Pulsa "Enter" para saltar al contenido

Los superhéroes: una mitología de vía estrecha para tiempos de crisis

José Manuel Lechado | Iniciativa Debate | 11/03/2015

El superhéroe (junto al agente de policía) es el protagonista de la épica moderna. En cierto modo siempre lo ha sido. Desde que existe la literatura se cuentan historias de individuos sobrehumanos que realizan hazañas más o menos interesantes. Gilgamesh, el primer personaje de ficción, es también un superhombre que en su viaje por el mundo antiguo exhibe poderes más propios de un dios que de una persona.

Este precursor inspiró no sólo buena parte de la mitología posterior en todo el entorno mediterráneo, sino también la literatura que, desde entonces, nunca ha dejado de apoyarse en las hazañas de héroes del más diverso pelaje. Así es en la Iliada, en la que un grupo de espadachines pelea sin descanso durante páginas y páginas que han hecho las delicias de incontables generaciones. Y así también en las no menos bizarras novelas de caballerías que tanto gustaron a nuestros antepasados y que, mira por dónde, sirvieron para dar vida a otro pionero, éste de los antihéroes, encarnado en un lunático manchego.

Durante los últimos cien años los héroes épicos se han disfrazado de superhombres, protagonistas de un sin fin de comics y películas desde que hiciera su aparición en escena el primero de todos: Superman. Pese al tiempo transcurrido, y a alguna crisis ocasional del género, hoy los superhéroes son más populares que nunca. Y claro, es inevitable preguntarse el porqué.

En principio, y desde un punto de vista estrictamente literario, no son demasiado interesantes. Su único argumento es la fuerza bruta y sabemos desde el principio que los malos van a perder, se pongan como se pongan. El relato es siempre el mismo: un superpolicía se enfrenta a unos delincuentes comunes en una trama sin conflicto dramático, pura sucesión de peripecias (o acción, por decirlo con un término más al uso). Si esto es todo lo que da de sí, ¿en dónde radica el atractivo?

De entrada, en lo más obvio: su carácter extraordinario. ¿Qué interés podría tener para un griego antiguo la descripción de un grupo de potentados combatiendo en la costa de Troya? Pues la exhibición de un mundo que, para el común, era ajeno. El superhéroe es bello, fuerte, a menudo también inteligente o al menos astuto. A veces se adorna de ciertos valores atractivos: la defensa del bien, de la patria, de la moral imperante. Al espectador le gustaría vivir esas aventuras en las que hay acción sin riesgo (el superhéroe no muere, y si lo hace es con gloria), violencia sin castigo y erotismo sin culpabilidad. Ser superhéroe es un chollo.

La comparación con los héroes de la antigüedad tiene algunas trampas. Aquiles y Superman se parecen en muchas cosas, pero en otras son radicalmente distintos. En particular en un detalle: el superhéroe moderno no suele ser un rey, ni un aristócrata, ni un guerrero. Ni siquiera un hidalgo loco. Si quitamos la excepción de Thor, que es un dios vikingo, lo más parecido podría ser Batman, un millonario excéntrico. Pero el rico de hoy en día no se diferencia en lo esencial de, por ejemplo, el campesino (adoptivo) que es Kal-El: ambos comparten la mentalidad burguesa y sus discretos valores de clase media.

Quizá sea éste el rasgo más destacado del superhéroe moderno: poderoso como un dios, tiene las aspiraciones vitales de un oficinista. Superman se conforma con ser un reportero de segunda división en el Daily Planet y mantenerse enamorado, sin excesos, de su displicente colega Lois Lane. En suma, el superhéroe contemporáneo prescinde de los oropeles del héroe antiguo y proporciona un espejo en el que cualquier espectador actual puede reconocerse. La triquiñuela de la identidad secreta, aparte de generar alguna peripecia de segundo orden para el relato, refuerza la idea de que en la sociedad contemporánea, con esfuerzo (es decir, con fe), se puede llegar a ser lo que uno quiere. Pero esto es mentira, claro.

El reconocimiento en estos personajes da esperanza. La sociedad moderna, que es una máquina de triturar seres humanos, apenas concede treguas. La ficción religiosa sigue ofreciendo una válvula de escape ante la abrumadora realidad suburbana, como lo hacen la lotería o los mitos del éxito, el trabajo y la empresa. Pero no basta. Mientras llega el premio hay que consolarse con algo: el ensueño. El superhéroe (y, más tardías, las superheroínas) colocan una fantasía aliviadora de consumo rápido.

El problema de este género es que como épica deja mucho que desear. La fuerza de Gilgamesh es instrumental: lo que le mueve es el dolor por la muerte de su amado Enkidu; y Odiseo, el personaje más interesante de la saga troyana, protagoniza también un viaje repleto de pasiones, aunque de otra clase: es un follador y juerguista que no tiene ganas de volver a casa. En contraste, la personalidad de los superhéroes es muy pobre: la infancia traumática de Bruce Wayne no proporciona la menor profundidad psicológica a Batman, como tampoco se la da a Kal-El su condición de inmigrante ilegal. El conflicto personal, que podría ser intenso, se queda en un barniz que, más que atormentados o pasionales, hace parecer a estos héroes simples tipos raros.

Leer una y otra vez el mismo cuento acabará aburriendo a cualquiera. Por eso hay que ir dando vueltas de tuerca a la historia: supervillanos y kriptonita (más peripecia), además de un pelín de erotismo fetichista en los atuendos de las superheroínas… Relleno que, a la postre, tampoco cambia mucho la cosa, sobre todo porque ni los supervillanos muestran pasiones creíbles (son, en general, psicópatas que buscan hacer «el mal» por diversión), ni el punto flaco es resolutivo (la kriptonita es como el tabaco: mata, pero muy despacio, demasiado despacio), ni el erotismo es… erótico. El espectador avisado acabará haciéndose una pregunta incómoda: dotado de poderes tan inmensos (el superhéroe que sea), ¿todo lo que se le ocurre hacer es perseguir a atracadores? La verdad es que en un mundo saturado de problemas graves resulta casi ofensivo no haber visto nunca a ningún superhéroe… qué se yo: construyendo regadíos en África, parando una guerra o repartiendo comida a los hambrientos. Pero un superhéroe con conciencia social sería pedir demasiado. En ocasiones, en alguna viñeta, un superhéroe se queja de los abusos de los magnates. Pero son casos anecdóticos y en ningún caso el superdotado se decidirá a borrar del mapa Wall Street. La gran miseria de los superhéroes modernos es que no pueden escapar a la propia naturaleza de la cultura pacata y estrecha de miras que los ha creado.

Cuando Fiedrich Nietzsche estableció el concepto moderno de superhombre (übermensch) allá por el siglo XIX estaba creando una nueva categoría moral. Lo que proponía era liberar a la humanidad del espíritu de sumisión inculcado por siglos de doctrina cristiana basada en los preceptos políticos, morales y sociales del filósofo conservador Platón. El superhombre del pensador alemán no era un animal musculoso, sino un ser evolucionado en su moral y su pensamiento. Estaba muy lejos de imaginar Nietzsche que su idea iba a ser aprovechada como sustento de ideologías no sólo reaccionarias, sino brutales: el fascismo italiano, en menor medida el estalinismo pero, sobre todo, el nazismo.

El superhombre fascista no se parece al modelo de Nietzsche. A Hitler se le llenaba la boca hablando de la superioridad del hombre alemán, pero nadie como el dictador austriaco ha arrastrado jamás a un pueblo al grado de sumisión que demostraron los übermensch nazis que recorrieron Europa a sangre y fuego bajo sus ridículas esvásticas. No hay contradicción: la retórica del poder está llena de palabras huecas. Lo que importa aquí es que el modelo teórico de superhombre fascista es el que inspira al precursor: Superman, fuerte y sumiso al poder. Un personaje que no en vano hace su primera aparición, vestido de forzudo de circo con los calzoncillos por fuera, en 1938, en plena gloria de los fascismos.

En aquel tiempo la sociedad capitalista occidental, aterrorizada por el poderío de la Unión Soviética, vivió un idilio encantador con los fascismos. La sumisión del Reino Unido y Francia a los caprichos de los nazis y los fascistas hasta septiembre de 1939 es bien conocida, como también lo son los gestos admirativos de Winston Churchill hacia el canciller Hitler. ¿Qué tiene de extraño que, en ese contexto, se lanzara al mercado un personaje que reunía todas las cualidades del superhombre fascista? Blanco, musculoso, con la violencia como único referente y, sobre todo, por completo obediente al poder establecido. Se ha argumentado que tanto Jerry Siegel como Joe Shuster, los creadores de Superman, eran de origen judío. ¿Y qué? En 1932, cuando los autores tienen la idea de Superman, Hitler aún no era canciller ni se habían producido persecuciones de judíos (donde había habido pogromos fue en la URSS): lo que encendía pasiones era el fascismo genuino, el de Mussolini, que no era particularmente antisemita (pero sí antibolchevique). En todo caso, el fascismo sólo es una forma exacerbada de nacionalismo, y Superman es, por encima de todo, un héroe «americano».

Hay que decir, en honor a la verdad, que el primer Superman de Siegel y Shuster mostraba cierta preocupación por los problemas sociales (todavía estaban vigentes las miserias de la Gran Depresión y los efectos positivos del New Deal), pero esto duró muy poco. La censura del Comic Code estadounidense y los intereses editoriales (que privaron a los creadores de una remuneración justa por un personaje que iba a generar millones de dólares) convirtieron con rapidez a Kal-El en el superagente de policía que todos conocemos y en el que se inspiraron todos los superhéroes posteriores.

La relación de los superhéroes con el poder es de una sumisión llamativa. Superman incluso se deja meter en la cárcel cuando es encontrado culpable de un delito (que además no ha cometido). Y ni él ni ninguno de los superhéroes parece ansiar algo tan humano como es la toma del poder, cosa que les costaría bastante poco lograr (los supervillanos sí lo buscan, pero no está claro para qué, aparte de para cometer gamberradas y maldades pueriles). Este es un factor importante en el que la épica del superhéroe se roza, de nuevo, con las viejas religiones de toda la vida: se predica resignación y obediencia al lector. Es decir, Si Batman (o Jesucristo) se someten a una dirección superior, todos debemos hacerlo.

La evolución del género en las últimas décadas ha exaltado no sólo una violencia cada vez más sofisticada (en la línea del desarrollo tecnológico de los ejércitos actuales), sino también una exaltación del consumismo. El superhéroe ha abandonado casi cualquier rasgo de la épica antigua (que al menos tenía el interés romántico del caballero andante) para encarnar al superciudadano modélico: consumista, respetuoso de la jerarquía, adicto al trabajo, ecológicamente devastador y que no se cuestiona nada. El superhombre es un defensor de todos los antivalores de la sociedad contemporánea capitalista. Y actúa sin tapujos. Para él, el fin justifica los medios y ejecuta sus designios en nombre de la ley. Se ha comentado en ocasiones otra paradoja falsa relacionada con esto: el superhombre de los tebeos sería de hecho un fuera de la ley, pues usurpa las funciones que el Estado encomienda a la policía, pero que ésta no cumple. Un rasgo anecdótico que proporcionaría a estos superhéroes un tono romántico al estilo de Robin Hood. Pero no es así: los superhéroes no reparten nada (aparte de golpes) ni luchan contra ninguna injusticia (dejando a un lado viñetas anecdóticas). Sus actuaciones encajan de forma precisa en el esquema mental estadounidense, donde existen figuras parapoliciales reconocidas legalmente: los cazadores de recompensas. En Europa esto resulta menos digerible, pero en Estados Unidos no tiene nada de raro el justiciero que, dentro de ciertos límites, se salta algunas normas «menores», como las relativas a los derechos del detenido, la presunción de inocencia y otras similares. Un superhéroe clásico actúa, en fin, como lo hacen cada vez más las policías y departamentos de «inteligencia» militar en todo el mundo: amenazando y amedrentando, a menudo fuera de la propia normativa que dicen representar, y siempre al servicio de los poderosos.

¿Y por qué no? Al superhéroe se le perdona todo porque está investido de un salvoconducto casi místico. Los contactos del género de superhéroes con el mito religioso son abundantes, pero hay uno en el que encaja de maravilla. El arquetipo del salvador. El superhombre se cubre con los ropajes de un mesías: aparece en el momento oportuno para solucionar un estado de cosas determinado. ¡Y él es el único que puede hacerlo ante una humanidad agradecida! De remate, la castidad más o menos acusada del superhéroe clásico refuerza esta idea mesiánica (aunque en los últimos tiempos se ha introducido cierto erotismo romántico, al menos en las aventuras de algunos personajes: ¡hay que vender!). La necesidad de salvadores es una constante en la historia de la civilización. Tiene su lógica: para una población agobiada por el trabajo diario el esfuerzo de tomar las riendas del propio destino puede resultar abrumador. Es más cómodo y fácil que otro nos saque las castañas del fuego (o simule que lo hace).

Aunque el superhéroe no asuma el liderazgo político o social (porque un género tan conservador como este no puede proponer en ningún caso la subversión del orden establecido), sí se comporta como un líder moral. Y le gusta que le aplaudan, igual que a Dios padre. El culto al líder, que es un rasgo propio de todo buen totalitarismo, se diga religioso, fascista, estalinista o capitalista, se encuentra por doquier, a veces incluso con tintes ridículos. Por ejemplo, cuando se concedió el Premio Nobel de la Paz al recién elegido presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, por el único mérito de ser mulato. Un líder providencial y carismático es tan útil como un mesías salvador: evita responsabilidades y tener que tomar decisiones. Si las cosas van bien, es un modelo al que aplaudir; y si van mal, siempre se le puede crucificar. Los superhéroes, en este sentido, lo tienen más fácil, porque el guión les asegura el éxito. La propaganda del concepto siniestro de liderazgo que proyectan las historias de superhéroes constituye tal vez su factor más pernicioso. Como demuestra la narración bíblica —que es una gran historia de superhéroes—, creer en seres todopoderosos es un peligro.

Pero en fin, si millones han creído y creen en religiones y partidos, por más que estos sólo sean generadores de explotación, miseria y patrañas, ¿por qué no disfrutar con la ficción del superhéroe, que también proporciona alivio y encima en un formato amable y entretenido? Es un género nefasto, pues contribuye a inculcarnos, desde niños, los antivalores de la autoridad, la superioridad de la violencia, el culto al líder… Pero no más nefasto que sus referentes en la realidad, encarnados en forma de estadistas, empresarios, militares y sacerdotes.

Puede que el éxito del género se deba sólo a una extraordinaria campaña de mercadotecnia que ha logrado que, al cabo de las décadas, la gente lleve unos calzoncillos o una camiseta con el símbolo de Superman sólo porque mola, del mismo modo que muchos lucen en su ropa la cara del Che, los morritos de Mick Jagger o la «A» del anarquismo sin saber qué significa su adorno.

Después de todo, los superhéroes sólo son personajes fantásticos, desde Aquiles a Superman. Marionetas del poder en un sentido literal, defensores de un sistema injusto y que, de remate (esto es lo más fastidioso), violan todas, absolutamente todas las leyes… de la Física. Pero esto es otra historia.

9 Comments

  1. Juan
    Juan 12 marzo, 2015

    Estoy de acuerdo en que la proliferación de películas de superhéroes en los últimos tiempos es una expresión de la dificultad de la sociedad actual de aceptar lo que está pasando. Es una forma de evasión de la realidad, evasión absoluta, una vez las leyes físicas son dejadas completamente de lado. Creo que Sucker Punch fue la única película en que se reconoce esto abiertamente.

    También coincido que los superhéroes modernos tienen su origen el fascismo y crean una especie de mitología, paralela a las religiones.

    De lo que no estoy de acuerdo es que el cristianismo sea un equivalente. El antiguo testamento quizá sí, pero el nuevo no es más que la historia de un perdedor al que le dan palos por todos lados, pero que tiene razón, y por eso logra imponerse. Jesús, por mucho que les pese a los ateos/agnósticos, Dios u hombre, sí que supo reconocer la realidad de su tiempo mejor que nadie (choque cultural judio/griego, religión pagana trivial, religión judia avanzada pero atada a preceptos ridículos) y tuvo el coraje de dar un primer paso para cambiarla, sabiendo que lo acabarían crucificando. Fue un héroe.

    Después Pablo se caería de su caballo y haría la revolución desde su privilegiada posición de ciudadano romano, pero siguiendo a ese innovador llamado Jesús.

    • José Manuel Lechado
      José Manuel Lechado 27 junio, 2015

      Hola, Juan. Gracias por tus comentarios.
      Yo diría, de entrada, que la resistencia judía a la ocupación romana es anterior a Jesús e independiente de él. En cuanto al choque cultural judío/griego, no creo que se diera en ningún momento de la Historia, puesto que no competían por, digamos, el mismo «nicho». Por otra parte, en aquel momento histórico la cultura clásica estaba infinitamente más avanzada que la hebrea: Judea, Israel, etc., eran territorios más bien pobres y atrasados, sin influencia alguna en el mundo antiguo. El peso del judaísmo viene, paradójicamente, del ascenso casual del cristianismo, y esto no ocurrirá hasta el siglo IV.
      Respecto a la religión, efectivamente la fe clásica era ya un puro formalismo (como el catolicismo hoy día, probablemente), pero no entiendo muy bien cómo una religión (la judía en este caso) puede ser «avanzada» a la vez que «atada a preceptos ridículos». Bueno, en realidad no entiendo que ninguna religión pueda ser considerada como algo avanzado, pero este es otro debate.
      Por último está el tema de Jesús. Yo nunca he comprendido muy bien el fundamento retorcido del cristianismo: ¿hay que torturar a un hombre y asesinarlo para salvar a la humanidad? No lo concibo, no veo la relación. Por otra parte, si Jesús sabía que tal iba a ser su fin, ¿por qué no evitarlo? Supongamos por un momento que era la encarnación de un dios todopoderoso… ¿No tenía ese dios un medio menos retorcido y perverso de hacer…? ¿De hacer…? ¿El qué? ¿Para qué ha servido o sirve el cristianismo? Esto sin entrar en el hecho de que el tal Jesús, si es que existió, no buscaba fundar una religión nueva, sino regenerar (por enésima vez) el judaísmo que, como la religión clásica, había devenido bastante trivial.
      Un cordial saludo.

  2. José Manuel Lechado
    José Manuel Lechado 12 marzo, 2015

    Muchas gracias por tus comentarios, Juan. Por cierto, es un placer que alguien exprese una opinión contraria (a la mía, en este caso), con educación y argumentando.
    Un saludo.

  3. Joseline Rodriguez Varela
    Joseline Rodriguez Varela 12 marzo, 2015

    Felicito al autor por este articulo, explica este tema con una claridad y unos conceptos buenisimos. Me encanta Jose Manuel Lechado , sus artículos son interesantisimos .

  4. José Manuel Lechado
    José Manuel Lechado 12 marzo, 2015

    Muchas gracias, Joseline. Me alegro de que te gusten.

  5. La Cacatúa
    La Cacatúa 13 marzo, 2015

    O sea, otra herramienta más de manipulación/domesticación: lavado de meninges y fusilamiento neuronal, desde la infancia, para obtener ciudadanos dóciles y maleables, cuya máxima aspiración sea ser buenos productores-consumidores, y poquito más.
    Perfecto.
    Que bien se lo han montado los hijoputas.

    • José Manuel Lechado
      José Manuel Lechado 13 marzo, 2015

      Algo de eso hay, sí, y desde tiempos antiguos.
      Muchas gracias por tus comentarios.

  6. Nerea
    Nerea 13 marzo, 2015

    Es curioso, que salvo la meción a Gilgamesh, Aquiles y don Quijote, el resto o la inmensa mayoría de los superhéroes son de creación norteamericana y me pregunto el por qué. ¿Será por su complejo de superioridad respecto al resto del mundo mundial?
    Acerca de la mercadotecnia, me llama poderosamente la atención que gente muy alejada de los gustos musicales o de los ideales políticos del logo que lleva en la camiseta, lo luzca sin complejo solo porque el señor Inditex o el señor H&M hayan decidido que mola llevarlo.

  7. José Manuel Lechado
    José Manuel Lechado 13 marzo, 2015

    Gracias por tus comentarios, Nerea.
    Que los superhéroes modernos sean principalmente estadounidenses no es raro: es la forma cultural dominante en la actualidad.
    En cuanto a la mercadotecnia, pues es lo que tiene: que resulta eficaz. El capitalismo puede digerirlo todo, hasta lo más revolucionario, y convertirlo en un artículo de consumo sin apenas significado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *