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Reino de España: clasismo y xenofobia en televisión

sinpermiso.info | 24/10/2015

Clasismo y televisión

Pablo28030

Hace unos meses, mientras entraba en uno de los centros comerciales de mi barrio, no pude evitar escuchar a una pareja que hablaba en susurros sobre el asco que le daba este tipo de gente, y que vaya forma de salir vestido a la calle. Ella refunfuñaba y él, en silencio pero con la misma cara que su acompañante, asentía sin parar como muestra de aprobación. Atrás, a unos pocos metros, dos chicas jóvenes, una de ellas con un bebé en brazos, se dirigían al establecimiento hablando. Cada una calzaba un par de zapatillas de andar por casa, y un albornoz que sólo dejaba ver la parte inferior del pantalón de lo que parecía un pijama. La pareja entró rápidamente en el centro comercial y las dos jóvenes se pararon en la entrada mientras una apuraba un cigarro. Ahí se quedó la cosa.

La pareja parecía del otro lado del puente, que en mi barrio viene a ser ese lugar que se encuentra al otro lado de la M30. Uno de esos lugares donde el césped de los parques se riega, donde las fuentes de agua potable funcionan, donde las calles relucen limpias y donde los setos se podan. Esos lugares en los que los coches de policía circulan por si hay algún aviso, y no para escudriñar de arriba a abajo a cada persona que pasa. Esos lugares donde los aparcamientos están delimitados con rayas verdes o azules, como para intentar evitar que aquella gente a la que no le sobra el dinero aparque ahí su vehículo.

En cambio, las dos chicas sí que parecían del barrio. Porque en el barrio no es raro ver a gente que sale con pijama y albornoz cuando comienza el frío de otoño o cuando llega el buen tiempo de la primavera. No es raro ver a la chavalería en chándal, con gorras y zapatillas horteras, con pendientes de oro, cortes de maquinilla en la ceja o peinados extravagantes, desde las greñas por la nuca hasta los pelos de punta petrificados por la gomina. Esta gente no destaca al andar por uno de esos barrios en los que las pintadas de las paredes tardan meses en limpiarse, en los que las papeleras y los cubos de basura rebosan tantos desperdicios que han goteado residuos hasta formar a sus pies un charco de mierda. No destaca en esos barrios en los que los coches caros sí lo hacen, en esos barrios en los que los baldosines de la acera están rotos, y en los que los operarios cambian la fecha del inicio de las obras en la valla para que duren un trimestre más. Esos barrios en los que los edificios están levantados sin ningún orden urbanístico lógico, y en los que los árboles ni se cuidan ni se riegan. Esos barrios en los que, hasta hace unos años, los pizzeros no pasaban por ciertas zonas por si les robaban la moto. En los que aún se ven las secuelas de la heroína en los pocos supervivientes a los que, de vez en cuando, se les ve comprando una litrona y dos cigarros en el chino.

Esta gente no destaca en estos barrios. Pero tampoco en los platós o series de televisión. Cientos de Lores de esa famosa serie de Telecinco, preocupadas por el botellón y por gustarles a Richi. Cientos de Jonathan, de chavales quinquis que van mal en los estudios y que no tienen aspiraciones ni metas en la vida, porque nunca se las han dado. Cientos de Aídas, de madres coraje que se ganan los cuartos yendo a limpiar las casas de esos barrios del otro lado de la M30, esos en los que el césped de los parques se riega, donde las fuentes de agua potable funcionan, donde las calles relucen limpias, donde los setos se podan y donde los aparcamientos están delimitados con rayas verdes o azules para que Aída no pueda aparcar su viejo coche. Aída va a limpiar las casas de las zonas en los que los coches de policía no escudriñan a cada persona que pasa. Esos coches de policía que, cuando cae el sol, cruzan la M30 acompañados de un equipo de La Sexta para grabar Policías en acción, programa en el que se muestra lo malos que son los Jonathan, las Lores y los supervivientes de la heroína, que roban en tiendas, conducen de forma temeraria y llevan porros en la guantera del coche.

Esos programas que se nutren de la falta de oportunidades y de esa gente que nunca ha tenido nada y se ha dignado a sobrevivir. Un Callejeros, que hace espectáculo de la penuria de la clase trabajadora, la venta de droga en los barrios populares, de los descampados, de los coches tuneados y de las viviendas antiguas. Esos programas que vuelven a cruzar el puente de la M30, pero para mostrarnos las mansiones de los ricos en Quién vive ahí, para enseñarnos sus dúplex, sus enormes y preciosos jardines, sus piscinas particulares y sus cochazos en los garajes. Mientras tanto, Jonathan y Lore están en Gran Hermano, fallando respuestas a preguntas de cultura general para que los ricos de los barrios bien se rían y para que la gente de los barrios populares se avergüence de sí misma. Lo que no saben es que Jonathan y Lore estudiaron en aulas masificadas de colegios sin recursos. Que se dejaron greñas y vistieron con chándal porque era la ropa más barata. Que fueron a botellones porque las copas en el bar eran demasiado caras. Que jugaron al fútbol en parques descuidados, en campos en los que dos sudaderas arrugadas hacían de portería. Que sus padres no pudieron pagarles el título de ADE, ni comprarles un mini con el que ir a la universidad, porque el salario que entraba en casa no daba para más que para llegar a fin de mes. Que no encontraron un trabajo decente y bien remunerado, y que tuvieron que alquilar o dar una patada a la puerta de uno de esos pisitos de esos barrios sin orden urbanístico, con papeleras que rebosan basura y con pintadas que tardan meses en limpiarse. Que entraron en Gran Hermano porque, si lo hacían bien, tendrán la vida resuelta, y eso es algo que nunca llegarían a lograr en sus circunstancias normales.

¿Y qué ocurre? Que los espectáculos son muy graciosos. Que es llamativo ver persecuciones policiales y peleas, escuchar las vivencias de drogadictos y a mujeres mayores que dicen cocretas y almóndigas. Y que es divertido ver a chavales que no saben que Ramón y Cajal fue una, y no dos personas y que la capital de Asturias no es Almería. Pero cuando te das cuenta de que tú, tu barrio y tu gente sois la atracción del espectáculo, es cuando el espectáculo deja de ser divertido.

https://ruidodebarrio.wordpress.com/2015/10/15/clasismo-y-television/


“El Principe”: Una mirada atrás a la sociedad musulmana en España

Yasmina Aidi

El Príncipe, la exitosa serie de televisión española que trata el tráfico de drogas y el yihadismo en la ciudad de Ceuta, es muy entretenida. Es divertido ver al líder de los villanos, el señor de la droga Faruq, hablar español con acento cubano y después maldecir con acento marroquí, al grito de “Din dyemark!”.

Resulta hilarante ver que todos los personajes protagonistas tienen ojos verdes y que pasan gran parte del tiempo intercambiándose miradas. Es incluso gracioso atestiguar el orientalismo musical, que inunda la escena con melodías tristes y decora el paisaje con mezquitas cada vez que aparece un personaje musulmán.

El Príncipe es una mezcla curiosa entre las series estadounidenses sobre terrorismo, como 24, y cualquier sensual telenovela de México o Brasil. La serie parece amena, hasta que se hace patente la forma en que esta ciertamente da forma a las percepciones del público con respecto al Islam y los musulmanes españoles, y que los seis millones de espectadores que cada martes se sientan frente al televisor se toman la serie muy en serio.

El público no lo percibe como una descripción cómica y distorsionada del norte de África, sino como una fuente fiable de información sobre la cultura islámica y la vida común de los musulmanes. En realidad, El Príncipe es una prueba del carácter retrógrado del discurso sobre la diversidad y la inmigración en España.

“Un barrio peligroso”

Ceuta es una ciudad española del norte de África que comparte su frontera occidental con Marruecos. Fue allí desde donde Tarik ibn Ziyad comenzó su invasión de la Hispania visigoda en el año 711. Dinastías bereberes y árabes han gobernado la ciudad desde el siglo VIII, hasta que esta cayó bajo el dominio de Portugal en 1415. Desde el uno de enero de 1688, este enclave pertenece al Reino de España.

La población de Ceuta ronda los 90.000 ciudadanos y está conformada por una ligera mayoría cristiana (en torno al 52 %) y un 45 % de personas musulmanas. El Príncipe, el barrio musulmán situado en las colinas nororientales de la ciudad, alberga a 12.000 personas y es habitualmente descrito por los medios de comunicación españoles como “el barrio más peligroso de España”, a causa de la violencia, el tráfico de drogas y, más recientemente, el extremismo religioso que se dan en el lugar.

Este problemático suburbio es el escenario de la célebre serie televisiva de TeleCinco, la cual presenta varias líneas argumentativas: en primer lugar, hay un conflicto entre Faruq (el capo de la droga interpretado por el actor cubano de ojos verdes Rubén Cortada) y Aníbal, su adversario.

El romance de Morey con Fátima recupera las fantasías más vulgares y racistas que los hombres de raza blanca tienen con las mujeres árabes.

Otro personaje, el capitán Morey, un agente especial enviado desde Madrid para investigar el oscuro mundo del Príncipe, es interpretado por Alex González. Morey termina enamorándose de la hermana de Faruq, Fátima, interpretada por la actriz hispano-tunecina de ojos verdes Hiba Abouk. En el primer episodio, Fátima le cuenta al recién llegado Morey la cruda realidad sobre la vida en Ceuta: “O eres moro, o eres cristiano, marroquí o español, pero no las dos cosas”.

Si el objetivo de la serie era mostrar que ser español y musulmán no es una contradicción, El Príncipe ha sido un fracaso.

Los hombres musulmanes de la serie son, en efecto, unos monstruos culturales. Con sus trajes de Armani y su acento caribeño, Faruq pretende encarnar el arquetipo del patriarcado musulmán, llegando incluso a obligar a su hermana Fátima a obedecerle a él en lugar de a la policía. Este personaje ultra-masculino, según nos revela el argumento, es en realidad estéril, aunque en lugar de visitar a su médico, culpa a su esposa Leila por su esterilidad.

Fantasías vulgares y racistas.

Con frecuencia, da la sensación de que el bien afeitado Morey fue destinado a la colonia española en el norte de África no para investigar la corrupción, sino para liberar a las mujeres ceutís musulmanas de la tradición y el patriarcado y para mostrarles que su libertad no yace en la devoción a su familia, sino en la lealtad al Estado español (es decir, la modernidad que representa Morey). No obstante, el romance de Morey y Fátima recupera las fantasías más vulgares y racistas que los hombres blancos tienen con mujeres árabes. En un episodio, Fátima dedica cinco largos minutos a desnudarse para el capitán Morey, dejando caer su velo al suelo en cámara lenta.

 “Esta serie es una vergüenza. Ofrece una visión superficial y estereotipada del Príncipe, y está grabada en Madrid”, afirma Rachid Hamidou, abogado y miembro del Movimiento para la Dignidad y la Ciudadanía, un partido político creado recientemente que busca dar poder a la comunidad musulmana de Ceuta.

“Este barrio tiene sus problemas, es un gueto… Ceuta es una ciudad muy segregada; pocos autobuses con conexión al centro paran en El Príncipe. Hay pobreza y paro. Los musulmanes, que llevan siglos viviendo aquí, no han podido solicitar la ciudadanía española hasta 1986 y el árabe todavía no está reconocido como una lengua oficial”, denuncia Hamidou.

“La serie no trata ninguno de estos temas políticos y hace parecer que los problemas del Príncipe se deben exclusivamente a nuestra cultura y religión, como siempre”.

Elevado sobre las colinas de Ceuta, y con su mezcla de edificios de color pastel y ladrillo, El Príncipe recuerda a una favela de Brasil. La serie denota una clara influencia de las populares telenovelas brasileñas como El Clon y Salve Jorge, que abordan los encuentros culturales entre América latina y el mundo islámico.

Sin embargo, las series brasileñas, a pesar de sus bailarinas tapadas con velos y sus largos momentos musicales con coreografía, muestran que se han realizado a partir de una documentación adecuada y desde la simpatía política por las personas que viven en favelas y por el mundo musulmán. Ambos grupos son presentados como víctimas de la violencia y discriminación del Estado.

Ojalá El Príncipe tuviese como fin proteger a los musulmanes españoles de los estereotipos extendidos por los medios de comunicación mundiales.

Un personaje insidioso

El personaje más insidioso de la serie es Hakim, un ceutí musulmán y miembro de la policía local. Se trata de un individuo ultranacionalista que insiste en ser llamado Joaquín: “Me llamo Joaquín, no Hakim. ¡Soy español!”

Evidentemente, este personaje ultranacionalista resulta ser un yihadista y doble agente. El mensaje para el espectador español es claro: incluso tu patriótico vecino musulmán puede ser un terrorista. Esto es una irresponsabilidad. El Príncipe está perpetuando estereotipos injuriosos sobre los españoles musulmanes en un momento en el que el gobierno del PP está aprobando leyes de seguridad draconianas a medida contra las minorías en España.

“Creo que lo más ofensivo de El Príncipe es el uso repetitivo del término ‘moro’”, dice Hamidou. “Cada personaje lo usa de manera indiferente; los productores parecen no darse cuenta de que ese término es peyorativo e insultante. En Ceuta, ese término no se usa. Cuando los cristianos se refieren a nosotros, dicen “musulmán” o “musulmana”. La historia de los musulmanes en Ceuta no se suele contar en los medios españoles. Hay calles dedicadas a líderes coloniales, como Enrique El Navegante, que asesinó a miles de musulmanes, pero muy pocas dedicadas a nuestras contribuciones. Y cuando, finalmente, una serie trata sobre nosotros, somos moros y terroristas”.

La serie muestra la alienación encarnada en jóvenes indignados y fumadores de cachimbas, pero no se esfuerza en entender por qué la juventud se acerca a las bandas callejeras y al extremismo religioso. No se mencionan las políticas coloniales de Franco, ni las políticas dictadas desde Madrid, Washington y Rabat que han conducido a este nivel de desesperación. En lugar de ello, al igual que las calles laberínticas del barrio, los residentes de El Príncipe dan una apariencia misteriosa, exótica y peligrosamente inescrutable.

España tiene una larga historia de convivencia y resulta muy impresionante que, de toda Europa occidental, España y Portugal sean los únicos países en los que no existen movimientos de extrema derecha beligerantes contra la inmigración. Esperemos que esto siga siendo así y que la nefasta serie televisiva no agite sentimientos xenófobos.

http://www.aljazeera.com/indepth/opinion/2015/10/muslims-spain-151004085759468.html

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