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Democracia real versus democracia sobreentendida

Carlos Delgado | Iniciativa Debate | 18/6/2014

Nuestra democracia no es real, pero es regia. Monárquica, toda ella. Inmaculada, brillante; tan transparente por fuera, que se diría toda de cristal. La dejo suelta y se tira al monte. La llamo dulcemente: ¿Democracia?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se descojona, en no sé qué recochineo ideal…

Recién investida con una legitimidad renovada por el 85% del Congreso, nuestra hereditaria democracia se alza modélica y orgullosa sobre sus dos piedras lunares: las pilastras bipartitas. Sin su oscuro pasado y con su futuro despejado por 299 votos a favor, 19 en contra y 23 abstenciones, la democracia española avanza con paso firme y dinástico en su idílica senda de paz y prosperidad. Con Borbones, pero sin borrones. Excelsa y pura. Sin pecado concebida. Diseñada con alguna tara sálica que habrá que corregir, pero que apenas importa, pues fue la mismísima gracia divina la que inspiró a su creador. No la levantó la España del trabajo y el sudor, sino la grey campechana que nos legó el dictador. El mito del haraquiri de las Cortes franquistas ya no es mito, sino dogma. Y el dogma se ha hecho historia. Una historia revelada, consensuada e impuesta que viene a subsanar nuestra desmemoria política como pueblo. Las crónicas del odio, el exterminio y la miseria arden hoy en el pebetero para alimentar la llama sagrada y rojigualda de nuestra gloriosa Transición. Sólo así se pudo parir este «régimen de libertades que nos hemos dado entre todos». Y es que nuestra historia, fiel a los principios marxistas (grouchianos), es plural y mutable: si no gusta, tenemos otra.

Nuestra democracia es tan moderna y perfecta que le sobran los referendos. Tan ideal que no es preciso citarla, porque se sobrentiende. Y una democracia sobrentendida no es más que eso: una democracia entendida a base de sobres. Si son ciertas la mitad de las acusaciones que pesan sobre las docenas y docenas de corruptos imputados, los sobres son –presuntamente– el lubricante principal del engranaje político. En sobres van y vienen los caudales públicos y privados, en incesante ajetreo de favores sobreimpresos en contabilidades paralelas. En sobres se pagan las lealtades, los nombramientos, las adjudicaciones y hasta las reformas de albañilería en las sedes de los partidos. Los sobres garantizan el acceso a información privilegiada, facilitan agendas, agilizan trámites y evitan sobresaltos. Con sobres se esquivan imputaciones, se encauzan prescripciones, se promueven sobreseimientos, se sobrellevan condenas y se engrasan indultos. Las obras no se licitan; se sobreestiman. Los presupuestos no se amplían; se sobredimensionan. El sobre convierte el sobreprecio en sobresueldo y el sobrecoste en sobredosis de idoneidad. La política es un negocio, y los negocios se cierran en restaurantes de lujo, al calor de reuniones privadas que terminan con descafeinado de máquina, sobremesa de sobre y estrechar de manos: la mano que sobrepasa y la mano que sobrecoge.

Los miembros de la casta no viven de la política, sino que sobreviven; esto es: viven de los sobres. Van sobrados. Nadan en la sobreabundancia con total sobrenaturalidad, amparándose en un sistema sobreedificado sobre las ruinas sobrantes del chiringuito franquista. Un sistema sobreexplotado que se sobrealimenta a sí mismo para perpetuarse, capaz de sobreponerse a sus siniestras raíces y de sobrescribir su propia historia de manera sobresaliente.

Al abrigo de este reino de redes clientelares, los divertimedia (medios que ‘divierten’, en su segunda acepción: apartan, desvían, alejan) han medrado, han prosperado y han monopolizado los canales y el mensaje. Como en una coreografía de Broadway, entonan todos a una el salmo de la responsabilidad continuista con la sincronía de un orfeón. Quien desafina no sale en las fotos. Ni en los papeles. Ni en las televisiones. Las pocas voces disidentes han de refugiarse en la oferta digital, y sus postulados son tachados con singular unanimidad de utopías inspiradas en un populismo bolivariano que presagia catástrofes. Nada hay más allá de la plácida estabilidad actual, salvo el caos al que aspiran los «amigos de los terroristas». La disidencia sobra y estorba, igual que sobra y estorba el nazareno –al color, me refiero– en las banderas y las convicciones.

The show must go on. Para que nada cambie. Y nada cambiará en lo esencial, porque todo está atado, bien atado y sobrehilado. Y porque el padawan aspirante que mañana será coronado en sobria y solemne ceremonia es un sobrero joven (46) y sobradamente preparado. Por eso y porque son muchos los factores que alimentan el inmovilismo, empezando por nuestra propia indolencia como víctimas de este esquema demente y desigual. Nosotros también somos culpables. Quienes nada hacemos y apenas protestamos, y la pasma que ahuyenta con sus ciegos esbirros, y la Troika que ahoga con sus fúnebres amos, ¡y no saber a quién votamos, ni por qué transigimos…!

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N. del A.: Mis sinceras disculpas a las memorias de Juan Ramón, Miguel y Rubén, por la utilización gratuita e irrespetuosa de alguno de sus pasajes más populares. Lo siento mucho. M’he ‘quivocao, y no volverá a ocurrir.

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