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Gay o no gay, el orgullo no es guay

José Manuel Lechado | Iniciativa Debate | 01/07/2014

Advertencia previa: en este artículo se expresan opiniones acerca de una determinada institución: el colectivo homosexual estándar. Esto no es lo mismo que la homosexualidad per se. Aquí no se critica la elección sexual de cada cual ni tampoco a personas individuales. Es un error corriente, cuando hay espíritu de cuerpo (y en la homosexualidad institucionalizada existe), confundir la crítica al cuerpo con el insulto a las personas que se desempeñan en ese cuerpo. Así ocurrió con otro artículo previo a este, «La verdadera función de la policía», en el que se criticaba la función represiva del aparato policial. Algunos policías que lo leyeron sin entrar en el fondo del artículo (y quizá sin leerlo en absoluto o sin entender lo que leían, que todo puede ser) se lo tomaron como un insulto personal. Sé que ocurrirá algo parecido en este caso, riesgo que debe asumir el que pregona sus puntos de vista, sobre todo cuando no son los ortodoxos y comúnmente aceptados. Para ese tipo de personas acríticas pero susceptibles va este aviso, y ahora ya pueden, sin más molestias, tildarme de homófobo si así les place. Los demás, pueden leer el artículo si les apetece.

El movimiento reivindicativo de los derechos del colectivo homosexual salió a la calle por primera vez en la década de 1950 en los Estados Unidos, en un contexto social y político de increíble represión contra toda manifestación de sexualidad no convencional (es decir, la que no fuera heterosexual con fines reproductivos y dentro del matrimonio). La homosexualidad era considerada una enfermedad mental (la Organización Mundial de la Salud no la retiró de su lista de trastornos hasta ¡1990!), además de un pecado, y era perseguida con saña tanto por las autoridades civiles como por las diferentes religiones. La norma para todo homosexual que no quisiera acabar en una cárcel, en un manicomio o incluso asesinado o ejecutado, consistía en pasar desapercibido, mantener «lo suyo» en secreto y así ir tirando.

Durante la década de 1960, en el contexto general de la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos, varios colectivos homosexuales fueron protagonizando actos que reivindicaban no tanto su particularidad como el derecho de cada persona a disfrutar de una sexualidad libre. En aquel entonces esta actitud no sólo era revolucionaria, sino francamente peligrosa para los atrevidos. Pero sin valor no hay revolución, y precisamente la primera Gay Pride Parade, muy criticada por la sociedad bienpensante de la época y que ni siquiera contó con el apoyo de todas las organizaciones homosexuales del momento, surgió en parte como respuesta a un hecho luctuoso. Fue, con todas las dificultades, un paso de gigante: la homosexualidad salía a la luz, se declaraba su carácter sano y «normal» y se exigía algo que hoy, en occidente, nos parece tan elemental como la libertad de elección sexual.

El movimiento fue creciendo, se extendió por otros países desarrollados (no todos) y, en fin, se fueron consiguiendo pequeñas victorias legales y sociales que culminaron en la situación actual: en una parte del mundo desarrollado (sólo una parte, y ya es algo) la opción sexual no es materia de legisladores, y si bien mucha población retrógrada sigue viendo la homosexualidad como algo maléfico y perverso, lo cierto es que en los países donde se ha actuado al respecto nadie en su sano juicio se extraña ni se molesta por la expresión del amor o la atracción homosexuales (obviaremos en este artículo la inmensa porción del mundo que sigue viviendo, en este y otros aspectos, en la Edad Media).

El Gay Pride, traducido en español como «orgullo gay» (o sea, que es una traducción a medias), tuvo pleno sentido en aquellos años de pelea por las libertades. Se usó el término «pride» en el sentido de que ser homosexual no era algo de lo que avergonzarse. «Pride» sería, por tanto, el antónimo de «shame», aunque quizá habría sido más adecuado llamarlo «dignidad» y no «orgullo», término éste que tanto en español como en inglés guarda una potente connotación negativa. Pero en fin, así se va escribiendo la Historia.

Como suele ocurrir con tantas cosas, la lucha pasada dignifica situaciones presentes que quizá no sean tan merecedoras de alabanza. La homosexualidad, una vez conseguida la aceptación social y, sobre todo, la despenalización, no es algo en sí mismo revolucionario (lo revolucionario fue, recordemos, la consecución de un derecho) ni «progre», ni mucho menos «izquierdista», como algunos creen. Es un error común el identificar la anécdota de la homosexualidad con la característica, aún más evanescente, de ser progresista (sea esto lo que sea). No tiene nada que ver una cosa con la otra, y para ello basta recordar cuántos conservadores y fascistas han sido y son homosexuales. El hecho fundamental es que no hay nada de lo que enorgullecerse (como no lo había para avergonzarse) en la casualidad de los gustos sexuales de cada individuo.

El orgullo lo define la religión judeo-cristiana como un pecado capital, y en esto no anda desencaminada la verborrea de los sacerdotes, aunque no exactamente por el motivo que ellos alegan. El orgullo puede estar justificado cuando se trata de logros personales. Por ejemplo, puede ser motivo de orgullo un trabajo bien hecho, realizar una buena acción, cocinar una paella en su punto, descubrir la verdadera naturaleza del bosón de Higgs… Cualquier cosa que implique un esfuerzo y un mérito. Así pues, los hechos que no dependen de uno mismo no deberían ser fuente de orgullo, pero esto no impide que haya quien se sienta orgulloso de ser español (o chino), de ser blanco o de ser negro, de ser hombre o mujer, de que el equipo de su ciudad (en el que no juega) gane la liga de fútbol… y mil cosas que nos vienen dadas por casualidad y/o no requieren el menor esfuerzo. La homosexualidad ha caído en este error común: se sale a la calle a celebrar con orgullo el hecho azaroso e involuntario de te atraigan sexualmente las personas de tu mismo género.

Esto no tendría mayor importancia si no fuera porque en medio del carnaval arcoiris se vislumbra un espectáculo que, lejos de recordar aquellas reivindicaciones libertarias de hace medio siglo, lo que se desprende es un intenso aroma reaccionario. El colectivo homosexual como institución tópica, más allá de cada persona que lo compone, se revela como una pieza muy bien integrada en el sistema de producción y consumo del capitalismo neoliberal, hasta el punto de que todos los partidos políticos, incluso los conservadores, tienen algún homosexual oficial en plantilla, para que no les tachen de trogloditas. El caso es que la reivindicación de libertades públicas ha dejado paso al exhibicionismo de una forma de vida que en nada se diferencia de la miseria pequeño-burguesa-hetero de toda la vida: hay moda, bares, fiestas, barrios, arte y toda una batería de artículos y productos destinados al público homosexual, al que se supone (también tópica y equivocadamente, a decir verdad) muy bien dotado en lo económico y deseoso de gastar para, como los burgueses, poner de manifiesto su condición y así diferenciarse del resto, de la masa. El pequeño gueto gay de cada ciudad moderna no es, ni mucho menos, un sórdido agujero suburbial, sino un gran escaparate que aspira a convertirse en bandera de lo más cool de cada villa. Y con cool queremos decir caro, exclusivo y superguay.

Este tipo de concepción del fenómeno homosexual (que no es la única, ni la mayoritaria, pero sí la que más se ve) que se despliega en las carrozas del desfile y define al homosexual-tipo que sale en la televisión o en las películas, es intensamente reaccionaria, y más que de orgullo habría que hablar ya de la arrogancia característica del nuevo rico. No hay manera de distinguir en horterez a una «musculoca» de un futbolista de élite. Ni tampoco en aspavientos y derroche. La tontuna intrínseca del capitalismo llega con facilidad a todas partes.

Y es que el Estado capitalista ha demostrado una y otra vez que es capaz de absorber, asumir y convertir en artículo de consumo cualquier cosa, incluso lo que se le opone. El colectivo homosexual ha caído de lleno en la trampa y una parte significativa del mismo, la más conocida, la que más llama la atención del público, ha abandonado cualquier objetivo revolucionario para reivindicar las miserias de la sociedad tradicional. El consumismo y el novorriquismo son los aspectos más evidentes, pero otros pasan un tanto desapercibidos en medio de la marea. Por ejemplo el muy exigido, y conseguido en diversos países, matrimonio homosexual. El argumento para esta curiosa demanda es, por supuesto, la igualdad de derechos con los matrimonios heterosexuales, y en ese sentido nada habría que objetar. Sin embargo, el matrimonio es la institución más potente de que dispone el Estado para controlar a la ciudadanía. El matrimonio es la célula básica de una sociedad que funciona de pena porque esa misma célula es un resumen de todos los males de la civilización: jerarquía, dominio, violencia, envidias, celos, amor entendido como posesión (de la pareja, de los hijos)… A diferencia del matrimonio hetero, el enlace homosexual no se concibe como unidad reproductiva (y por aquí van, en esencia, las críticas de los ultraconservadores). Pero es que no hace falta: lo que interesa hoy día no es tanto la reproducción como el consumo. Y el homosexual prototipo es muy consumista. No digamos ya si se casa, celebra un caro bodorrio, monta un pisito a la última, etc.

Lo revolucionario de verdad habría sido exigir la supresión del matrimonio civil en todas sus formas. Porque el Estado no debería entrometerse en las relaciones sentimentales ni tampoco en la reproducción o no de la especie (de todas formas está claro que a la humanidad se le da bien reproducirse, incluso a lo tonto). El Estado, en suma, no debería regular las relaciones privadas ni tampoco favorecer, vía impuestos, los emparejamientos, y no sólo por cuestiones morales, sino porque se produce un agravio comparativo con respecto a los que no desean emparejarse o, mejor aún, no quieren convertir su amor en un contrato.

Los anarquistas ya entendieron, hace más de un siglo, que la única reivindicación revolucionaria en este aspecto era el amor libre. Pero hoy el orgullo de una parte del colectivo homosexual, la más ruidosa, consumista y, sobre todo, conservadora (no estoy hablando aquí de los miles o millones de homosexuales que viven su vida sin hacer bandera de su sexualidad) deviene, como todos los orgullos, en un fondo de superioridad, diferenciación e intolerancia.

Los anarquistas también se dieron cuenta, hace mucho tiempo, de que las banderas no son más que trapos indignos de todo respeto. No es distinta la bandera de colores del movimiento homosexual, que es un signo de separación, como cualquier otra enseña. Y el arco iris, como se sabe, nace de la lluvia, pero muere en una olla de oro.

15 Comments

  1. noé
    noé 1 julio, 2014

    bastante de acuerdo! en 2002 ya lo criticábamos… humildad gai, lo llamábamos, … con 10 razones para no estar orgulloso -normativamente hablando- de ser homosexual (copio y pego, + info en el link: http://noegmontuenga.com/2014/06/otra-acera-era-y-sera-posible/):

    # te sientes diferente a los heteros
    # escuchas música chochi a todas horas/bares
    # gastas excesivamente en ocio/moda
    # eres politoxicómano
    # tienes más pasta que la mayoría de la población
    # consumes medios que te segmentan/modelan como gai
    # ansías y practicas la promiscuidad indiscriminada
    # careces de ideología alguna
    # marginas a lesbianas y transexuales
    # juras una bandera estéticamente horrenda

  2. Sergi
    Sergi 1 julio, 2014

    Estoy de acuerdo en un 80% de lo que escribes, en el otro 20%, estoy totalmente de acuerdo.José Manuel, es la primera vez que te leo y no será la última. Me parece muy buen artículo (tal vez es porque estamos de acuerdo, jejeje)

  3. José Manuel Lechado
    José Manuel Lechado 1 julio, 2014

    Muchas gracias, Sergi y Noé. Aunque tengo que hacer una puntualización: al decir «homosexual» me refiero tanto a hombres como a mujeres (aunque es verdad que ese «colectivo homosexual» que critico es más masculino que femenino). Lo cual puede sacar a relucir un aspecto que ha quedado fuera del artículo: que hasta en esto hay machismo. Pero bueno… para otra vez. Saludos.

  4. saraswati
    saraswati 1 julio, 2014

    Me parece una reflexión muy interesante para abrir la mente y despertar de todos los sueños que a cambio de tu alma o tu «pasta» te ofrece la sociedad consumista. Sería tontísimo identificarse con que soy hetero, en un mundo evolucionado y racional también debe ser tontísimo diferenciarme o identificarme con que soy homosexual. Tengo algunos amigos homosexuales y no pienso en su opción sexual como algo capital en nuestra relación. Entiendo que para algunos de ellos es una reivindicación reciente y que si lo expresan así es porque por dentro así lo sienten. Hay que seguir dando pasos hacia la normalidad y el respeto; aunque tal vez tome algo más de tiempo el que se den cuenta que amparado en toda esa parafernalia que se monta en torno a ellos hay un regalo envenenado. Si lo reflexionan, son conscientes y lo aceptan, nada que decir. Me ha gustado mucho el artículo. Gracias.

  5. carlos
    carlos 1 julio, 2014

    Interesante reflexión la que planteas,sin embargo pienso que la sexualidad diversa aún no se encuentra normalizada; a los adolescentes en los colegios se les sigue acosando como «maricones»,sigo escuchando sornas en los bares cuando dos hombres están demasiado cerca,y no veo en pueblos parejas gay paseando de la mano y en algunas ciudades todavía un hecho tan simple sigue llamando la atención.
    Que la marcha ayude o no a dicha normalización,no lo se,sin duda la herramienta de una educación en la diversidad sexual sería mucho más efectiva y puede que sea como dices.
    Pero no entendamos que hay normalización,lo estereotipos sigue existiendo, en el mundo heterosexual también , y la libertad sexual de la mujer tampoco se desarrolla exenta de los mismos. Queda mucho por andar.
    En cualquier caso,gracias por tu interesante aportación,Jose Manuel

    • Principe Tronado
      Principe Tronado 2 julio, 2014

      ¿»Educación en la diversidad sexual» que significa?
      ¿Respeto a las diferencias de gustos y tendencias comportamentales respecto al sexo?
      Porque sexo biológico, normalmente, solo hay dos (bueno, excepcionalmente pueden darse alteraciones genéticas ni muy habituales ni tratadas en este artículo).
      La única «educación» exigible es mucho más extensa y es el respeto y no interferencia en las opciones de los demás que no suponga una interferencia en la vida propia…
      ¿Información en los procesos de formación de elecciones relativamente frecuentes de algunas personas y la necesidad de respeto?
      También sería necesario hacerlo con convicciones de otro tipo….

  6. José Manuel Lechado
    José Manuel Lechado 1 julio, 2014

    Gracias, Saraswati y Carlos. Estoy de acuerdo en que la cosa no está normalizada, y lo indico en el artículo: se ha legislado favorablemente en unos pocos países y ha cambiado algo la mentalidad general, pero por supuesto siguen existiendo estereotipos, miedo y agresividad contra los homosexuales incluso en las sociedades más desarrolladas. Por eso pongo, en algún sitio del artículo, lo de «personas en su sano juicio»…

  7. Rene
    Rene 2 julio, 2014

    En respuesta a lo que escribe noe.. Eres politoxicomano, ansias y prácticas la promiscuidad indiscriminada…???? Tu eres un homofobo y no te has enterado..
    Date una vuelta por cualquier discoteca hetero y pregunta que se echan idiota, en cuanto a la promiscuidad la única diferencia es que en el mundo gay se habla con normalidad en el mundo hetero se tapa hipócritamente solo basta con ver el número de prostíbulos que hay en el mundo Tolete o hablar con cualquier tío a ver que tiene en la cabeza…. La monogamia no es nada natural así que cambia el discurso… Muy buen artículo

  8. Carolus
    Carolus 2 julio, 2014

    No puedo estar más de acuerdo con el autor:
    – por criticar que se siga haciendo un espectáculo de la condición homosexual cuando ya no es algo reivindicativo;
    – por la lectura anticonsumista que hace de lo gay (yo siempre he sostenido que la homosexualidad es una orientación sexual sin más mientras que lo gay es un constructo social de un espacio-tiempo y sistema de producción concretos, el del homosexual del siglo XXI en el «occidente» capitalista);
    – y por su postura a favor de abolir la institución del matrimonio (siempre he sostenido que el derecho de familia debería tener como única piedra angular las relaciones paterno-filiales, de tal modo que las ventajas fiscales y la disposición de un patrimonio común de la pareja estuviese pensado únicamente para el cuidado de los hijos, con independencia de que los progenitores -o adoptantes- mantengan o no una relación afectiva).

  9. José Manuel Lechado
    José Manuel Lechado 2 julio, 2014

    Gracias, René y Carolus. Me parece muy interesante esa distinción entre «homosexual» y «gay», creo que delimita bastante bien los territorios que yo quería distinguir.

  10. noé
    noé 2 julio, 2014

    rene cariño… tienes que verlo todo dentro del marco de la acción, igual eras demasiado jóvena…. esos 10 principios precisamente intentaban desterrar ese cliché que sí nos ofrecen los medios/ambientes/ normalizados gais…
    he militado y milito en demasiados movimientos sociales de diversa índole (incluídos feministas) como para que venga alguien con nombre de reno a faltarme el respeto insultando… no te enteras de nada… así nos va en el 2014

  11. MVerbo
    MVerbo 2 julio, 2014

    Es que lo mires por donde lo mires, no tiene razón de ser. Se critica la elección del concepto orgullo y se dice que no se puede aplicar éste a una circunstancia contingente, que no es fruto de ningún esfuerzo… sinceramente, no creo que lo que se reivindique sea la condición sexual, sino más bien la lucha de aquellos que se han visto oprimidos por ser de tal condición. Me parece que algo de esfuerzo y de lucha contra lo establecido socialmente sí que lleva…. cabe recordar que sigue habiendo familias y contextos sociales, en los pueblos, por ejemplo, de carácter muy conservador, aunque no se exprese de forma explícita. Por otra parte, creo que la crítica al sistema capitalista y su capacidad de fagocitar los colectivos y sus causas es muy pertinente, pero funciona con cualquier colectivo. Utilizar precisamente a éste, que repito, ha estado y está en muchos csasos – que no coinciden con el que aquí presenta , propio de las élites económicas, sino más bien en zonas poco «progresistas» culturalmente hablando…rurales, o con costumbres católicas muy arraigadas – me parece muy rastrero. Se trata de un problema de clases sociales, de nuevo. Hay poderosos y precarios, y los homosexuales, bisexuales y no digamos transexuales precarios tienen las cosas menos fáciles que los heterosexuales precarios. Esa situación parece obviamente injusta, pero sigue siendo motivo de reivindicación, porque hay quién todavía no lo percibe como obvio, para muestra, este artículo. Me parece muy rastrero deslegitimar esta lucha sólo porque prospere y como todo lo que prospera es asumido por el capital como propio y convertido en mounstruo. No está de más criticar que a lo mejor se les están olvidando ciertos focos de lucha que tienen que ver con la libertad de todas y no sólo con la de los hombres homosexuales que quieren participar del sistema como los demás, pero de ahí a ridiculizar su legítima reclamación de sentirse orgullosos y festejar el triunfo de la luchar por el derecho a vivir su vida libremente, que al final es lo que buscamos todas y todos… va un trecho.
    Sólo puedo darle la razón en lo referente a la abolición del matrimonio civil. Efectivamente, creo que ese ubiese sido un camino más certero a la hora de enfocar la lucha. Sin embargo, el matrimonio es sólamente una de sus múltiples reivindicaciones. Creo que estos colectivos han conseguido generar un gran espacio de libertad para muchas personas, y sobre todo para muchas mujeres, que se encontraban antes bajo el yugo de las convenciones sociales más absurdas, y sigue, pero no tanto.
    Me parece, cuanto menos, injusto. muchas personas que podrían haberse pasado toda su vida viviendo bajo los roles de pareja herosexual-convencional- monógama han conseguido hacerse y sentirse más libres gracias al camino abierto por las luchas del colectivo lgtb… que algunos se hayan bajado del carro revolucionario cuando han llegado a su parada (el matrimonio, y la aceptación social dentro de las normas establecidas antes por el sistema, vaya, justo lo contrario de lo que en realidad se busca para la liberación de todas), no indignifica toda la lucha y la valentía previas que supone salir del círculo de comodidad de tu pequeña sociedad anarquista del centro okupa de tu barrio, ponerte un tanga de lentejuelas y pasearte por el centro de Madrid (imagínatelo…. hace 15 o 20 años) exigiendo libertad emocional y sexual para tí y para todas las demás personas.

  12. José Manuel Lechado
    José Manuel Lechado 4 julio, 2014

    Gracias, MVerbo, por tu opinión. Creo que en mi artículo no se ridiculiza a nadie, sino que se critica una determinada forma de capitalizar la homosexualidad por parte de un colectivo. Tampoco se critica la lucha por la obtención de derechos (todo lo contrario), y en cuanto al matrimonio civil, es un ejemplo, no más. Saludos.

  13. Lúo
    Lúo 9 julio, 2014

    Es posible que esté de acuerdo contigo en bastantes cosas. Sería capaz tanto de alabar como de condenar este artículo, a partes iguales.

    Es cierto que el Orgullo Gai puede haberse convertido en un juguete social, efectista, el cual pretende atraer consumidores alegres (gais y no gais, que casualmente, significa alegres en inglés, menudo término tan espantoso) y crear un efecto «champagne» en las ciudades en las que se celebra.

    Sin embargo creo que es una forma interesante de manifestarse, porque sigue escociendo ver a la gente comportándose como quiere, vistiéndose de forma esperpéntica o bailando Marta Sánchez en tacones ¿Acaso no es esa una forma de manifestarse? Parece que cuando oímos la palabra manifestación nos viene a la cabeza violencia y antidisturbios.

    Pero lo que más lamento son las puntadas tan gruesas que das en tu artículo respecto al «colectivo gai», porque no haces sino volver a desplegar la misma serie de tópicos que hay en nuestro inconsciente colectivo, y de los que muchos estamos cansados, agotados. En mi caso, ni soy una persona esperpéntica a la hora de vestir, ni derrocho mi dinero, ni estoy cachas ni me hipercuido, ni soy un snob en busca de gustos caros, más bien todo lo contrario. Como muchos decís, «no se nota que soy gai» (otra frase absurda). Pero por otro lado tampoco soy todo lo contrario y sí comparto ciertos gustos que tu encasillas como gais, porque puedo pasármelo muy bien bailando esa «música gai» de la que habláis, o yendo a este tipo de celebraciones. No todo va a ser blanco o negro. Creo que eso es lo interesante de las personas.

    No me cansaré de decir «basta ya de prejuicios», pero si me cansaré de que no sirva de nada. Por eso, me parece estupendo que durante ese día cada uno haga lo que quiera y transgreda. La sociedad necesita que de vez en cuando todo valga.

    P.d.: Da la sensación que lo que he escrito lo hemos leído todos diez mil veces, sin embargo parece que sigue siendo necesario repetirlo.

  14. José Manuel Lechado
    José Manuel Lechado 15 julio, 2014

    Gracias, Lúo, por tu opinión. Como verás en el artículo, si lo lees con atención, no critico la fiesta, ni siquiera el hecho de manifestarse. También advierto desde el principio que no critico la homosexualidad, sino cierto colectivo que se ha adueñado de esta opción sexual. También comparto contigo que, al menos, esta celebración sigue escociendo a muchos prejuiciosos. Sin embargo, el tema principal del artículo es otro: la pérdida del carácter revolucionario del movimiento homosexual, su perfecta inserción en el sistema (al igual que ha pasado con los sindicatos, por ejemplo) y el empeño por reivindicar minucias burguesas (de ahí el ejemplo del matrimonio, a mi entender un completo error). Todo es opinable, por supuesto. No obstante, agradezco la discrepancia bien argumentada, como la tuya, de la que se aprenden cosas, y que es tan diferente de los regüeldos dialécticos de algunos exaltados (como los que pueden leerse en FB respecto a este mismo artículo). Saludos.

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