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PSOE, o cómo despreciarnos a todos y no morir en el intento

IPM | Colaboraciones – Iniciativa Debate | 06/06/2014

España. Año 1979. Resuenan las palabras de Felipe González en el 28º Congreso de su partido: «Hay que ser socialistas antes que marxistas». Y lo decía con la absoluta convicción, con el convencimiento de quien dice «creer que su conocimiento del marxismo es levemente superior al de la media de lo que se ha escuchado en los debates». Lo afirmaba para dar paso, a renglón seguido, a una invitación amable y transparente: «Acercaos a Marx con libertad, pero no le hagáis línea divisoria entre lo bueno y lo malo». Nadie dudará jamás -y sería estúpido hacerlo- de que Felipe González posee un amplio bagaje cultural, una colección de conocimientos bien instalados en su mente, y que la larguísima trayectoria política de su vida le permite hacer frente a la totalidad de los enemigos ideológicos que se le enfrentan en debates dialécticos. Es lógico, ya que González es literalmente «un animal político», y los años no pasan alegremente y sin consecuencias para la experiencia personal.

Sin embargo, nos llamaríamos a engaño si pensásemos que Felipe González es «El socialista». El único, el indispensable. No lo es. Quizá sí sea el más renombrado a día de hoy, pero antes que él existió un señor llamado Pablo Iglesias, que fundó en el Siglo XIX el Partido Socialista Obrero Español. Un hombre que, reunido con otros que tenían sus mismas inquietudes, quiso dotar a la clase obrera de un partido político que pudiera intervenir en las relaciones estatales entre opresores y oprimidos, entre capitalistas y proletarios. Su carta fundacional recoge literalmente la expresión «lucha de clases», y esto no es otra cosa que marxismo en estado puro. La idea original, pues, era crear un partido de corte marxista que no supusiera un fantasma «apaleable» por parte de la clase dirigente. Y así se hizo. O, al menos, se intentó.

Y digo que se intentó porque, por ejemplo, tenemos claras referencias a la «torcedura de tobillo» que el PSOE ha sufrido a lo largo de su historia y que revelan su veleidad ideológica según el signo de los tiempos. Por citar un ejemplo, Andreu Nin (1892 – 1937) sostenía en su artículo La situación política, el peligro fascista y la necesidad del Frente Único del Proletariado (Revista Comunismo, número 7, 1931), lo siguiente:

«Las ilusiones democráticas son aún muy vivas entre las masas pequeño burguesas y una gran parte de la clase obrera. La burguesía tiene necesidad de mantener temporalmente estas ilusiones sirviéndose de una fuerza política que no esté todavía completamente desacreditada entre las masas y que, por su significación nominal, represente una garantía de radicalismo.

Esta fuerza política es el Partido Socialista, cuyos dirigentes se muestran dispuestos a acudir en auxilio de la clase explotadora. Pero formar un gobierno exclusivamente socialista sería una aventura peligrosa. Este no haría más que continuar la política de la burguesía, y el Partido Socialista se desacreditaría a los ojos de las masas trabajadoras. Con ello, la burguesía se vería privada de una de sus más importantes armas de reserva. Los socialistas, que se dan perfectamente cuenta de ello, tienen un miedo atroz a tomar enteramente la responsabilidad del poder y se pronuncian por un gobierno de concentración, presidido por ellos.

Largo Caballero se ha apresurado a manifestar que un gobierno tal, por su composición misma, se vería en la imposibilidad de realizar el programa del partido. Pero, éste, que según las declaraciones del ministro del Trabajo, “ha ofrecido más renunciamientos que nadie en bien de la República”, aceptaría este sacrificio por “interés nacional”. En estas condiciones, los socialistas, libres de toda responsabilidad por la política del gobierno, contribuirían a mantener las ilusiones democráticas de las masas y darían la posibilidad a la burguesía de consolidar definitivamente sus posiciones y preparar, tras de la mampara socialista, una auténtica dictadura fascista.»

83 años han pasado desde la publicación de este artículo de Andreu Nin. 83 años, desde 1931. Desde la II República. Si por aquel entonces, en plena efervescencia de los gobiernos populares y democráticos, ya se tenía constancia del carácter serpentino y el corazón ofidio del Partido Socialista, ¿qué nos hace pensar que, aunque sea remotamente, su esencia, su naturaleza misma, ha cambiado desde aquellos días? La enumeración de los desprecios que el Partido Socialista ha ido haciendo a la clase trabajadora y a la democracia son interminables. Por eso, su autoproclamación de «adalid centenario de los derechos sociales» es, cuanto menos, discutible. Porque si bien es cierto -y cometeríamos una estupidez en caso de pensar lo contrario- que muchos de sus militantes y bases son profundamente iquierdistas y demócratas, sus cúpulas dirigentes no lo son tanto. Las pruebas están ahí.

Volviendo al principio del artículo, Felipe González. Antes socialista que marxista, renegando así del paso al frente dado por Pablo Iglesias al fundar el partido. Y más grave aún fue que hiciera esas declaraciones cuatro años después de que hubiera fallecido el bicho que durante cuatro décadas había sometido al país a una involución autoritaria sin precedentes, y a quien únicamente el Partido Comunista se había enfrentado de forma organizada y clandestina. En otras palabras, González lanzó un tremendo desprecio hacia la labor -arriesgada y mal reconocida- de los comunistas de nuestro país, que con tanto denuedo lucharon por la libertad y la democracia, frente al tirano.

Después, Zapatero, que con sus políticas insostenibles quiso avanzar mucho sin sostener el esqueleto de lo que estaba creando: ¿dependencia? Sí, pero… ¿con qué dinero? I+D+I también, pero… ¿con qué fondos? Lo grave del mal llamado «ZP» no fue este desequilibrio económico -que también- sino su adscripción a la conocida como «Tercera Vía» y que abre un camino entre el marxismo y el capitalismo. Cuando todos creían que el PSOE volvería a sus orígenes para hacer frente al despotismo inaudito de Aznar, cuando todo el mundo pensaba que habría -por fin- un giro copernicano hacia la izquierda, el partido de los socialistas volvió a despreciar la labor, la ideología, las propuestas y la voluntad de los militantes comunistas. «Todo lo que se soñaba se pudrió en los rincones, se llenó de telarañas».

Con el tiempo, el autoritarismo del Partido Popular ha generado, caso de Andalucía, la combinación de fuerzas entre PSOE e Izquierda Unida. Un frente de consenso entre fuerzas -al menos en apariencia- progresistas, con el que detener la marejada neoconservadora de los ricos y los señoritos capitalistas. Pero debemos pararnos un momento, y recordar el caso «Corrala Utopía»:

1) Familias en riesgo de exclusión social ocuparon ilegalmente un edificio en desuso para poder tener un techo bajo el que vivir.

2) El juez ordenó desalojar a esas familias, con la condición de que fueran realojadas de inmediato en otro lugar.

3) Izquierda Unida, con la competencia de Vivienda, realojó a las familias cumpliendo la orden del juez.

4) La Presidenta de la Junta de Andalucía retiró la competencia a Izquierda Unida a raíz de ese realojo, afirmando que «no podían saltarse la lista de espera» de quienes necesitaban una vivienda social, y señalando a IU como socio poco fiable. Escondieron premeditadamente la ORDEN DEL JUEZ, de realojar INMEDIATAMENTE  a esas familias. Después tuvo que devolverle la competencia de vivienda a IU.

5) El Ayuntamiento de Sevilla ha entregado un informe en que señala que esas familias están en riesgo de exclusión social y, por tanto, avala la actuación de IU.

¿Hacía falta tanto teatro «socialista» para aceptar que la visión marxista de IU era acertada? No, pero había que despreciar a los marxistas… una vez más.

El último en sumarse a esta lista de despropósitos ha sido Rubalcaba, anciano líder del PSOE y que pronto dejará de serlo: en primer lugar, le parece adecuado -y así lo dijo en televisión- que las empresas eléctricas y otras compañías estratégicas sean privadas (y por tanto, puedan estar copadas de especuladores). También, que los Ministros pasen del ámbito público al consejo de administración de las empresas que privatizaron mientras estaban en el Gobierno. Y, por último, que el PSOE apoye la monarquía, días después de que el Rey haya abdicado por fin. Todo un demócrata «socialista», este Rubalcaba.

En definitiva, que a día de hoy es difícil ser socialista sin que los demás te metan el dedo en el ojo por despreciarnos a todos. Lo sorprendente, sin embargo, es que el PSOE no haya muerto en el intento de seguir siendo lo que es: un partido de dirigentes traidores.

6 Comments

  1. Charo San Román
    Charo San Román 6 junio, 2014

    «Lo sorprendente, sin embargo, es que el PSOE no haya muerto en el intento de seguir siendo lo que es: un partido de dirigentes traidores»

    A mi entender, existen demasiadas razones que lo explican fácilmente
    Supongo, que este hecho tiene mucho que ver con la muy deficiente cultura política de sectores muy amplios de la población española…
    con el miedo a pensar libremente y a plantar cara al poderoso
    con el servilismo=reverencia al poderoso para recoger las migajas que tenga a bien otorgarles…
    con el miedo a perder las supuestas mejoras que habían con seguido en materia económica, que luego han resultado no ser tantas…
    con el inmovilismo de quienes practican eso de que «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer»…
    con el clientelismo practicado concienzudamente por los pseudosocialistas (el resto de partidos no se han quedado atrás en esas prácticas) desde que llegaron a «desgobernar» no sólo en el Estado sino en Comunidades Autónomas, Ayuntamientos comprando (ellos) estómagos agradecidos y pagando el erario público…

  2. Pepito Grilo
    Pepito Grilo 6 junio, 2014

    Cuando los socialistas se niegan a dmitir que PP y PSOE sean lo mismo, suelo contestarles que es cierto, no son iguales. Es mucho peor el partido socialista, porque con su traición a su clase convierte en válida la pantomima democrática, cometiendo así una doble traición.

    Me asombra que haya gente que crea en la capacidad de regeneración de un partido que no es, ni mas ni menos que un vehículo creado por el propio sistema para legitimar sus tropelías bajo el paraguas de una supuesta «democracia» y de un supuesto «estado de derecho»

  3. BRAULIO
    BRAULIO 6 junio, 2014

    Es muy acertado tu análisis. El partido socialista, quizá mejor, el PSOE, ha decepcionado a muchísima gente, incluidos a los propios militantes, sin duda.
    Entre otras afirmaciones tuyas, IPM, selecciono dos:
    1) «…muchos de sus militantes y bases son profundamente iquierdistas y demócratas, sus cúpulas dirigentes no lo son tanto».
    Cierto: muchísimos militantes, sin duda, sentirán vergüenza de las decisiones tomadas por el partido – sus dirigentes, más bien – . Seguramente se han sentido con el culo al aire defendiendo unas posiciones que luego sus líderes han echado por tierra.
    2) Dejas dicho, también:
    «El último en sumarse a esta lista de despropósitos ha sido Rubalcaba, anciano líder del PSOE y que pronto dejará de serlo: en primer lugar, le parece adecuado -y así lo dijo en televisión- que las empresas eléctricas y otras compañías estratégicas sean privadas (y por tanto, puedan estar copadas de especuladores). También, que los Ministros pasen del ámbito público al consejo de administración de las empresas que privatizaron mientras estaban en el Gobierno. Y, por último, que el PSOE apoye la monarquía, días después de que el Rey haya abdicado por fin. Todo un demócrata “socialista”, este Rubalcaba.»
    Desconocía esa postura del Sr. Rubalcaba y me llevo un fuerte desengaño: Lo consideré siempre, dentro de los dirigentes socialistas actuales, el más honesto. Debo seguir intentando curar esta ingenuidad de la que no llego a liberarme.

  4. Indignado
    Indignado 7 junio, 2014

    Yo no comprendo a esas «Bases», si no te gusta el rumbo del barco me bajo. ¿A qué esperan? Piensan en el tiempo perdido por ocupar una poltrona? O piensan como servidores públicos y el bien común?
    Y es que el apoyar a quienes han traicionado sus ideales…

  5. Serafín Iglesias Morcillo
    Serafín Iglesias Morcillo 7 junio, 2014

    Soy incapaz de analizar el bagaje cultural y político de Felipe González y si fue muy renombrado, quizá sea como resultado de nuestra escasez cultural política, en cuanto a su “torcedura de tobillo”, yo no lo llamaría así, y por lo que me informado (no vivía en España durante la, llamada, transición) fue una bajada de pantalones de el, y Santiago Carrillo, a lo que también se le puede denominar, «una traición al pueblo que confiaba en que ambos estaba defendiendo sus derechos».
    Para mí un tipo infame, por el que siento el más absoluto de los desprecio, y que su único merito, ha sido engañar a tantos, tanto tiempo.

  6. IPM
    IPM 8 junio, 2014

    Serafín, estoy completamente de acuerdo contigo. Es más, suscribo la última frase, el calificativo de «infame» se lo ha ganado a pulso.

    El PSOE recibió «manteca» de la CIA para convertirse en el «otro partido gobernante» en los años previos a la Transición. Porque, de hecho, fue América (o mejor dicho, EEUU) quien determinó el rumbo a seguir en nuestro país. Y el PCE aceptó esta farsa para dejar de ser perseguido y salir de la clandestinidad. Ambos traicionaron al pueblo.

    Y no hay mucho más que añadir. Sólo daros las gracias a todos por comentar y compartir con los demás, y conmigo, vuestro punto de vista.

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