultos los primeros en “contaminar” esa película virgen.
    Os dejo un vídeo que, aunque algo desagradable, es real como la vida misma.

    1. Hay autores que hablan de entre 2 y 4/6 primeros años… personalmente pienso que empieza poco después de la concepción, hasta los 6 al menos. Lo pienso porque lo he visto muy de cerca.

      De estos monstruos que creamos nos habla muy claramente el juez Calatayud. Conpocía el vídeo pero ha sido un plecer volver a verlo.

      Muchas gracias amigo, un abrazo. Jero.

  8. Muy edificante, amigo Jero. Recuerdo que publiqué una conferencia de un investigador que había trabajado con niños de 18 meses para demostrar que la solidaridad es innata y solo desaparece progresivamente ante la influencia de las costumbres y el modelo social.

    Somos intrínsecamente (lo que podría calificarse como) “buenos”. Es esta sociedad modelada por psicópatas (los únicos lo suficientemente constantes para saciar su patológica ambición) la que nos adapta a su especial realidad.

    Un abrazo.

    1. Una terrible curiosidad, amigo Paco:

      Mañana voy a un psicólogo o un psiquiatra para que me diga si estoy loco… ¿Cómo lo mide? Lo mide con los estándares sociales, los de una sociedad profundamente enferma. Según estos datos, un náufrago en una isla está completamente cuerdo (no existen comparativa de otros habitantes)… pero lo cierto es que está como una cabra.

      Muchas gracias, amigo. Abrazote.
      (¿has notado alguna anomalía en la publicación? me refiero a imágenes… ya sabes)

  9. Las dos últimas historias: la de mi amiga Isabel y la de los chavales en el camping, son historias reales algo noveladas y con nombre ficticio.

    Muchas gracias a vosotros, amigos.

    Abrazos, Jero.

  10. Querido Jero; ¡Que hermosa experiencia nos acabas de contar! En pocas palabras has resumido una gran enseñanza de vida, de lo sencilla que es la vida realmente cuando hay un interés común y ganas de entenderse. No se si se trata de una experiencia vivida, o de una sencilla fábula, pero eso no es lo realmente relevante; lo importante es que si no exactamente, si se habrán dado miles de veces circunstancias semejantes. Los niños, son mentes puras y como tales, capaces de una lógica pura, que la “educación” de los “mayores” tiende a deformar, a domesticar, a base de inútiles prejuicios, que acaban por incapacitarlos para el entendimiento, el diálogo y la colaboración.
    ¡Hermoso mensaje el que se desprende de tu historia! ¡Que bello sería poder hacerla cotidianidad!
    ¡Gracias por hacernos reflexionar!

    1. Muchísimas gracias, Joan Antón.

      Lo tenía en carpeta y me ha parecido que podía servir como respiro para dejar de mordernos las uñas con tanta presión.

      Un abrazo, Jero.

  11. Jero mil gracias. Entrañable y precioso regalo nos haces con este relato que me lleva en el tiempo a recuerdos de cuando era niño. En cierto modo, sigo luchando por serlo y a menudo se me ocurren juegos, (acciones), que podrían dejar a más de uno sin aliento. Por ejemplo, estaba pensando esta tarde en relación a los desahucios, que si la mayoría de los que tienen una hipoteca se pusieran de acuerdo en solidaridad con los desahuciados, además de obligar a cambiar las leyes de verdad, dejaran de pagar 2 meses el recibo, sería más que suficiente. Aunque hay muchas otras posibilidades de juegos/acciones. Quizás tenga razón Jesús: Babel no existe, sólo es un expejismo, aunque debería de existir.

    Un abrazo para todos.
    Juan Bernardo montejb

    1. Babel no existe, es nuestro espejismo:
      Sin la más mínima duda, hemos aprendido/nos ha enseñado a ser obedientes y hemos obedecido/aprendido que resulta más cómodo…

      Muchas gracias y un abrazo, Jero.

      1. Apreciado Jero, Babel no existe, aunque debería de existir. Nacemos multiples y nos hacemos uno.

        Cuando leí ayer este precioso post y los inteligentes comentarios aquí y en otro post, sobre el “metalenguaje”, la expresión del cuerpo y demás, me he acordado de un libro interesante que recomiendo lean, titulado “INTELIGENCIA SOCIAL LA NUEVA CIENCIA DE LAS RELACIONES HUMANAS” de Daniel Goleman. En el prólogo y primera parte “PROGRAMADOS PARA CONECTAR” dice: La corrosión social.
        En la medida en que la ciencia pone de manifiesto la necesidad de las relaciones, éstas parecen hallarse cada vez más en peligro. Son muchos los rostros que hoy en día asume la corrosión social.

        Cuando la maestra de un jardín de infancia de Texas le pidió a una niña de seis años que recogiera sus juguetes, ésta cogió una rabieta, se puso a gritar, tiró la silla al suelo, se arrastró bajo la mesa de la maestra y la pateó con tanta rabia que cayeron los cajones. Este episodio jalonó el comienzo de una epidemia de incidentes documentados del mismo tipo
        entre preescolares del distrito escolar de Fort Worth (Texas)5 que no sólo afectaban a los malos alumnos, sino también a los mejores. Hay quienes explican la escalada de violencia entre los niños como una consecuencia del estrés económico que obliga a los padres a pasarse el día trabajando y dejando a sus hijos en manos de otras personas o aguardando a solas y exasperados su regreso. Otros subrayan la existencia de datos que confirman que el 40 por ciento de los niños de dos años de nuestro país
        pasan una media de tres horas diarias frente al televisor, un tiempo que aprovecharían mejor estando con alguien que les enseñase a relacionarse. Y también parece que, cuanta más televisión ven, más desobedientes son.

        Detalla otros comportamientos de adultos relacionados, antes de la siguiente reflexión: “Ignoramos los efectos de la conexión y desconexión provocada por las alternativas que nos proporcionan las nuevas tecnologías. Pero todos estos rasgos indican un progresivo debilitamiento de las oportunidades de conexión. El avance inexorable de la tecnología es tan insidioso que nadie ha calculado
        todavía sus costes emocionales y sociales”. Pueden bajar el libro aquí: https://www.dropbox.com/s/l79utcha7wfmo1l/Inteligencia%20Social%20de%20Daniel%20Goleman.pdf

        Un abrazo para todos.
        Juan Bernardo montejb

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