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¿El fin del conflicto?

Camilo Alzate | Iniciativa Debate | 22/06/2014

Ahora que el Presidente Juan Manuel Santos consiguió la reelección con casi un millón de votos de ventaja, se redoblan los análisis y especulaciones sobre el futuro próximo del país. En primera plana están las expectativas frente al proceso de paz en Cuba y las recientes conversaciones con el Ejército de Liberación Nacional, segundo grupo guerrillero.

Según los resultados electorales, cada opinión encuentra lo que quiere ver y cuenta sólo los votos que quiere contar. Mientras unos ponderan la importancia del apoyo que la izquierda ofreció al Presidente para atajar al candidato de Álvaro Uribe, otros aseguran que los partidos tradicionales fueron claves en la compraventa de votos. Una revista sugirió que Óscar Iván Zuluaga perdió cuando se salió de casillas en el último debate televisado, enviando un mensaje erróneo a los votantes de opinión. Otro comentarista despistado -Paco Gómez Nadal- asegura que ganó la izquierda y ganó el uribismo, cuando el Presidente apenas pudo reelegirse.

Es al contrario. Santos supo jugarse sus cartas duras en segunda vuelta, no desperdició en la contienda las costosas maquinarias y aquello se notó en un millón de votos de diferencia a su favor controlados por los caciques electorales del Caribe. En Bogotá la diferencia si la hizo la izquierda pero vale la pena destacar que apenas obtuvo 250.000 votos por encima del candidato de Uribe, que fueron sumados por tres bloques con distancias entre sí: una facción del POLO, los Progresistas de Gustavo Petro y los Verdes liderados por Claudia López.

Al final cuenta también para un sector no desdeñable del electorado la terapia del shock, aplicada indistintamente por Santos y Uribe con argumentos diferentes. Ambos candidatos supieron chantajear los votantes usando el miedo. En un caso, el terror que sectores ciudadanos educados e informados tendrían ante un eventual regreso de Uribe al poder, en el opuesto, la amenaza risible de que Santos entrega la nación al castro-chavismo ateo de La Habana.

No creo que el uribismo se haya fortalecido con ésta elección y parto de fenómenos económicos, no de votos. Esa ala retardataria y ultramontana de la derecha colombiana encuentra asidero en la gran propiedad rural, las economías ilegales y el narcotráfico. Todas éstas vertientes confluyeron en el paramilitarismo. En general, el proyecto político de Uribe representa lo peor de los últimos 30 años, la resurrección del Estado clerical, del poder terrateniente, la degradación de nuestra economía en un sinfín de redes truculentas, ilegales y manchadas de crímenes.

Colombia ya no produce el 80% de la cocaína del mundo, y aunque la gran propiedad rural se halle más concentrada que nunca, no suma siquiera el 8% del PIB. La mayoría de la población habita unos pocos centros urbanos, lejos de ese fantasma guerrillero que Uribe juró exterminar en seis meses. El conflicto con la insurgencia alcanzó sus topes más dramáticos entre 1996 y el 2002, periodo previo a la elección de Uribe, pero ya no representa ni siguiera una décima parte de los hechos violentos del país, aunque sigan siendo los más mediáticos.

Será determinismo histórico o marxismo trasnochado, quizá, aun así Juan Manuel Santos lo comprendió mucho mejor que tantos pontífices de izquierda: el uribismo sobra en la política nacional, su razón de ser, su aliento, no es otro que una guerra que ya no tiene cabida ni en la agenda de la insurgencia, ni en la de los norteamericanos que la alimentan desde el cerco a Marquetalia.

Hay una inercia legal tremenda que se viene cocinando por lo menos seis o siete años. Cabe allí la determinación de altas esferas del poder jurídico de cerrarle el paso a Álvaro Uribe, al que con justa razón consideran un tipo muy peligroso, aunque no necesariamente a sus aliados. El uribismo purasangre lo sabe, por eso transpira un desespero evidente, obvio en la andanada de mentiras, salidas en falso, cambios de discurso y calumnias que vociferan desde su jefe máximo al último fanático en las redes sociales. A la par, ejercen lo único que saben hacer en estos casos: continuar su política con otros medios. Y vaya qué medios, sin pasar una semana de la derrota en las urnas ya desataron una serie de atentados, asesinatos, amenazas e intimidaciones a militantes de izquierda por todo el país con el único propósito de quebrar los ánimos en favor de la paz.

La guerrilla tiene poco que presionar ya en La Habana y los tiempos no juegan ahora a su favor. Un paso político audaz, como el emprendido por la izquierda en el país Vasco años atrás, sin titubeos ni ambiguedades, le abriría a los movimientos sociales inmensas posibilidades de capitalizar el descontento que una amplia franja de la población rural y urbana guarda contra el establecimiento. Paso que deja fuera de juego al uribismo pues implica acabar con el estado de shock y zozobra permanente que vivimos por 65 años.

Hoy es muy claro quiénes desean prolongar a toda costa los ríos de sangre de los que habló un militar. Son un sector de la sociedad colombiana que ha visto decaer su poder político, conservando algún músculo económico. Con fuerza menguada intentarán por las vías más sucias empañar el panorama. Es lo único que saben hacer bien y si no tienen una guerra, se la inventan.

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