La realidad es ahora. Lo demás es nostalgia

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Ale Oseguera / GRUNDmagazine

Hace un año, durante una entrevista de trabajo telefónica para un periódico, el director de área me preguntó: ¿Cómo es que te has quedado en España con la crisis que hay? Se quedó en silencio un buen rato tras mi respuesta. Me abstuve de preguntarle si seguía ahí porque el sonido de su respiración me lo aclaraba. Supuse que estaría haciendo algunas anotaciones. O quizá, tachando mi nombre de la lista de candidatos. Le había contestado que la crisis española no me asustaba, que yo esta crisis ya la había visto, la había vivido. “No me asusta. Yo nací en una crisis y crecí con ella”, le dije, una que se repite intermitentemente cada seis años. De mis 29, los dos únicos en los que prácticamente no escuché ni mencionar esa palabra fue cuando vine a vivir a Barcelona en 2006, cuando estaban por agotarse las reservas de la abundancia ibérica.

Hace una semana me hicieron la misma pregunta; durante otra entrevista de algo que se parecía a un trabajo.

La crisis financiera y política que ahoga hoy a los españoles da rabia a mucha gente. Motivados por este hartazgo y cabreo, salen a la calle a manifestarse, rompen cristales, escriben denuncias poéticas, ponen adjetivos incómodos a los responsables en programas de televisión. Luego hay a quienes la rabia se les mezcla con la esperanza y entran al Congreso a gritar que sí se puede.

La confianza que nos plantó el 15M es una flor que está marchitándose. La cosechamos y nos hemos alimentado de ella durante dos años. El movimiento fue una medida de supervivencia, un búnker en la mentalidad de cada uno de los habitantes de este país. Pero, ¿qué esperábamos? ¿Que los cientos de campistas de las plazas Catalunya y Sol devolvieran la seguridad social o los créditos bancarios con los que se adquirieron coches, casas, kilos de droga para las fiestas, miniempresas, y vacaciones de verano? Quien opina que el 15M no funcionó es muy ingenuo/a. Pero sí que es verdad que toca volver a arar la tierra.

Que nos digan que crisis es sinónimo de oportunidad suena vacío a pesar de que es una verdad como un templo. ¿Y dónde está la oportunidad?, preguntan muchos. Si envío y envío y envío currículums a todo dios. Si en un sólo día, un trabajo para el que soy perfecta/o tiene 500 candidaturas…

Toca volver a plantar

Lo que le pasa a España es lo que ya vivió México en su momento. Puedo afirmar que es lo que ya le sucedió a Latinoamérica en general. Ha entrado en época de Rebajas/Rebaixes/Soldes/Sales. Hay un mercado abierto y los compradores regatean como en el mejor mercadillo de Marruecos. Pase y vea… y lléveselo. A nosotros nos compraron todo: el petróleo, el Amazones, las minas de cobre, el agua, el gas. ¡Vendimos hasta los bananos, el café y el tequila! A precio de coste en el mejor de los casos. No me sorprendería si en su momento, España cediera hasta la nacionalidad del flamenco si a la Merkel le da por las peinetas.

Hace 6 años, ser camarera de bar, dependienta de tienda o locutora de una radio de reggetones, era considerado un “trabajo de inmigrante”. 800 euros al mes eran una miseria que sólo los extracomunitarios aceptábamos con una sonrisa. Si algo ha hecho la crisis es eliminar las fronteras sociales. La denegación de los servicios sanitarios o la explotación laboral sin contrato de trabajo ni seguridad social ni vacaciones, sólo las padecíamos los de países en vías de desarrollo (aka tercermundistas). Eso era antes. Nunca como ahora ya da igual si eres español o catalán o sudaca o nordaca-simpatizante-del-calor-del-Mediterráneo. Somos todos ratas del mismo naufragio.

Sin duda vamos en picada.

Pero en la igualdad está la siguiente red.

Hace un mes me ofrecieron, de nuevo, algo que se parecía a un trabajo que después me quitaron porque un becario salía más a cuenta. El sueldo era el mismo (algo simbólico), pero al becario “le conviene trabajar con nosotros”. ¿A mí no?, me pregunté.

La rabia está muy bien, es un detonante. Creerse muy perspicaz también está muy bien. Pero hay que ser honestos: seguir actuando como hace seis o diez años es tan absurdo e inútil como creer que Infojobs te sacará del paro. España, los españoles y sus residentes estamos en venta, como esclavos. ¿Por qué entonces no tender la mano a quien te la ha tendido a ti cuando lo has necesitado (y también cuando no)? ¿Por qué no hacer equipo con quien ha colaborado con tu proyecto sin cobrar un céntimo aún cuando había ingresos económicos? ¿Por qué saquear al que está al lado tuyo? ¿Para qué? Para tener un país de gente que se pisotea para repartirse… ¿migajas?

Entonces, ¿dónde está la oportunidad?

Está donde te haya pillado con las manos ocupadas. Ahora mismo, puedo presumir de que tengo dos amigos viviendo y cobrando de la literatura, otros dos de las plantas, uno de la carpintería, cuatro del Internet, otros dos de la música, cinco de artes variadas, seis de la hostelería, dos del diseño gráfico, otros dos del periodismo cultural, tres de la política, dos del trabajo social. Muchos otros se han marchado a Latinoamérica, sin importar si son de allá o de acá. Trabajan de profesores y de dependientes, administrativos, publicistas o informáticos. Y sobreviven. Porque todos sobrevivimos al final. Esa es un poco la putada, pero esa es, sobre todo, la oportunidad.

La devastación, para bien o para mal, ha dejado semillas. Pocas, pero las hay. (¿Cómo explicamos si no un fenómeno como el de J., que pasó de inmigrante sin papeles a tener un contrato indefinido y un sueldo de mil euros al mes en el negocio del periodismo, en pleno 2013?) Toca encontrar esas semillas. Plantarlas. Regarlas con el agua que, por muy contaminada que esté, es agua al fin y al cabo. Trabajarlas, abonarlas, y esperar, de pie y en movimiento, a que den frutos. No queda nada más. La realidad es ahora. Lo demás es nostalgia.

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