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Nuestro, nuestra: en contra del Rey

A Flora Tristán, creadora del lema “proletarios del mundo uníos”

“Rezo latino del Sacristán: Qui sine peccato est vestrum, primus in illan lapidem mittat
(Las palabras latinas, con su temblor enigmático y litúrgico, vuelan del cielo de los milagros).
-Serenín de Bretal:¡Apartémonos de esta danza!
-Quintín Pintado:También me voy, que tengo sin guardas el ganado.
-Milón de la Arnoya:¿Y si esto nos trae andar en justicias ?
-Serenín de Bretal: No trae nada.
-Milón de la Arnoya:¿Y si trujese?
-Serenín de Bretal:¡Sellar la boca para los civiles, y aguantar mancuerda!”

DIVINAS PALABRAS. Ramón Valle Inclán

Jesús Gago | nuevatribuna.es | 02/01/2015

En el discurso leído por el Rey Felipe VI la pasada nochebuena la palabra más pronunciada en un texto de 1.631 palabras fue “nuestro/nuestra (*)”: voz hasta 50 veces repetida, complementada con otras 17 bajo la flexión nos/nosotros.

La siguiente, naturalmente fue España/españoles, aunque solo 30 veces.

Ese pronombre posesivo declinado en primera persona del plural, ya fuese por el sujeto que lo estaba utilizando, o por el lugar desde el que lo hacía y, por encima de todo, por su contenido mismo, exhalaba un aroma inequívocamente mayestático. Nada más alejado de su significado ordinario: lo que nos pertenece, lo que tenemos en común.

Para empezar dos palabras sobre el lugar: a decir del Rey, “este Palacio es de todos y es un símbolo de nuestra historia que está abierto a todos los ciudadanos”. Sin embargo lo que nos dice la historia –“esa historia que , sin duda, debemos conocer y recordar”- no es precisamente lo que Felipe VI nos trata de sugerir.

Fue la Segunda República Española la que mediante ley de 22 de febrero de 1932 se incautó de esas propiedades hasta entonces de la Real Casa y Patrimonio de la Corona de España, para convertirlas en Patrimonio de la República.

Y fue la República la que a través de aquella ley estableció que “el antiguo Palacio Real se dedicará a museos, instalándose en ellos cuantos objetos preciosos, artísticos e históricos se conserven en él y en edificios que sufran otro destino, y a las oficinas y dependencias que el Gobierno considere pertinente”( artículo 5).

Y a su vez fue Franco en 1940 quien “restableció la plenitud de su tradicional significación a los bienes constitutivos del antiguo Patrimonio de la Corona”.

Discurso leído desde un trono secularizado puesto para la ocasión en el centro mismo de una lujosa estancia del Palacio Real.

Desde ese lugar, ¿qué sentido puede tener para los que nada tienen esa machacona alusión a lo que nos pertenece, a lo que es de todos?

Palabras destinadas sobre todo a infundir seguridad y que en el mejor de los casos solo serán eficaces para prestársela a una minoría, por abultada que esta pueda ser: a los “mercados” de valores y fondos y a quienes han depositado en ellos buena parte de los ahorros de su vida. El resto, la inmensa mayoría no ha tenido cabida en ese discurso Real.

¿Cómo pretender que esa apelación a lo común- nuestra, nuestro-sea creíble para?:

-la próxima familia víctima de la inminente orden judicial de desahucio

-la mujer que ya pasó los 60 y regresa todos los días desde el confort térmico de la casa donde limpia, sin seguridad social, por 600 € al mes, para encontrarse de nuevo con el frío de una casa -la suya –sobre la que pende a una amenaza de corte de luz.

-el “joven” de casi 35 que exhausto tras una jornada prolongada en la caja del supermercado tiene que seguir durmiendo en casa de sus padres porque el sueldo no le da para pagarse una habitación.

-el ya no tan joven trabajador social que desde hace ya casi 15 años trata de regresar de Londres y no puede porque en su país nadie le pagará un salario digno por dedicar su vida a atenuar las desgracias de los demás.

-los millones de ciudadanos catalanes humillados una y otra vez desde que un manojo de funcionarios designados por los partidos del ‘turnismo dinástico’ anulase lo que había sido aprobado por la máxima representación de la soberanía popular y ratificado después en referéndum.

-la investigadora con dos carreras y otros tantos masters que comparte habitación en Berlín desde que el penúltimo recorte la expulsó de su trabajo y de su país

-la de tantos y tantos sucesores -en versión moderna- del antiguo proletariado, que han dejado de merecer ese título -solo a medias- y solo porque ya no pueden dejarse a sí mismos tener el hijo que quisieran.

Oigo ya las amonestaciones: ¡demagogia!, ¡radicalismo!, ¡populismo!.

Pues bien al puñado de escribas, burócratas sin alma que irremediablemente caen en la cursilería cuando tratan de ser emotivos, a los mismos que han compuesto ese discurso que el Rey ha leído, solo cabe responder poniendo en boca de esos millones de silenciados y ninguneados las palabras de Labordeta, aquél diputado que ganó con honor su título de re-Presentante : ¡Váyanse Uds a la mierda!

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