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Pater, dimitte illis


DNI_infanta_Morgan

Carlos Delgado | Iniciativa Debate| 19.6.2013

Parece una ficción de república bananera, pero no lo es. Es real. Doblemente real, pues además de ser cierto, concierne a la regia familia blasonada que ocupa la jefatura del Estado: la Agencia Tributaria ha cometido “un error” al involucrar a la presunta defraudadora hija del Campechano en jefe, Cristina de Borbón, en la venta de unas propiedades que realmente no eran suyas. El desliz, según nuestros mandamases recaudatorios, no hay que achacárselo al Fisco, sino a “terceros”.

Pretende este Gobierno de sátrapas, a través de su Ministerio de Hacienda, que nos creamos que los distintos notarios y registradores de la propiedad (no puede haber otros terceros) que tramitaron las 13 transmisiones patrimoniales que han dado lugar al escándalo cometieron todos el mismo error en diferentes oficinas. Una vez cometido este error múltiple –siempre según la versión oficial– dichos terceros procedieron a remitir la información con un DNI incorrecto (aunque de dos cifras) a la Agencia Tributaria. En cuanto los tuvo en su poder, la inocente Agencia se limitó a ponerles a esos datos el sello oficial y remitirlos diligentemente en forma y plazo al juez instructor que los había solicitado. Los sabuesos de Hacienda no verificaron nada antes de firmarlo, porque no lo consideraron necesario; todo el mundo sabe que notarios y registradores son españoles de bien. Tampoco nadie, ningún alto funcionario, inspector, subinspector, administrativo ni becario fotocopiador de la Agencia reparó en el nombre de la contribuyente; todo el mundo sabe que “Borbón y Grecia, Cristina de” es un nombre muy corriente. Y de ahí, todo el lío. Un lío que podía haberse evitado si no se hubieran perdido las formas y se hubiera llamado a la insigne contribuyente implicada por su nombre completo, conforme a nuestra gloriosa tradición: Su Alteza Real Doña Cristina Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad de Borbón y Grecia, Infanta de España, Duquesa de Palma de Mallorca y medallista consorte (bronce) de balonmano en Sydney 2000.

«Pater, dimitte illis, non enim sciunt quid regerunt». Padre, perdónalos, porque no saben lo que registran (Lucas 23,34 actualizado). Algo así es lo que han querido decir, para tranquilizarnos, nuestros gobernantes. Para tranquilizarnos y, de paso, para dejar claro que nos toman a todos por gilipollas (tarde o temprano tendremos que reflexionar cada cual sobre la pavorosa posibilidad de que tengan razón). Porque, desde luego, la excusa de la Agencia Tributaria es lo más peregrino e inverosímil que he oído en mucho tiempo. Suena a ‘el perro se ha comido mis deberes’. Es más: si le hubieran negado esos papeles al juez, diciendo que se los había comido el perro, o el hámster, o incluso el unicornio, habría resultado más creíble.

Con este real asunto se desayunaban ayer al unísono los principales periódicos de la Meseta. Al hojearlos, descubrí con sorpresa que tenían al respecto una opinión muy parecida a la mía: la Agencia Tributaria miente y se ríe de los contribuyentes. No es que ello me preocupara, porque estoy segurísimo de no haber cedido un milímetro en mis convicciones republicanas, pero sí me asaltó un cierto estupor al encontrarme compartiendo conclusiones, y en tema tan regio, con el editorial de un medio tan promonárquico como ABC. El estupor pasó a ser inquieta desazón cuando vi que Pedro Jota Calvorota en las páginas de El Mundo padecía mis mismas incredulidad e indignación. Y ya, cuando en ese mismo periódico me topé con una columna de tono similar firmada por el mismísimo Losantos, la desazón se convirtió en una zozobra fría que se me instaló en el espinazo. ¿Cómo puedo yo estar de acuerdo con ese botarate intelectual, iluso aprendiz de Maeztu?, me preguntaba. ¿Me habré contagiado con el virus de la caverna? Me armé de valor y leí la columna entera para cerciorarme. No cabía ninguna duda: en su singular estilo condescendiente, propio de quien se ve incapaz de disimular el altísimo concepto que tiene de su persona y su prosa, el paleto turolense repartía estopa a la Agencia Tributaria con su zafiedad habitual, aunque esta vez, más a diestro que a siniestro. De muestra, este botón con una advertencia: quien quiera leer on-line la opinión completa, deberá apoquinar los 89 céntimos que su editor cree que vale.

Por fortuna, esta mañana al leer El País he comprobado que a José María Izquierdo le extrañaba tanto como a mí su coincidencia de pareceres con la caverna. Y ya me he quedado más tranquilo…, aunque no mucho más.

Al margen de tan perturbadoras casualidades, me sigue quedando claro que lo de los líos de la infanta con Hacienda y con la Justicia no es más que el último acto del sainete que, día sí, día también, ordena representar este Gobierno desde los telediarios. Por el escenario de nuestros digitalizados televisores va pasando todo el elenco de protagonistas, y si el libreto ya es malo de solemnidad, la calidad de las actuaciones –con notables excepciones– oscila entre lo pésimo y lo abominable.

A la infanta, por ejemplo, con una educación superior pagada con los Presupuestos Generales del Estado y una cohorte de asesores fiscales y legales a su servicio, le viene algo grande el papel de tonta del bote que no sabe lo que firma. Aunque hay que reconocer que su rol era el más difícil: hacerse pasar por la administradora de una empresa de turbios manejos, accionista con puesto en el consejo y esposa y madre de otros accionistas, que no tiene ni idea de nada es todo un reto interpretativo del que ni  Susan Sarandon saldría bien parada. Por suerte para la infanta y para la historia del vodevil, su personaje no tiene diálogos, de momento. En cambio, los anónimos jubilados octogenarios con demencia senil quedan muy creíbles en su papel de avezados inversores a la firma y captura de participaciones preferentes.

Y suma y sigue. Bárcenas, Blesas, Ratos, Correas, Fabras, Campses, Urdangarines, Borbones, Gúrteles, Brugales, Nooses y una horda infinita de presuntos sinvergüenzas de nacionalidad española desfilan por delante de nuestro sofá exhibiendo con jactancia y sin pudor su impunidad en alta definición. Mientras, el Pueblo, pío y creyente, va recitando sumiso su monótona cantinela, a modo de litúrgica respuesta a un salmo responsorial:

Te alabamos, Señor, de todos modos;

la Justicia es igual para todos.

¡¡¡Y una mierda!!!

9 Comments

  1. lamareenoire
    lamareenoire 19 junio, 2013

    Dices Carlos que «tarde o temprano tendremos que reflexionar cada cual sobre la pavorosa posibilidad de que tengan razón» y de que resultemos ser gilipollas… Aquí una ya ha reflexionado: somos gilipollas!

    Salud

    • Carlos
      Carlos 19 junio, 2013

      Yo estoy convencido de que gilipollas somos casi todos, Lamarée. Como tampoco me cabe duda de que nuestra condición de gilipollas conscientes de nuestra gilipollez nos convierte en gilipollas aventajados. Pero gilipollas, al fin y al cabo.

  2. Paco Bello
    Paco Bello 19 junio, 2013

    Te has pasado, lo del unicornio no es creíble… mmm, un ornitorrinco sí podría colar (porque existe y tiene dientes, creo).

    Esto es de traca, y lo malo es que no tiene solución. Pero lo que es verdad es que ha dejado de ser divertido el descaro con el que actúan de 2010 para acá. Antes al menos se lo curraban un poco más, pero ahora nos insultan directamente, y eso empieza a tocar los cojones.

    Muy bueno, amigo. Pero eso no te da plazo con el otro… ¡que lo sepas! 🙂

    • Carlos
      Carlos 19 junio, 2013

      Efectivamente, tanto descaro ya empieza a resultar incómodo para el escroto.

      En cuanto al otro, ya me conoces: lento pero inseguro.

  3. Mandarina
    Mandarina 19 junio, 2013

    Buenísimo… me ha sacado la sonrisa del día (que parecía estar huída). Y, efectivamente, se nos va quedando carita de «gilis», sin poderlo remediar…

    • Carlos
      Carlos 20 junio, 2013

      Lo celebro, amiga. Lo de tu sonrisa, digo. 🙂

  4. jesus escola
    jesus escola 21 junio, 2013

    Realmente, valga la redundancia, encantador. Es increible que cosas que, como esta y muchas otras que llenarian una lista inacabable, ocurren en nuestra cotidianeidad no nos lleven a una profunda reflexion que desemboque en una clara comprension de lo que realmente, otra vez, nos estan haciendo. Es una verdadera lastima que, como la comprension es poca, solo estemos capacitados para aprender a traves del dolor, el que nos provocan con su actuar aquellos que dicen y deberian cuidar de nosotros y nuestros intereses comunes.
    Menos mal que siempre nos queda el recurso del humor, que al final es lo que mas asusta a los poderosos porque a lo que mas temen es al ridiculo, I del que has sido un verdadero, amargo, maestro en este articulo.
    Salud

    • Carlos
      Carlos 22 junio, 2013

      Pues si les da miedo el ridículo, en este asunto tiene que haber más de uno acojonadito perdido.

      Gracias por las flores, Jesús.

  5. Lucía
    Lucía 23 junio, 2013

    Por lo visto la corrrupción es contagiosa como el sarampión.

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