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Hablan los torturados por el franquismo

Varios torturados durante el franquismo narran las torturas a las que fueron sometidos por la policía española en Asturias.

La Justicia española ha devuelto recientemente el pasaporte a «Billy, El Niño», policía español acusado por torturas por la Justicia argentina, que pide su extradición para ser juzgado allí por sus crímenes ante la falta de procesos judiciales en España.

Rubén Vega · Alejandro Zapico | Periodismo Humano | 11/04/20414

De forma similar a la violación, la tortura constituye un crimen estigmatizador que pesa sobre las víctimas, creando una situación de doble injusticia en la que a las vejaciones sufridas se añade el carácter vergonzante que puede llegar a tener para quienes la sufrieron. Cuando hechos tales suceden en el marco de una dictadura, la acción legal en busca de justicia para las víctimas y castigo para los torturadores resulta inviable. Pero incluso más allá de la pervivencia de un régimen dictatorial, del trauma que representa una experiencia de este tipo y del silencio a que frecuentemente da lugar se deriva la impunidad de los perpetradores, no ya en el plano judicial sino también en el social. De este modo, quienes han violado reiteradamente los derechos humanos pueden aparecer como probos servidores del Estado y eficientes funcionarios sin tacha, en tanto que sus víctimas arrastran, a menudo para el resto de sus vidas, la merma de autoestima y la ausencia de reconocimiento y de reparación.

Contrarrestar estos fenómenos requiere una labor de restitución de la verdad, documentando históricamente los hechos con el debido rigor, afirmando socialmente una memoria reparadora de la injusticia, reivindicando el sufrimiento de las víctimas y otorgándoles la palabra para que puedan hacer oír su voz. Si son portadores de un trauma acrecentado por el silencio y el olvido, cabe apelar al poder terapéutico de la palabra como medio de superación. Y, al mismo tiempo, realizar socialmente un ejercicio de higiene democrática.

2 Comments

  1. A todos esos defensores de “la no violencia”, que le harías si tuvierais ocasión y hubierais pasado vosotros, o algún ser querido, por las manos de unos de estos sádicos hijos de la gran puta. Le pondríais la otra mejilla.

  2. Indignado
    Indignado 18 abril, 2014

    Yo siento mucho no coincidir con el pacifismo contemporáneo en su apatía hacia la fuerza; sin ella no habría habido nada de lo que más nos importa en el pasado, y si la excluimos del porvenir sólo podremos imaginar una
    humanidad caótica. Pero también es cierto que con sólo la fuerza no se ha hecho nunca cosa que merezca la pena.

    Solitaria, la violencia fragua pseudoIncorporaciones(invasiones) que duran breve tiempo y fenecen sin dejar rastro histórico apreciable. ¿No salta a la vista la diferencia entre esos efímeros conglomerados de pueblos y las verdaderas, sustanciales incorporaciones? Compárense imperios mongólicos de Genghis-Kahn o Timur con la Roma antigua y las modernas naciones de Occidente. En la jerarquía de la violencia, una figura como la de Genhis-Khan es insuperable. ¿Qué son Alejandro, César o Napoleón, emparejados con el terrible genio de Tartaria, el sobrehumano nómada, domador de medio mundo, que lleva su yurta cosida en la estepa desde el Extremo Oriente a los contrafuertes del Caucaso? Frente al Khan tremebundo, que no sabe leer ni escribir, que ignora todas las religiones y desconoce todas las ideas, Alejandro, César, Napoleón son propagandistas de la «Salvation Army». Mas el Imperio tártaro dura cuanto la vida del herrero que lo lañó con el hierro de su espada; la obra de César, en cambio, duró siglos y repercutió en milenios.
    En toda auténtica «incorporación», la fuerza tiene un carácter adjetivo. La potencia verdaderamente sustantiva que impulsa y nutre el proceso es siempre un «dogma» nacional, «un proyecto sugestivo de vida en común». Repudiemos toda interpretación estática de la convivencia nacional y sepamos entenderla dinámicamente. No viven juntas las gentes sin más ni más, y porque sí; esa cohesión «a priori» sólo existe en la familia. Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven «por estar» juntos, sino «para hacer» juntos algo.
    No es el ayer, el pretérito, el haber tradicional, lo decisivo para que una nación exista. Este error nace, como
    ya he indicado, de buscar en la familia, en la comunidad nativa, previa, ancestral, en el pasado, en suma, el origen del Estado. Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana.

    En cuanto a la fuerza, no es difícil determinar su misión. Por muy profunda que sea la necesidad histórica de la unión entre dos pueblos, se oponen a ella intereses particulares,caprichos, vilezas, pasiones y, más que todo esto, prejuicios colectivos instalados en la superficie del alma popular que va a aparecer como sometida. Vano fuera el intento de vencer tales rémoras con la persuasión que emana
    de los razonamientos. Contra ellas sólo es eficaz el poder de la fuerza, la gran cirugía histórica.

    Es, pues, la misión de ésta resueltamente adjetiva y secundaria, pero en modo alguno desdeñable. Desde hace un siglo padece Europa una perniciosa propaganda en desprestigio de la fuerza. Sus raíces, hondas y sutiles, provienen de aquellas bases de la cultura moderna que tienen un valor más circunstancial, limitado y digno de superación.
    Ello es que se ha conseguido imponer a la opinión pública europea una idea falsa sobre lo que es la fuerza de las
    armas. Se la ha presentado como cosa infrahumana y torpe residuo de la animalidad persistente en el hombre. Se ha
    hecho de la fuerza lo contrapuesto al espíritu, o, cuando más, una manifestación espiritual de carácter inferior.

    El buen Heriberto Spencer, expresión tan vulgar como sincera de su nación y de su época, opuso al «espíritu
    guerrero» el «espíritu industrial», y afirmó que era éste un absoluto progreso en comparación con aquél. Fórmula
    tal halagada sobremanera los instintos de la burguesía imperante, pero nosotros deberíamos someterla a una severa
    revisión. Nada es, en efecto, más remoto de la verdad. La «ética» industrial, es decir, el conjunto de sentimientos, normas, estimaciones y principios que rigen, inspiran y nutren la actividad industrial, es moral y vitalmente inferior a la «ética» del guerrero. Gobierna a la industria el principio de la utilidad, en tanto que los ejércitos nacen del entusiasmo. En la colectividad industrial se asocian los hombres mediante contratos, esto es, compromisos parciales, externos, mecánicos, al paso que en la colectividad guerrera quedan los hombres integralmente solidarizados por el honor y la fidelidad, dos normas sublimes. Dirige el espíritu industrial un cauteloso afán de evitar el riesgo, mientras el guerrero brota de un genial apetito de peligro. En fin, aquello que ambos tienen en común, la disciplina, ha sido primero inventado por el espíritu guerrero y merced a su pedagogía injertado en el hombre.
    Sería injusto comparar las formas presentes de la vida industrial, que en nuestra época ha alcanzado su plenitud, con las organizaciones militares contemporáneas, que representan una decadencia del espíritu guerrero.
    Precisamente lo que hace antipáticos y menos estimables a los ejércitos actuales es que son manejados y organizados
    por el espíritu industrial. En cierto modo, el militar es el guerrero deformado por el industrialismo.
    Medítese un poco sobre la cantidad de fervores, de altísimas virtudes, de genialidad, de vital energía que es preciso acumular para poner en pie un buen ejército(¿Revolucionario?). ¿Como negarse a ver en ello una de las creaciones más maravillosas de la espiritualidad humana? La fuerza de las armas no es fuerza bruta, sino fuerza espiritual. Ésta es la verdad palmaria, aunque los intereses de uno u otro propagandista les impidan reconocerlo.
    La fuerza de las armas, ciertamente, no es fuerza de razón, pero la razón no circunscribe la espiritualidad. Más
    profundas que ésta, fluyen en el espíritu otras potencias, y entre ellas las que actúan en la bélica operación.
    Así, el influjo de las armas, bien analizado, manifiesta, como todo lo espiritual, su carácter predominantemente
    persuasivo. En rigor, no es la violencia material con que un ejército aplasta en la batalla a su adversario lo que
    produce efectos históricos. Rara vez el pueblo agota en el combate su posible resistencia. La victoria actúa, más
    que materialmente, ejemplarmente, poniendo de manifiesto la superior calidad del ejército vencedor, en la que, a su vez, aparece simbolizada, significada, la superior calidad histórica del pueblo que forjó ese ejército.
    Sólo quien tenga de la naturaleza humana una idea arbitraria tachará de paradoja la afirmación de que las
    legiones romanas, y como ellas todo gran ejército, han impedido más batallas que las que han dado. El prestigio
    ganado en un combate evita otros muchos, y no tanto por el miedo a la física opresión, como por el respeto a la
    superioridad vital del vencedor. El estado de perpetua guerra en que viven los pueblos salvajes se debe
    precisamente a que ninguno de ellos es capaz de formar un ejército y con él una responsable, prestigiosa
    organización nacional.
    En tal sesgo, muy distinto del que suele emplearse, debe un pueblo sentir su honor vinculado a su ejército, no por ser el instrumento con que se puede castigar las ofensas que otra nación le infiera; éste es un honor externo, vano, hacia afuera. Lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfección de su ejercito mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales. Raza que no se siente ante sí misma deshonrada por la incompetencia y desmoralización de su organismo guerrero, es que se halla profundamente enferma e incapaz de agarrarse al planeta.

    Por tanto, aunque la fuerza represente sólo un papel secundario y auxiliar en los grandes procesos de incorporación(versus Castilla nacionalización) nacional, es inseparable de ese estro divino que, como arriba he dicho, poseen los pueblos creadores e imperiales. El mismo genio que inventa un programa sugestivo de vida en común, sabe que siempre forjar una hueste ejemplar, que es de ese programa símbolo eficaz y sin par propaganda.

    Desde estos pensamientos, como desde un observatorio, miremos ahora en la lejanía de una perspectiva casi astronómica el presente de España.

    España invertebrada. José Ortega y Gasset.

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