Pulsa "Enter" para saltar al contenido

El planeta liberal (o el verdadero precio del capitalismo)

José Manuel Lechado | Iniciativa Debate | 19/08/2015

En un brazo remoto de la Galaxia se encuentra el planeta Mongolio, descubierto hace poco tiempo por el observatorio orbital de rayos X Chandra. Los datos aportados por esta sonda han revelado un mundo muy curioso, habitado por una civilización pujante que en nada se parece a la nuestra.

Según los datos, este pequeño mundo se encuentra cubierto de un gran océano sobre el cual sólo emergen cinco islas no demasiado grandes, pero tampoco muy reducidas. En una de ellas, llamada Mungo, un emprendedor llamado Ming llevó a cabo un experimento económico de lo más curioso con la intención declarada de proporcionar a su planeta un crecimiento sin parangón en la Vía Láctea.

En la isla Mungo vivían 10 mongolianos (uno de ellos el propio Ming). La isla producía cada año 10 bananas mongolianas, suficientes para sustentar a la población local sin problemas y aportarles todo lo que necesitaban. Históricamente cada mongoliano se quedaba su banana y así las cosas iban tirando. Pero Ming —todo un emprendedor, como ya se ha dicho—, decidió invertir su banana: dio a dos de sus paisanos, los más brutos que pudo encontrar, media banana a cada uno, y también unas cachiporras de madera. A cambio debían quitar a los otros siete sus bananas y dárselas a él (a Ming), para que las distribuyera de manera correcta.

El experimento fue un éxito: Ming, que ya no trabajó más en los campos de bananas, sino como administrador, se quedó seis bananas, dejó otras tres para sus dos guardias (así se llaman los de la porra en el idioma local, sin que se sepa a ciencia cierta qué significa exactamente esta palabra) y, en un alarde de generosidad, cedió la banana restante a los otros siete habitantes, los que curran. La nueva sociedad de Mungo fue descrita, siempre en la incomprensible lengua local, como «ultraliberalismo». Si alguien se quejó de este mal reparto, el emprendedor Ming pudo asegurar que estaba creando trabajo, ante lo cual no hay replica.

No obstante, a Ming le pareció poco, así que decidió aumentar la producción, para lo cual hacía falta más gente. En poco tiempo la isla de Mungo creció hasta una población de 30 mongolianos (reproducidos por bipartición) capaces de cultivar 30 bananas al año. El reparto después de esta audaz campaña de crecimiento fue el siguiente: 19 bananas para Ming, 6 bananas para 6 guardias, y 5 bananas para los 23 currantes.

Aunque había conseguido crecimiento y creado mucho empleo, a Ming le pareció poco. Así que decidió expandirse por las otras islas del planeta, llamadas Manga, Menga, Minga (¡vaya!) y Monga. En estos territorios aún imperaba el sistema primitivo de «un mongoliano, una banana», pero esto dejó pronto paso a los beneficios del «ultraliberalismo».

Al estar menos pobladas resultó fácil conquistarlas una por una e ir imponiendo el nuevo procedimiento, para beneficio de todos. Dado que los habitantes de ultramar, aunque mongolianos (de Mongolio), no eran mungolianos (de Mungo), se consideró oportuno pagarles con menos bananas. Para resumir, al cabo de unas pocas décadas la situación era la siguiente: 500 mongolianos en todo el planeta, con una producción de 500 bananas. De las cuales, 420 para Ming (que por cierto, ya no era emprendedor, sino «emperador», otra palabra rara), 50 para sus 60 «guardias» y 20 para el resto (439 habitantes).

A pesar del crecimiento innegable y de la creación de empleo a nivel planetario, los disturbios se multiplicaron porque la gente, allí como aquí, es desagradecida con los emprendedores. Ming, en un alarde de ingenio, cambió las cachiporras de madera por barras de acero, mucho más contundentes. Las bajas no fueron excesivas, en parte debido a que la aplicación expeditiva de la fuerza bajó los humos a los revoltosos, pero también gracias a la emprendiduría (?) de Ming, que repartió de forma desigual las 20 bananas entre los 439 currantes y así sembró la división en las filas de los desagradecidos. Al cabo la población volvió al redil y la producción de bananas se mantuvo casi estable.

Casi, porque desde hace tiempo se observa una bajada lenta pero constante de la capacidad de los campos. Hay quien asegura que se debe al desgaste de la riqueza mineral del suelo mongoliano, explotado en exceso y al que no se da tiempo para recuperarse. Ming, que pese a los años conserva su carácter emprendedor, niega las historias de los agoreros asegurando que carecen de pruebas. La mayoría, tranquilizada por estas palabras, sigue afanada en cosechar cada vez menos bananas y en recibir aún menos fracciones de banana como pago. Lo que sea, con tal de tener trabajo y que el bondadoso emperador aumente su stock personal. Se lo merece: es un líder natural que crea empleo y riqueza.

No sabemos nada más. Desde hace unas semanas el observatorio orbital Chandra no recibe noticias del planeta Mongolio, pero esto puede deberse a cualquier motivo completamente razonable.

Sé el Primero en Comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *