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Pensad, malditos

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Harold Pinter

Antonio Manuel⎮La Marea⎮7 mayo 2014

A principios del siglo pasado, las cualidades de pensador y líder político estaban tan íntimamente ligadas como el rojo a la sangre. Todos conocían a Bakunin o Marx, a pesar de la epidemia de analfabetismo que asolaba a la mayoría de la población europea. Un solo artículo de Ortega, Delenda est Monarchia, bastó para instaurar la república en las conciencias de los ciudadanos españoles de 1931.

El divorcio de la intelectualidad con el poder político se produjo tras la segunda guerra mundial. Las utopías de uno y otro bando fueron acusadas del genocidio, y condenadas al destierro de los escaños parlamentarios. El poder fáctico impuso el Estado de bienestar como modelo consensuado de capitalismo encubierto: los ricos renunciarían a una parte de su dinero a cambio de que los pobres renunciaran a una parte de sus sueños. Pensar y gobernar fueron declarados verbos políticamente incompatibles, irregulares e intransitivos. Y así nos ha ido.

La sociedad contemporánea se creyó que la libertad consistía en elegir entre 22 canales de televisión; que no existía más historia que la vivida; que la felicidad se conquista con tarjetas de crédito; o que la democracia se ejercita cada cuatro años coincidiendo con los mundiales de fútbol. Se vive bien así. Ignorando. El de ignorante es un nuevo estado civil que ostentan todos aquellos que no quieren conocer pero que actúan como si conocieran. Se ha complicado tanto nuestro entorno vital que bastante tienen con salvarse del analfabetismo funcional más burdo. Eso explica porqué los ciudadanos informados del siglo XXI, a diferencia de los trabajadores analfabetos de los siglos XIX y XX, ignoran por completo el nombre de sus intelectuales.

Hace unos años, Harold Pinter despotricó contra el imperialismo yanki en la ceremonia de los Nobel. El periodismo no alineado aplaudió su actitud y el discurso de este enfermo terminal de cáncer. Como la mayoría de los analfabetos políticos del planeta, coincidimos con él en bestializar a Bush. La diferencia estriba en que Pinter conoce y explica científicamente las razones. Las suyas, por supuesto. En el video que se proyectó al recoger el premio, Pinter cuestionó con argumentos sociopolíticos la “teoría del consentimiento”, elaborada por la doctrina liberal yanki para justificar sus invasiones militares y económicas tras el desastre de Vietnam. ¿Cuántos ciudadanos de a pie sabrían explicar en qué consiste esa teoría? Voy más lejos: ¿Cuántos conocían a Pinter antes de darle el Nobel? ¿Y a Petras, Chomski, Petitt, Bobbio, Magris o Sami Naïr?

No digo que no se conozcan en absoluto. Me limito a afirmar categóricamente que la sociedad actual vive de espaldas a las nuevas fórmulas democráticas que aquellos defienden. Y por eso declaro a esta sociedad más reaccionaria, analfabeta, insolidaria y cobarde que la de sus padres y abuelos. Ni siquiera me apetece criticar la bajura intelectual de nuestros gobernantes, sino la apatía política de la mayoría de sus gobernados. No les pido que empuñen una bandera o un arma. Les ruego que empuñen un libro. O que piensen, joder, que piensen.

 

Fuente:  http://www.lamarea.com/2014/05/07/pensad-malditos/

2 Comments

  1. Paco Bello
    Paco Bello 9 mayo, 2014

    Muy bueno. Despiadado, sí, pero hoy no corresponde otra cosa.

  2. ¡Magnífico artículo! A veces siento pena al leer algunas expresiones en FB, (¡Viva la república!, ¡Son todos unos mamones!, ¡Cabrones! ¡Que se vayan a picar piedra!, etc. etc. etc. Y otras lindezas!), que quedan muy «revolucionarias», el autor a autores, ya se han quedado «a gusto», ¡Misión cumplida!; ahora, a esperar el próximo artículo, para decir lo mismo, y así sucesivamente, pero lo raro, (por desgracia), es encontrar comentarios razonados, aportaciones, reflexiones, e incluso críticas. por esa razón, encuentro tan interesante el artículo, por que sin ser muy extenso, pone el énfasis en la raíz del problema; se tacha de «anticuados» a los grandes pensadores, la mayoría de las veces sin haber leído ni una línea, pero eso si, como si nos hubiéramos leído «El capital», de cabo a rabo.
    Gracias por esa aportación, que ojalá sirva, para que al menos alguno, empiece a PENSAR un poco.

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