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El 24-M y la lógica del espectáculo: ¡Vótame, gilipollas!

Por Pedro Antonio Honrubia Hurtado | Kaos | 21/05/2015

Esperanza-Aguirre-Maria-Dolores-Cospedal_ECDIMA20141120_0015_3No diga política, diga espectáculo. El espectáculo, diría Debord, no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes. No importa tanto lo que de verdad sean las cosas, como la representación de dichas cosas que uno es capaz de percibir a través de todo el circo mediático que acompaña a los actores políticos en batalla electoral. Un minuto de televisión, que diría Monedero, se torna más importante que un buen programa electoral, una buena organización de base o un buen debate, sosegado y razonado, sobre aquello del “qué hacer”. Los mensajes electorales no se dan en tiempo real y no se expresan en un lenguaje racional, se emiten siempre, como ficcionalización de la realidad, en diferido, y lo hacen desde  lo emocional para lo emocional, en el lenguaje de los sueños, de los mitos o de los símbolos sociales. No se reciben, se interpretan. No te hablan de lo que eres, sino de lo que crees ser, o, peor todavía, de lo quisieras ser según lo que se desprenda de lo socialmente establecido como hegemónico. Todo el año es campaña electoral, toda intervención es un acto de campaña.

Todos los partidos que se disputan la representación del electorado con alguna opción real de llegar a ejercer dicha representación en alguna institución pública comprenden, en mayor o menor grado, esta lógica. Una lógica que lleva implícita una sustitución de lo ausente por lo presente, donde el ausente es siempre el representado. El voto otorga a una misma vez poderes de representación y estatus sagrado de representante. El electorado no se ve representado en programas, ideas o personas, sino en ausencia de participación. Su forma de estar en política institucional es no estando. El ordenamiento legal así lo hace posible. No hay mecanismos reales que garanticen la asunción de responsabilidades por parte del representante y nada puede garantizar al representado que su voluntad representativa, aquella que delegó mediante su voto al representante, será respetada. Sobran los programas.

Una promesa electoral no es un contrato, es un anuncio. Con ella no se presenta un programa de gobierno, se vende una imagen, una marca, un líder, un representante. Se trata de hacerse atractivo ante el electorado para que, con su voto, te permitan ocupar en primera persona su ausencia, sin más compromiso a respetar que el que tienes con tu propia imagen como representante, para que esta pueda resultar de nuevo atractiva en el próximo proceso electoral y permitir que el votante te renueve su confianza en tu capacidad de representar su ausencia seductoramente. Solo de tu ética personal depende, mientras tanto, que seas más o menos fiel al mensaje-anuncio por el que te votaron.

Eso sí, los anuncios-mensajes con los que un candidato o candidata, o un partido, se dirigen al pueblo en busca de su apoyo electoral pueden ser más o menos racionales, más o menos sinceros, más o menos ajustados a la realidad. Los hay que pretenden ganarse la confianza del electorado en base a una conexión emocional con sus demandas y problemáticas más propiamente reales, y los hay que simplemente pretenden conectar con lo que habita en su imaginario socio-político, el subjetivo-identitario y el colectivo. Los hay que pretenden basarse en las cosas que de verdad pasan y los hay quienes pretenden basarse en ilusiones creadas con apariencia de verosimilitud. Los hay quienes hablan desde la realidad misma y los hay quienes, al hablar, son capaces de construir realidad ficticia con apariencia de realidad-real. Los hay quienes para hablar se apoyan en hechos reales racionalizados y razonados y los hay quienes simplemente se basan en una apelación constante a razones simuladas capaces de conectar con los deseos idealizados de la masa social. Los hay sinceros y los hay mentirosos, en resumen.

Llegamos así a una campaña electoral en la que candidatas sin programa, como es el caso de Aguirre o Cospedal, pueden ganar las elecciones, o en el que secretarios generales de un partido que aspira a gobernar en miles de pueblos, ciudades y CCAA, basan su campaña en la invención de historias sobre supuestos comentarios recibidos por parte de una ficticia mujer que les habla directamente con el corazón en la mano de sus problemas y necesidad de soluciones, mientras que a quienes los medios exigen conocer su programa o califican de “vendedores de humo” es a otros. Una campaña en la que se puede ir primero en las encuestas apelando simplemente al “vótame” y nada más. Una campaña, en definitiva, en la que se puede tratar al votante como auténtico gilipollas y no pasa absolutamente nada.

Cospedal y Esperanza Aguirre se presentan a las elecciones sin programa electoral. Cospedal lo presentará el último día de campaña, Aguirre lo ha despachado con un folio. Siempre habíamos sospechado que su estrategia electoral se basa en tomar a sus potenciales votantes por gilipollas, pero esto ya es demasiado evidente. En ambos casos les basta con que el potencial votante crea que son alternativa a ese “otro” algo que los medios han presentado como el diablo. Apelar a ETA o a Venezuela es suficiente para hacer campaña. Mentir, engañar, manipular, hace todo lo demás. Es la lógica del espectáculo llevada a su máxima expresión político-electoral: aquella que no solo omite al representado y otorga toda presencia en la vida política institucional al representante, sino que lo hace, además, desde el absoluto convencimiento de que el representado es gilipollas: sin presencia y sin capacidad de razonamiento. Su campaña electoral se basa, pues, en un único mensaje central: ¡vótame gilipollas!

Aunque lo verdaderamente  significativo es que, pese a ello, llega el día de votar… y millones se sienten identificados con esa apelación; millones obedecen a esa orden.

Origen: El 24-M y la lógica del espectáculo: ¡Vótame, gilipollas! | Kaos en la red

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