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Arden los bosques de Indonesia: ¿por qué mira el mundo a otro lado?

George Monbiot | SinPermiso | 06/12/2015

A menudo me he preguntado cómo responderían los medios de comunicación si se produjera un eco-apocalípsis. Me imaginaba los programas de noticias emitiendo reportajes breves, sensacionales, sin lograr explicar al mismo tiempo por qué estaba ocurriendo o cómo se podría parar. Luego preguntarían a sus corresponsales financieros cómo afectaba el desastre a los precios de las acciones, antes de pasar a los deportes.   Como pueden comprobar ustedes, no es que tenga precisamente mucha fe en el sector para el que trabajo. Lo que no me esperaba es que lo ignorasen.

Una gran extension de la Tierra está en llamas. Tiene el aspecto con el que podríamos imaginar el infierno. El aire se ha vuelto ocre: la visibilidad se ha reducido en algunas ciudades a treinta metros. Se ha preparado a los niños para su evacuación en buques de guerra; algunos ya se han ahogado hasta morir. Las especies se están convirtiendo en humo a un ritmo incalculable.

Se trata casi con seguridad del mayor desastre ambiental del siglo XXI.

¿Y los medios? Andan hablando del vestido que llevó la Duquesa de Cambridge al estreno de James Bond, la estupidez del día a cargo de Donald Trump y quien quedó eliminado del episodio de Halloween de Baila con las estrellas. ¿El gran debate de la semana, que domina las noticias en todo el mundo?: ¿Son las salchichas realmente tan malas para la salud?

Lo que estoy discutiendo es una barbacoa a distinta escala. El fuego se propaga a lo largo de los 5.000 kilómetros de longitud de Indonesia. Con toda seguridad, de acuerdo con cualquier evaluación objetiva, es más importante que cualquier otra cosa que esté sucediendo hoy. Y no tendría que hacer falta que un columnista, que escribe en medio del periódico, así lo diga. Debería estar en las portadas de todo el mundo. Es difícil transmitir las dimensiones de este infierno, pero hay una comparación que podría ayudarnos: está produciendo actualmente más dióxido de carbono que la economía norteamericana. Y en tres semanas los incendios han liberado más CO2 que las emisiones anuales de Alemania.

Pero eso no llega verdaderamente a captarlo. Esta catástrofe no se puede medir sólo en partes por millón. Los incendios están destruyendo tesoros tan preciados e insubstitibles como los restos arqueológicos que apisona el EI. Orangutanes, panteras nebulosas, osos malayos, gibones, rinocerontes y tigres de Sumatra se encuentran entre las especies más amenazadas que se ven expulsadas por las llamas de buena parte de su territorio. Pero hay miles, quizás millones, más.

Una de las provincias que arden es Papúa Occidental, un país ilegalmente ocupado por Indonesia desde 1963. Cuando tenía 24 años pasé allí seis meses, investigando algunos de los factores que han conducido a este desastre. En aquel entonces era un lugar maravilloso, con especies endémicas en ciénagas y valles. ¿Quién sabe cuántas han desaparecido en las últimas semanas? Esta semana he leído con atención y he llorado por lugares que amaba y que ahora se han visto reducidos a cenizas.

Tampoco las emisiones de gases de invernadero captan las repercusiones. Después de los últimos grandes incendios, en 1997, hubo en Indonesia una cohorte perdida de 15.000 niños menores de tres años, atribuida a la contaminación del aire. Esto, parece, es peor. Las mascarillas quirúrgicas distribuidas por todo el país no servirán de mucha protección para quienes viven en un “smog” sin sol. Los diputados de  Kalimantan (el Borneo indonesio) tuvieron que llevar mascarillas durante los debates. La cámara estaba tan llena de niebla que tenían dificultades para reconocerse los unos a los otros.

No solo arden los árboles. Es la tierra misma. Buena parte de los bosques se asientan sobre grandes bóvedas de turba. Cuando los incendios penetran en la tierra, siguen en combustion durante semanas, meses a veces, liberando nubes de metano, monóxido de carbono, ozono y gases exóticos como cinauro de amoniaco. Los penachos de humo se extienden por centenares de kilómetros, provocando conflictos diplomáticos con países vecinos.

¿Por qué está sucediendo esto? Los bosques de Indonesia los han fragmentado durante décadas las empresas madereras y agrícolas. Se han abierto canales a través de la turba para drenarla y secarla. Las empresas con plantaciones llegan y destruyen lo que queda del bosque a fin de plantar monocultivos de pulpa de papel, madera y aceite de palma.  La manera más fácil de limpiar la tierra es pegarle fuego. Todos los años esto provoca desastres. Pero un año extremo de El Niño como este, tenemos la fórmula perfecta para una catástrofe ambiental.

El president, Joko Widodo es – o quiere ser– un demócrata. Pero preside una nación en la que florecen el fascismo y la corrupción. Tal como muestra el documental de  Joshua Oppenheimer, The Act of Killing, quienes dirigían los escuadrones de la muerte que ayudaron a asesinar a un millón de personas durante el terror de Suharto, en la década de 1960, con la aprobación de Occidente, han prosperado desde entonces por medio de otras formas de crimen organizado, entre ellas la deforestación ilegal.

Les apoya una organización paramilitar con tres millones de miembros, denominada Juventud Pancasila. Con sus uniformes con dibujo de camuflaje naranja, boinas escarlata, concentraciones sentimentales y música empalagosa, parece una milicia fascista imaginada por J.G. Ballard. No ha habida verdad ni reconciliación; a los asesinos causantes de las matanzas todavía se les trata como héroes y se les celebra en televisión. En algunos lugares, sobre todo en Papúa Occidental, los asesinatos políticos continúan.

Quienes cometen crímenes contra la humanidad no dudan en cometer crímenes contra la naturaleza. Aunque Joko Widodo parece querer parar esta quema, su capacidad es limitada. Las medidas políticas de su gobierno son contradictorias: entre ellas nuevas subvenciones al aceite de palma que hacen casi inevitables nuevas quemas. Algunas empresas con plantaciones, apremiadas por sus clientes, han prometido dejar de destruir los bosques tropicales. Los funcionarios gubernamentales han respondido airadamente, argumentando que esa restricción impide el desarrollo del país. ¿Ese humo que pone un tupido velo sobre el país y que ya le ha costado unos 30.000 millones? Ese, parece ser, es el desarrollo.

Nuestras posibilidades de influir son pocas, pero algo hay que podemos hacer. Algunas empresas que utilizan aceite de palma han realizado visible esfuerzos para reformar sus cadenas de suministros, pero otras parecen moverse más lentamente y con mayor opacidad: Starbucks, PepsiCo, Kraft Heinz y Unilever son ejemplos de ello. No compren sus productos hasta que no vean resultados.

El lunes estaba Widodo en Washington, reunido con Barack Obama. Obama, según hacía constar el comunicado oficial “se sintió complacido por las recientes medidas políticas del presidente Widodo para combatir y prevenir los incendios forestales”. No se mencionó el eco-apocalipsis que tenía lugar mientras conferenciaban.

Los gobiernos ignoran los problemas cuando los medios los ignoran. Y los medios los ignoran porque…bueno, hay una pregunta con mil respuestas, muchas de las cuales implican al poder. Pero hay una razón que es la total ausencia de perspectiva en un sector que ha perdido habilidades, dominada por comunicados de prensa empresariales, foto-oportunidades  y sesiones de moda, donde todo el mundo parece estar esperando a que algún otro tome la iniciativa. Los medios toman una no-decisión colectiva de tratar esta catástrofe como un no-problema, y todos seguimos como si no estuviera pasando. .

En la cumbre del clima de París de diciembre, los medios informativos, atrapados en la burbuja intergubernamental de la diplomacia abstracta y el drama ya confeccionado, cubrirán las negociaciones casi sin referencia a lo que está sucediendo en otros lugares. Las conversaciones se desplazarán a un terreno con el que no tenemos contacto moral. Y cuando el circo se marche, se reanudará el silencio. ¿Hay algún otro sector que sirva de tan poco a sus clientes?

es uno de los periodistas medioambientales británicos más consistentes, rigurosos y respetados, autor de libros muy difundidos como The Age of Consent: A Manifesto for a New World Order y Captive State: The Corporate Takeover of Britain, así como de volúmenes de investigación y viajes como Poisoned Arrows, Amazon Watershed y No Man’s Land.
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Fuente: The Guardian, 30 de octubre de 2015
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Traducción: Lucas Antón

Un Comentario

  1. jose luis
    jose luis 8 diciembre, 2015

    Esto es la consecuencia de la famosa «democracia capitalista» OJOS QUE NO VEN (nos los tapan) destruccion ambiental ¿casual?, y mañana navidad (cuanta estupidez)

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