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El gasto espacial, «un derroche intolerable»

Es muy corriente —no sólo en los debates de andar por casa, sino también en el discurso de los medios de prensa dominantes y, sobre todo, en el de los políticos al uso— cuestionar la utilidad de la investigación espacial. El argumento es casi siempre de tipo más o menos económico, y su base suele ser algo de aquesta guisa: «Mira que gastar tanto dinero, con los problemas que hay aquí abajo»; o bien: «Hay cosas más importantes que hacer ahora. Lo del espacio, para el futuro».

Aseveraciones como esta se basan tanto en el desconocimiento sobre el contenido económico de la investigación espacial como en el interés (creciente) del capitalismo neoliberal por acallar cualquier debate que ponga en claro cuál debe ser el verdadero lugar de la ciencia en la sociedad humana. En definitiva, es un aspecto más de una política deliberada para mantener a los pueblos en la ignorancia.

Respecto al dinero, no es muy complicado demostrar que la investigación espacial genera enormes beneficios a la sociedad. De hecho la mayor parte de los avances tecnológicos contemporáneos en campos tan diversos como la medicina, las comunicaciones, el ocio o los transportes, entre otros, están relacionados con eso que hace muchos años se llamó la carrera espacial y hoy, en tiempos menos románticos, se considera una industria más. Veamos algunos ejemplos.

Para empezar la Tierra se encuentra rodeada por una red de centenares de satélites que realizan todo tipo de misiones: previsión eficaz del tiempo, control de plagas agrícolas, vigilancia de incendios forestales o monitorización de catástrofes naturales; la red GPS, de la que cualquier persona puede hacer uso gratuitamente, también está basada en el espacio. De estas máquinas, una parte considerable (aunque desconocida su proporción) sirve, por desgracia, para fines menos nobles: son los satélites espía de los diferentes ejércitos.

La tecnología para enviar naves, tripuladas o no, al espacio es desde la década de 1950 la más puntera. Sus componentes suelen encontrar rápida aplicación en todos los terrenos de la vida económica y social, a veces de forma inesperada. La electrónica de uso doméstico se basa de forma abrumadora en avances desarrollados en origen para el espacio, que es un excelente campo de pruebas: paneles fotovoltaicos, mecanismos inteligentes de ahorro energético, telemetría, automatismos o las baterías de alto rendimiento que se usan en los teléfonos móviles. Pero, por encima de todo está el láser, usado en medicina, en dispositivos de reproducción de audio y vídeo y en tantas otras cosas y cuyo primer uso práctico consistió en efectuar mediciones interplanetarias de alta precisión. Al láser, por suerte, no le han encontrado de momento el uso más celebrado por las películas de ciencia-ficción: el rayo de la muerte, si bien los ejércitos se sirven de él para sistemas de puntería y localización porque no hay hallazgo que la barbarie industrial-militar no sepa pervertir.

Las condiciones del espacio exigen nuevos materiales para garantizar la seguridad de las naves y las tripulaciones. El kevlar de ciertas prendas, el teflón de las sartenes, los policarbonatos (que sirven para muchísimas cosas), así como las cerámicas resistentes a altas temperaturas proceden también de este sector de la investigación que tanta gente considera caro e innecesario.

Una multitud de objetos que usamos a diario no existirían si la humanidad no hubiera emprendido la aventura de explorar el universo. Los teléfonos móviles, los ordenadores portátiles, los pañales desechables, la pintura antióxido, los cierres de velcro, los detectores de humo y gases tóxicos, el horno microondas para calentar la sopa, los joystick para videojuegos, la pasta de dientes en tubo que empleamos (o deberíamos) tres veces al día, los alimentos deshidratados (que se nos pegan a esos mismos dientes) o la pantalla en la que está leyendo estas palabras, son derivados de la industria espacial.

Más importante aún, en medicina el espacio ha proporcionado inventos como los sistemas de monitorización cardiovascular, la bomba de insulina, la termografía y otras técnicas de análisis y diagnóstico, además de marcapasos, lentes de contacto flexibles, parches para la administración de medicamentos, prótesis más resistentes y ligeras, sistemas de diagnóstico mediante cámaras de tamaño reducido (endoscopia, laparoscopia, etc.)… Por otra parte en las estaciones espaciales se estudian fenómenos como los efectos beneficiosos de la ingravidez frente al cáncer, se ha avanzado en el conocimiento de trastornos como la osteoporosis y el envenenamiento radiactivo, y se ha desarrollado una lista interminable de moléculas para fármacos y medicamentos de todas las clases imaginables.

La lista no es exhaustiva, pero dará una idea de la utilidad que tiene la investigación espacial en nuestra vida cotidiana y también para la industria y la economía. Pero hay otros beneficios menos tangibles que también son importantes: el conocimiento de nuestro medio, el universo, se ha incrementado de manera exponencial gracias a sondas y satélites. Si alguien considera que esta arma definitiva contra la ignorancia no es tan importante, citaré sólo un ejemplo clásico: el efecto invernadero, determinante en el cambio climático que sufre nuestro planeta y que puede acabar con nuestra civilización, se detectó por primera vez en Venus (fue una de las predicciones de la tesis doctoral de Carl Sagan). Este conocimiento, obtenido en otro mundo, podría ayudarnos a salvar el nuestro.

Que el valor de la investigación por el mero placer de conocer no sea tan valorado como los beneficios empresariales forma parte, como se indicaba al principio, del esfuerzo de la clase dominante por mantener a la población en un nivel razonable de estulticia. Esto no es nuevo: después de todo los pueblos, cuanto más ignorantes, más fáciles resultan de dominar. Por eso es importante tener en cuenta este factor, y también porque a menudo se confunden los términos y se culpa a la ciencia de todo tipo de males. Descubrir la fisión nuclear, como hizo Lise Meitner en 1938, no implica que la ciencia sea responsable de la bomba atómica: el desarrollo de tal arma fue una decisión política. Por ello la investigación espacial, incluso la que «sólo» genera conocimiento, no debe ser considerada nunca un gasto inútil, sino todo lo contrario: la sabiduría de cada ser humano es un patrimonio de valor incalculable y, además, una herramienta imprescindible contra la tiranía, que se asoma incluso en los gobiernos que se dicen democráticos.

(Antes de seguir destacaremos una nota curiosa relacionada con lo anterior y que muestra cómo funciona (de mal) nuestra civilización: a Lise Meitner no se le reconoció su hallazgo (la fisión del átomo) y el premio Nobel por el particular se lo dieron, en 1944, a Otto Hahn, colaborador de Meitner. Entre otras cosas porque la academia sueca valoró que Hahn no fuera judío ni mujer, como sí lo era Lise. Pero estos dudosos premios suecos también son una decisión política, no científica.)

Con todo, la presunta sabiduría popular sobre el derroche espacial no es del todo desacertada. En efecto, se malgasta mucho dinero en el espacio. En concreto las ingentes sumas que se destinan a proyectos militares, los cuales ocupan una buena parte, si no la mayor, del presupuesto total para misiones espaciales. Una espesa colección de satélites de «defensa» pasa sobre nuestras cabezas todos los días, cada minuto, sin ofrecer mayor beneficio que someternos a un control estricto al mismo tiempo que se pone en entredicho nuestra supervivencia como especie.

Cuando hablamos del empleo del dinero deberíamos saber a qué nos referimos en realidad y distinguir entre conceptos como «gasto» e «inversión». Y también tener claro dónde y cómo se tira el dinero. La paradoja mayor del citado «con la de problemas que hay aquí abajo» es que en gran medida tiene razón: hay muchos problemas en la superficie de la Tierra y el dinero se malgasta a manos llenas. Pero es un despilfarro que acontece principalmente en la propia Tierra. Veamos de nuevo un ejemplo ilustrativo: la sonda Voyager II, que recorrió los cuatro planetas gigantes del Sistema Solar y aún hoy sigue proporcionando información sobre el medio interestelar, costó aproximadamente unos 400 millones de dólares estadounidenses. Una pasta. En comparación, un objeto inútil y dañino como el bombardero invisible Lockheed F-117 Nighthawk costó sólo 120 millones de dólares la unidad. También es verdad que se construyeron 64 aviones de esta clase. Y sólo sirvieron para matar gente. Con el coste completo de este programa criminal (que por otro lado fue una partida menor dentro de los presupuestos de defensa de Estados Unidos) se podrían haber enviado 20 sondas Voyager y hoy conoceríamos el Sistema Solar como la cocina de nuestra casa.

Otro dato interesante: el presupuesto de la NASA en el año 2010 fue de 18.724 millones de dólares (según datos de la propia agencia), un 0,5% del presupuesto nacional estadounidense (porcentaje en descenso constante desde la década de 1970). Ese mismo año los Estados Unidos derrocharon en sus fuerzas armadas 693.485.000 millones de dólares. Es decir, por cada dólar que se envío al espacio, el gobierno de Washington dedicó más de 37.000 dólares del dinero de los ciudadanos a comprar juguetes para los militares. De este despilfarro la gente se queja, en general, mucho menos.

Es habitual, casi obligado, que cuando en las noticias se habla de una misión espacial destacada, el locutor cite su precio. No es tan frecuente, sin embargo, que se ofrezca ese mismo dato con ocasión, digamos, de un desfile militar. Sería interesante oír al comentarista: «Y aquí llega la división acorazada, cuyos nuevos equipamientos, querido ciudadano, nos han costado un total de…». Tal vez si se hiciera esto el debate casero (que no el de los medios oficiales, y menos aún el de los políticos al uso) se plantearía cuál es el verdadero valor de las cosas.

5 Comments

  1. Paco Bello
    Paco Bello 28 noviembre, 2015

    Como te he comentado en alguna ocasión, mi moral al respecto del debate (a pesar de los pesares) no está muy alta y por eso no me prodigo. Pero creo que dirigiéndome a un amigo y haciéndolo con todo el afecto, puede resultar si no útil, sí entretenido.

    Me quedo para empezar y terminar con tu primera afirmación (porque en alguna parte del fondo estamos próximos). Y pregunto: ¿Qué políticos son esos que ponen pegas al gasto en exploración espacial? Si acaso querrás decir que lo han reducido partiendo en la comparación con anteriores presupuestos desorbitados (nunca mejor dicho). Pero no fue precisamente la presión de la sociedad civil la que exigió ningún gasto concreto, ni mucho ni poco (no creo que recordemos manifestaciones por ese motivo). Así que siempre han sido los políticos los que han dado o reducido medios para estos menesteres que desde fuera del mundo científico (particularmente el de la astronomía y la astrofísica), solo se ven como una curiosidad, más o menos atractiva.

    Pero no nos confundamos. Que solo sea una distracción por la que casi nadie se partiría la cara, no quiere decir que no moldee el imaginario colectivo a niveles muy profundos y aparentemente disociados. No se da puntada sin hilo.

    Y hago un inciso. Claro que el gasto militar y otros gastos antisociales multiplican lo dedicado a exploración espacial. Pero no eso no justifica que una partida de gasto inferior y que pudiera aportar posibles beneficios sociales sea correcta.

    Aunque pudiera parecer lo contrario (no lo digo por ti), soy un apasionado de la ciencia, pero mi química no me deja poner nada por delante de una necesidad humana básica sin cubrir. Incluso creo que si pusiera el conocimiento por delante del sufrimiento ajeno me estaría acercando demasiado a algún tipo de religiosidad. Y soy ateo. Intrascendente.

    Dicho esto, por si alguien quiere utilizarlo, reconozco mi grado de hipocresía innata. Exijo mucho más a un Estado que a los individuos que lo conforman. Pero lo hago precisamente porque esto último es mentira.

    • bufalo1973
      bufalo1973 29 noviembre, 2015

      El problema es que meter dinero en la investigación espacial queda como que «se gastan dinero en lanzar cohetes» cuando en realidad la parte de lanzar los cohetes es casi lo menor en todo lo que hacen las agencias espaciales.

      Eso sí, si algún telescopio detecta un peñasco en ruta de colisión con la Tierra de repente todos los que dicen que la investigación espacial es una pérdida de dinero se comenzarán a rasgar las vestiduras porque no estamos preparados para evitar el impacto.

  2. Serafín Iglesias Morcillo
    Serafín Iglesias Morcillo 29 noviembre, 2015

    Siempre que me he parado a pensar en el gasto descomunal de las investigaciones espaciales, he pensado lo poco necesaria que es esto para la humanidad con los problemas tan importantes que tiene y que despilfarren tantos recursos en algo que no ayuda a solucionar estos problemas. Y me mantengo en esta teoría después de leer el articulo de José Manuel Lechado, los supuestos avances que se han conseguido, en primer lugar no ayudan en nada en lo más primordial, sigue habiendo una mayoría de la población pasando hambre, sin agua potable, sin médicos ni medicinas, y un largo etc. y el hecho que se hallan conseguido los avances técnicos a los que se refiere el articulo, han sido consecuencias secundarias de las investigaciones que no iban dirigidas a eso. Seguro que fabricando armas, se consiguen descubrimientos técnicos que sirven para la sociedad, pero ello no justifica la fabricación de las armas.

  3. José Manuel Lechado
    José Manuel Lechado 5 diciembre, 2015

    Gracias por los comentarios. Como mi punto de vista queda claro en el artículo, no insistiré sobre ello, pero sí puntualizaré algunos detalles. El primero, por supuesto, que el conocimiento es primordial para mejorar las condiciones de vida del ser humano, tanto materiales como morales. En ese sentido, cada céntimo empleado en una sonda me parece bien invertido.
    Por otra parte, no hay tecnología militar que haya tenido aprovechamiento civil. Siempre se desarrolla primero una tecnología determinada y luego son los militares los que la parasitan, si les conviene (y entonces puede conocer más desarrollo aún, claro). De todas formas, la tecnología no es lo mismo que la ciencia.
    Y en fin, para mí es básico el conocimiento del universo que habitamos, que entre otras cosas contribuye a despejar las brumas de las religiones. Otra cosa es que se gaste mucho dinero en enviar al espacio ingenios militares. Obviamente, no es ese tipo de gasto el que yo defiendo.
    En general, usando el argumento de que «hay problemas más urgentes», se podría parar toda la investigación científica, en el cielo y en la tierra. Pero eso no resolvería los problemas, más bien los agravaría.
    Y para acabar, los recortes presupuestarios de la investigación espacial (y es verdad que hubo derroches absurdos, como los viajecitos para llevar militares americanos a la Luna) no van a parar a fines beneméritos, sino que suelen acabar, cómo no, en un cuartel.
    Saludos.

  4. José Manuel Lechado
    José Manuel Lechado 5 diciembre, 2015

    Y una de las razones para seguir a Iniciativa Debate: que publica artículos con los que no comulga la editorial. Por ejemplo, este. Ojalá toda la prensa siguiera esta línea.

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