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Por qué es una vergüenza el naufragio de Lampedusa

Vicent Montagud | Hotel Palestina | 6/10/2013

Hasta los vigilantes fronterizos de Lampedusa, acostumbrados a los naufragios, lloraban a lágrima viva al llegar a puerto. La diferencia, esta vez, era el número de víctimas. Tres centenares de personas habían muerto al naufragar una barcaza. Entre las víctimas había mujeres embarazadas y muchos niños. Algunos, con zapatos nuevos, un doloroso símbolo de esperanza en una vida mejor. Demasiado triste incluso para los equipos de salvamento

El naufragio de Lampedusa ha tenido impacto mundial por el número de víctimas y, también, porque el Papa Francisco ha encontrado la palabra adecuada para condenarlo. Porque no es una catástrofe natural, como los huracanes o los terremotos, imposibles de prever. Tampoco es sólo una tragedia. La muerte de 300 personas ahogadas intentando llegar a Europa, como dijo el pontífice, es una vergüenza. Estas son, creo, algunas razones:

Cuántos vienen

No es cierto, como se ha publicado, que se esté produciendo una avalancha de inmigrantes y refugiados que amenace la seguridad y la estabilidad de la Unión Europea. De hecho, en 2012 se redujeron el 49%, según el informe Annual Risk Analysis 2013 de Frontex.  El año pasado entraron ilegalmente en Europa 73.000 personas. Por primera vez, desde que hay estadísticas fiables, son menos de 100.000. Y la caída es especialmente significativa en el Mediterráneo central. El flujo migratorio que finaliza en Italia, procedente del norte de África, ha disminuido el 82%.

Llegan menos personas, sobre todo, por el incremento de las medidas de seguridad en la frontera sur de Europa. Pero, también, por la colaboración de los gobiernos del Magreb. Como resultado, hay miles de personas sobreviviendo al acoso de las fuerzas de seguridad de países como Argelia o Marruecos, y sólo se atreven a saltar el muro –cada vez más alto- los más desesperados.

De dónde vienen

La mayoría de los que entran en Europa de forma irregular proceden de Afganistán (18%), aunque en 2012 se disparó el 389% la llegada de sirios y aumentó también de forma considerable la llegada de libios, somalíes y eritreos. Por tanto, no sólo vienen buscando una vida mejor: huyen de una guerra civil sangrienta (Siria), de un estado casi fallido (Libia), de una dictadura hermética y asfixiante (Eritrea) o del desastre total (Somalia). La mayoría no buscan instalarse entre nosotros para fundar una familia y progresar. Buscan la supervivencia.

Qué falla en la Unión Europea

La muerte de estos inocentes en el Mediterráneo es una vergüenza para la Unión Europea porque demuestra su fracaso en el cometido más importante de cualquier gobierno nacional o supranacional: garantizar el derecho a la vida de las personas.  Es cierto que las misiones operativas como Frontex han rescatado a 16.000 náufragos en el Mediterráneo durante los dos últimos años pero son decenas de miles -nadie sabe cuántos con exactitud- los que han muerto. Y la Unión es capaz de consensuar hasta el tamaño mínimo de los calabacines para la exportación, pero no algo tan fundamental como las políticas migratorias, de las que dependen vidas humanas.

La responsabilidad de los gobiernos

Gracias a esta falta de acuerdo en la UE –responsabilidad de los países miembros- es posible que una ley obligue en Italia a dejar morir a personas en el mar de Lampedusa,  que el gobierno socialdemócrata de Francia expulse en autobuses a ciudadanos europeosde etnia gitana o que en España un ciudadano polaco de 23 años y 30 kilos de peso muera de desnutrición en un albergue después de recibir el alta médica en el hospital Virgen del Rocío. Hay muchos más ejemplos.

El papel de los medios de comunicación

En el fondo, todo ello es posible porque también a los ciudadanos que elegimos a nuestros gobiernos nos cuesta situarnos en el lugar del Otro, especialmente si tiene un color de piel o una religión diferentes. Dirán que ahora me deslizo por la demagogia, pero ¿qué hubiera pasado si en vez de una barcaza con 500 inmigrantes y refugiados se hubiera hundido un crucero de lujo con 500 turistas occidentales? Habría enviados especiales de los medios de comunicación en Lampedusa durante semanas.

También los medios de comunicación tienen su parte de culpa. Decía Aldous Huxley que “sesenta y cuatro mil repeticiones hacen la verdad”. Y a fuerza de repetir que todas las personas que llegan en barcazas desde el norte de África son “inmigrantes” acabamos olvidando que muchos de ellos son en verdad refugiados o solicitan asilo y tienen derecho a una protección jurídica mayor porque está en riesgo su vida.

“Nosotros” frente a “ellos”

Seguimos publicando que los extranjeros llegan en “avalanchas”, “oleadas” o “asaltos masivos”, aunque no sean más de 40 ó 50 personas las que se han dejado la piel en las alambradas de Ceuta o Melilla. En cambio, no utilizamos los mismos términos para referirnos a los 700.000 españoles han tenido que salir del país por culpa de la crisis, ciudadanos que han optado por la “movilidad exterior”. Esta contraposición entre la imagen mediática de “nosotros” y de “ellos” también está en el origen de la falta de empatía ante las tragedias recuerrentes en el Mediterráneo.

Todos los países tienen derecho a proteger su seguridad pero llama la atención que en este mundo ahora ya casi totalmente globalizado sea imposible consensuar unas normas más eficaces para impedir tantas muertes. Como, por ejemplo, la concesión de visados por razones humanitarias. Todos somos responsables en mayor o menos medida en los diferentes estratos de la vida pública. Aunque sea por omisión. Por eso decía el Papa que el naufragio de Lampedusa es una vergüenza. Una vergüenza que simbolizan los zapatos nuevos de esos niños ahogados en Lampedusa.

Fuente: Blog del autor

Un Comentario

  1. Fernandosegundo
    Fernandosegundo 9 octubre, 2013

    ¿Me estaré volviendo papista?.
    Creo que va a ser la primera vez en mi vida que le doy la razón y expreso mi admiración a las palabras de un Papa. Varias veces me he quedado con ganas de hacerlo a causa de su postura en referencia a temas que hasta la fecha significaban para la Iglesia líneas rojas o mejor, muros del bunker en el que se refugiaban y peor aún, intentaban meter a toda la humanidad. Yo no sé lo que va a pasar en la Iglesia ni lo que le va a pasar al Papa Francisco, ni tampoco cual pueda ser el pensamiento último de la institución (por mucho que lo intento no puedo creer en su honradez), pero que este Papa está resultando una conmoción en el catolicismo lo tengo clarísimo.

    De lo que ha ocurrido en Lampedusa él es quien ha encontrado la palabra justa, la más adecuada; UNA VERGÜENZA PARA LA HUMANIDAD. No solo para los políticos que inventan leyes en las que se castiga la ayuda humanitaria, ni para sus dueños que los utilizan como marionetas para sus intereses, ni para los policías que te detienen si te descubren ayudando, ni para los jueces que te castigan, esta vergüenza nos alcanza a todos, a los que no hacen nada y a los que hacemos, o creemos hacer algo, pero no lo suficiente para cambiar este Mundo de mierda en el que vivimos. Esta vez la vergüenza no podemos sentirla como algo ajeno, lejano si no como propia. Yo por lo menos así la siento.

    Permitidme que repita dos escenas de mi relato “Niñeces” que parece que las hubiera escrito para la ocasión.

    Cuando Adi fue despertado por su madre aquella madrugada antes de amanecer no sabía que le esperaban casi 20 días de viaje por el desierto. No le dió tiempo de recoger sus cosas pero como no tenía muchas, tampoco se lamentó. Su madre ya había empaquetado todo lo mas necesario en un gran fardo que cargó sobre su cabeza mientras Adi mantenía en sus brazos a su hermanita de poco mas de un año. Adi cargó con una mochila con algunos trozos de torta y una cantimplora de agua. Lo que no olvidó Adi fue su juguete preferido, una caja de galletas de ojalata que tenía la facultad de convertirse lo mismo en un avión que en un coche e incluso en un camello. A su hermanito Aziz, 3 años menor que él tuvieron que hacerle andar casi sin despertarse. No podían perder la estela de las otras tres familias que habían decidido abandonar el poblado en busca del campo de refugiados de Dagahaley donde se decía que había de todo. Su padre se había marchado ya hacía mas de un año cuando comenzó la hambruna sin siquiera conocer a su hija.

    Largos y penosos días caminaron. Lo hacían desde antes del amanecer hasta media mañana. Cuando encontraban una sombra descansaban, bebían algo de agua y comían de las provisiones mientras quedaron, después buscaban raices o algo parecido a frutos. Las cuatro familias iban siempre unidas y se apoyaban unas a otras. A media tarde volvían a caminar hasta que se ponía el sol. Entonces encendían fuego y pasaban la noche. Aziz estaba cada día mas débil y casi no podía caminar. Un vecino solía cargarlo a ratos. El día antes de llegar al campo ya no se levantó. Había muerto.

    Adi hubiera jurado que antes de llevarlo junto al montón de piedras que le sirvió de sepultura Aziz le había mirado.

    Mahmud no podía comprender porqué su hermano Jusuf hacía tanto tiempo que no escribía. Durante los dos primeros años llegaban a la aldehuela postales de los sitios por donde iba pasando en su largo recorrido hacia Europa. Eran fotos preciosas que le llenaban de esperanza y de impaciencia. No veía correr los días ni los meses esperando a poder saltar tras de su hermano 4 años mayor que él. Soñaba con el día del encuentro en Francia o en España. Seguro que entre los dos pronto podrían pagar el pasaje para toda la familia. Qué hermoso sería poder vivir con sus padres en una de aquellas casas tan bonitas que había visto tantas veces en la televisión. Y sus hermanitos yendo a la escuela con sus uniformes…

    Las últimas noticias que tuvieron de Jusuf las trajo su amigo Mohamed cuando volvió medio lisiado de la aventura migratoria que emprendieron juntos. Mohamed intentó saltar la valla de Ceuta por segunda vez. En la primera no lo consiguió, pero tampoco la policía marroquí pudo atraparlo. En la segunda tuvo peor suerte. Al quedar enganchado su pantalón en lo alto de la alambrada, cayó y al parecer se rompió la pierna izquierda. Se arrastró hasta un contenedor de basura y allí se metió hasta que pasó el peligro de ser descubierto. Ya de noche consiguió llegar hasta el bosquecillo donde se reunían los candidatos a saltar la valla y allí le hicieron una cura rudimentaria con tablas. De los dolores sufridos durante la huida y la cura prefiere no hablar. Solo habla de la solidaridad y el cariño que le mostraron sus compañeros. Después de un mes pudo volver
    a caminar pero aquella pierna ya nunca volvió a ser lo que era. Comprendió que la emigración para él había terminado.

    Él fue quien contó a la familia de Mahmud que Jusuf consiguió trabajar durante casi 2 meses en la recogida de naranja en Marruecos y con aquel dinero se pagó el pasaje por el Estrecho hasta España. Jusuf salió 2 noches antes del primer salto de valla de Mohamed. Pero de ésto ya hacía casi 2 años…

    No, Mahmud no conseguía comprender porqué su hermano no le escribía.

    Un saludo a tod@s.

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