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Lo siento, colega, pero esto no es una guerra

El autor opina sobre los atentados de París, los fanatismos y la guerra.

MIGUEL ÁNGEL DE LUCAS, periodista|Diagonal|21/11/15

Gárgola en Notre Dame de París. / MOYAN BRENN

Lo diremos rápido y lo diremos claro: colega, esto no es una guerra. Lo diremos como Samuel L. Jackson en Pulp Fiction: “No es el mismo juego, ¿comprendes? No es la misma liga, ni siquiera es el mismo jodido deporte”. Imagino que seguimos noqueados, con la cabeza dando vueltas, incapaces de asumir lo inasumible, actualizando cada media hora las noticias en el teléfono móvil para comprobar cómo la sensación de irrealidad aumenta de escala. Se nos ha olvidado –nuestra memoria deja a un lado los recuerdos para hacer el mundo mínimamente vivible– pero hemos visto esto antes. Otras veces. Aquí mismo. Y no: tampoco entonces era nuestra guerra.

Que unos descerebrados se armen hasta los dientes y conviertan una cafetería, una sala de conciertos, un instituto o un parque en una versión posmoderna del Call of Duty, elQuake o cualquier otro videojuego de pegar tiros, empieza a convertirse en una costumbre bastante molesta. Hago un recuento rápido. Igual alguno de estos casos te suena. El 20 de abril de 1999, dos estudiantes de secundaria del Instituto Columbine entraron en la escuela armados con dos escopetas, explosivos caseros y una bomba doméstica. En dos tiroteos de más de veinte minutos mataron a 13 personas e hirieron a más de 24. Después de incendiar la cafetería y refugiarse en la biblioteca, se suicidan con un disparo en la cabeza y otro en la sien. Se escribió mucho sobre la matanza de Columbine, pero con el tiempo se ha convertido en la quinta masacre en los institutos de Estados Unidos.

O sea: ha seguido sucediendo, y cada vez peor. En 20 de julio 2012, en Denver, un estudiante de medicina de 24 años acribilló al público que asistía al estreno de Batman: El caballero oscuro. Resultado: 12 muertos, 59 heridos. Recuerdo que pensé: hay muchas formas idiotas de morir, pero que te mate un gilipollas vestido de malo de una película de superhéroes se lleva el premio. Un año antes, en Noruega, el 22 de julio de 2011, un supremacista blanco llamado Anders Breivik colocó una bomba en el centro de Oslo y abrió fuego contra una convención de las juventudes laboristas en la isla de Utøya. Hubo 77 muertos. ¿Sigo? En ninguno de esos casos nadie declaró la guerra. Pero sé lo que piensas, amigo. Piensas: esto es distinto, ¿no? Es la Yihad. La Guerra Santa. Hay un conflicto político detrás. El Estado Islámico. Isis. Daesh. Al Qaeda. Siria. Lo otro son locos: esto es otra cosa. Y tal vez tengas razón. Pero viendo las imágenes de la carnicería en París no puedo dejar de pensar que tal vez la empanada mental que atrofia a los adolescentes yanquis que entran en clase con una semiautomática no es muy diferente de la materia fecal que ha anegado el cerebro a los yihadistas que desataron el infierno este viernes al grito de Alá es Grande.

No creo que estemos en guerra con el islam, como tampoco creo que tenga sentido estar en guerra contra Marilyn Manson o contra el Joker. Tal vez no tenga nada que ver, pero veo un patrón común. A una gente bastante perdida, bastante confundida, bastante frustrada, una gente que incuba odio hasta que después de unos años por el lado oscuro y de unos cuantos meses de insomnio viven su momento de epifanía, su metamorfosis particular, cuando ven la posibilidad de dar sentido a sus vidas convirtiéndose en ángeles de la muerte, dispuestos a desatar un apocalipsis wagneriano antes de decir adiós para siempre.

Ya hemos visto este infierno

Sé lo que estás pensando. Piensas: puestos a hacer comparaciones, hay otras mejores. Ya hemos visto este infierno en Nueva York y en Londres. Y hay sitios donde cosas como la de estos días en Francia no son la excepción, sino la norma. Ya podemos decir de qué huyen los refugiados sirios: huyen exactamente de esto. En Madrid tuvimos nuestro día del espanto. Estábamos allí ese 11 de marzo. Normalmente en este país nos encanta regodearnos en la derrota, pensar que siempre ganan los malos, mirarnos en el espejo y vernos más feos de lo que somos. Pero aquellos días acertamos. Recuerdo que se dijo: “Todos íbamos en ese tren”. Recuerdo que se dijo: “Las bombas de Bagdad estallan en Madrid”. Recuerdo que quienes mentían perdieron las elecciones. Y recuerdo que después, en vez de seguir echando odio al odio y gasolina al fuego, acabamos por irnos de una guerra a la que nadie nos había llamado.

Nadie puede pensar que España fuera un país más inseguro después de sacar a las tropas de Iraq. Igual que nadie hoy nadie puede pensar en una sola actuación militar (y la lista es larga: Afganistán, Iraq, Líbano, Libia, Siria…) que haya convertido nuestras ciudades en un lugar más seguro. Así que déjame explicarte por qué esto no es una guerra. No lo es porque en las guerras hay frentes, campos de batalla, ejércitos enfrentados. Normalmente tienen un principio y un final, aunque duren cien años. Los nazis podían ser la personificación del diablo, pero el día que Hitler se voló la tapa de los sesos en su búnker y el Ejército rojo colgó su bandera en la cúpula del Reichstag, toda Europa sintió que la pesadilla había terminado. Osama Bin Laden lleva cuatro años criando malvas en el fondo del mar y a esta pesadilla le quedan bastantes años por delante.

Tenemos un problema muy serio encima, colega. Y sé que es tentador verlo como un conflicto a gran escala que ya lleva unos cuantos siglos. Has leído estos días a Pérez Reverte o leíste hace unos años a Oriana Fallaci. Yo también los he leído. Y de repente ves esto como la historia interminable: El islam contra Occidente. Un choque entre culturas destinadas a enfrentarse. De forma que cuando te das cuenta estás trazando un arco temporal que tiene más de cien años. Y piensas en las cruzadas. En Saladino que sonríe desde su tumba mientras los cruzados se llevan un golpe mortal. Piensas en el inesperado regreso de los hashshashin del Viejo de la Montaña, que cometían sus crímenes puestos hasta arriba de hachís y dieron nombre a la palabra asesinos, e incluso te encaja ahora que los demonios de este viernes en París fueran drogados hasta las cejas. Y piensas: han vuelto. Son ellos o nosotros.

Pero no, colega. Es más complicado. El problema no es el islam. Y te lo dice alguien que siente bastante poca simpatía por dioses y credos. Que siente que matar en nombre de Alá viene a ser tan estúpido como inmolarse en nombre de Darth Vader o de Saurón. Primero, no es el problema porque si consideras que el islam es el enemigo estás declarándote en guerra contra unos, más o menos, calculando a la baja, 1.322 millones de personas. Y segundo por el pequeño detalle de que la enorme mayoría de las víctimas del terrorismo yihadista son, como bien sabes, los propios musulmanes. Así que seamos un poco más realistas y, de paso, un poco más pragmáticos, y sepamos que en esta lucha los hijos de puta de este viernes no representan a quienes dicen representar, que a quienes más daño terminan haciendo es a esos mismos hermanos en cuyo nombre hablan.

Sabemos muy poco de los terroristas que atentaron el viernes en París. Sabemos muy bien qué es lo que odian: los restaurantes, los partidos de fútbol de la selección, los conciertos de música. Todo eso de lo que, precisamente, se sienten excluidos. Hay un volcán de rabia incubándose desde hace años en el corazón de nuestras ciudades. Y de ese monstruo nacieron, en 2011, los disturbios en la periferia de Londres, el saqueo de tiendas y el incendio de edificios. Hace unos años, André Glucksmann escribió un libro titulado Dostoievski en Manhattan donde insistía en que el terrorismo moderno, incluyendo el terrorismo islamista, era nihilista antes que religioso, incluso antes que político. Como Dostoievski acertó a ver en Los demonios, el nihilismo prospera en el subsuelo, en ese lugar apartado de la luz y los demás hombres, ese lugar al margen de los bares, los restaurantes, y las salas de concierto, donde germina el odio y las ideas más dementes brotan con una luz cegadora. Hay algo tentador en ello.

Hay que interrogarse por el momento en que se produce ese descenso al subsuelo, el instante en que alguien decide que lo mejor que puede hacer en su vida es comprarse un billete a Siria y volver con un cinturón de explosivos. Esto es lo curioso, que entre la primera generación de inmigrantes nunca hubo este camino al subsuelo. Surge en otro momento, en la segunda o tercera generación, cuando el nihilista, nacido en Europa pero sin llegar a sentirse europeo, cansado de no saber quién es ni qué hacer con su vida, encuentra a la desesperada una identidad a la que aferrarse, una identidad basada en el fanatismo y en la muerte, en un culto suicida que da sentido a todo.

Si hay alguna batalla que merece la pena librar es ésta: impedir que el monstruo siga engordando. Pero llevar luz al subsuelo exige tiempo. Lleva años. Para esa batallahacen falta más trabajadores sociales que soldados. Más maestros que registros de policía. Alguien dijo alguna vez que la gente de un solo libro es peligrosa. Hacen falta menos bombardeos y más bibliotecas. Hacen falta escuelas, profesores, libros. Hacen falta sociedades abiertas capaces de integrar la diferencia, en las que palabras hermosas como libertad, igualdad, fraternidad sean válidas para todos. Y ésta sí es una guerra larga. La empezaron hace varios siglos, a pocas calles de donde ha ocurrido la masacre, unos tipos llamados Voltaire y Diderot, D’Alembert y Rousseau. Esa guerra se llamaba Ilustración y en primer lugar oponía la fuerza de la razón a la razón de la fuerza. Conviene recordarlo ahora. Porque esa guerra, colega, tampoco termina nunca.

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