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Una Cataluña independiente de récord Guinness

  • ¿Qué hace especial la independencia de Cataluña respecto a las tentativas de Escocia y Quebec?
  • ¿Por qué España jamás permitirá un referéndum de independencia vinculante?
  • ¿Por qué la independencia de Cataluña sería un terremoto de alcance mundial?

Jordi Noguer | Golden.cat / Colaboraciones | 22/09/2015

El término nación tiene dos acepciones oficiales, más una mía, que sería: “Aquella comunidad de personas que son solidarias entre ellas, de buen grado”. Pero ahora toca ceñirse a las definiciones históricas.

Por un lado, ‘nación’ significa lugar donde se nace, y su uso es tan antiguo, que ya se usaba en la época de los romanos para distinguir los provincianos respecto a los romanos nativos.

Esta acepción de ‘nación’ evolucionó en el tiempo, hasta acabar refiriéndose también al territorio con unas costumbres culturales, una lengua y unos rasgos característicos, diferentes de los de los territorios colindantes. Sería, pues, la visión folclórica del término ‘nación’. A veces, para distinguirla de la otra acepción histórica de la palabra, para referirse a este concepto de ‘nación’, se usan los eufemismos ‘realidad nacional’ o ‘nacionalidad’.

Así, cuando escuchamos a los políticos hablar de ‘nación de naciones’, o de ‘estado plurinacional’, o bien oímos decir que Andalucía es una nación, no debemos rasgasnos las vestiduras. Simplemente, se están refiriendo a la ‘nación’ según la visión folclórica del término.

A partir de finales del siglo XVIII, pero, una nueva concepción del término ‘nación’ emergió. La nación pasaba a ser un territorio delimitado, con el destino divino de constituir una Unión Perpetua indisoluble, por los siglos de los siglos. Y porque así fuera, en este territorio serían de aplicación unas leyes casi-sagradas. Con esto, se establecía el concepto de ‘nación jurídica con Unión Perpetua’.

De alguna manera, se permutaba el vínculo férreo que había habido hasta el momento a través el absolutismo de los reyes de la época, por un vínculo férreo de nuevo cuño, logrado a través de leyes pétreas aplicadas a los naturales de un territorio, de forma que nada ni nadie pudiera alterar dicho vínculo, bajo ningún concepto. No hacía falta que la población de los territorios fuera culturalmente homogénea, porque los derechos y deberes pasaban a ser exactamente iguales para todo el mundo. Al fin y al cabo, se estaba rompiendo con el absolutismo que abogaba justamente por la superioridad ante la ley de unos hombres respecto de los otros, ¿verdad? De aquí el “Liberté, égalité et fraternité” francés.

Al margen, y como colofón de la conformación de la nación, era pertinente redactar una Constitución que pusiera por escrito todos estos principios inamovibles. No se trataría de una Constitución al estilo medieval, a guisa de pacto entre estamentos, sino que se tomaría el sentido literal de la palabra, esto es, se plasmarían los términos de la constitución de la nación en un escrito casi-sagrado.

Mucha gente piensa que esta manera de entender la nación proviene de la revolución francesa, pero, verdaderamente, donde primero se puso en práctica, fue en la independencia de los Estados Unidos de América respecto del reino inglés.

Concretamente, la declaración de la independencia de los USA fue en 1776, doce años antes de la revolución francesa, que fue en 1789.

En cuanto a la Constitución, la estadunidense fue redactada en 1787, mientras que, en el caso de la francesa, lo fue el 1791, cuatro años más tarde, pues.

Este decalaje en el tiempo es importante, porque el tercer país que tomó estas ideas de nación como Unión Perpetua, soportada sobre una Constitución concebida como un escrito casi-sagrado, fue precisamente España, en 1812.

Así pues, la Constitución pasaba a ser un documento jurídico nada laxo, donde no cabía ninguna interpretación sesgada de lo que se describía. Si quedaba establecido que el territorio nacional iba de tal punta a tal otra, todo ciudadano de la nación, dicho nacional, estaba obligado a defenderlo; con su vida, si hacía falta. Y al revés. Si alguien tenía la pretensión de alterar el territorio que comprendía la nación, o bien de obviar las leyes casi-sagradas dictadas en la Constitución, el resto de nacionales pasaban a tener la obligación de proteger a la nación contra cualquier ataque que la pusiera en algún aprieto. Por cierto, de aquí viene que los franquistas se auto-denominaran ‘nacionales’ e hicieran un ‘alzamiento nacional’ para defender el statu quo.

Puede parecer exagerado, pero la historia nos demuestra que realmente las naciones jurídicas con Unión Perpetua funcionan, y actúan, así.

Por ejemplo, todo el mundo da por hecho que la guerra civil norteamericana fue por una disputa entre los abolicionistas norteños y los esclavistas del sur, pero la realidad fue bastante diferente.

Cuando el nordista Abraham Lincoln llega a ser presidente de los USA en 1861, los estados del sur, muy en desacuerdo con la elección, envían sus dirigentes con la intención de pagar al estado central federal una cierta cantidad de dinero, a cambio poder de abandonar la nación norteamericana.

La respuesta del presidente Lincoln sonará mucho a los catalanes: “No os reconozco como gobernantes de ningún estado independiente o independizable. La soberanía recae únicamente en el conjunto de la nación federal norteamericana. El solo hecho de considerar aceptar vuestro dinero ya significaría romper la Unión Perpetua en que se basa nuestra nación”. A la vez, también les recordó que la propiedad de los estados del sur era federal, o sea de todos los norteamericanos, y no particular de la gente que habitaba aquellos trocitos del territorio nacional. Los confederados no podían venderse una cosa que no era suya a efectos legales.

Es el equivalente americano del «España se una unidad de destino en lo universal», que escucharíamos decir, cien años más tarde, en boca de los franquistas.

Naturalmente, Lincoln no dejó más alternativa que el uso de las armas, si se quería romper la nación. Y, obviamente, todo el mundo que creía en este concepto de nación jurídica, la defendió también con las armas y, incluso, consideró legítimo exterminar todo el mundo que pensara que podía romper la nación, fuese durante la guerra civil o fuese una acabada ésta, como si de herejes se trataran. Por cierto, Lincoln fue asesinado por un confederal al final de la contienda, en venganza del trato recibido.

El belicismo habitual de los Estados Unidos debe de tener muchos motivos, pero uno de incontestable es que esta necesidad de tener enemigos exteriores (nazis, soviéticos, yihadistas, espaldas mojadas, etc.), se debe en el reconocimiento implícito de la debilidad de la cohesión de su nación, por mucho que en las películas nos hagan creer justo el contrario. Es aquello del “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Tengamos claro que las cicatrices de la guerra civil nunca se han curado del todo, especialmente en Texas, y que las críticas estereotipadas entre los habitantes de los diferentes estados, menudean mucho más de lo que nos pensamos.

Por su parte, Francia y España también se han enfrentado a disgregaciones de su sagrada nación indisoluble.

En la constitución del 1812, España se definía como un vasto territorio repartido entre el España peninsular, la insular, la africana y la de ultramar. Es cierto que a lo largo de los siglos XIX y XX fue perdiendo territorios, pero fue siempre por vía de las armas; recordemos la guerra de Cuba, la guerra al Rif, etc.

Francia también acabó perdiendo Argelia por las armas, por ejemplo. Pero, en este caso, a pesar de perder territorio, no dejó que ningún ‘nacional’ se quedara en el país independizado y los forzó, literalmente, a ir a vivir a la metrópoli. Esto refuerza la noción que ningún ciudadano de la nación puede irse de ella. Pero lo pagaron caro; muchos de los problemas actuales de las banlieues provienen de esta decisión tomada.

Volviendo a España, es evidente que quienes redactaron la constitución del 1978 tenían muy claro todos estos conceptos. Cataluña y el País Vasco son simplemente tratados como ‘nacionalidades’, y se deja claro que sus ‘hechos diferenciales’ son meramente folclóricos y no les otorgan ningún ‘derecho diferenciado’.

El famoso Estatuto catalán, abortado, pretendía precisamente elevar el estatus de Cataluña al nivel de nación jurídica, con derecho a la soberanía popular, cosa que hubiera puesto Cataluña a la altura de las naciones norteamericana, francesa, o de la propia española. No nos debe extrañar, pues, que se dijera a los catalanes, por activa y por pasiva, que estaban pidiendo un imposible. Cómo es sabido, finalmente, los guardianes de la nación sacaron el cepillo y ‘cepillaron’ bien el texto del Estatuto, hasta eliminar cualquier pretensión.

El motivo es obvio; una nación jurídica basada en un territorio concreto, y con una Unión Perpetua, por definición, no puede contener otra nación jurídica de igual nivel, porque implicaría aplicar leyes diferentes para los nacionales de diferentes territorios, y esto es justo lo que quería evitar la nación jurídica española tal y como fue concebida.

Como mucho, una nación jurídica con Unión Perpetua, como por ejemplo España, puede asociarse en términos de igualdad con otra nación jurídica equivalente, por ejemplo Francia, y constituir juntas un ente supranacional como es la Unión Europea, siempre poniendo como condición que no habrá injerencias entre los estados en cuestiones domésticas.

Por eso, cuando el primer ministro de Francia dice que Cataluña es un asunto interno español, lo dice pensando en términos de nación jurídica con Unión Perpetua, que lo obliga a tener un respeto absoluto en los asuntos que corresponden a territorios ajenos, y de las leyes que allí se aplican.

De hecho, el paternalismo constante que observamos por parte de los mandatarios de los Estados Unidos hacia Francia y España, no es tanto por el hecho de haberlos salvado del nazismo, como por la potestad que otorga a USA el hecho de haber sido la primera nación jurídica en la versión Unión Perpetua y haber servido de modelo a las que aparecieron posteriormente.

Teniendo presente todo lo dicho, la frase de Josep Pla que dice que “en lo referente a Cataluña, no hay nada que se asemeje más a un español de derechas que un español de izquierdas”, se explica fácilmente. Los políticos españoles de izquierdas velan tanto o más que los de derechas para preservar la nación jurídica española. No nos tiene que extrañar, pues, el silencio clamoroso de los intelectuales de izquierdos españoles en la causa del independentismo catalán o vasco. Como mucho, esquivan la cuestión autodefiniéndose como internacionalistas, para no tener que dar la razón explícitamente a los oponentes de derechas.

En cambio, si nos fijamos, ni el Reino Unido ni en Canadá tienen esta concepción de la nación jurídica de Unión Perpetua. Esto les permitió aceptar, de forma relativamente fácil, la celebración de los referendos de independencia vinculantes, tanto en Escocia como en Quebec.

Por todo esto, hay que tener muy claro que España nunca permitirá un referéndum de independencia vinculante en ninguno de sus territorios nacionales. Ni nunca nadie se lo impondrá desde fuera. Hay que perder toda esperanza. El famoso “Caso de los catalanes”, derivado de la Paz de Utrecht, no existe en ningún dossier diplomático.

También hay que tener muy claro que, si alguna vez se reforma la Constitución, seguro que se continuará haciendo con la misma visión de Unión Perpetua inalterable. En caso de no ser así, estaríamos realmente asistiendo a una refundación de España. O a su desaparición, seguramente. El famoso bipartidismo PP-PSOE, no es nada más que una lucha por tierra, mar y aire, financiada y auspiciada por todos los poderes fácticos, para asegurarse que nunca haya una mayoría alternativa que pueda forzar esta hipotética refundación. Y si nunca se llega a ella, como en el 1936,… siempre habrá algún militar salvapatrias presto a reconducir la situación.

Debe quedar bien esclarecido, pues, que si se modifica la Constitución española, y se concede hacer aparecer el término ‘nación’ en el redactado, al referirse en Cataluña, País Vasco, Galicia o, incluso, Andalucía, seguro que se dejará patente que simplemente se trata de un reconocimiento de estos territorios nacionales como naciones folclóricas no-jurídicas. En ningún caso la nueva Constitución otorgará ningún ‘derecho diferenciado’, puesto que, por definición, las leyes de los estados jurídicos como el español tienen que ser de aplicación a todos sus nacionales por igual.

Y menos todavía se obtendrá el derecho a autodeterminarse y convertirse en estado soberano, porque iría contra la esencia de la unidad territorial, que tiene que perdurar por los siglos de los siglos.

Se toleran los hechos diferenciales, sí, pero siempre que no impliquen diferencias jurídicas entre los nacionales.

Esto nos lleva a concluir que España no será nunca confederal ni federal asimétrica, sin un proceso de refundación de final incierto. Precisamente, Ibarretxe pretendió conseguirlo obviando este paso y le dejaron muy claro que, o renunciaba, o acababa en prisión.

Si alguien está pensando en el concierto vasco y navarro como ‘derecho diferenciado’ ya establecido actualmente, cabría hacerle notar que, si se les permite tenerlo, es precisamente porque lo usan como una arma contra sus aspiraciones independentistas. Sólo falta que insinúen a los vascos que, si siguen incordiando, perderán el concierto y se acaban las pretensiones de golpe, ipso facto. Lo hemos visto repetidas veces. Seguramente, en 1978, los padres de la Constitución tenían a la cabeza hacer la misma concesión en Cataluña, para tenernos igual de cogida, pero sea por una genialidad de Jordi Pujol en no aceptarlo, o sea porque se consideró que era económicamente inviable, renunciaron, y ahora tienen una arma arrojadiza menos contra el independentismo catalán.

Con todo lo dicho, resulta evidente que Francia y España no se avendrán nunca a reconocer la independencia de Cataluña, sea cual sea el mandato obtenido a las urnas de unas elecciones plebiscitarias. Pero, hay que tener presente que, por coherencia con su historia, los Estados Unidos tampoco se avendrán. ¿Cómo explicaría Obama a los estados del sur que ahora aplaude la disgregación de un territorio de una nación hecha a imagen de los USA, si sus antecesores forzaron una guerra civil traumática, precisamente para evitar una disgregación similar en su nación?

También, como excusa para frenarla, se suele esgrimir que a la Unión Europea tampoco le interesa la independencia de Cataluña, por aquello de evitar un efecto contagio y que Europa se acabe convirtiendo en un tencadís gaudiniano. Pero, en realidad, lo que no se quiere, de ningún modo, es un precedente de ruptura de una nación jurídica establecida como una Unión Perpetua, teóricamente indisoluble. Eso sí que facilitaría infinitamente la disgregación de los estados basados en vínculos más débiles y, sobre todo, dejaría sin argumentos a los franceses y americanos para oponerse a la independencia de Córcega y Texas, por ejemplo.

Con todos estos condicionantes, a Cataluña sólo le queda una carta para lograr la independencia. Conseguir el mayor número de reconocimientos posibles por parte de estados no constituidos con este concepto de nación a la norteamericana. Sólo así, y está para verse si sería suficiente, se podría hacer suficiente presión para que se diera el primer caso de ruptura de una nación jurídica de esta índole, sin haber tenido que pasar por las armas. Eso sí, al hacerlo, Cataluña abrirá la caja de los truenos, a escala mundial.

He aquí la importancia de obtener el máximo de votos a favor del sí a la independencia a las urnas. Sin un mandato mucho y muy claro, ninguno de estos países candidatos a reconocer el estado catalán no se arriesgará a hacerlo, porque de seguro que le comportará un enfrentamiento visceral con todas las naciones jurídicas con Unión Perpetua de todo el mundo.

Hay algo importante a tener presente, y es el hecho que ninguna independencia es reconocida inmediatamente. Hay que tener mucha y mucha paciencia. Los norteamericanos declararon la independencia en 1776, pero no se los reconoció como tal hasta el 1783, siete años después. Portugal lo hizo en 1640, pero España no la reconoció independiente hasta el 1668, 28 años después. Y, más curioso todavía es el caso del Rosellón, que fue anexionado por Francia en 1659, pero dicha anexión no fue legitimada hasta 1702, 42 años más tarde.

De todo esto, podríamos sacar unas cuántas conclusiones:

Ciertamente, el Decreto de Nueva Planta supuso un grave recorte en la nación cultural catalana, pero no fue nada en comparación al laminado en el derecho de autodeterminación que supuso la Constitución de Cadiz de 1812. Hay que suponer que fue en represalia por haber convertido Cataluña en una provincia francesa durante la ocupación napoleónica.

La Constitución de 1812 consiguió cerrar la puerta a quienes pudieran considerar Cataluña un territorio soberano que había sido tomado como botín en la Guerra de Sucesión, ocurrida cien años atrás, y desposeyó a los catalanes, para siempre jamás, del derecho a decidir la pertenencia o no de Cataluña dentro de España. De hecho, desde ese momento, ni siquiera se les permitiría decidir el tipo de relación con el resto de España.

La otra conclusión a considerar es que el célebre “Atado y bien atado” de la transición, no se refería a la continuidad del régimen franquista, ni que fuese disfrazándolo de democracia, sino que se estaba celebrando que la nueva Constitución del 1978 se hubiera hecho en términos de reanudación y perpetuación del modelo de nación jurídica con Unión Perpetua que ya se había consagrado en la Constitución de 1812. No nos tiene que sorprender que celebraran el bicentenario de la Constitución de Cádiz por todo lo alto, pues.

También hay que fijarse en el hecho que, cuando en la Constitución se dice que España es una nación, se hace en el sentido de nación jurídica a imagen de la norteamericana y no en el sentido de nación folclórica. Es obvio que, culturalmente, España no es nada homogénea, por mucho que gente como el ministro Wert, y otros muchos antes de que él, se hayan emperrado a hispanizar folclóricamente a diestro y siniestro. Pero no han dejado de intentarlo. De aquí que España se haya apropiado, sin ningún rubor, de la paella valenciana o del flamenco andaluz, y los vende en todo el mundo como cultura genuinamente española.

Finalmente, decir que si estos días vemos como amenazan los catalanes con corralitos, fugas de bancos, expulsión de los organismos europeos e internacionales, etc., no nos debe extrañar. Lo hacen precisamente porque los guardianes de la nación española están ejerciendo su obligación de declarar la guerra (psicológica, de momento, penal más adelante) a quienes promueven la ruptura de la nación española. Y en una guerra todo vale, por inmoral que sea.

Corolario: si algún día Cataluña hace su propia Constitución, tendrá que tener todos estos precedentes muy presentes, para no recaer en los mismos errores.

3 Comments

  1. Tony indignado
    Tony indignado 25 septiembre, 2015

    En Cataluña los de la CUP por lo menos tienen los webs de aclarar que quieren una república libre y que como son anticapitalistas y además, tienen la llave de la mayoría absoluta de los independentistas, no pueden apoyar a Mas y que solamente pagarán la deuda legítima que les corresponde. Lo bueno de todo este proceso es que lo están llevando pacíficamente y lo más cachondo, a mi juicio, es que lo están haciendo delante de las napias del Preparao que ha tenido que ir a pedir consejo a Obama mientras que Rajoy hacía lo mismo con la Führer ja ja ja ja; de todas formas como el PP, el PSOE y Ciudadanos dicen con razón que la independencia de Cataluña tendríamos que decidirla todos los españoles, lo lógico sería que nos preguntaran también si queremos una república como los catalanes; pero lo que parece de coña es que Ciudadanos se vea ya con la llave del timón como segunda fuerza frentista pepera después de haber estado de monigotes 9 años en Cataluña sin remediar la situación; y estos son los que salen también ganadores con el PP en las encuestas para las generales?, es para mear y no echar gota, no escarmentaríamos.

  2. David
    David 25 septiembre, 2015

    Muchas gracias por el artículo. Muy bien explicado y objetivo. Esta es la situación que hay, y estas son las herramientas que tenemos los catalanes. Se agradece leer artículos así entre tanto grito exaltado de uno y otro lado.

  3. Jose A.
    Jose A. 25 septiembre, 2015

    «Corolario: si algún día Cataluña hace su propia Constitución, tendrá que tener todos estos precedentes muy presentes, para no recaer en los mismos errores.»

    Si hay una Comunidad Autónoma más centralista que la propia Madrid, esa es Barcelonalandia, alias «Cataluña». El nacionalismo catalán no solo aspira a repetir los mismos errores, sino que ya los está repitiendo, y potenciados. Lo llevan en los mismísimos genes.

    El problema que se encuentran en España, al terminar el franquismo, es que el rollo ese del «sacrificio por la patria», en el que los sacrificados siempre eran los trabajadores, ya no se lo creía nadie. De ahí que la Constitución tuvo que ser asombrosamente avanzada en derechos sociales.

    Pero he aquí que la derecho ha desarrollado una nueva y muy eficaz arma para asesinar a la izquierda: el nacionalismo catalán.

    El nacionalismo catalán está perfectamente capacitado para exigir – y de hecho lo exige- el sacrificio de los trabajadores por el bien de la patria. Siempre el sacrificio de los trabajadores, siempre en beneficio de la burguesía. En Nom de l´ Estelada.

    Ese naturaleza del catalanismo como instrumento pasa asesinar a la izquierda «lo explica todo», como diría el Doctor House: explica que un partido derechista y apolillado, que ha efectuado los recortes más crueles y brutales de todo el Estado Español, y al que no iba a votar ni Dios en Cataluña, haya exigido (¡y conseguido!) ser la fuerza mayoritaría en la lista de Junts Pel Sí, con sometimiento del resto de fuerzas participantes; explica que en unas elecciones autónomicas NADIE – salvo Podemos- esté hablando de derechos sociales, ni de políticas de izquierda; ha conseguido romper la solidaridad entre trabajadores catalanes y españoles, convenciendo a los primeros de que no tiene intereses comunes con los segundos, ni tampoco enemigos comunes; ha conseguido que nadie hable de los ciudadanos catalanes que han muerto por que los centros de salud que tenían cerca han sido cerrados; han conseguido, incluso, volver a dotar de contenido el nacionalismo español en el resto de España, hasta ahora en decadencia.

    Al final conseguirán lo quieren: unas corporaciones multinacionales cada vez más unidas (más fuertes), dominando a una ciudadanía cada vez más dividida (más débil).

    Parece increíble que a estas alturas todavía queden personas de izquierdas que crean que la solución a los grandes nacionalismos es crear decenas de pequeños nacionalismos burgueses, cuando es obvio que una manada de pirañas es más peligrosa y voraz que un tiburón. Personas de izquierda que no sepan que el nacionalismo catalán, todos los nacionalismos, están diseñados con un único objetivo: asesinar a la izquierda.

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