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El gobierno de los peores

José Manuel Lechado | Iniciativa Debate | 08/04/2013

Durante la mayor parte de su existencia la humanidad convivió en paz con el medio y consigo misma. Las viejas comunidades nómadas o más bien semi-nómadas, previas al asentamiento en poblados estables, habían encontrado el equilibrio con el territorio del que dependían para sobrevivir. No esquilmaban los recursos, casi siempre limitados, ni crecían por ello más de lo necesario. A su alrededor se extendían otros clanes o tribus con los que no guerreaban, sino todo lo contrario: sabedores de los riesgos de la endogamia, los vecinos celebraban cada cierto tiempo encuentros amistosos para intercambiar productos, alimentos y material genético. Esta organización itinerante, unida por lazos de parentesco e impulsada y movida por la búsqueda del sustento, se mantuvo durante un millón de años. No carecía de momentos de diversión y creación, pero sí, curiosamente, de jefes.

La sociedad humana natural no era jerárquica, sino que se basaba en conceptos más útiles, como la colaboración y el esfuerzo común. Se valoraba, eso sí, la experiencia de los veteranos a la hora de dirigir una partida de caza, como se tenía en cuenta el conocimiento de los más expertos a la hora de localizar fuentes de agua ocultas o de reconocer el mejor momento para la recolección de tal o cual fruto, por ejemplo. Pero esto es respeto al saber, no jerarquía. Dicho sea de paso, esta descripción breve de un orden colaborador no procede de lucubraciones bienintencionadas alrededor de la figura del buen salvaje: en aquella sociedad había conflictos y problemas, y no todo eran bondades. Sin embargo, el apoyo mutuo es el único procedimiento lógico para que una especie inteligente pueda sobrevivir frente a una naturaleza adversa, cuando no hostil.

En aquel tiempo surgían, igual que hoy, individuos insolidarios que intentaban evitar su parte de esfuerzo y vivir a costa de los demás. En un mundo de recursos limitados, empero, estos elementos estaban fuera de lugar y no podían sobrevivir. La humanidad se regulaba a sí misma privándose de los peores: parásitos, explotadores, caraduras… Nuestros antepasados sabían, en definitiva, que la humanidad es ante todo un equipo. Y también una sola familia.

Las cosas empezaron a cambiar cuando la domesticación de plantas y animales trajo el fin del nomadismo. Los primeros campamentos fijos, que hoy con optimismo excesivo llamamos «ciudades», no pasaban de rudos apiñamientos de cabañas que, sin embargo, llegarían con el tiempo a ser verdaderas urbes. Y allí, en estos espacios recién inventados, se hizo realidad uno de los hechos más insólitos de la evolución: una especie creaba un ecosistema a su medida para asegurarse la supervivencia.

Semejante culminación de «lo artificial» podría haber sido la corona de una especie que, hasta entonces, lo había estado haciendo bastante bien, pero las cosas se torcieron de forma inesperada y la civilización acabó convirtiéndose en una pesadilla. La acumulación de excedentes alimenticios favoreció el crecimiento de la población y esto, a su vez, facilitó la especialización en el trabajo: ya no era necesario que toda la población trabajara para conseguir alimentos. Con la especialización surgieron las primeras diferencias, leves al principio, aunque ya significativas, orquestadas alrededor de la idea del valor del trabajo: ¿cuántos puñados de trigo hay que cambiar por una azada? ¿Cuántas manzanas cuesta levantar una pared de adobe? El dinero fue el primer invento de la humanidad sedentaria, y con él surgió la posibilidad inmediata de comprar trabajo ajeno y, sobre todo, evitar el propio.

En este nuevo escenario urbano, además, los elementos insolidarios encontraron un hábitat propicio para desarrollar su actividad parasitaria. Y nuestra especie no estaba prevenida. El sobrante de alimentos (obviemos, por ahora, los periodos de escasez provocados por sequías y plagas) y la división del trabajo no sólo dieron cabida a una población más numerosa, sino también a hacer la vista gorda, aunque fuera un poco, respecto a la presencia de vagos y aprovechados. Por la caridad suele entrar la peste. Como quiera que estos sujetos no dejarían de estar mal vistos, y eso a su vez les picaría el orgullo (el haragán suele tener muy buen concepto de sí mismo), se concentraron en buscar ocupaciones de poco esfuerzo que, no obstante, les permitieran vivir a costa de los demás. Hubo diversas formas de conseguirlo, y cada una deformó en su cuna a la todavía tierna civilización, desviando a la humanidad de su camino para siempre.

Los más imaginativos, a la par que vagos, inventaron fábulas que, contadas por la noche, cobraban visos de realidad como primer intento de explicar el mundo. Así surgieron las religiones. En los campamentos nómadas hombres y mujeres ofrecían su agradecimiento a una vaga idea de la Naturaleza que les daba de comer. Ahora la nueva casta de embaucadores, o sacerdotes, iba a mancillar el invento urbano con el cáncer de la fe. Una ilusión que, en los malos momentos, parecía explicar la desgracia, el hambre o la enfermedad, aunque en realidad no otorgaba remedio alguno. El templo sería pronto el elemento distintivo, la bandera de cada ciudad y pueblo, un armatoste arquitectónico discordante y carísimo que hipotecó la civilización y sigue haciéndolo.

Otros sujetos menos inteligentes, aunque igual de vagos y tal vez más ambiciosos, alegaron necesidades defensivas difusas para ofrecerse como «guardianes». Lo cierto es que la vieja colaboración entre clanes se había difuminado un poco con la urbanización, pero aún se mantenía el comercio y el intercambio genético entre vecinos. La acumulación de riquezas en templos y trastiendas animó la codicia de algunos, y así esos vigilantes formaron una nueva casta preparada para medrar robando el trabajo de otros. Si la religión había enturbiado la mente colectiva de nuestra especie, la lacra militar impuso una realidad física opresiva y violenta. La alianza entre el cuartel y el templo terminó de emponzoñar el logro urbano y así la humanidad no fue ya, nunca más, un equipo sino una confusión de enjambres en guerra.

No obstante, aún faltaba algo: el sacerdote debía justificar su ocio y su buena vida inventando dioses y ritos; y el guerrero, que disfrutaba del ejercicio de la violencia, corría por otra parte el riesgo de ver su propia cabeza separada del cuerpo en un mal lance. Un tercer tipo de elemento insolidario, el más genuino, al que hoy podríamos definir con el apellido de «emprendedor», descubrió la manera de parasitar la sociedad sin arriesgar el pellejo ni complicarse demasiado con votos o ceremonias. Así, presumiendo de su capacidad para «organizar», fueron apareciendo los primeros «jefes», que luego fueron líderes y, por fin, reyes y emperadores.

Es posible que en los primeros tiempos la aparición de estas figuras de liderazgo respondiera un poco a la organización antigua. Tal vez, en principio, fueron meros capataces de obra que a base de mandar evitaban empuñar herramientas… Pero a medida que la ciudad crecía, las labores se diversificaban y quedaba claro que un solo hombre no podía entender de todo, estos líderes «naturales», profundamente perniciosos, se aliaron con sacerdotes y generales para crear una élite intocable de privilegiados. Los sacerdotes justificaron la injusticia alegando oscuros designios de seres imaginarios; y los generales, al frente de una tropa de sicarios, aportaban el miedo real necesario por si la fantasía de los altares no bastaba.

Llegados a este punto los líderes, ahora llamados gobernantes, ya no necesitaban disimular talento alguno, pues su poder les venía de los cielos y de las armas, lo que les legitimaba para sancionar la gran estafa de la civilización y, con ella, el fracaso de una especie. Los primeros jefes tal vez fueron hombres de talento, pero cuando legaron el cetro a sus hijos, sin más merecimiento que el genético, se inició una sucesión de incapaces ambiciosos que perdura hasta ahora mismo. La casta de miserables que domina a la humanidad no ha dejado de pasarse a sí misma la riqueza y los privilegios mientras el grueso de la especie vive en la penuria.

Han pasado miles de años y las cosas no han cambiado en lo sustancial. La superstición, la guerra y la adoración fanática al líder se mantienen, al igual que la explotación de muchos por parte de unos pocos. La conclusión que extraemos de la Historia (con mayúsculas, el devenir escrito de la especie en sus últimos pasos: un suspiro), es desalentadora: los gobiernos, la idea del poder y el liderazgo, no son ni han sido nunca patrimonio de los más capacitados e inteligentes. Por el contrario, han sido y son los elementos más ambiciosos y despiadados los que han dirigido el cotarro. Sólo esto basta para explicar el caos en que vive nuestra especie y la suma de crímenes y disparates que es la Historia: una Historia nada gloriosa de criminales coronados, criminales con corbata, mitra o galones.

Si te has preguntado alguna vez por el origen de todo esto, del desastre, de la guerra, de la crisis eterna, la respuesta no es difícil: nuestra sociedad planetaria ha sido dirigida siempre, y lo sigue siendo, por los peores especímenes del género humano, los más avarientos, rapaces y malvados. Y no dudes de que hoy sigue siendo así, incluso en los regímenes supuestamente democráticos: el líder del partido, el que llega a presidente, no ha alcanzado su puesto repartiendo bondades, sino pisando cuellos, chantajeando, mintiendo y quitándose de en medio a amigos y enemigos. No esperes nada bueno de cualquiera que, por propio gusto, ejerza algún tipo de poder, sea en un parlamento, en una cárcel, en un cuartel o en una banda de pistoleros.

El ser humano corriente, el que no ambiciona glorias, el que gusta de colaborar y hacer el bien a sí mismo y a los demás, nunca llega a las alturas, entre otras cosas porque no las busca ni las quiere. Sin embargo, el mal ejemplo de los «líderes» contamina el pensamiento común con todos sus anti-valores: la adoración de la jerarquía, la idea corrupta del orden, el principio de autoridad, el fatalismo religioso, la resignación, el mito del emprendedor y tantas otras paparruchas que nos conducen a todos, sin prisa pero sin pausa, al desastre y, tal vez, a la extinción.

Si la humanidad quiere tener un futuro necesita mirar al pasado, pero al pasado lejano, cuando la autoridad y el poder eran conceptos no ya ridículos, sino inconcebibles. Si persistimos en la adoración boba de imágenes, banderas, uniformes y tronos, estamos perdidos.

17 Comments

  1. José Manuel Lechado
    José Manuel Lechado Abril 8, 2013

    Gracias, Paco. Como te dije, este es un tema que trato en mi libro El Mal Español (historia crítica de la derecha española). Estoy convencido de que cuánto más “alto” llega alguien en un esquema de poder, peor persona es.

  2. Alex2
    Alex2 Abril 8, 2013

    No puedo estar más de acuerdo con tus conclusiones, tus deseos, tus esperanzas y tus exortaciones a abandonar prejuicios que envenenan nuestras vidas y a destruir los falsos mitos que han creado los poderosos para mantener a las poblaciones sometidas. Dicho esto, quiero hacer una crítica: en tu artículo mencionas un pasado feliz e inmaculado, una arcadia, una edad de oro que nunca existió. Todas las afirmaciones del primer párrafo de tu artículo, por poner un ejemplo, son fundamentalmente incorrectas y, aunque puede haber algo de verdad en ellas, de hecho su opuesto es más cercano a la verdad. Disculpa, por favor, esta crítica, pero creo que que es peligroso construir nuestras ideas acerca del mundo sobre bases débiles ya que ello ofrece a nuestros enemigos un arma muy eficaz para desacreditar ante el mundo aquellas ideas.

    • José Manuel Lechado
      José Manuel Lechado Abril 8, 2013

      Gracias, Alex.
      Bueno, tampoco creo yo que todas las afirmaciones sean falsas. No creo en el buen salvaje, pero tampoco en las afirmaciones de Hobbes, de que el ser humano es malo por naturaleza. Las comunidades primitivas vivían esencialmente en paz y equilibrio, no por bondad, sino porque no tenían más remedio: para una especie social como la nuestra, la colaboración es la única forma de sobrevivir en un medio hostil. Esto es un hecho evolutivo: el individuo humano, el Robinson Crusoe, no existe ni puede existir. Habría conflictos, por supuesto, pero la guerra es un producto de la civilización. O más bien de una forma de civilización muy mal llevada.
      Gracias por tu crítica.

      • Paco Bello
        Paco Bello Abril 8, 2013

        No solo eso, sino que la solidaridad está demostrada científicamente en niños (antes de que el condicionamiento social transforme al humano en algo que no es).

  3. Nicolas Haydn
    Nicolas Haydn Abril 8, 2013

    Este extenso relato de la historia del ser humano está lejos de los hechos revelados desde diferentes disciplinas. Es demasiado extenso rebatir una por una las falsas afirmaciones aquí contenidas, pero mostraré algunas de las que me parecen más garrafales.

    1.”Durante la mayor parte de su existencia la humanidad convivió en paz con el medio y consigo misma.”

    Hay numerosas evidencias de que no todas las sociedades primitivas vivían en paz con sigo mismas y con el medio, sino que debastaban los entornos allí donde se establecían hasta agotarlos, trasladándose luego hacia otros lugares.

    La complejidad de la realidad humana no puede ni debe reducirse con explicaciones simplistas. Ha habido sociedades de recolectores-cazadores de todo tipo, por lo que no hay un antes y un después. La categoría de “sociedad humana natural” que establece Lechado no solo carece de fundamento, sino que no la explica.

    2. Ahora el clásico relato marxista (aunque este no llega siquiera a serlo) que supedita la realidad humana al aspecto económico según su ridícula teoría del “materialismo histórico”:

    “La acumulación de excedentes alimenticios favoreció el crecimiento de la población y esto, a su vez, facilitó la especialización en el trabajo.”

    Por lo que:

    “Con la especialización surgieron las primeras diferencias”

    Y claro las diferencias son malas porque están (nos quedamos sin saber porqué):

    (…)orquestadas alrededor de la idea del valor del trabajo”

    Y entonces:

    “El sobrante de alimentos y la división del trabajo” propició la aparición de “vagos y aprovechados” que se las ingeniaron para “vivir a costa de los demás”.

    Sabemos hace tiempo que ha habido sociedades agrarias-acumulativas e incluso comerciantes con un nivel de igualdad social muy superior a las de la modernidad, por ejemplo el período cretense pre-micénico llamado Minoico o la sociedad alta-medieval de la mitad-norte de la península ibérica, por citar solo dos. Está última practicaba la democracia en asamblea popular mediante el Concejo abierto, donde participaban hombres y mujeres por igual.

    Así que la secuencia agricultura-excedente-desigualdad, como digo, un clásico del economicismo marxista, queda refutada por los hechos. Y es este prejuicio que le hace continuar de forma errónea con sus teorías:

    3. “Los más imaginativos, a la par que vagos, inventaron fábulas que, contadas por la noche, cobraban visos de realidad como primer intento de explicar el mundo. Así surgieron las religiones.”

    Ridícula explicación de cómo surgió la religión, así, generalizando. El señor Lechado mete en el mismo saco las religiones “animistas” o intersubjetivas junto a las monoteístas, por ejemplo. Para él las grandes sociedades que se organizaban en torno a la cosmovisión denominada como religión de la Madre Tierra serían así:

    “En los campamentos nómadas hombres y mujeres ofrecían su agradecimiento a una vaga idea de la Naturaleza que les daba de comer.”

    Se equivoca señor Lechado. Esas sociedades han dado muestras de tener una comprensión de la naturaleza muy superior en sus aspectos decisivos a la moderna sociedad auto-alienada.

    Y no continúo con sus erróneas explicaciones sobre la aparición de las demás categorías sociales que le hacen llegar a la conclusión de que:

    “nuestra sociedad planetaria ha sido dirigida siempre, y lo sigue siendo, por los peores especímenes del género humano”

    No siempre señor Lechado, no siempre. Mira que le gusta generalizar. Le he puesto ejemplos de sociedades que no tenían gobernantes, que se autogobernaban. Entiendo que lo ignore, pero entonces no escriba sobre ello.

    Su artículo es un cúmulo de tópicos fantasiosos donde se inventa categorías que no explica como “sociedad humana natural” o “sociedad planetaria” reduciendo la complejidad humana a una secuencia de sucesos que lo hacen llegar aun presente en donde se hace necesario “mirar al pasado lejano”. Y no es que no me gusten sus ideas finales sobre el “principio de autoridad” o de adoración a las banderas, pero no se puede sustentar una idea con un cúmulo de falsedades. Debemos servir siempre a la verdad, que si bien puede ser que no la alcancemos totalmente es nuestro deber moral acercarnos a ella el máximo posible. Para ello debemos recurrir a un análisis ateórico de la realidad, porque sino seguiremos jodidos.

    • José Manuel Lechado
      José Manuel Lechado Abril 8, 2013

      Gracias, amigo Nicolás, por su respuesta. Lo primero que debo decir es que esto es un artículo, no un tratado, y no es en realidad muy extenso, por lo que es imposible puntualizar cada excepción, momento histórico determinado o personaje individual. Sin duda he generalizado para llegar a una determinada conclusión que es el meollo del artículo: que la civilización, que en sí es un buen invento (aunque esto también es generalizar, claro), ha sido corrompida por un cierto tipo de ser humano que describo, sucintamente, como “los peores ejemplares de nuestra especie”.
      No creo en el mito del buen salvaje, como digo en el artículo, pero sí hay una organización natural del ser humano que es colaboradora (porque si no, no se sobrevive). Los grupos que esquilman su entorno acaban pereciendo, porque no se puede emigrar eternamente. Y este espíritu colaborador subsiste incluso hoy, en esta sociedad que, en efecto, está bastante alienada.
      Si mi discurso es marxista yo soy el primer sorprendido, pero bueno, algo de eso puede haber, por qué no. Tampoco creo que eso descalifique el artículo: Marx no era ningún idiota. De hecho era bastante más listo que muchos de los que le sucedieron y de los que le critican.
      Y en cuanto a la verdad, pues sí, todos aspiramos a ella, pero sospecho, aunque generalice, que cada uno tenemos nuestra propia verdad, y eso hace que resulte difícil ponerse de acuerdo.
      Saludos.

  4. Mito
    Mito Abril 8, 2013

    Interesante la crítica que hace Nicolas Haydn al artículo de José Manuel Lechado. Utiliza adjetivaciones bastante convincentes para denostar al autor.
    Un ejemplo: ” Ahora el clásico relato marxista (aunque este no llega siquiera a serlo) que supedita la realidad humana al aspecto económico según su ridícula teoría del “materialismo histórico”
    Otro ejemplo: “Hay numerosas evidencias de que no todas las sociedades primitivas vivían en paz con sigo mismas y con el medio, sino que debastaban (sic) los entornos allí donde se establecían hasta agotarlos…”
    Sin embargo, el autor de la crítica afirma que “esas sociedades han dado muestras de tener una comprensión de la naturaleza muy superior en sus aspectos decisivos a la moderna sociedad auto-alienada”, y despacha al materialismo histórico tildándolo de ridículo.
    Ridículo será entonces Marx, al escribir: “…en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”.
    Me gustaría leer el libro del autor del artículo, ¿está editado?. Me interesa la tesis de la ponerología política.
    Por cierto, Paco, ¿no continuarás con piratePad, o con el proyecto que habías lanzado días pasados?

    Salud

    • Paco Bello
      Paco Bello Abril 8, 2013

      Estoy esperando a que se engrose lo suficiente el archivo de registros para poder convocar reuniones. La semana que viene le daremos marcha otra vez, a ver si logramos incrementar el (lento) goteo de inscripciones.

      Un abrazo, Mito.

      *José Manuel presenta el libro dentro de poco, le daremos difusión.

    • José Manuel Lechado
      José Manuel Lechado Abril 8, 2013

      Hola, Mito. El libro está editado y se puede encontrar (o encargar) en librerías. Se titula “El Mal Español. Historia crítica de la derecha española”.
      Saludos.

    • Nicolas Haydn
      Nicolas Haydn Abril 8, 2013

      Hola Mito, he escrito que “esas sociedades han dado muestras de tener una comprensión de la naturaleza muy superior…” contestando a la generalización del autor de que las sociedades primitivas tenían una “vaga idea de la Naturaleza” referenciando a las culturas adoradoras de la Madre Tierra (por ej. del Neolítico) Precísamente mi crítica se fundamenta en que ha habido sociedades de todo tipo, cuidadosas, comprensivas y entendedoras pero también devastadoras. A las pruebas arqueológicas me remito.

      Efectivamente, ridículo es el párrafo que reproduces de Marx y su reduccionismo economicista. Ya lo había comentado, supeditar la realidad humana a la economía es reducirnos al hommmo economicus. Cosa que hace el marxismo en extremo.

      La “base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política” no puede se la “estructura económica”, porque la realidad demuestra que son (y han sido)las estructuras de poder las que expanden, condicionan, regulan e inclusos salvan a la estructura económica. Y solo hay una razón para esto y es que la sustancia real del poder es la fuerza. El capitalista que explota a sus trabajadores solo lo puede hacer porque el Estado así lo establece jurídacamente. El propietario de los medios de producción lo es porque el poder le otorga esa propiedad y amenaza a todo aquél que atente en su contra. Algo que todo el mundo sabe pero pocos lo exponen de manera clara. Desde luego no la izquierda, como es lógico.

      La historia demuestra con los hechos que fueron los modernos Estados liberales los que establecieron el modo de producción capitalista como el único legal imponiendolo a la sociedad a veces con desmesurada violencia.

      Queda así refutada la teoría marxista en este punto central.

      No era mi intención “denostar” al autor, quizá mi comentario es un poco agresivo por lo que pido disculpas al señor Lechado por mi tono un tanto impertinente.

  5. Aurora Figuero Yustas
    Aurora Figuero Yustas Abril 8, 2013

    YO ESTOY BASTANTE DE ACUERDO CON LECHADO, EN MUCHAS DE LAS COSAS QUE DICE. TODO ASUNTO, TIENE MUCHOS MATICES, Y EL NUESTRO, EL QUE AHORA NOS OCUPA, NO ES MENOR. CADA PERSONA, TIENE UNA FORMA DE VER LAS COSAS. LAS LEJANAS POR LA HISTORIA, Y LA DE AHORA, PORQUE ESTAMOS INMERSOS DE CUERPO ENTERO EN ÉLLA, Y MUCHAS COSAS, CUANDO SE ESTÁ VIVIENDO, DÍA A DÍA, Y TIENE TANTAS VARIANTES, CASI NO TE DA TIEMPO A DIGERIRLAS, PARA DARLES SU VERDADERA VERSIÓN.DICE LECHADO, QUE EN LAS DINASTÍAS,LOS BIENES PASABAN Y PASAN DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN, Y NORMALMENTE, SE ACUMULAN LAS RIQUEZAS, QUE NUNCA SE ACABAN. PERO YO DIFIERO DE UNA COSA. Y ES QUE CONQUISTABAN, ARRASABAN Y LOS QUE MANDABAN ESTABAN URDIENDO, CÓMO AHORA COMPLOTS Y TENÍAN A SUS VASALLOS EN SUS FORTALEZAS. PERO TAMBIÉN HAY QUE DECIR, QUE LOS REYES, ERAN LOS PRIMEROS QUE COMANDABAN A CABALLO, A SUS HUESTES, Y MORÍAN CÓMO CUALQUIER OTRO DE SUS CABALLEROS, O VOLVÍAN TRIUNFANTES, CON MÁS RIQUEZAS Y BIENES QUE LAS QUE TENÍAN. PERO AHORA ROBAN, DESDE SUS CASAS O PALACIOS, SIN MOVERSE , SI NO ES PARA HACER DEPORTE CELEBRAR FIESTAS, O IR DE LIGUE. LOS ANTÍGUOS LO HACÍAN, PERO EXPONÍAN SUS VIDAS. NO ES QUE YO APRUEBE NADA, PERO ESTO ES ASÍ. EL CAMBIAR TODO ESTO, NOS CORRESPONDE AL PAÍS. AL PUEBLO LLANO, PORQUE LA ÉPOCA DE LA ESCLAVITUD, DEBE ACABAR DE UNA VEZ, Y NADIE DEBE SER MANDADO NI CASTIGADO, POR NADIE, POR MUY ELEVADO QUE SEA SU RANGO. ES LO QUE PIENSO.

  6. David Sempau
    David Sempau Abril 9, 2013

    Tres lecturas recomendables para comprender dónde estamos y por qué:

    Sobre los incompetentes al poder: “El Principio de Peter” (Dr. Laurence J. Peter y Raymond Hull)
    Sobre la imbecilidad colectiva: “Elogio del Imbécil” (Pino Aprile)
    Sobre la simbiosis en oposición a la competencia: “Captando genomas” (Lynn Margulis y Dorion Sagan)

    ¡Un abrazo para tod@s!

  7. Lambda
    Lambda Abril 11, 2013

    Bueno, esas antiguas y primitivas sociedades de cazadores-recolectores, tienen también el dudoso honor de el canibalismo, y el de la selección de la progenie (bebés sanos y fuertes…). La llegada del cultivo redujo mucho esa circunstancia. Y en verdad, la vida de esas sociedades primitivas era muy difícil, y marcada por la violencia y la enfermedad, además de la esperanza de vida… No caigamos en el mito de Rousseau. Francamente, el gran salto fue el ganado y el cultivo. Y para ocuparse de los grandes campos, coordinar la trashumancia del ganado, recoger cosechas , era cada vez más necesaria cierta jerarquizacion de la vida en común.

    De todos modos, esa Arcadia feliz que algunos imaginan se basa en entidades autogestionadas de pequeño o mediano tamaño (comunidades egalitarias como las que cita Haydn). El problema es llevar ese esquema a una entidad tan grande y diversa como la que puede ser un Estado o Nación. En cierto modo, sería recuperar el pensamiento político y filosófico de Bakunin.

    • José Manuel Lechado
      José Manuel Lechado Abril 11, 2013

      El canibalismo no es universal, y de hecho es más propio de sociedades ya asentadas, como los caribes, los papúes y, por cierto, ciertas civilizaciones, como las centroamericanas.
      La selección de la progenie ha sido cosa común hasta hoy mismo: Alemania o Suecia exterminaban niños “anormales” hace sesenta años; en China y otros lugares se tiende a eliminar a las niñas… Lo hizo Esparta. La diferencia es que una sociedad civilizada puede permitirse el lujo de mantener personas inválidas, lo cual es más difícil, sin duda, en el nomadismo.
      Respecto al buen salvaje, he insistido en el artículo y en varias respuestas que no es en absoluto mi guía. Me doy cuenta de las limitaciones que impone la Naturaleza a la supervivencia en este planeta, y creo que la civilización es un buen invento para superarlas: sólo que se ha desarrollado mal.
      No creo que sea necesario regresar a utopías agrícolas, que el campo es muy duro. Pero sí diría, en última instancia, qué necesidad hay de organizarse en estados o naciones. Yo, desde luego, no moriré por besar ninguna sucia bandera.

      • José Manuel Lechado
        José Manuel Lechado Abril 11, 2013

        Por cierto… Un lector ha reconocido tesis marxistas en este articulo, y otro de Bakunin. Al parecer he conseguido la cuadratura del círculo.

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