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Mucho más que cifras y porcentajes

Paco Bello | Iniciativa Debate | 09/04/2013

Cuánto da de sí una simple estadística. Sin ponernos las antiparras y la cara de calcular, y casi al socaire, se puede abrir ante nosotros a poco que los datos ayuden (y ahora más que ayudar, ciegan), todo un mundo de fanatismos, ignorancia, intereses, y lados oscuros.

Para explicar mejor lo que quiero exponer, vamos a mostrar primero, y en relación a los partidos, el panorama sociopolítico según las últimas encuestas publicadas. Y lo vamos a hacer con un dato que no suele calcularse, al menos, no como vamos a hacerlo.

De cada 10 ciudadanos con derecho a participar, en este momento votarían a partidos políticos a nivel de Estado español un total de:

Partido Popular: 1,3
Izquierda Unida: 1
Partido Socialista: 0,9
Unión Progreso y Democracia: 0,7
Convergència i Unió: 0,1
Esquerra Republicana de Catalunya: 0,1
Otros Partidos: 0,6

Lo que significa que 4,7 de cada 10 personas optarían por ser representados por alguno de los partidos existentes, y 5,3 de cada 10 personas no lo haría.

Es cierto que son cifras extraordinarias, pero no existen motivos racionales para desconfiar del método de pronóstico utilizado (un método que se ha mostrado preciso hasta el día de hoy), de no ser que a alguien le moleste particularmente el significado de lo reflejado en ellas.

Si tomamos como referencia (para demostrar su validez) los datos previos a las elecciones de noviembre de 2011 que ofrece la misma empresa, veremos lo siguiente:

Intención de voto octubre de 2011.

De cada 10 personas con derecho a voto, tenían intención de votar a los siguientes partidos un total de:

Partido Popular: 3
Partido Socialista: 1,8
Izquierda Unida: 0.6
Unión Progreso y Democracia: 0,3
Convergència i Unió: 0,2
Esquerra Republicana de Catalunya: 0,1
Otros Partidos: 0,6

La suma nos muestra que 6,6 de cada 10 personas tenía la intención de otorgar su voto y su voluntad a alguno de los partidos que se presentaban a elección (insisto en que este particular no se calcula, aunque evidentemente puede hacerse). Los datos definitivos mostraron que fueron 6,7 las personas que lo hicieron. Esto supone una desviación de 0,1 puntos sobre la previsión, algo que en realidad se debe más a la no inclusión del segundo decimal que a insignificantes fallos de la propia encuesta. Si hacemos el mismo cálculo con encuestas de pasadas elecciones, comprobaremos el mismo grado de aproximación. En definitiva: las encuestas, si siguen un proceso común y objetivo, y máxime al tratar de centrarnos en un dato secundario, sí son perfectamente válidas para adelantar al resultado de participación.

Con todo, y por más significativo que nos parezca el producto de la muestra (que lo es), no deja de ser algo anecdótico comparado con lo que se infiere del tratamiento que se le está dando.

Si hacemos una panorámica del escenario social, podremos concluir que el pueblo se ha desmarcado en su mayoría del teatro de la política de partidos actual. Podremos asegurar que nunca ha estado tan barato ganar unas elecciones. Y podremos además constatar, y esto sí es grave: que los que verdaderamente viven en un universo paralelo son los partidos.

Hablando de ellos. El partido que gobierna ahora, y que contó en el momento de las elecciones con el respaldo de 3 de cada 10 habitantes del estado Español con derecho a voto (3*3,6= 10,8 millones de votos), cuenta ahora mismo con el respaldo de 1,3 de cada 10 ciudadanos. En este caso si multiplicásemos ese 1,3 por los 3,6 millones de votos que corresponden a cada unidad, tendríamos un resultado de 4.680.000 votos que es aproximadamente lo que reflejan todas las encuestas (hay que decir que este cálculo no es en absoluto ortodoxo, y que, especialmente en muestras menores, precisaría técnicas correctivas). Pues bien, pese a que la cifra sería inferior a la mitad de lo que hasta hoy ha sido necesario en este país para ser el partido más votado en unas elecciones generales: al PP le sería suficiente para repetir como vencedor de esas hipotéticas elecciones.

Evidentemente esta circunstancia no afecta únicamente al PP, sino a todos los partidos. Pues al bajar de esta forma la participación, también lo hacen los requisitos para lograr buenos resultados. De hecho, en unas elecciones que se celebrasen mañana, y dependiendo del reparto del sufragio, podría incluso lograr la mayoría absoluta un partido con solo 5 millones de votos. O lo que es lo mismo: un partido que representara al 14% del electorado podría imponer su política a toda la población (y pudiera ser un partido xenófobo, por ejemplo). Hay que decir que la tendencia parece marcar un aumento de la abstención, y que con ello también disminuirán esos requisitos que estamos calculando.

Esta es nuestra “democracia”. Este es el peligro de no contar con ninguna otra herramienta para hacer valer nuestra voluntad. Más allá de defectuosas leyes electorales y otras cosas de mirar, lo que determina la diferencia entre una dictadura y una democracia es disponer o no de cauces de participación para hacer valer la “constitucional” soberanía del pueblo en los asuntos de Estado en cualquier momento.

Este sistema “que nos hemos dado” (cuando en realidad la decisión era entre dictadura o disfrablanda), y que tiene que ser aceptado sin que ningún menor de 53 años lo haya elegido, tiene la graciosa particularidad de requerir nuestra participación para evitar que tome el control absoluto algún grupo de indeseables, y también la graciosa particularidad de que si participamos acabará gobernando un grupo de indeseables.

Vamos un poco más allá. El grado de participación en realidad no tiene ninguna importancia, pues como mucho, al ser bajo solo hace más evidentes los graves defectos democráticos del actual sistema. La dictadura de este régimen de partidos es exactamente la misma con mucha o poca participación.

Ahora que se nos ha roto el mito de la fidelidad del votante del PP, tan decepcionado y desencantado como ya le ocurrió al votante del PSOE, será más sencillo exponer la gran mentira de esta oligarquía disfrazada de demócrata.

Nos hemos pasado la vida defendiendo una siglas como el que defiende el escudo de su equipo de fútbol. No nos hemos parado a pensar que el votante de cualquier partido no tenía por qué estar de acuerdo con todas las medidas que este adoptaba o dejaba de adoptar. Y es que es más que probable, que si se hubieran sometido a referéndum las que hacían referencia a sector financiero, sanidad, educación, derechos laborales, vivienda, protección social, etc, no hubieran salido adelante, porque en la mayor parte de los casos perjudicaban tanto a unos votantes como a otros. Hoy, esto, ya queda reflejado en la desafección que muestran las encuestas.

Resumiendo, el cortijo seguirá siendo cortijo hasta que no se tire abajo y se vuelva a levantar con otros cimientos. La democracia no es aceptar la voluntad de los “representantes” de la mayoría (pues no es la voluntad de una mayoría que ya no tiene control sobre esos representantes), y mucho menos es aceptar la voluntad de los “representantes” de una minoría.

No tenemos la obligación de votar a un partido, porque puede que no confiemos en ninguno, y no tenemos tampoco la obligación siquiera ética de aceptar las imposiciones de los emancipados representantes del 14% del electorado. Debe empezar a terminar eso de delegar por imposición nuestra potestad. Debe empezar a terminar eso de aceptar “paquetes ideológicos” cuatrienales en forma de promesas, pues por si fuera poco lo que eso significa, encima tampoco se cumplen, ni podemos hacer que se cumplan. Debe empezar a terminar la división de la política en partidos tal y como los conocemos, porque acaban siendo nichos de poder donde los representados no dejan de ser un objeto a comprar con mentiras y que como todo objeto deja de tener valor una vez lo posees.

Y debe empezar a terminar también el confiar en la buena voluntad de esos partidos que parecen diferentes (cuestión de fe y esperanza) para pasar a ejercer la nuestra en cualquier asunto que nos afecte. Sus cúpulas son todas iguales en el fondo, y lo son porque el sistema condiciona ese comportamiento. Vamos a desengañarnos, ninguno merece nuestra confianza. Ayer, como muestra, pude leer algo que me produjo un sarpullido, porque existe la inocente suposición que de estos se puede esperar algo diferente:

twitt

Aquí se puede comprobar hasta qué punto les importa tener apoyo y representar la voluntad del pueblo, o hasta qué punto lo que quieren es aumentar su cuota de influencia. La autocrítica se perdió por el sumidero de su vergüenza.

Es sintomático el comentario de Amanda Meyer. Y no, querida, no es por lo carismáticos, ilusionantes, competentes y magníficos que sois, sino por lo extraordinariamente nefastos que son los demás. De hecho, os tendría que hacer sonrojar que solo hayáis logrado recoger el descontento de una mínima minoría en un momento tan propicio como este (y aquí se entiende mejor el comentario de Pablo Iglesias, aunque en realidad es más profundo y oscuro), que tanta gente prefiera la abstención que votaros a vosotros, y que no os planteéis lo patético que resulta vanagloriarse de algo así. Pero oye, que podéis estar orgullosos: si los demás siguen perdiendo apoyo, puede que hasta logréis el liderato de la oposición en las próximas elecciones sin mojaros el culo, y todo gracias al inestimable y decisivo apoyo de una de cada diez personas.

Mejor dejar estos temas porque va a parecer, y no lo quisiera, que esto es un texto pesimista. Todo lo contrario. No tenemos muchas salidas, o quizá para ser más precisos, no tenemos más recurso que el que se está adoptando, y hasta así no deja de resultar esperanzador.

No creo que nadie se deje convencer a estas alturas por la insistente opinión “democratizadora” de los grandes medios de comunicación, y no creo que las campañas con las que invadirán en su momento todos los espacios informativos tengan mayor efecto que el de un murmullo y una brisa con aroma de falsa promesa. Supongo que si no ocurre algo extraordinario, no cambiará la percepción de la gente sobre estos políticos (ni sobre sus renovadores recambios), y deberemos esperar hasta 2015 para ver el resultado de este nuevo paradigma (no parecía este el que esperábamos). Después ya veremos lo que ocurre, porque puede resultar insostenible lidiar a la vez con las exigencias de los grandes poderes económicos (representados por Bruselas, el BCE y la Frau), y al mismo tiempo con una manifiesta ilegitimidad demasiado evidente hasta para estos políticos. O puede, que lo mismo que cualquiera puede hacer esta prospectiva, ellos también lo prevean, y empecemos a ver cambios para suavizar esa demolición controlada del estado social intentando reconducir la situación.

Nos estamos moviendo por el interior de un volcán a punto de erupción, y pese a todo, es siempre mejor que continuar transitando por el patio de las almas. O como mínimo, es mucho más interesante. Estaremos atentos.

Documentación

informe clima social 29 oleada noviembre 2011

INFORME Clima Social 28ª Oleada octubre-2011

clima social 45 marzo 2013

clima social 33 marzo 2012

2 Comments

  1. Victor
    Victor 9 abril, 2013

    Me ha gustado bastante el artículo. Lo único en lo que creo que exageras es que haya un partido extremista en España que sea capaz de aglutinar 3, 4 o 5 millones de votos. El caso de Grecia dudo que se dé aquí. Si no, ya los tendríamos mostrando la cabeza.

    Además, el PPSOE, incluso cadáveres, seguirán teniendo algunos millones. Los suficientes para evitar esta situación, pero demasiados pocos como para conseguir legitimación.

    Y solo como última reflexión. Con toda la que ha caído y está cayendo… ¿no es el PP un partido muy cercano al extremismo?

    • Paco Bello
      Paco Bello 9 abril, 2013

      Lo doy como posibilidad buscando precisamente un comentario como el tuyo. Chapó.

      Sabemos que aquí son mucho más sutiles y más «civilizados».

      Un cordial saludo, Víctor.

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